Mc 4, 26-34 (Evangelio Domingo XI Tiempo Ordinario)

La imagen de la semilla y la siembra da unidad a uno de los pocos “discursos” que aparecen en el evangelio de Marcos (4,1-33). Tres parábolas, dos observaciones sobre la finalidad y exigencias de la enseñanza en parábolas y la explicación de la “parábola del sembrador”, forman esta breve sección. Como termina diciendo el narrador al final del bloque, Jesús anunció el mensaje «con muchas parábolas como éstas». Aquí se recogen solamente estas tres: el sembrador, el grano que crece por sí solo y el grano de mostaza. Este domingo se escuchan la segunda y la tercera.

Con una introducción similar: «Así es el reino de Dios», « ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?», el evangelista pone en la pista de que estas parábolas sirven para «dar a conocer los secretos del reino», completando los signos con los que Jesús hace realidad que el reino de Dios ya está actuando a través de su vida. Se trata, por tanto, de “parábolas del reino”.

La parábola de la semilla que crece por sí sola presenta un fuerte contraste entre la “inactividad” del sembrador, por una parte, y la “callada y oculta actividad” de la semilla, por otra. Aquel, siembra y recoge, pero durante el proceso de crecimiento de la semilla permanece al margen; nada tiene que hacer en este tiempo: «duerma o vele… sin que él sepa cómo». El centro de la parábola está en la semilla, en su proceso de crecimiento espontáneo y por sí misma. El sembrador es quien “pone en marcha” el proceso y quien, después de un tiempo, recoge el fruto de la semilla. Pero permanece pasivo cuando la semilla se va desarrollando.

En contraste con la figura del sembrador se presenta la semilla. En el silencio de la tierra, «germina y crece, sin que él sepa cómo». La concentración de verbos y expresiones señalan esta actividad: germina, crece, da fruto: hierba, espiga, trigo. El contraste destaca la fuerza interior de la semilla que, aunque no lo parezca, de un modo callado, casi imperceptible, es capaz de dar fruto en abundancia. Así es el reino de Dios: tal vez no lo percibimos, nos cuesta descubrir sus señales, pero está ahí, trabajando en medio de la realidad. Es reconfortante saber que, aunque de manera oculta y silenciosa, Dios va llevando adelante su plan de salvación con toda la humanidad.

El grano de mostaza era, en tiempos de Jesús, la semilla más pequeña de cuantas se conocían y, por eso, representaba un buen ejemplo para una nueva “parábola del reino”. Aquí se destaca fuertemente este hecho: «la semilla más pequeña de todas las semillas que hay sobre la tierra». Tras el contraste contemplado entre la semilla que crece por sí misma y el sembrador, ahora se espera un nuevo contraste iniciado con «la más pequeña de todas las semillas».

El crecimiento del grano de mostaza se muestra espectacular comparado con su pequeñez cuando es plantado. Tres imágenes destacan su crecimiento: «crece y se hace mayor que cualquier hortaliza», «hecha ramas grandes» y «los pájaros pueden anidar en sus ramas». El con- traste es superlativo: la semilla «más pequeña»

se hace «el más grande de todos los arbustos». Así es el reino de Dios: una semilla pequeña, apenas perceptible, pero que crece con una fuerza imparable. Dios está actuando en la realidad, una presencia oculta, callada, pero con una fuerza que manifestará su grandeza.

Ambas parábolas supusieron un fuerte mensaje de ánimo para las primeras comunidades cristianas. En medio de dificultades y sufrimientos, cuando parecía que el proyecto de Jesús no avanzaba, recordaron que el reino de Dios, a pesar de ser una realidad embrionaria, de forma callada dará un fruto abundante.

Óscar de la Fuente de la Fuente