II Vísperas – Domingo XI de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: SANTA UNIDAD Y TRINIDAD BEATA.

Santa unidad y Trinidad beata:
con los destellos de tu brillo eterno,
infunde amor en nuestros corazones,
mientras se va alejando el sol de fuego.

Por la mañana te cantamos loas
y por la tarde te elevamos ruegos,
pidiéndote que estemos algún día
entre los que te alaban en el cielo.

Glorificado sean por los siglos
de los siglos el Padre y su Unigénito,
y que glorificado con entrambos
sea por tiempo igual el Paracleto. Amén

SALMODIA

Ant 1. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Ant 2. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Salmo 110 – GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su poder,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Ant 3. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 3-5

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

V. Digno de gloria y alabanza por los siglos.
R. En la bóveda del cielo.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. La pequeña semilla se transforma en un árbol, y ofrece cobijo a las aves del cielo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La pequeña semilla se transforma en un árbol, y ofrece cobijo a las aves del cielo.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó el mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Señor, tú que en el universo, obra de tus manos, nos revelas tu poder,
haz que sepamos ver tu providencia en los acontecimientos del mundo.

Tú que por la victoria de tu Hijo en la cruz anunciaste la paz al mundo,
líbranos de todo desaliento y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
concédeles que cooperen con sinceridad y concordia en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos
y fortalece a los débiles, para que en todos se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que al tercer día resucitaste a tu Hijo gloriosamente del sepulcro,
haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

La pequeña semilla y el insignificante grano de mostaza

Querido amigo: Hoy en nuestro encuentro nos valemos de esta escena —una escena campestre— donde Jesús, le vemos que ha salido de la casa de Pedro, se va a orillas del mar, se sienta, y allí les habla a sus discípulos en parábolas: les explica en qué consiste el Reino de Dios. Escuchemos estas dos parábolas que nos narra Marcos 4 versículo 26-34:

Y decía: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa semillas sobre la tierra, y duerma o vele, noche y día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma da el fruto: primero la hierba, después la espiga y finalmente el grano maduro en la espiga; y cuando el fruto está a punto, enseguida mete la hozporque es la hora de la siega”. Y decía: “¿A qué asemejaremos el Reino de Dios o conqué parábola lo compararemos? Es como un grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas de la tierra, pero una vez sembrado, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes, que a su sombra pueden anidar las aves del cielo”. Con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra según podían comprenderlas, y no les hablaba sin parábolas. Pero a sus discípulos les explicaba todo aparte.

Tú y yo nos ponemos también junto a Jesús, en medio de esos discípulos y de esa gente que está escuchándole, y le oímos decir que el Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra, la deja crecer, duerme de noche, se levanta… yla semilla va germinando y creciendo sin que él se dé cuenta. Y la tierra va produciendosu cosecha: despuntan los tallos, la espiga, el fruto… Y lo mismo ocurre con el grano de mostaza: una semilla incipiente, pequeñita, pero que luego se hace un arbusto grande y florido.

Pero ¿qué nos quiere decir a ti y a mí estas dos parábolas, la de la semilla y la mostaza? Que Jesús, el Reino, Él no actúa de una manera espectacular, que es una semilla insignificante, pero llena de vigor interior… y crece y da fruto. A Él no le gusta lo espectacular, lo ruidoso; trabaja en lo sencillo, en lo cotidiano, en el día a día, en el hora a hora, en el levantarme, en el acostarme… Es así. Luego se convierte en un árbol importante, pero Él es así: lo insignificante, lo humilde, como la Virgen, así, humilde y pobre, pero luego fecunda y llena de bienes.

Otra lección que me da el Señor y nos da es que los métodos espectaculares tampoco le gustan. Seguimos diciendo que le gusta lo interior, el silencio, la profundidad, el no notar, el no sobresalir. Brillaremos por nuestro testimonio, brillaremos sin nada espectacular. Y otra lección también que haciendo oración este encuentro contigo, Jesús, me quieres decir: que no me crea nunca protagonista de nada, y que descubra y te agradezca la fuerza interior que me ayuda a crecer en ti. Pero que tampoco pierda el ánimo, que no quiera rápidamente el fruto, que no quiera un método rápido, sino que espere a que esa humilde semilla sepultada en la tierra dé fruto.

Quieres que colabore, quieres que esté contigo, que sea fermento, que sea luz, que sea sal, que dé sabor, que dé fruto, pero ahí, en el interior, sin notar. El sembrador eres Tú y Tú haces germinar, brotar y crecer. Una gran llamada a la humildad, una gran llamada a la paciencia, una gran llamada a no ser perezoso, a contribuir, a colaborar en este plan que Tú tienes conmigo en mi vida. Tú harás que germinemos, Tú harás que demos fruto. Muchas veces, Jesús, queremos todo rápido y sembramos, pero deprisa, y a veces caemos en el desánimo, no vemos el fruto. Qué razón tienen esas palabras:“Uno es el que siembra y otro es el que siega, y el fruto es tuyo”… Y esa Carta a losCorintios que dice: “Yo planté, Apolo regó, mas fue Dios quien dio el crecimiento”. Demodo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios el que hace crecer.

