Comentario al evangelio – 15 de junio

Jesús continúa hoy desgranando el sentido en que hemos de entender la plenitud de la ley. De nuevo son los pequeños detalles, apenas perceptibles, los que nos indican que esa plenitud se encuentra en el corazón, en el interior del hombre, en sus actitudes menos visibles. Las palabras de Jesús pueden sonar a rigorismo moral, pero no lo son. Son, más bien, la expresión de que es del interior de donde salen las malas (y las buenas) acciones (cf. Mt 15, 18-20) y de que es ahí a dónde hay que mirar: si no quieres llegar al adulterio (y a cualquier otra forma de comportamiento pecaminoso), no des rienda suelta a tus malos deseos, sólo porque puedes esconderlos en tu interior. Las alusiones al ojo o a la mano que se deben cortar si son motivo de escándalo, hay que entenderlas como una licencia literaria, en la que Jesús nos llama a ser radicales en nuestra lucha con el mal y sus raíces ya en nosotros mismos. No ser complacientes, condescendientes, haciendo pequeños pactos con el mal y el pecado, que, después, como un cáncer, acabará apoderándose por completo de nosotros. Escuchamos aquí el eco de aquellas otras palabras de Jesús, que nos advierte que quien es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y quien es deshonesto en lo poco, también lo será en lo más importante (cf. Lc 16, 10). Es esta la clave que nos permite entender la exigencia, para muchos un ideal imposible, de la indisolubilidad matrimonial: si viviéramos la fidelidad en lo pequeño, en los mínimos detalles de la vida cotidiana, si tratáramos de encarnar también ahí el mandamiento del amor (que incluye el perdón, otorgado y pedido, la reconciliación, la misericordia…), seríamos capaces de las grandes gestas, de las fidelidades mayores.

De nuevo Elías nos sirve de ejemplo. No ha encontrado a Dios en lo estruendoso, majestuoso y temible, sino en la suave brisa, casi imperceptible. Es la brisa del Espíritu. Y gracias a esa capacidad de descubrir a Dios en lo mínimo, es también capaz de sobreponerse a las enormes dificultades a las que se enfrenta, a una situación prácticamente desesperada, para poder intervenir en la historia, cumpliendo en ella el designio de Dios. De ese poder salvífico participamos todos los cristianos, cuándo, dejándonos llevar por el Espíritu, conformamos nuestro mundo (siquiera el pequeño mundo que nos rodea) según el querer de Dios.

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Viernes X de Tiempo Ordinario

Hoy es 15 de junio, viernes de la X semana de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 5, 27-32):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído el mandamiento «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: «El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.» Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.»

La Antigua Alianza consideraba el adulterio como una violación del derecho exclusivo del hombre. El adulterio, además, no solo estaba prohibido por la ley, sino que también era considerado como un crimen vitando que lleva a la muerte y no era infrecuente en Jerusalén. El adúltero, por lo mismo, estaba excluido del Reino de los cielos, si bien Jesús de Nazaret retoca esta prohibición. El adulterio se inicia en el corazón, de donde emanan los deseos traducidos después en hechos. El texto deja constancia de algunos elementos propios de la cultura mediterránea de entonces: así, por el ojo se manifestaban algunos malos deseos; la mujer constaba como propiedad del hombre; la mano era el instrumento de la acción y quien traducía no pocos deseos del corazón. Según estos datos el mensaje evangélico parece claro: hay que actuar en el origen, allí donde se deciden los hechos, para que la mala levadura no contamine la masa. Y en lo referente a la separación conyugal, regulada por la ley judía, Jesús apuesta por la mujer, que era abandonada y estigmatizada a voluntad del hombre sin previa documentación ni proceso. Y el Maestro evocará más tarde el inicial designio del Creador, según el cual la unión del hombre y la mujer debe persistir para siempre.

¿Asumimos en la comunidad los retos que Amoris Laetitia presenta hoy al Pueblo de Dios?

