Viernes XI de Tiempo Ordinario

Hoy es 22 de junio, viernes de la XI semana de Tiempo Ordinario.

Para comenzar esta oración y reconocer la presencia de Dios, cierra los ojos y calma tu respiración. Inhala profundamente, exhala lentamente. Entra en contacto con la sensaciones de tu cuerpo. Recorre tu cuerpo lentamente y siente cada parte. Detente en tus manos. Siente tus manos. Después en tu vientre, en tus piernas, en tus pies, tu cabeza, mientras escuchas el silencio, déjate llevar por su transparencia. Que Dios vaya tocando tu corazón.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 6, 19-23):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!»

¿Dónde está tu tesoro? Te pregunta el Señor directamente. ¿Dónde está puesto mi corazón? No siempre lo sé. No siempre lo tengo tan claro. Muchas veces ni me doy cuenta de que tengo el corazón enredado con cosas que no valen la pena. Me desgasto persiguiendo un arco iris inexistente. ¿Dónde está mi tesoro?

Me pregunto con honestidad. ¿Qué me mueve? ¿Qué hace que me levante cada mañana? ¿En qué cosas gasto mi energía día a día?

Gasto mi energía en tantas cosas. ¿Cómo saber que esas cosas son tesoros del cielo y no tesoros pasajeros que se come la polilla? ¿Qué quedará cuando yo me haya ido? ¿Habrá merecido la pena aquello por lo que he apostado?

Vuelve a leer el texto y pon atención en la parte final. Tener una mirada clara, un ojo sano, para ver lo que realmente vale la pena en esta vida.

Señor Jesús, que no guarde sino que entregue. Que no apriete sino que suelte. Que no acumule sino que siembre. Que no viva, sino que muera. Como un día hiciste tú por mí.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Anuncio publicitario

Liturgia 22 de junio

VIERNES DE LA XI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido; Prefacio común

Leccionario: Vol. III

  • 2Re 11, 1-4. 9-18. 20. Ungieron a Joás y gritaron: «¡Viva el rey!»
  • Sal 131.El Señor ha elegido Sion para vivir en ella.
  • Mc 6, 19-23.Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón

Antífona de entrada     Sal 26, 7. 9
Escucha, Señor, la voz de mi clamor:
no me rechaces ni me abandones, Dios, mi salvador, porque tú eres mi refugio.

 

Oración colecta
Dios nuestro, fuerza de los que esperan en ti,
escucha con bondad nuestros súplicas,
ya que sin tu ayuda nada puede la fragilidad humana,
y concédenos la gracia de cumplir tus mandamientos
para agradarte con nuestras acciones y deseos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

 

Oración sobre las ofrendas
Señor, que nos alimentas con estos dones,
y nos renuevas con tu sacramento,
concédenos que nunca nos falte el sustento
para el alma y para el cuerpo.
Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Antífona de comunión    Sal 26, 4
Una sola cosa he pedido al Señor, y esto es lo que quiero:
vivir en la casa del Señor todos los días de mi vida.
 
O bien:  Jn 17, 11
Padre santo, cuida en tu nombre a aquellos que me diste,
para que sean uno, como nosotros, dice el Señor.

 

Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre,
que así como la comunión que hemos recibido
es signo de la unión de los creyentes en ti,
también se realice la unidad en tu Iglesia.
Por Jesucristo nuestro Señor.

San Paulino de Nola

SAN PAULINO DE NOLA

(†  431)

Difícilmente habrá habido ningún santo que haya hecho tantos esfuerzos para ocultarse y pasar desapercibido como San Paulino de Nola; mas, por el contrario, apenas se encontrará hombre ninguno que haya sido tan celebrado como él. En efecto, los santos, más eminentes de la Iglesia, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio Magno le dedicaron los mayores elogios. Por otra parte, San Paulino de Nola presenta en su vida y en todo el aspecto de su santidad un conjunto de matices y circunstancias que le hacen particularmente agradable y atractivo.

 Nacido en Burdeos hacia el año 353, sus padres eran romanos, pertenecientes a la más elevada nobleza, tal vez de la familia de los Anicios, que disfrutaba de abundantes riquezas en Italia, las Galias y España. Conforme al rango de su nacimiento, su educación fue esmerada y completa, y el año 378, contando veinticinco de edad y siendo ya cónsul, tomó por esposa a la dama española Teresa, a la que otros la llaman Terasia, rica en bienes de este mundo, pero más rica todavía por sus cualidades morales, que la convierten en digna compañera de Paulino. Tanto sobresalió Paulino por su tacto en el desempeño de los asuntos públicos que el emperador Valentiniano le puso al frente del gobierno de Roma en el cargo de prefecto de la ciudad. Pero, después de desempeñar por corto tiempo este cargo, se vio precisado, por una serie de importantes negocios, a recorrer durante quince años diversos territorios de Italia, las Galias y España.