Este encuentro es una llamada a la reflexión y un entrar en mi interior y darme cuenta de qué hago con esa semilla, cómo va…, colaboro o no colaboro. Y quiero ser una persona que esté contigo en contacto para que dé fruto. Quiero conservar guardado en mi corazón ese regalo de la semilla que Tú me das. Y también me doy cuenta de que a veces ni me entero siquiera de que estás en mi interior, ni cuido tu palabra, ni cuido tu vida y ni cuido tu siembra. Quiero defender esa semilla y quiero sembrarla para que dé fruto en los demás.

A ti y a mí, amigo, amigo mío, Jesús nos entrega el Reino de Dios, el Reino de los Cielos, como una semilla que tenemos que sembrar. Pero esa semilla necesita una fuerza interior que eres Tú y Tú harás crecer a un ritmo… lentamente… pero la harás crecer. Haz, Jesús, que nunca pierda el amor, la ilusión, el interés y esa fuerza interior. Gracias, Jesús, por darme esa semilla. Gracias, Jesús, por hacer que yo tenga ese compromiso y esa decisión fuerte de cuidarla. Ya veré, cuando Tú quieras, el tallo, la espiga, el fruto. Pero que no olvide nunca que Tú eres una semilla humilde, pequeña, pero extraordinaria, y que tienes el ritmo de tu propio desarrollo. No inquietarme, aunque parezca que no hago nada, que no germina mi vida, que no produce frutos. Quiero ser humilde, y quiero estar ahí dándome cuenta de que Tú estás sembrando toda tu fuerza interior en mí.

Hoy en este encuentro te escucho, Señor, escucho estas dos parábolas que me dices y pienso… y agradezco… y me comprometo… y me humillo… ¡y me lleno de confianza! Agradezco que Tú germines en mi vida. Agradezco que Tú seas el Sembrador. Te pido paciencia para no intranquilizarme en el camino que Tú quieras, fuerza para sembrar el amor, la ilusión; fuerza para no ser perezoso; fuerza para ser humilde; fuerza para no exigir frutos a corto plazo; fuerza para entender tu trabajo, y también ilusión para sembrarte por donde vaya. Tú te encargarás de lo demás. Dame esa fuerza y esa alegría, y que yo no pregunte nunca ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Que no me desanime, que trabaje, que agradezca, que me ilusione. ¡Gracias, Jesús, por estar en mi corazón, gracias por estar en mí! Ayúdame en la medida que pueda a colaborar y a hacer crecer tu vida en mí. Algún día veré la semilla, algún día veré el fruto, algún día veré el grano.

Ayúdame, Señor, para ser evangelizador y para darme cuenta de que Tú estás en mí con una fuerza interior que mueve todo. Que mi vida sea un testimonio y que nunca me canse de colaborar contigo, con un estilo poco aparente, pero que sea fermento en la masa, que sea luz, que sea sal para que Tú produzcas y tengas fruto en mí y en todas las personas que yo trate de darte a conocer. Gracias, Señor, hazme humilde, hazme paciente y hazme con una fuerza grande de ilusión para sembrarte donde yo vaya y donde yo esté.

Y tú, Madre mía, que precisamente por tu humildad y por tu pobreza fuiste tan fecunda, ayúdame también a ser humilde, a ser pobre y a saber fecundar y a saber colaborar con la semilla del amor de Jesús en mí. Me quedo escuchando y pienso esta parábola. Parecen unas parábolas normales, pero que reflexionadas dicen mucho en mi vida. Me quedo escuchándote, pero pensando… esa semilla que Tú me das… qué hago con ella… la dejo crecer… cómo colaboro… Y te agradezco el que Tú estés en mí dándome vida, fuerza e ilusión.

¡Gracias, Señor!

Francisca Sierra Gómez

Parábola del grano de mostaza

LA PARABOLA DE LA SEMILLA QUE CRECE SOLA (Mc. 4, 26-29)

Esta parábola se encuentra solo en Mc.. Es una parábola que puede ser peligrosa porque, como veremos podemos pensar que es una invitación a la pasividad, a la inactividad, y nosotros no necesitamos ninguna pasividad.

EL RELATO.-

Hay que empezar como siempre: “Con el Reino de Dios sucede como con un hombre, etc., es decir: el Reino de Dios no se compara con un sembrador, sino con una cosecha que llega con toda seguridad, sin necesidad de intervención humana, sin que el hombre sepa como; esto es lo más importante. Se nos describe una siembra que termina en cosecha. Y, ¿que hace el sembrador? Este solamente interviene para sembrar y al final, para recoger la cosecha; y todo el proceso del crecimiento, entre la siembra y la cosecha, se da sin su intervención. El sembrador hace lo suyo: sembrar, y después, esperar a que llegue la cosecha. Así insiste la parábola “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota sin que él sepa como”. Hay, pues, un contraste en la parábola.

Hay, primero, una descripción de la pasividad, de la no intervención del sembrador en el proceso del crecimiento; y en segundo lugar, en contraste con esta actividad, el crecimiento. El crecimiento aparece muy destacadamente en la parábola.