Liturgia 15 de junio

VIERNES. SANTA MARÍA MICAELA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, virgen, memoria libre

Misa de la memoria (blanco)

Misal: 1ª oración propia y el resto del común de vírgenes (para una virgen) o de santos (para un santo); Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III

  • 1Re 19, 9a. 11-16. Permanece de pie en el monte ante el Señor.
  • Sal 26.Tu rostro buscaré, Señor.
  • Mt 5, 27-32. Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio. 

Antífona de entrada

Ésta es una virgen sabia y prudente, que salió a recibir a Cristo con la lámpara encendida.

Oración colecta
OH, Dios,
que amas a los hombres y concedes a todos tu perdón,
suscita en nosotros
un espíritu de generosidad y de amor
que, alimentado y fortalecido por la eucaristía,
a imitación de santa María Micaela,
nos impulse a encontrarte en los pobres
y en los más necesitados de tu protección.
Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Oración sobre las ofrendas
Señor, te proclamamos admirable
en tu virgen santa María Micaela,
y humildemente rogamos
a tu Divina Majestad
que, así como te complaces
en los méritos de esta virgen,
aceptes igualmente complacido
el culto que tu pueblo te tributa.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Antífona de comunión          Mt 25, 6
Que llega el esposo, salid a recibid a Cristo, el Señor.

Oración después de la comunión
Señor, fortalecidos con tu eucaristía,
te pedimos que, a ejemplo de santa María Micaela
llevemos en nuestro cuerpo
la muerte de Cristo
y nuestra vida sea un esfuerzo continuo
para unirnos cada vez más a ti.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Santa María Micaela del Santísimo Sacramento

SANTA MARÍA MICAELA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

(†  1865)

La situación, en la pobrísima casita en que Santa María Micaela había acogido a un grupo de desgraciadas muchachas, era humanamente desesperada. Todas estaban enfermas, por haberse contagiado con la gripe. La fundadora, en un arranque de sobrehumana fortaleza, atendía, ayudada en ocasiones por los propios médicos que se sentían sobrecogidos ante tamaña grandeza, a las enfermas. Por otra parte, el dinero faltaba de manera angustiosa, y por si fuera poco, cuando la situación era más negra, uno de los mayores acreedores de la casa se había presentado a reclamar airadamente su dinero, y había amenazado con el embargo.

 Entonces se veían aparecer a la puerta de la casa, y detenerse un momento, los coches señalados con el escudo de las más nobles casas de Madrid. Desde dentro, sin bajar, preguntaban sus ocupantes al portero:

 —¿Vive la Superiora?

 —Sí, señor. Vive aún.

 —Pues dígale usted de mi parte que como ella se ha querido todo esto, y lo hace por su gusto, que lo sufra.

 No es más que una anécdota. Pero como ésta, podrían contarse a centenares. El estampido que en la buena sociedad madrileña causó la decisión de Micaela Desmasiéres López de Dicastillo y Olmedo, vizcondesa de Jorbalán, de ponerse al servicio de las pobres mujeres caídas y consagrarse a la tarea de redimirlas, era tal que, usando frase ignaciana, podríamos decir que «el mundo no tenía oídos para escucharlo». Su familia, horrorizada, deja de tratarla; sus antiguas amistades, le vuelven la cara. Personas que le debían favores, le niegan la más mínima ayuda, porque aquello no tiene ni pies ni cabeza y se va a deshacer de un momento a otro. Por encima de todo esto, Micaela del Santísimo Sacramento se mantiene firme con una grandeza de ánimo, con un espíritu de fe tan colosal, que su figura, nos atrevemos a afirmarlo rotundamente, es una de las más colosales de todo el santoral cristiano.

 En la flor de la edad, a sus cuarenta y tres años, muere inesperadamente el padre, teniendo Micaela que interrumpir la educación que venía recibiendo en las ursulinas de Pau. Poco después es su hermano Luis el que en un accidente, una caída de caballo, muere en Toulouse. Su hermana Engracia, a la que una niñera imprudente llevó a presenciar la ejecución de un reo, empieza a dar muestras de perturbación mental, y termina trastornándose por completo. Su hermana Manuela, que sobreviviría a tantas desgracias, hubo de marchar al destierro, a causa de las ideas legitimistas de su esposo.

