Dos parábolas

El árbol humilde

Las parábolas son comparaciones que nos hacen cercano y exigente el reino de Dios.

El Señor trabaja

Comparar es tomar algo conocido y diario para traducir una realidad de más difícil acceso: «Se parece…». La vida cotidiana de su pueblo es la gran fuente de las parábolas de Jesús. Las que hoy nos presenta Marcos nos traducen el reino de Dios en términos rurales. La primera parábola contrapone la fuerza y la riqueza de la tierra con el trabajo del labrador. Haga lo que haga éste, duerma o se levante, de día o de noche, «la semilla germina y va creciendo» (Mc 4, 27). Lleva en él una fuerza interna que lo hace pasar primero a hierba, luego a espiga y finalmente a trigo (cf. v. 28). Estamos ante un proceso que los oyentes de la parábola conocen bien. Con el trigo se hace el pan, alimento cotidiano, esencial para la vida humana. El germen de vida del grano le sirve a Jesús para comunicar un elemento capital del reino de Dios: se trata de un don. Dios es el labrador principal, nosotros no somos sino los colaboradores. Si no se comprende que la iniciativa viene del Señor no se sitúa correctamente nuestro propio aporte.

Junto con Dios nos alegraremos de que llegue la hora de la siega (cf. v. 29). Es el momento del juicio del Señor. Ese día «tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo» (2 Cor 5, 10). Acoger el Reino, hacer nuestro su mensaje de amor, justicia y libertad, significa reconocer la fuerza de Dios en nuestras vidas, reconocerlo como el labrador de la historia.

El nido de las aves

La segunda parábola nos habla de la aparente pequeñez del Reino. El gran peligro es que nos aparezca invisible. La comparación viene, una vez más, del mundo del campo. El grano de mostaza parece insignificante, encierra sin embargo la capacidad de convertirse en un árbol grande. En sus ramas las aves del cielo harán su casa y buscarán la protección de su sombra (cf. Mc 4, 31-32). Así es el Reino, sus comienzos no anuncian todo lo que vendrá. Fue anunciado inicialmente en la poco apreciada tierra de Galilea, su pregonero asustó a los grandes de su tiempo y lo condenaron a una muerte ignominiosa con la esperanza de que nadie recordara lo que dijo e hizo. Pero la semilla fue sembrada en la historia y el árbol crece, siempre humilde (cf. Ez 17, 24), pero vital y verde.

Sus frutos se dan en testimonios como los de la hermana Irene Mc Cormack (religiosa nacida en Australia). No vino al Perú a que la mataran, vino sí a dar su vida por los pobres. Su vida diaria, amistad, trabajo, gestos. Venía de un país tranquilo, sin mayores problemas, y fue asesinada cruelmente en medio de un pueblo que, cada vez más, como decía Vallejo, sólo posee su muerte para expresar su vida. El Señor hizo crecer en Irene la semilla del Reino. Cuando se levantaba y se acostaba, de día y de noche, el Reino crecía en su vida con una fuerza que tal vez ella misma no percibía. Su condición de mujer y de religiosa, siempre marginadas, representa bien el insignificante grano de mostaza. Pero el Señor ha convertido su humildad en un árbol frondoso que hoy nos da sombra y en el que la opción preferencial por el pobre hace su nido.

Gustavo Gutiérrez