De forma progresiva se dice que la tierra, no el sembrador, da fruto por sí misma; primero sale hierba, a continuación espiga, después, trigo abundante y la siega. El que “la tierra de fruto por sí misma sin que él sepa como” se explica claramente en la mentalidad semita, porque para un israelita, el crecimiento de las plantas, del trigo, es un proceso misterioso, es algo secreto. El sembrador no puede hacer nada para hacerlo crecer, por lo que el crecimiento debe ser atribuido a la fuerza puesta por Dios en la misma semilla. Todo esto, de manera elemental en cuanto al relato.

LA ENSEÑANZA DE JESUS EN LA PARABOLA

Esta parábola es una respuesta de Jesús a las dudas que surgen sobre su misión, a la decepción que ha podido provocar Jesús, sobre todo en aquellos que impacientemente esperaban el Reino de Dios y pedían una intervención: eran los celotas. Los celotas, movimiento terrorista, en tiempo de Jesús, no se limitaban a esperar el Reino de Dios; querían intervenir por la fuerza, la violencia, y tuvieron que preguntarse por qué no actuaba Jesús.

a) Tuvieron que preguntarse por qué no actuaba Jesús, como se esperaba que actuara el Mesías, a eliminar a los pecadores y a establecer una comunidad pura y santa. Ellos así lo deseaban.

Pero viene Jesús, y admite entre los suyos trigo y cizaña, como veremos un día, aunque nosotros tampoco queramos admitirlo.

b) Por otra parte se preguntarán porque Jesús no da la señal para la liberación de Israel. Hay que actuar, hay que liberarse de los romanos.

Jesús, ciertamente los defrauda; vienen a hacerle Rey y El se escapa.

Con esta parábola Jesús responde porque lo hace así. Según Jesús, lo que hay que hacer es sembrar el Reino de Dios, el crecimiento de ese Reino ya no depende de nosotros. Entonces la enseñanza de la parábola sería ésta: Con la misma seguridad, conque una vez realizada la siembra, llega a término la cosecha, sin intervención del sembrador, de la misma manera, una vez de sembrar el Reino de Dios hay que esperar pacientemente la hora en que ese Reino llegue a su madurez, a su plenitud. Por lo tanto, la parábola nos descubre que la fuerza que hace crecer y llevar a plenitud el Reino de Dios, no es la nuestra, no es nuestra contribución ni la intervención humana. El mismo Reino de Dios tiene fuerza, su fuerza, como la tiene la semilla.

De otra manera: la fuerza del Reino de Dios no está en el que lo anuncia, sino en el mismo Reino; el éxito del Evangelio no está en el mensajero sino en el mensaje, lo cual es tremendamente consolador. De ahí también el que seamos conscientes de nuestra responsabilidad para anunciar y vivir de verdad el Evangelio. Este tiene la única garantía del triunfo; nuestras ideas llegarán a triunfar. Nosotros desapareceremos, pero el Evangelio seguirá renovando el mundo.

Sin embargo, la parábola no es una invitación a la pasividad; no creamos que podemos quedarnos tranquilos porque el Evangelio ha de crecer sin que sepamos como.

Como la semilla debe ser sembrada, también el Reino de Dios debe ser activamente sembrado, de lo contrario no crecerá; pero una vez sembrado, nuestra postura tiene que consistir en esperar con fe y alegría la cosecha, aunque de momento no la veamos. El Reino de Dios llegará a su hora; se dirá : “ha llegado la siega”.

LA APLICACIÓN DE LA PARABOLA

Hoy, como siempre, la parábola es una invitación a la esperanza, pero sobre todo en estos tiempos, hay que evitar cuidadosamente cualquier presentación que sugiera una postura tranquila, pasiva, inactiva.

La parábola no se detiene a describirnos como hay que sembrar, pero nos dice que hay que hacerlo, seguros de que llegará la cosecha. Solo el que siembra puede esperar la cosecha, no los demás. No debemos angustiarnos porque ahora no veamos el fruto, pero sí, por lo que no hacemos. Cada uno debe responder de como siembra, sin preocuparse tanto del resultado. ¿Por qué nos preocupamos tanto de que lo demás fallan? ¿Por el celo de Dios? ¿Por qué? Tenemos que realizar toda nuestra actividad terrestre sabiendo que la siega llegará. Toda nuestra vida debe ser una constante siembra. Jesús, al hablar de la siega, se refiere a la escatológica a algo que no es de aquí. Nuestra siembra solo se convertirá en definitiva si es evangélica. Debemos pues pensar en lo que sembramos; sembramos amargura o anti-evagelio, no habrá siega.

Una vez más, sólo el Evangelio llegará a la cosecha.

Esta parábola recuerda un texto de San Pablo a los Gálatas: “No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembra, eso cosechará; el que siembra en su carne cosechará corrupción; el que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos”. (Gál. 6, 7-9)

Resumiendo. En estas parábolas, Jesús quiere recalcar que, en esta vida, el Reino de Dios aparece como algo insignificante, pero dentro de esa insignificancia hay oculta una fuerza extraordinaria que culminará en el éxito final.