 En medio de todas estas tribulaciones, María Micaela recibe una educación excepcional. Se le enseña no sólo lo que es costumbre que aprendan las señoritas de buena sociedad en aquel tiempo, sino otras muchas cosas que le han de ser excepcionalmente útiles en su futura vida de fundadora. Aprende también a familiarizarse con el dolor y la humillación. Después de tres años de limpio noviazgo, pues ella «no entendía muy bien de bodas», con un joven piadosísimo, hijo de los marqueses de Villadarias, cuando iba a celebrarse la boda se rompe el compromiso por cuestiones de intereses. El paso humilla a Micaela y la lanza por vez primera a la maledicencia madrileña. Ella, en sus memorias, maravilloso documento de espontáneo y naturalísimo estilo, resumirá aquel noviazgo diciendo que «todo era tomarnos cuenta de los rezos… y quién hacía más oración».

 Pero esta extraña escuela del noviazgo, para una fundadora, se va a hacer más extraña aún cuando, muerta su madre, María Micaela acompañe a su hermano primero a París y después a Bruselas. Durante su estancia en estas dos capitales europeas, Micaela se verá obligada a hacer una vida verdaderamente extraña. La dirección de un santo jesuita, el padre Carasa, a quien su madre la ha dejado encomendada, le servirá de seguridad en dificilísimos trances. El hecho es que ha de madrugar muchísimo para hacer su oración y recibir la comunión, que toda su vida fue cotidiana. Que ha de aprovechar la mañana para sus obras de caridad. Pero que luego ha de sentarse a la mesa, acompañando a sus hermanos, y con frecuencia invitados del cuerpo diplomático, ha de salir de paseo a caballo y ha de pasar la noche entre teatros, tertulias y bailes. Nadie podía sospechar que al dolor intensísimo que le causaba su enfermizo estómago (tuvo diagnosticado el cáncer por mucho tiempo) añadía ella la aspereza de un cilicio. Ni podían sospechar tampoco, quienes la veían en la platea, que los anteojos que ella llevaba estaban dispuestos de tal manera que, aun mirando fijamente al escenario, nada se alcanzara a ver.

 Su vida en París y en Bruselas fue una siembra ininterrumpida de maravillosa caridad. Pobres, enfermos, necesitados, iglesias desmanteladas…, por doquiera hubiese una necesidad, encontraban inmediato remedio en la espléndida vizcondesa. Un anecdotario copiosísimo y edificante nos demuestra la extraordinaria capacidad, hasta humana, de una mujer que sin desatender en lo más mínimo a sus obligaciones (se obligó con voto a obedecer a su cuñada), desplegaba una pasmosa actividad al servicio del prójimo.

 Un episodio extraño nos va a dar la medida de su extraordinaria figura. Volviendo hacia España, quiso su cuñada detenerse una temporada en Burdeos. También allí se significó María Micaela por su ejemplaridad. Un día reciben una extraña invitación: el cónsul de España les ruega que vayan a tomar el té a su casa. Ellas oponen algunos reparos, y el cónsul les explica que es el señor arzobispo quien se lo ha pedido porque quiere hablar con Micaela, y no le parece oportuno ni discreto acudir al hotel en que se hospedan. Dicho y hecho: se reúnen, comienzan a conversar y el arzobispo pide a Micaela… algo verdaderamente inaudito para una muchacha seglar.

 María Micaela venía oyendo la misa que celebraba un canónigo español en la iglesia de unas religiosas, sin caer en cuenta de la situación en que se encontraban. El arzobispo le abrió los ojos: contagiadas por el jansenismo, las religiosas estaban en franca rebeldía contra él, y ésta era la razón de que allí no se celebrara misa. Pedía a Micaela que interviniera para que aquella situación cesase. Y Micaela intervino. Ella nos ha contado lo que sucedió, que llega a lindar con lo increíble. Recibida con frialdad, se gana primero el ánimo de la superiora, habla después a toda la comunidad reunida, entrando para ello en clausura, llega a convencerlas de que acepten hacer unos ejercicios espirituales, preside la comunión final, con su traje seglar, en medio del coro, en lugar de la superiora, convence a un pequeño grupo que aún se resistía, y marcha de Burdeos dejando a las religiosas enteramente reconciliadas con Dios, y despidiéndola con lágrimas.

