Domingo XI de Tiempo Ordinario

1.- Situación

A veces nos parece evidente la presencia providente de Dios. Y otras, tenemos la sensación de que se oculta demasiado. Si nos analizamos, veremos que esa percepción depende de nuestras expectativas. Así ocurrió en la época de Jesús: la venida del Reino era esperada como irrupción grandiosa; el Mesías, lugarteniente de Dios, debía imponerse con todo su poder, cumpliendo las promesas de una era de felicidad total y de elevación de Israel a cabeza de la humanidad, y esto, para siempre.

Dios está ligado a nuestras fantasías infantiles de felicidad y omnipotencia.

Normalmente, ya no esperamos un Reino de felicidad material; las fantasías infantiles suelen tener formas más sutiles: buscamos en Dios la solución de problemas que no queremos abordar, o nos imaginamos la relación con El sin conflictos, o Le exigimos que nos dé bienes espirituales inmediatamente, o suponemos que, si es tan bueno, no tienen por qué ocurrirnos ciertas cosas…

2.- Contemplación

Los dos parabolitas del Evangelio de hoy nos introducen de cabeza en el estilo de Dios al actuar en la Historia.

Cuenta con el hombre, que ha de sembrar la semilla. Pero el fruto es obra de Dios. Si intenta controlar el crecimiento y se afana ansiosamente, la semilla terminará sofocada. Si se duerme confiadamente en manos de Dios, si se apoya en la fe, verá maravillas.

Sin embargo, las maravillas no tendrán nada que ver con sus deseos narcisistas o sus megalomanías. El Reino es poderoso, pero como el granito de mostaza. Su fuerza es oculta, a largo plazo. Su eficacia no la comprueban los que viven de sueños de grandeza (aunque éstos sean esprituales), sino los pequeños, aquellos a quienes cualquier don de Dios, el más insignificante, les parece un regalo maravilloso.

La lectura de Ezequiel 17,22-24 nos ayudará a dar gracias al Señor porque El es así, el que «humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes». Nos dice, además, que ésta es su promesa y que así lo hará. En efecto, con el Mesías Jesús, el árbol humilde, el grano de mostaza, ha llegado el Reino de la vida oculta y fuerte.

3. Reflexión y praxis

El Reino de la vida oculta y fuerte. En efecto, el Reino es eficaz, y visiblemente eficaz, pero hace falta darle tiempo y vivir este tiempo paradójicamente: con la urgencia de quien tiene un solo día para sembrar el grano, y la tranquila confianza de quien se echa a dormir, pues no disponemos de su eficacia, y sabe que así, en manos de Dios, está mejor.

– Cuando haces todo lo que puedes y sabes por la educación de tus hijos, pero no intentas controlarlos, y cuando no responden a tus expectativas morales o religiosas, no desesperas…

– Cuando estás comprometido en la causa de los desfavorecidos, pero no te sirves de ellos para auparte a ti mismo.

– Cuando, en la evangelización, prefieres medios gratuitos, testimoniales, centrados en las personas, más que en las estructuras.

– Si en tu vida has descubierto progresivamente el valor de las cosas sencillas y rutinarias.

– ¿Quién soporta realmente el peso de la humanidad: los responsables políticos y económicos o tantas personas anónimas que cuidan de los enfermos y de los niños? Todo hace falta, ciertamente, gente que se dedique a humanizar la cultura y la sociedad; pero el subsuelo de toda cultura de las relaciones sociales está en el entramado invisible del amor de cada día y de las actitudes éticas.

– ¿No es verdad que sentimos más satisfacción cuando celebramos el triunfo de la Iglesia o de nuestra causa política o la victoria de nuestro líder deportivo, que cuando vemos a un compañero echar mano a otro, olvidando sus intereses personales, o a una madre mantener la esperanza en la enfermedad de su hijo?

– Nos cuesta creer que Dios pueda hacer su obra con nuestra fragilidad e impotencia. Estamos esperando «efectos especiales», experiencias elevadas. Pero el Señor nos lleva por caminos de fe oscura y de amor difícil.

Hemos de revisar nuestras precomprensiones sobre el Reino. El mejor modo es contemplar reiteradamente qué dijo e hizo Jesús.

Nos ayudará, también, dirigir una mirada retrospectiva a nuestra historia personal y constatar cómo Dios ha ido haciendo su obra a pesar nuestro, y cómo todo ha dependido de confiar en su acción oculta.

Javier Garrido