Ante las dificultades, obstáculos, resistencias e impaciencias de todo tipo, la comunidad cristiana debe anunciar, predicar y vivir el Evangelio con la misma esperanza de Jesús que no quedó defraudado.

José Antonio Pagola

Dios actúa desde lo pequeño

1.- Renace la vida y la salvación. Las lecturas de hoy nos hablan de reconstrucción, de renacimiento de aquello que está muerto, de crecimiento y de vida. Los exiliados en Babilonia, especialmente después de la destrucción de Jerusalén, perdieron toda esperanza y padecían mucho recordando junto a los canales de una ciudad extraña la solemnidad de las fiestas que en otro tiempo celebraban en el templo de Jerusalén. El profeta Ezequiel anuncia el restablecimiento de la dinastía de David. Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sión, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica en la que se utiliza la imagen del «árbol cósmico», alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. Esta imagen la encontramos de nuevo en la parábola evangélica del grano de mostaza.

2.- “Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad” El hombre tiene su verdadera patria en el Señor y ahora en este mundo está desterrado. Todavía no vemos al que constituye nuestro hogar. No está claro si Pablo en la Segunda Carta a los Corintios se refiere a la parusía del Señor o si aquí afirma también un encuentro con el Señor en la muerte individual de los creyentes. No obstante, la mente de Pablo está también afirmar que el sentido de la muerte individual es un encuentro con el Señor. De todas formas, lo importante es en este mundo aceptar la responsabilidad cristiana y agradar al Señor, ante quien todos comparecerán para ser juzgados. La vida aquí en la tierra es un camino que nos conduce al encuentro con Dios. Conviene no distraernos ni equivocarnos de camino, como destaca San Agustín:

“Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad, olvidando las cosas temporales. Este camino requiere gente fuerte; no quiere perezosos. Abundan los asaltos de las tentaciones; Cualquier cosa que sea la que te ha prometido el mundo, mayor es el reino de los cielos”. Sermón 346 B

3.- Todos debemos colaborar en el crecimiento del Reino de Dios. La primera parábola del grano habla del labrador que aguarda paciente y confiado después de la siembra a que llegue el tiempo de la siega. ¿Qué ha hecho el hombre? Nada importante; la semilla creció sola. La parábola afirma que el Reino de Dios, sembrado por Jesús, crece inexorablemente, aunque su desarrollo se oculta incluso a los que cooperan a su crecimiento. Todos debemos colaborar en el crecimiento del Reino de Dios. Crece realmente en nuestro interior y a través nuestro, siempre que seamos fieles en el seguimiento de Jesús, aunque su crecimiento sea difícil de descubrir. Pero tenemos que colaborar en su desarrollo, siendo una tierra que produzca el máximo posible. ¿Tenemos conciencia de ser como una semilla que debe desarrollarse y dar fruto? ¿Nos damos cuenta que todo desarrollo es lento y laborioso? ¿Estamos empeñados en nuestro crecimiento personal?

La parábola del grano de mostaza nos muestra que el Reino es algo aparentemente pequeño y de poca fuerza, pero tiene energía para vencer a lo que parece más fuerte. El inicio del reino es pobre y de escasas apariencias, como lo es todo lo verdadero. Dios actúa desde lo pequeño, desde lo simple y humilde. No aparece como una gran empresa, ni como una poderosa organización, ni emplea elementos humanos que sean tenidos en consideración. Así lo entendió siempre Jesús y así actuó. ¿Lo hemos entendido los cristianos? Con la parábola del grano de mostaza, Jesús se opone totalmente a la esperanza de grandeza y de dominio universales propios del mesianismo nacionalista. Israel no dominará a las demás naciones, ni el Reino de Dios será en la historia un gran imperio. Tampoco la Iglesia

4.- Se nos ofrecen pequeñas semillas para que demos fruto. La manía de lo grande anida en cada corazón y en nuestra sociedad. El rascacielos más grandes, el coche más potente, el hombre más rápido, el predicador más elocuente… Sólo premiamos al número uno. Lo queremos todo ya, aquí y ahora. Despreciamos lo pequeño y lo invisible. Sólo hay salvación en Jesucristo. Lo nuestro es crecer y ayudar a crecer en Cristo a los hermanos. Lo nuestro es confiar en que todo depende de Dios y trabajar por el Reino como si todo dependiera de nosotros. Así lo expresa esta parábola:

“Anoche tuve un sueño raro. En la plaza mayor de la ciudad habían abierto una nueva tienda. El rótulo decía: “Regalos de Dios”. Entré. Un ángel atendía a los compradores.

-¿Qué es lo que vendes?, pregunté.

– Vendo cualquier don de Dios.

-¿Cobras muy caro?

-No, los dones de Dios son siempre gratis.

Miré las estanterías. Estaban llenas de ánforas de amor, frascos de fe, macutos llenos de esperanza… Yo necesitaba un poco de todo.

Le pedí al ángel que me diera una ración de amor, dos de perdón, tres de esperanza, unos gramos de fe y el gran paquete de la salvación.

Cuando el ángel me entregó mi pedido quedé totalmente sorprendido. ¿Cómo puede estar todo lo que he pedido en un paquete tan diminuto?, le pregunté al ángel.