 El encuentro más decisivo de su existencia iba a tener lugar en forma inesperada y claramente providencial. El padre Carasa le había encomendado, al quedar sola en Madrid, que alternara con una señora de la que Micaela, extraordinariamente parca en alabanzas, nos dice que «era santa»: María Ignacia Rico de Grande. Esa señora la llevó un día al hospital de San Juan de Dios, donde, según nos dice Micaela, «sufre el olfato, la vista, el tacto, los oídos». «Todo tiene allí su especial mortificación y es un jardín de muchas virtudes que practicar». En efecto, al hospital se acogían las pobres mujeres de la calle, al caer enfermas de sus más repugnantes enfermedades. Micaela nada sabía ni de la existencia de tales mujeres, ni mucho menos del trato vil que la sociedad culpable les daba después de haberlas corrompido.

 Aquella visita fue para ella una revelación. Y cuando vio la situación, no sólo del hospital, sino, lo que era muchísimo más trágico, la que les esperaba a la salida del mismo, no pudo menos de pensar que había que hacer algo. En este o aquel caso concreto las dos amigas consiguieron hallar un remedio. Pero hacía falta más: una casa en la que poder acoger a aquellas pobres mujeres, prevenir en lo posible las caídas, remediarlas cuando ya habían ocurrido.

 Y así se hizo. En una insignificante casita inició María Micaela su maravillosa obra de caridad. La Comisaría de Cruzada le ofreció alguna ayuda. Se formó una junta y se preparó un sencillísimo reglamento. Pero claramente se veía que aquello no podía seguir en manos mercenarias, y que únicamente quien lo hiciera por Dios podría soportar las dificultades, las humillaciones, los desprecios que el trato con aquellas mujeres aparejaba.

 Se produjo entonces uno de los episodios más dolorosos de su vida: se hicieron cargo de la casa unas religiosas francesas. Pero, desgraciadamente, pronto se vio que no habían sido leales ni en los ofrecimientos, ni en las obligaciones que habían asumido. Contra lo que habían afirmado, no tenían práctica ninguna de aquella clase de apostolado. Por otra parte. en la vida económica de la casa había muchos aspectos obscuros, obedeciendo, al parecer, a compromisos con la casa central. Lo cierto es que la situación se hizo insostenible; Micaela, apoyada por la autoridad eclesiástica que le daba plena razón, hubo de recurrir a medios extremos, y mientras, en medio de un griterío espantoso, con la casa rodeada por la fuerza pública, salían las religiosas, Micaela se hacía cargo de nuevo de las muchachas allí acogidas.

 Con sobrecogedora grandeza de ánimo hizo frente a la situación. Pensando seriamente las cosas vio que Dios la llamaba a aquella tarea. Dejó su casa, se quedó a vivir con ellas, e inició ya de lleno su espléndido apostolado.

 Y empieza una vida en la que, sin paradoja alguna, sino con toda verdad, se puede decir que lo sobrenatural es enteramente natural. No hay una peseta en casa, y ni siquiera carbón para encender la lumbre. A media mañana llega un religioso filipino, visita el colegio, y, entusiasmado, regala tres onzas de oro. La comida de aquel día es espléndida, y las colegialas piensan que el encender tan tarde la cocina ha sido… una broma de la superiora.

 Cuando la calumnia llega hasta el mismo arzobispo de Toledo, se presenta el cura de la parroquia para quitar el Santísimo de la casa. Micaela pide al Señor que no consienta en irse, y el ánimo del cura cambia por completo después de estar un rato de rodillas. Emocionado, se ofrece para todo lo que haga falta.