 Estas ocupaciones y los correspondientes viajes fueron los medios de que se sirvió la Providencia para transformar por completo su espíritu. En ellos tuvo ocasión de hablar con San Ambrosio, San Agustín y otras personas eminentes, y estuvo en Alcalá de Henares y en otras poblaciones de España. El espectáculo de la tumba de San Félix en Nola conmovió profundamente su interior. Por otro lado, el influjo callado y constante de su esposa Teresa fue completando la transformación lenta de su alma; pero, sobre todo, encontrándose en Burdeos el año 389, su obispo San Delfín acabó de convencerlo, y, habiendo recibido ese mismo año el bautismo, se retiró a Barcelona. Allí, pues, comenzó a poner en práctica la resolución que había tomado de renunciar a todos los honores y riquezas con que profusamente le brindaba el mundo y entregarse absolutamente al servicio de Dios en la soledad.

 Este primer retiro de Barcelona constituye el principio y la base de la transformación fundamental de Paulino. El antiguo cónsul y prefecto de Roma, el hombre cargado de riquezas y honores, se convierte en el servidor perfecto de Cristo en la más completa soledad. En 390 se inicia con toda eficacia la renuncia de sus inmensas riquezas en beneficio de los pobres. La muerte de un hijo, a los ocho días de nacer, rompe las últimas esperanzas en este mundo. Su esposa Teresa es su mejor consejera y su mejor sostén en la vida ascética a que Paulino se entrega. Barcelona tiene la gloria de haber proporcionado a Paulino el ambiente que él necesitaba para realizar esta sublime transformación. A los cuatro años el cambio era completo y Paulino recibe en el año 393 en Barcelona, la ordenación sacerdotal.

 Una vez se vio libre del peso de todas sus riquezas y honores, y adornado con la dignidad de sacerdote de Cristo, quiso realizar su antiguo ideal de retirarse definitivamente a Nola, junto al sepulcro de San Félix, para vivir allí el resto de su vida. Con esta intención, pues, se dirigió con su fiel compañera Teresa a Milán, donde se encontró con San Ambrosio, quien le puso a sus eclesiásticos como ejemplo viviente de santidad cristiana y sacerdotal y de renuncia del mundo. Por esto no tiene nada de inverosímil la noticia, transmitida por algún historiador, que trató de retenerlo para que fuera su sucesor. En Roma fue objeto de grandes agasajos y extraordinarias muestras de regocijo de parte del pueblo y la nobleza, que conocían sus grandes cualidades del tiempo de su prefectura. En cambio, parece que, de parte del clero y aun del Romano Pontífice, observó algunas señales de recelo, debidas, sin duda, al hecho de haber recibido la ordenación sacerdotal sin observar las normas canónicas. El mismo se hace eco de estos recelos; pero debe observarse que aquello no dependió de él, sino del obispo que lo ordenó.

 Esto mismo contribuyó a confirmarle en la decisión ya tomada de retirarse a Nola, y, en efecto, allá se dirigió con su esposa Teresa. Cuando él fue gobernador de la Campaña había hecho construir un edificio para acoger en él a los peregrinos pobres. Es uno de los más antiguos ejemplos de hospicios cristianos. Pues bien; junto a este hospicio hizo arreglar ahora unas sencillas celdas, que constituyeron aquella especie de monasterio donde vivió el resto de su vida. A su lado se fueron acomodando algunos compañeros que se ofrecieron a imitarle en aquel género de vida solitaria. En cuanto a su santa esposa Teresa, vivía en lugar separado, pero, según parece, hacía los oficios de ama de casa, siendo para él en todo momento el mejor estímulo en su vida de perfección.