Mira, amigo, Dios nunca da los frutos maduros. Dios sólo da pequeñas semillas que cada uno tiene que cultivar y hacer crecer”.

José María Martín OSA

17 de junio – Sagrado Corazón

LA LANZADA

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios, que por medio del Corazón de tu Hijo, herido por nuestras culpas, te dignas, en tu misericordia infinita, darnos los tesoros de tu amor; te pedimos nos concedas que, al presentarte el devoto obsequio de nuestra piedad, le ofrezcamos también el homenaje de una digna satisfacción. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

CONSIDERACIÓN DEL DÍA

Lanzada contra el Corazón de Cristo es el ateísmo materialista y consumista que pretende hoy dominar el mundo, borrar de las inteligencias todo el orden sobrenatural y sumirlo en el abismo de la maldad.

 

LETANÍAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Padre Eterno, Dios de los cielos, ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Pa­dre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, templo santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, tabernáculo del Al­tísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hoguera ardiente de caridad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, asilo de justicia y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien están to­dos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, deseo de los eter­nos collados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y de mu­cha misericordia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para todos los que te invocan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, saciado de opro­bios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte, Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, perforado por una lanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de toda con­solación, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, perdónanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, escúchanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, ten piedad de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

 

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, mira el corazón de tu amadísimo Hijo y las alabanzas y sa­tisfacciones que te dio en nombre de los pecadores, y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia, en nombre de tu mismo Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, que tus santos misterios infundan en nosotros el fervor divino, con el que, recibida la bondad de tu dulce Corazón, aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial. Tu que vives y reinas por siglos infinitos. Amén.

Ecclesia in Medio Oriente

87. Desde hace bastantes años, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades están presentes en Oriente Medio. Son un don del Espíritu a nuestra época. No se debe apagar el Espíritu (cf. 1 Ts 5,19); sin embargo, corresponde a cada uno y a cada comunidad poner su carisma al servicio del bien común (cf. 1 Co 12,7). La Iglesia católica en Oriente Medio se alegra del testimonio de fe y de comunión fraterna de estas comunidades, donde se reúnen cristianos de varias Iglesias, sin confusión ni proselitismo. Animo a los miembros de estos movimientos y comunidades a ser artífices de comunión y testigos de la paz que viene de Dios, en unión con el obispo del lugar y según sus directrices pastorales, teniendo en cuenta la historia, la liturgia, la espiritualidad y la cultura de la Iglesia local[80]. Así demostrarán su adhesión generosa y su deseo de servir a la Iglesia particular y a la Iglesia universal. Por último, su buena integración manifestará la comunión en la diversidad y ayudará a la nueva evangelización.


[80] Cf. Propositio 17.

Lectio Divina – 17 de junio

Lectio: Domingo, 17 Junio, 2018

Las parábolas del Reino de Dios El Reino es como una semilla

Marcos 4,26-34

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu para que nos ayude a leer la Escritura con la misma mirada con la que tú se la leíste a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia,  les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos estremecedores de tu condena y muerte. De este modo, la cruz que parecía ser el fin de toda esperanza, se mostró a ellos como origen de vida y de resurrección.

Haz en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Que tu Palabra nos oriente para que también nosotros, como los dos discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y dar testimonio a los demás de que tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a tí, Jesús, hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado al Espíritu. Amén.

2. Letcura

a)   Una división del texto per ayudarte en la lectura

Mc 4,26-29: La parábola de la semilla que nace por sí misma

Mc 4,30-32: La parábola del grano de mostaza

Mc 4,33-34: La conclusión sobre la parábola

b) El texto: Marco 4,26-34

En aquel tiempo, Jesús decía ( a la multitud): Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo.

Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga;  y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado.

Decía también: ¿A qué haremos semejante el reino de Dios, o con qué parábola lo compararemos?

Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero después de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra. 
Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír. 
Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus discípulos en particular les declaraba todo.

3. Momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a)¿Cuál es el punto que más te ha llamado la atención? ¿Por qué?

b) Jesús no explica la parábola. Cuenta la historia y mueve a los demás a la imaginación y a la reflexión . ¿Qué has descubierto tú en las dos parábolas?
c) El objetivo de las palabras es hacer la vida transparente. ¿ Se ha ido haciendo tu vida más transparente a lo largo de los años o ha sido al contrario?

5. Para quienes quieren profundizar en el tema

a) Para comprender mejor

Por qué Jesús enseña por medio de parábolas: Jesús cuenta muchas parábolas. ¡Todas tratan de la vida de la gente! De este modo ayudaba a las personas a descubrir las cosas de Dios en la vida de cada día, vida que se hacía transparente. Ya que lo extraordinario de Dios se esconde en las cosas ordinarias y comunes de la vida de cada día. La gente comprendía las cosas de la vida. En las parábolas recibían la llave para abrir y encontrar en ella los signos de Dios.