 En una época de su vida un confesor duro de carácter, el padre Labarta, querrá poner coto a tantas maravillas, y le prohibirá hacer uso de lo que Dios Nuestro Señor a cada paso le revelaba. Imprudente medida que ocasiona conflictos curiosísimos. «Va a haber fuego en el altar», avisa el Señor. Y la Santa no puede hacer nada que no sea disponer con disimulo un poco de agua a mano. «Te van a envenenar», y ella, ante la prohibición del confesor, se ve obligada a empezar a tomar la taza que contenía el arsénico, hasta que, ante lo repugnante del gusto, piensa que también sin revelación habría dejado aquello, y lo deja. Pero la obediencia le costará una enfermedad gravísima, y quedar al borde de la muerte. Felizmente no todos los confesores eran como el padre Labarta, y la figura celestial de San Antonio María Claret vendría en su auxilio y le ayudaría maravillosamente en los últimos años de su vida.

 No hay palabras para explicar el grandioso heroísmo de la caridad de la Santa. Tenía un carácter fuerte, por otra parte, verdaderamente necesario si había de sacar adelante una fundación en la que se encontraban unánimes a la hora de rechazarla todos, los buenos y los malos.

 Tuvo la persecución de los malos. Era lógico. Con el puñal, con el veneno, con el incendio, con la calumnia, con el pasquín, con el periódico…, con todos los medios. Repetimos que era lógico. Hombres poderosos, que se veían privados por el bienhechor influjo de la Santa de las mujeres de quienes habían hecho objeto de su pasión, no dejaban piedra por mover a la hora de perseguirla. Temporadas enteras hubo de dormir vestida, pensando que de un momento a otro se vería asaltada la casa. Su valor fue, sin embargo, tan extraordinario que consta de alguna ocasión en que llegó a presentarse, sola e indefensa, en una casa pública, a trueque de arrebatar de allí una pobre mujer a la que retenían contra su voluntad, escena esta inmortalizada por Tomás Borrás.

 Pero acaso le tuvo que doler muchísimo más, y sin acaso, la persecución de los buenos. Un día es su mismo confesor, el padre Carasa, que, dando oídos a una hipócrita, se muestra duro y desdeñoso con ella y se niega a atenderla. Otro día, un crédulo arzobispo, que organiza una inaudita escena, en la que insulta y rebaja hasta lo increíble a la Santa. Otra, su propio Ordinario que, dando oídos a las habladurías, intenta retirar el Santísimo Sacramento de la Casa. Ocasión hubo en que ella misma confesó tener enfrente prácticamente a todo el clero de Madrid.

 Fue calumniada aun en las mismas cosas en que ni siquiera apariencia pudo haber de nada malo. Así, sus relaciones con Isabel II. Se obligó con voto a no pedir jamás a la reina absolutamente nada, ni para sí ni para los demás. Rehusó sistemáticamente hablar con ella de cosas que no fueran de Dios. Y a pesar de todo, se vio acusada de formar parte de la camarilla, de influir en la política, de fomentar aquellas relaciones, aceptadas por ella exclusivamente por obediencia y con una repugnancia grandísima.

 Pero lo más maravilloso es y será siempre su trato con las pobres mujeres. El dominio de su naturaleza, en el cuidado de las llagas más purulentas, en la aceptación de los insultos más procaces, en la constancia y en la humillación, sobrepasa lo que puede explicarse. La pluma no encuentra palabras para ponderar la caridad admirable ejercitada por la Santa a lo largo de su vida. Pero cuando recogemos los testimonios de quienes presenciaron aquellas escenas, los ojos se nos llenan de lágrimas. Parece imposible, e imposible sería sin la acción de la divina gracia, que una mujer de alcurnia sirva en los más viles menesteres a tan pobres desgraciadas. Que acepte, sin una vacilación, el constante peligro del contagio. Que salga a recoger, por las calles de Madrid, el insulto y la befa para pedir una limosna. Alhajas vinculadas al recuerdo de su madre, recibidas de la familia real, cargadas de historia de España, pasaban a las sórdidas manos de los prestamistas, a un precio irrisorio…, porque las colegialas tenían que comer y no había en todo Madrid quien quisiera dar a Micaela una sola peseta.

 «En 1850 me vine al colegio, a dirigirlo yo misma, pero me parecía que no había de poder hacer el gran sacrificio que me proponía. ¡Me hallaba tan sola…, tan triste…, tan despreciada de todos!»

