Is 49, 1-6 (1ª lectura Domingo Natividad de San Juan Bautista)

Este texto corresponde al segundo canto del siervo de Yahvé que se encuentra en el Deuteroisaías, los capítulos de Is 40 al 50 correspondientes a un profeta anónimo que escribe desde el exilio de Babilonia (s. VI a.C.). Se discute mucho sobre si estos cantos han de ser entendidos en referencia a un personaje individual o comunitario. Nuestro texto se refiere claramente a Israel (v.3), y desde esa perspectiva debe ser estudiado. Desde el principio son palabras dirigidas a las naciones (las islas y pueblos lejanos del v.1) por el siervo, en un discurso que no es de juicio ni un oráculo sino que es su propio testimonio sobre su llamada y su misión de llevar la salvación «hasta el confín de la tierra» (v.6).

El siervo, es decir, Israel, ha sido elegido por el Señor «desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre» (v.1); una expresión que este profeta anónimo ya había utilizado para hablar del origen de la elección de Israel como inserta en la raíz de su existencia. Su vocación parece que tiene que ver con la proclamación de un mensa- je. La palabra de Dios que transmite es como una «espada afilada» (ver Heb 4,12; Ap 1,16; Ef 6,17) y como «flecha bruñida» que irá hacia las tierras lejanas. Pero por ahora la palabra está escondida en la sombra divina, en su aljaba (v.2). Dios inter- viene dirigiéndose a Israel y expresando que el fruto de su misión será la gloria de Dios (v.3). Sin embargo, no parece que en un primer momento haya tenido mucho éxito. Parece que ha elegido un camino equivocado que le llevó a gastar sus fuerzas para nada. De ello se lamenta el siervo como ya hizo el profeta Jeremías (Jer 15,10-18; 20,17-18). El aparente fracaso es la paradoja de la misión, aunque en lo profundo de su vida, sin él saberlo, el Señor lo defendía y lo custodiaba (v.4). Por eso, la «causa» y la «recompensa» del siervo no se puede encontrar sino en el Señor. También aquí, como en todo el mensaje bíblico, la gracia precede a la acción del creyente.

La misión tenía un primer horizonte dirigido a la conversión de Israel para mantenerlo unido al Señor. Es una tarea en la que habían trabajado profetas anteriores, desde el Isaías histórico en el s. VIII a.C. hasta Jeremías casi en la misma época que el Deuteroisaías. Esa predicación anterior no logró su objetivo y la respuesta negativa que encontró par parte del pueblo de Israel provocó el exilio, la situación en la que se encuentra nuestro profeta anónimo. Pero la misión sigue en pie y su horizonte se ensancha. Lo que va a llevar a cabo el siervo en nombre del Señor es «restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel» (v.6). Estamos ante el anuncio del fin del exilio, un tema central en el Deuteroisaías. Y en este caso el acontecimiento será un signo para todos los pueblos, «luz de las naciones», y así la noticia de la salvación de Israel llegará «hasta el confín de la tierra». Hay aquí un preludio evocativo de la misión del la Iglesia primitiva tal como es expresada en Hch 1, 8. Pero en la perspectiva del Nuevo Testamento no es solo el anuncio lo que llegará a todos los pueblos sino la realidad salvífica que se manifestó en Jesucristo.

Luis Fernando García Viana