Por medio de las parábolas Jesús ayudaba a la gente a percibir la presencia misteriosa del Reino en las cosas de la vida. Una parábola es una comparación. Él usa las cosas conocidas y evidentes de la vida para explicar las cosas invisibles y desconocidas del Reino de Dios. Por ejemplo, la gente de Galilea comprendía cuándo se hablaba de semilla, de terreno, de lluvia, de sol, de sal, de flores, de peces, de cosecha, etc. Y Jesús usa estas cosas conocidas de la gente en sus parábolas para explicar el misterio del Reino.

La parábola del sembrador es un retrato de la vida de los campesinos. En aquel tiempo no era fácil vivir de la agricultura. Los terrenos estaban llenos de piedras. Muchos arbustos. Poca lluvia, mucho sol. Por otra parte, muchas veces la gente, para acortar las distancias, atravesaban los campos y pisaban las plantas ( Mc 2,23). Pero, a pesar de ello, cada año el agricultor sembraba y plantaba, confiado en la fuerza de la semilla, en la generosidad de la naturaleza.

La parábola no lo da todo hecho sino que mueve a pensar y hace descubrir a partir de la experiencia que los oyentes tienen de la semilla. Mueve a la creatividad y a la participación. No es una doctrina que llega pronto para ser enseñada y adornada. La parábola no da agua embotellada sino que conduce a la fuente. El agricultor que escucha dice: “ La semilla en la tierra y yo ¿qué puedo saber?” Pero Jesús dice que esto tiene que ver con el Reino de Dios: “¿Qué será?” Es posible imaginar las largas conversaciones de la muchedumbre. La parábola se mueve con la gente y la empuja a escuchar la naturaleza y a pensar en la vida.

b)   Comentario del texto

Es hermoso ver a Jesús que , siempre de nuevo, busca en la vida y en los acontecimientos elementos e imágenes que puedan ayudar a la gente a percibir y experimentar la presencia del Reino. En el evangelio de hoy cuenta, una vez más, dos breves historias que suceden todos los días en la vida de todos nosotros: “La historia de la semilla que crece por sí misma” y “la historia de la pequeña semilla de mostaza que crece y se hace grande.»

 La historia de la semilla que crece por sí misma.

El agricultor que planta conoce el proceso: semilla, fino hilillo  verde, hoja, espiga, grano. El agricultor sabe esperar, no siega el grano antes de tiempo. Pero no sabe cómo la tierra, la lluvia, el sol y la semilla tienen esta fuerza de hacer crecer una planta de la nada hasta la fruta. Así es el Reino de Dios. Es un proceso con etapas y momentos de crecimiento. Sucede en el tiempo. Produce fruto en el momento justo pero ninguno sabe explicar su fuerza misteriosa. ¡Ninguno , ni aún el dueño! ¡Sólo Dios!

La historia del pequeño grano de mostaza que crece y se hace grande.

El grano de mostaza es pequeño, pero crece y al final los pajarillos hacen su nido entre sus ramas. Así es el Reino. Comienza muy pequeño, crece y extiende sus ramas. La parábola deja abierta una pregunta que recibirá respuesta en el evangelio, más tarde: ¿quiénes son los pajarillos? El texto sugiere que se trata de los paganos que no pueden entrar en la comunidad y participar del Reino.

Jesús explica la parábola a sus discípulos.

En casa, solos con Jesús, los discípulos quieren saber el significado de la parábola. No la han comprendido. Jesús se queda atónito ante su ignorancia ( Mc 4,13) y en aquella ocasion responde con una frase difícil y misteriosa. Dice a sus discípulos: “ A vosotros se os ha confiado el misterio del Reino de Dios; sin embargo, a los de fuera todo viene expuesto en parábolas para que miren pero no vean, escuchen pero no entiendan, para que no se conviertan y sean perdonados!”. Esta frase mueve a la gente a preguntarse: Entonces ¿de qué sirve la parábola? ¿Para aclarar o para ocultar? ¿Puede ser que  Jesús se sirva de la parábola con el fin de que la gente continúe viviendo en la ignorancia y no llegue a convertirse? !Por supuesto  que no! Porque  en el evangelio de hoy Marcos dice que Jesús usaba las parábolas “ de acuerdo a lo que podían entender” (Mc 4,33).

¡La parábola revela y esconde al mismo tiempo! Revela a aquellos que están dentro, que aceptan a Jesús, Mesías Siervo. Esconde a aquellos que insisten en considerarlo el Mesías, el Rey grandioso. Estos comprenden las imágenes de la parábola pero no llegan a aceptar su significado.