 Sola, triste y despreciada. ¡Qué tres adjetivos! Humanamente era imposible pensar que alguien quisiera compartir con ella aquella vida. Pero cuando las obras son de Dios se hace posible lo imposible, pues Él nos dijo que había venido a confundir la sabiduría de este mundo con la locura que El traía del cielo. En efecto, con vacilaciones, con deserciones dolorosísimas, pero con seguridad absoluta, el minúsculo grupo de personas que le ayudaban se fue ensanchando más y más y, quien nunca pensó en ser fundadora, se encontró un buen día al frente de una naciente congregación religiosa: las Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad.

 Durante mucho tiempo estuvieron viviendo sin regla escrita ni normas, pero con una observancia tal y un fervor tan grande que se traslucía al exterior y atraía las vocaciones. El 6 de enero de 1859, festividad de los Santos Reyes, hicieron los votos simples Micaela y sus siete primeras compañeras. El 15 de junio de 1860 emitió Micaela sus votos perpetuos. Poco a poco se fueron ordenando todas las cosas y se inició la expansión del instituto. Primero, a Zaragoza. Después a otras muchas poblaciones españolas que las llamaban con interés: Valencia, Barcelona, Burgos, etcétera.

 También en estas fundaciones le esperaban episodios parecidos a los de Madrid. Hubo defecciones dolorosísimas, como la de la superiora de Valencia. Y embrollos humanamente insolubles. En cierta ocasión escribía a sus hijas de Madrid desde Zaragoza: «Dudo yo que haya superiora ni más acusada, ni más calumniada, ni más reconvenida. ¡Te aseguro que desmenuzan mis acciones!».

 Pero entre tantas dificultades el instituto se había consolidado y la madre Sacramento podía entonar el Nunc dimittis. Por tres veces, en 1834, 1854 y 1855, había hecho frente a las epidemias, que la habían respetado.

 Ahora, en 1865, el cólera había estallado en Valencia. Ella sabía que le esperaba la muerte, y mil indicios lo demostraron: su empeño en recorrer todas las casas, lo solemne y triste de las despedidas, el estilo de algunas cartas… y otros mil indicios no dejaban lugar a dudas. Y, en efecto, ella marchó serenamente hacia la muerte.

 La casa de Valencia estaba en necesidad extrema. Pero al ver llegar a la madre todas se alegraron inmensamente. Una pena, sin embargo, le esperaba: una de las chicas del colegio acababa de cometer un sacrilegio cuando ella llegó. Deshecha en llanto, se postraba en la tribuna de la capilla exclamando:

 —¿Cómo, Señor, has podido consentir tamaña ofensa en tu casa? De haber previsto tanta infamia, ¿hubiera abierto yo jamás el colegio?

 Pronto se presentó la enfermedad. «Es la última», dijo a su confesor con entera seguridad. La última, y la más dolorosa. Calambres casi continuos, acompañados de dolores agudísimos. El médico declaraba, asombrado, que nunca había visto sufrir tanto con tan extraordinario ánimo. Por fin, suavemente, abrió sus ojos, los elevó hacia el cielo y murió. Eran las doce menos siete minutos del 24 de agosto de 1865.

 A las cinco de la tarde del día siguiente, sin ningún aparato, fue depositada en el nicho número 2143 del cementerio de San Martín. Harto fue conseguir que no la enterraran en la fosa común, como a las demás víctimas de la epidemia. Veintiséis años más tarde el cuerpo fue llevado a la casa de la congregación en Valencia.

 La heroicidad de sus virtudes fue proclamada en 1922. Su beatificación tuvo lugar en 1925 y su canonización en 1934.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Laudes – Viernes X de Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. El Señor es bueno, bendecid su nombre.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es bueno, bendecid su nombre.

Himno: TE DOY GRACIAS SEÑOR.

Te doy gracias, Señor.
¡Tanto estabas enojado conmigo!
Tú eres un Dios de amor,
y ahora soy tu amigo,
te busco a cada instante y te persigo.

Eres tú mi consuelo,
tú eres el Dios que salva y da la vida;
eres todo el anhelo
de esta alma que va herida,
ansiándote sin tasa ni medida.

En mi tierra desierta,
tú de la salvación eres la fuente;
eres el agua cierta
que se vuelve torrente,
y el corazón arrasa dulcemente.