 Su vida en este retiro fue la de un solitario, vida de entrega absoluta a Dios, vida de continencia voluntaria con el consentimiento de su esposa, vida de oración y penitencia. Su alimento era sumamente frugal. Alimentábase de un pan especial, más basto y ordinario que el que comúnmente se usaba, y si bebía un poco de vino era porque se lo impusieron como necesario a su salud. Un lado muy interesante de la vida de retiro de Paulino en Nola es que cultivó en ella sus aficiones de poeta, componiendo en este tiempo aquellas obras poéticas que nos lo presentan como uno de los mejores vates cristianos de la antigüedad. Así, cada año, dedicaba con la mayor devoción un himno al patrono de la población, el mártir San Félix. De este modo los trece Poemas natalicios, dedicados a San Félix, constituyen el mejor tesoro poético de San Paulino de Nola que se nos ha conservado.

 El nuevo género de vida de San Paulino, como suele ocurrir en casos semejantes, fue objeto de los más opuestos comentarios. Algunos de los paganos, numerosos todavía en Roma, entre ellos su propio antiguo maestro Ausona, se indignaron ante el nuevo giro de la vida de Paulino, considerándolo como una extravagancia. Según su apreciación, era una gran pérdida para la sociedad romana, puesto que, con sus cualidades extraordinarias, hubiera podido prestarle grandes servicios. Ahora, en cambio, en su vida solitaria, sepultaba e inutilizaba todas estas dotes naturales.

 Pero el juicio de los hombres verdaderamente grandes fue muy diverso. En efecto, fue en verdad universal el coro de aprobación y alabanza que se elevó en torno a Paulino de parte de las más grandes figuras cristianas en que tanto abundaba la Iglesia en aquel tiempo. El gran obispo de Tours, San Martín, tan popular en toda la lglesia, que gozaba entonces de su mayor prestigio, lo proponía a sus discípulos como modelo de desprecio de las grandezas del mundo y de perfección cristiana. San Ambrosio de Milán, el gran maestro del Occidente, lo proponía como un prodigio de grandeza de alma. San Agustín, el mayor prodigio intelectual de todos los tiempos y buen conocedor de los atractivos del mundo, trabó íntima amistad con Paulino y le enviaba a algunos de sus mejores discípulos para que aprendieran la verdadera virtud cristiana. El papa San Anastasio (398-401), apenas elevado al solio pontificio, escribió un gran elogio suyo a todos los obispos de la Campaña, y, en cierta ocasión en que Paulino fue a Roma para asistir a la fiesta de San Pedro, le acogió con toda clase de distinciones. San Jerónimo fue uno de sus principales admiradores y panegiristas.

 En medio de este coro general de estima y alabanza la única voz que disonaba era la propia de San Paulino. Como verdaderamente humilde, en las respuestas que dirigía a los que se dirigían a él con las más expresivas muestras de aprecio y reverencia da bien a entender el bajo concepto que tenía de sí mismo. Cuando su íntimo amigo Septimio Severo le suplicó que le mandará su retrato, juzgó esta petición poco menos que como una locura. Por otra parte, es admirable su firmeza y perseverancia en el género de vida comenzado. Bien persuadido de que no está el mérito en comenzar una vida de perfección y sacrificio, sino en perseverar en ella hasta el fin, no solamente no desmereció en sus austeridades y en el ejercicio de todas las virtudes, sino que mas bien fue adelantando en todas ellas, en todo lo cual uno de sus mejores estímulos fue su fiel esposa Teresa.

 Por todo esto no es de sorprender que los habitantes de Nola le eligieran como obispo. En realidad no se conoce ni el tiempo ni la manera como fue elegido. Pero sí el hecho de que fue elevado a esta cátedra episcopal y que murió siendo obispo de Nola. Seguramente ocurrió esta elección el año 409, a la muerte del obispo de la ciudad. Así pues, vivió como obispo de ella unos veintidós años. Precisamente entonces, en 410, los visigodos, capitaneados por Alarico, se apoderaron de Roma y poco después de Nola. A este tiempo, según refiere San Gregorio Magno, pertenece el sublime acto realizado por Paulino, cuando, para ayudar y consolar a una pobre viuda, se quedó en lugar de un hijo suyo, prisionero de los vándalos en Africa; pero éstos, admirados de tal heroísmo, le devolvieron en un navío cargado de víveres y de buen número de otros prisioneros.

 En esta forma continuó Paulino su vida hasta el año 431, en que murió. Uno de sus últimos actos fue la ornamentación de la basílica dedicada a San Félix. Enterrado en ella, al lado de ente Santo, tan estimado por él, fue bien pronto más venerado que el mismo titular de la Iglesia, y de una semejante veneración le hizo bien pronto objeto toda la cristiandad.

 BERNARDINO LLORCA, S. I.