6. Oración – Salmo 96

Grande es el Señor y digno de toda alabanza

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor toda la tierra.
Cantad al Señor, bendecid su nombre,
anunciad día a día su salvación.
Contad su gloria en medio de los pueblos,
anunciad sus maravillas a todas las naciones.
Grande es el Señor y digno de toda alabanza,
terrible sobre todos los dioses.
Todas los dioses de las naciones son nada,
pero el Señor ha hecho los cielos.
Majestad y belleza van delante de él,
poder y gloria en su santuario.
Dad al Señor , familias de los pueblos,
dad al Señor gloria y poder,
dad al Señor la gloria de su nombre.
Llevadle ofrendas y entrad en sus atrios,
postraos ante el Señor con ornamentos sacros.
Tema ante él la tierra entera.
Decid al pueblo: “¡El Señor reina!”
Afianzó la tierra  para que no vacile;
juzgará a las naciones con rectitud.
Alégrense los cielos, goce la tierra,
ruja el mar y cuanto encierra;
exulten los campos y cuanto hay en ellos,
regocíjense los árboles del bosque
delante del Señor que ya llega,
porque viene a juzgar toda la tierra.
Juzgará el mundo con justicia
y  a todos los pueblos con fidelidad.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracias por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir cuanto tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros, como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar sino practicar la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Domingo XI de Tiempo Ordinario

En el evangelio de este domingo, Jesús propone dos parábolas para explicar lo que es y lo que entraña el Reino de Dios. A primera vista, estas dos parábolas pueden parecer cosa de poca importancia. En realidad, las dos parábolas tocan directamente dos cuestiones de notable importancia para comprender la presencia actual del Evangelio y del proyecto de Jesús en la vida y en la Historia. ¿Por qué?

La primera parábola se puede denominar como la parábola de la «semilla automática». Es decir, la «semilla que crece por sí misma», aunque el sembrador de esa semilla esté dormido, descansando, se olvida de la semilla que sembró en la tierra. Y es que el Reino de Dios tiene una fuerza, por sí mismo, que donde hay vida humana, por eso mismo hay Reino de Dios. Lo cual quiere decir, que de la misma manera que, si nos «humanizamos», igualmente en nosotros y en nuestros ambientes aumenta la «humanización», así, sin que nos demos cuenta, se extiende y se hace más profundo el «reinado de Dios» en el mundo.

La segunda parábola nos indica que, en el proyecto de Jesús, un criterio capital es que «lo pequeño» es lo que «tiene fuerza y poder de cambio», de transformación. Este criterio se opone radicalmente a nuestra obsesión por lo grande y por la grandeza. No. Jesús elogió siempre a los niños, a los pequeños, a los últimos, a los «nadies». Porque de los que son eso y son así, de esos es el Reino de Dios. Ellos son los que hacen más humano este mundo. Una cosa es «el ser humano»; y otra cosa es «ser humano». Los pequeños son los más humanos. ¿Por qué nos impresiona tanto un niño maltratado, enfermo o muerto? Porque eso es lo que toca las fibras más sensibles y más hondas de nuestra condición humana. Por ahí va la fuerza del Reino de Dios.

José María Castillo

Pelagianos o culpables

En una serie norteamericana de televisión, hablando de un personaje, se dijo: “Es católico, por lo que está lleno de culpas”. Y en un artículo sobre el rey Felipe II, también católico, se hacía referencia a “un sentimiento de culpa derivado de su fuerte religiosidad”. De hecho, una de las fórmulas del acto penitencial al comenzar la Eucaristía dice: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Lamentablemente, demasiado a menudo se ha presentado la fe católica como una carga, un conjunto de normas morales y preceptos unidos a la imagen de un Dios juez y castigador, con amenazas de condenación. No es de extrañar que la fe católica se perciba como algo que oprime a las personas y generándoles conflictos internos, a veces muy graves.

Durante mucho tiempo en la Iglesia se ha insistido en la última frase de la 2ª lectura de hoy: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida. No hay que negar la verdad de esta frase, ni hay que caer en un “buenismo” pensando que Dios es un Padre consentidor que terminará perdonándolo todo. Pero desde una visión rigorista de la fe, al escuchar estas palabras nos empeñamos en hacer y hacer y hacer para evitar el “castigo”, y entonces caemos en el pelagianismo, una antigua herejía que afirmaba que el hombre, por sí mismo, sólo ejercitando las virtudes morales y religiosas contenidas en los Evangelios, podía evitar el pecado y conquistar la vida eterna, sin necesidad de la Gracia.

Como indica el Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate, aún hoy los corazones de muchos cristianos, quizá sin darse cuenta, se dejan seducir por estas propuestas engañosas (35). De este modo nos convertimos en “los nuevos pelagianos”: Todavía hay cristianos que se empeñan en seguir [el camino] de la justificación por las propias fuerzas (57); y esto tiene unas consecuencias: por pensar que todo depende del esfuerzo humano encauzado por normas y estructuras eclesiales, complicamos el Evangelio y nos volvemos esclavos (59).

Y como experimentamos que no podemos cumplir todo lo que el Evangelio nos pide, y pecamos, surgen en nosotros esos fuertes sentimientos de culpa por no estar “a la altura” de lo que pensamos que se nos exige. Además de “pelagianos”, nos sentiremos “culpables”.

Sin embargo, la fe católica es liberadora, porque la Iglesia enseñó reiteradas veces que no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la Gracia del Señor que toma la iniciativa (52). Y desde esta perspectiva no debemos olvidarnos del comienzo de la 2ª lectura: Siempre tenemos confianza. Una confianza que no se basa en nosotros y nuestras fuerzas y empeños, sino lo que Jesús nos ha dicho en el Evangelio: que el Reino de Dios es como esa semilla que un hombre echa en tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. O como el grano de mostaza, que al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas… Estas semillas tienen en sí mismas la capacidad de germinar, no es el sembrador quien lo hace; del mismo modo, el Reino de Dios tiene en sí mismo la capacidad de crecer, y aunque Dios ha querido contar con nosotros, su crecimiento no depende de nuestros empeños y esfuerzos.