¡Quiero escuchar tu canto!
¡Que tu Palabra abrase mi basura
con alegría y llanto!
¡Que mi vida futura
espejo sea sin fin de tu hermosura! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor.

Salmo 50 – CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor.

Ant 2. En Tu juicio, Señor, acuérdate de la misericordia.

Cántico: JUICIO DE DIOS – Ha 3, 2-4. 13a. 15-19

¡Señor, he oído tu fama,
me ha impresionado tu obra!
En medio de los años, realízala;
en medio de los años, manifiéstala;
en el terremoto acuérdate de la misericordia.

El Señor viene de Temán;
el Santo, del monte Farán:
su resplandor eclipsa el cielo,
la tierra se llena de su alabanza;
su brillo es como el día,
su mano destella velando su poder.

Sales a salvar a tu pueblo,
a salvar a tu ungido;
pisas el mar con tus caballos,
revolviendo las aguas del océano.

Lo escuché y temblaron mis entrañas,
al oírlo se estremecieron mis labios;
me entró un escalofrío por los huesos,
vacilaban mis piernas al andar.
Tranquilo espero el día de la angustia
que sobreviene al pueblo que nos oprime.

Aunque la higuera no echa yemas
y las viñas no tienen fruto,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil
y no quedan vacas en el establo,
yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios mi salvador.

El Señor soberano es mi fuerza,
él me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En Tu juicio, Señor, acuérdate de la misericordia.

Ant 3. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Salmo 147 – RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Glorifica al Señor, Jerusalén.

LECTURA BREVE   Ef 2,13-16

Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él al odio.

RESPONSORIO BREVE

V. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.
R. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.

V. Desde el cielo me enviará la salvación.
R. El Dios que hace tanto por mí.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo
R. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.

PRECES

Adoremos a Cristo, que se ofreció a Dios como sacrificio sin mancha para purificar nuestras conciencias de las obras muertas, y digámosle con fe:

En tu voluntad, Señor, encontramos nuestra paz.

Tú que nos has dado la luz del nuevo día,
concédenos también caminar durante sus horas por sendas de vida nueva.

Tú que todo lo has creado con tu poder y con tu providencia lo conservas,
ayúdanos a descubrirte presente en todas tus creaturas.

Tú que has sellado con tu sangre una alianza nueva y eterna,
haz que, obedeciendo siempre tus mandatos, permanezcamos fieles a esa alianza.

Tú que colgado en la cruz quisiste que de tu costado manara sangre y agua,
purifica con esta agua nuestros pecados y alegra con este manantial a la ciudad de Dios.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ya que Dios nos ha adoptado como hijos, oremos al Padre como nos enseñó Jesucristo:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios todopoderoso, te pedimos nos concedas que del mismo modo que hemos cantado tus alabanzas en esta celebración matutina así también las podamos cantar plenamente en la asamblea de tus santos por toda la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – Viernes X de Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. El Señor es bueno, bendecid su nombre.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: QUÉ HERMOSOS SON LOS PIES

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, que divinos son tus pasos! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37 I – ORACIÓN DE UN PECADOR EN PELIGRO DE MUERTE

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, no me castigues con cólera.

Ant 2. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37 II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant 3. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37 III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación.
R. Y tu promesa de justicia.

PRIMERA LECTURA

De la carta a los Filipenses 3, 17-4, 9

PERSEVERAD FIRMES Y ALEGRES EN EL SEÑOR

Hermanos: Seguid todos mi ejemplo y fijaos en los que caminan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque hay muchos de quienes os decía con frecuencia, y ahora hasta con lágrimas lo digo, que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su paradero es la perdición, su dios es el vientre y su gloria está en su vergüenza. Sólo en las cosas de la tierra ponen su corazón. En cambio, para nosotros, nuestros derechos de ciudadanía radican en los cielos, de donde esperamos que venga como salvador Cristo Jesús, el Señor. El transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su imperio todas las cosas.

Así pues, hermanos, a quienes tanto amo y a quienes tanto deseo ver, vosotros sois mi gozo y mi corona. Perseverad firmes en el Señor.

