Domingo XI de Tiempo Ordinario

En el evangelio de este domingo, Jesús propone dos parábolas para explicar lo que es y lo que entraña el Reino de Dios. A primera vista, estas dos parábolas pueden parecer cosa de poca importancia. En realidad, las dos parábolas tocan directamente dos cuestiones de notable importancia para comprender la presencia actual del Evangelio y del proyecto de Jesús en la vida y en la Historia. ¿Por qué?

La primera parábola se puede denominar como la parábola de la «semilla automática». Es decir, la «semilla que crece por sí misma», aunque el sembrador de esa semilla esté dormido, descansando, se olvida de la semilla que sembró en la tierra. Y es que el Reino de Dios tiene una fuerza, por sí mismo, que donde hay vida humana, por eso mismo hay Reino de Dios. Lo cual quiere decir, que de la misma manera que, si nos «humanizamos», igualmente en nosotros y en nuestros ambientes aumenta la «humanización», así, sin que nos demos cuenta, se extiende y se hace más profundo el «reinado de Dios» en el mundo.

La segunda parábola nos indica que, en el proyecto de Jesús, un criterio capital es que «lo pequeño» es lo que «tiene fuerza y poder de cambio», de transformación. Este criterio se opone radicalmente a nuestra obsesión por lo grande y por la grandeza. No. Jesús elogió siempre a los niños, a los pequeños, a los últimos, a los «nadies». Porque de los que son eso y son así, de esos es el Reino de Dios. Ellos son los que hacen más humano este mundo. Una cosa es «el ser humano»; y otra cosa es «ser humano». Los pequeños son los más humanos. ¿Por qué nos impresiona tanto un niño maltratado, enfermo o muerto? Porque eso es lo que toca las fibras más sensibles y más hondas de nuestra condición humana. Por ahí va la fuerza del Reino de Dios.

José María Castillo