Es verdad que todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo… Pero no seamos pelagianos: si mientras vivimos hemos procurado sembrar lo mejor que hemos sabido, si no hay frutos podremos sentirnos decepcionados, pero no culpables, porque que haya o no fruto no es cosa nuestra, sino de Dios, como decía la 1ª lectura. Yo soy el Señor… que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. 

¿La fe católica me genera sentimientos de culpa, o la siento como liberadora? ¿Caigo en el pelagianismo? ¿Cómo evalúo mi “siembra” del Reino? ¿Confío en la Gracia de Dios?

No seamos “pelagianos y culpables”. Como dice el Papa, si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, tampoco podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento (50). Se trata de ofrecernos a Él, de entregarle nuestras capacidades y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros (56), como esa semilla que crece ella sola, sin que nosotros sepamos cómo.

Pequeñas semillas

Vivimos ahogados por las malas noticias. Emisoras de radio y televisión, noticiarios y reportajes descargan sobre nosotros una avalancha de noticias de odios, guerras, hambres y violencias, escándalos grandes y pequeños. Los «vendedores de sensacionalismo» no parecen encontrar otra cosa más notable en nuestro planeta.

La increíble velocidad con que se difunden las noticias nos deja aturdidos y desconcertados. ¿Qué puede hacer uno ante tanto sufrimiento? Cada vez estamos mejor informados del mal que asola a la humanidad entera, y cada vez nos sentimos más impotentes para afrontarlo.

La ciencia nos ha querido convencer de que los problemas se pueden resolver con más poder tecnológico, y nos ha lanzado a todos a una gigantesca organización y nacionalización de la vida. Pero este poder organizado no está ya en manos de las personas, sino en las estructuras. Se ha convertido en «un poder invisible» que se sitúa más allí del alcance de cada individuo.

Entonces la tentación de inhibirnos es grande. ¿Qué puedo hacer yo para mejorar esta sociedad? No son los dirigentes políticos y religiosos quienes han de promover los cambios que se necesitan para avanzar hacia una convivencia más digna, más humana y dichosa?

No es así. Hay en el evangelio una llamada dirigida a todos, y que consiste en sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad. Jesús no habla de cosas grandes. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan inadvertido Como la semilla más pequeña, pero que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada.

Quizás necesitamos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos. No nos sentimos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo. Un gesto amigable al que vive desconcertado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado… no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

Llama la atención con qué fuerza destacan los estudios recientes el carácter individualista e insolidario del hombre contemporáneo. Según diferentes análisis, el europeo se va haciendo cada vez más narcisista. Vive pendiente de sus intereses y olvidado casi por completo de los vínculos que lo unen a los demás hombres.

C. B. Macpherson habla del «individualismo posesivo» que lo impregna casi todo. Cada uno busca su bienestar, seguridad o placer. Lo que no le afecta le tiene sin cuidado. L. Lies llega a afirmar que el «soltero», libre de obligaciones y dependencias, representa cada vez más el ideal de libertad y autonomía del hombre moderno.

Detrás de todos los datos y sondeos parece apuntar una realidad aterradora. El ser humano está perdiendo capacidad de sentir y de expresar amor. No acierta a sentir solicitud, cuidado y responsabilidad por otros seres humanos que no caigan dentro de sus intereses. Vive «enemistado» en sus cosas, en una actitud narcisista que ya Sigmund Freud consideró como un estado inferior en el desarrollo de la persona.

Sin embargo, dentro de esta sociedad individualista hay un colectivo admirable que nos recuerda también, hoy la grandeza que se encierra en el ser humano. Son los voluntarios. Esos hombres y mujeres que saben acercarse a los que sufren, movidos solamente por su voluntad de servir. En medio de nuestro mundo competitivo y pragmático, ellos son portadores de una «cultura de la gratuidad».

No trabajan por ganar dinero. Su vocación es hacer el bien gratuitamente. Los podréis encontrar acompañando a jóvenes toxicómanos, cuidando a ancianos solos, atendiendo a vagabundos, escuchando a gentes desesperanzadas, protegiendo a niños semiabandonados o trabajando en diferentes servicios sociales.

No son seres vulgares, pues su trabajo está movido solo por el amor. Por eso no cualquiera puede ser un verdadero voluntario. Lo recordaba bellamente León Tolstoi con estas palabras: «Se puede talar árboles, fabricar ladrillos y forjar hierro sin amor. Pero es preciso tratar con amor a los seres humanos… Si no sientes afecto por los hombres, ocúpate en lo que sea, pero no de ellos».

Al final no se nos va a juzgar por nuestras bellas teorías, sino por el amor concreto a los necesitados. Estas son las palabras de Jesús: «Venid, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber». Ahí esta la verdad ultima de nuestra vida. Sembrando humanidad estamos abriendo caminos al Reino de Dios.

José Antonio Pagola