Ruego a Evodia y a Síntique que vivan en buena inteligencia, unidas en el Señor. Y te recomiendo también a ti, Sícigo, «fiel colaborador», que les prestes ayuda. Ellas me asistieron en la lucha por la causa del Evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida.

Estad siempre alegres en el Señor. Otra vez os lo digo: Estad alegres. Que vuestra bondad sea conocida de todos. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna. Pero en toda necesidad presentad a Dios vuestras peticiones mediante la oración y la súplica, acompañadas con la acción de gracias. Y la paz de Dios, que está por encima de todo conocimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Finalmente, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta, hermanos. Seguid practicando lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.

RESPONSORIO    Ef 4, 17; 1Ts 5, 16-18

R. Esto es lo que aseguro en el Señor: que no andéis ya como lo hacen los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios, sino procurad siempre el bien entre vosotros y para con todos. * Porque ésa es la voluntad de Dios en Cristo Jesús sobre nosotros.
V. Alegraos siempre, orad sin cesar y dad gracias a Dios en toda ocasión.
R. Porque ésa es la voluntad de Dios en Cristo Jesús sobre nosotros.

SEGUNDA LECTURA

De los Comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos.
(Salmo 1, 4. 7-8: CSEL 64, 4-7)

DULZURA DEL LIBRO DE LOS SALMOS

Aunque es verdad que toda la sagrada Escritura está impregnada de la gracia divina, el libro de los salmos posee, con todo, una especial dulzura; el mismo Moisés, que narra en un estilo llano las hazañas de los antepasados, después de haber hecho que el pueblo atravesara el mar Rojo de un modo admirable y glorioso, al contemplar cómo el Faraón y su ejército habían quedado sumergidos en él, superando sus propias cualidades (como había superado con aquel hecho sus propias fuerzas), cantó al Señor un cántico triunfal. También María, su hermana, tomando en su mano el pandero, invitaba a las otras mujeres, diciendo: Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar.

La historia instruye, la ley enseña, la profecía anuncia, la reprensión corrige, la enseñanza moral aconseja; pero el libro de los salmos es como un compendio de todo ello y una medicina espiritual para todos. El que lo lee halla en él un remedio específico para curar las heridas de sus propias pasiones. El que sepa leer en él encontrará allí, como en un gimnasio público de las almas y como en un estadio de las virtudes, toda la variedad posible de competiciones, de manera que podrá elegir la que crea más adecuada para sí, con miras a alcanzar el premio final. Aquel que desee recordar e imitar las hazañas de los antepasados hallará compendiada en un solo salmo toda la historia de los padres antiguos, y así, leyéndolo, podrá irla recorriendo de forma resumida. Aquel que investiga el contenido de la ley, que se reduce toda ella al mandamiento del amor (porque quien ama al prójimo ya ha cumplido la ley), hallará en los salmos con cuánto amor uno solo se expuso a graves peligros para librar a todo el pueblo de su oprobio; con lo cual se dará cuenta de que la gloria de la caridad es superior al triunfo de la fuerza.

Y ¿qué decir de su contenido profético? Aquello que otros habían anunciado de manera enigmática se promete clara y abiertamente a un personaje determinado, a saber, que de su descendencia nacerá el Señor Jesús, como dice el Señor a aquél: A uno de tu linaje pondré sobre tu trono. De este modo en los salmos hallamos profetizado no sólo el nacimiento de Jesús, sino también su pasión salvadora, su reposo en el sepulcro, su resurrección, su ascensión al cielo y su glorificación a la derecha del Padre. El salmista anuncia lo que nadie se hubiera atrevido a decir, aquello mismo que luego, en el Evangelio, proclamó el Señor en persona.

RESPONSORIO    Sal 56, 8-9

R. Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. * Voy a cantar y a tocar para ti.
V. Despierta, gloria mía; despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.
R. Voy a cantar y a tocar para ti.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios nuestro, de quien todo bien procede, concédenos seguir siempre tus inspiraciones, para que tratemos de hacer continuamente lo que es recto y, con tu ayuda, lo llevemos siempre a cabo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.