Laudes – Viernes XI de Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Himno: CREADOR SEMPITERNO DE LAS COSAS.

Creador sempiterno de las cosas,
que gobiernas las noches y los días,
y, alternando la luz y las tinieblas,
alivias el cansancio de la vida.

Pon tus ojos, Señor, en quien vacila,
que a todos corrija tu mirada:
con ella sostendrás a quien tropieza
y harás que pague su delito en lágrimas.

Alumbra con tu luz nuestros sentidos,
desvanece el sopor de nuestras mentes,
y sé el primero a quien, agradecidas,
se eleven nuestras voces cuando suenen.

Glorificado sea el Padre eterno,
así como su Hijo Jesucristo,
y así como el Espíritu Paráclito,
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor; ten misericordia de mí.

Salmo 50 – CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor; ten misericordia de mí.

Ant 2. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Cántico: LAMENTACIÓN DEL PUEBLO EN TIEMPO DE HAMBRE Y DE GUERRA – Jr 14,17-21

Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan:
por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.

Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿tiene asco tu garganta de Sión?
¿Por que nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.

Señor, reconocemos nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.

No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Ant 3. El Señor es Dios y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Salmo 99 – ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor es Dios y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

LECTURA BREVE   2Co 12, 9b-10

Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

RESPONSORIO BREVE

V. En la mañana hazme escuchar tu gracia.
R. En la mañana hazme escuchar tu gracia.

V. Indícame el camino que he de seguir.
R. Hazme escuchar tu gracia.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En la mañana hazme escuchar tu gracia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo.

PRECES

Invoquemos a Cristo, que nació, murió y resucitó por su pueblo, diciendo:

Salva, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Te bendecimos, Señor, a ti que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz:
mira con bondad a tu familia santa, redimida con tu sangre.

Tú que prometiste a los que en ti creyeran que manarían de su interior torrentes de agua viva,
derrama tu Espíritu sobre todos los hombres.

Tú que enviaste a los discípulos a predicar el Evangelio,
haz que los cristianos anuncien tu palabra con fidelidad.

A los enfermos y a todos los que has asociado a los sufrimientos de tu pasión,
concédeles fortaleza y paciencia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Llenos del Espíritu de Jesucristo, acudamos a nuestro Padre común, diciendo:

Padre nuestro…

ORACION

Ilumina, Señor, nuestros corazones y fortalece nuestras voluntades, para que sigamos siempre el camino de tus mandatos, reconociéndote como nuestro guía y maestro. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – Viernes XI de Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: DELANTE DE TUS OJOS

Delante de tus ojos
ya no enrojecemos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.

En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.

Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor, que es justo,
revoca sus decretos:
la salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37 I – LAMENTACIÓN Y PLEGARIA DE UN FIEL DESOLADO

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;
cuando me visto de saco, se ríen de mí;
sentados a la puerta murmuran,
mientras beben vino me cantan burlas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Ant 2. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68, 2-22. 30-37 II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,
por tu gran compasión vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Ant 3. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Salmo 68, 2-22. 30-37 III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

V. El Señor nos instruirá en sus caminos.
R. Y marcharemos por sus sendas.

PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Zacarías 1, 1-21

VISIÓN SOBRE EL RESTABLECIMIENTO DE JERUSALÉN

En el mes octavo del año segundo de Darío, fue dirigida la palabra del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí, en estos términos:

«El Señor está irritado contra vuestros padres. Les dirás: «Así dice el Señor de los ejércitos: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros. No seáis como vuestros padres, a quienes predicaban los antiguos profetas: Así dice el Señor: ‘Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas obras’, pero no me obedecieron ni me hicieron caso -oráculo del Señor-. Vuestros padres ¿dónde están ahora? Vuestros profetas ¿viven eternamente? Pero mis palabras y preceptos que mandé a mis siervos los profetas ¿no es verdad que alcanzaron a vuestros padres? Por eso ellos se convirtieron, diciendo: ‘Como el Señor de los ejércitos había dispuesto tratarnos por nuestra conducta y obras, así nos ha sucedido.'»»

El día veinticuatro del mes undécimo -el mes de Sebat- del año segundo de Darío, vino el siguiente mensaje del Señor al profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí:

Tuve una visión nocturna: Vi un jinete sobre un caballo rojo, de pie entre los mirtos de un valle; detrás de él había caballos rojos, castaños, negros y blancos; pregunté:

«¿Quiénes son éstos, señor?»
Y me contestó el ángel del Señor que estaba entre los mirtos:

«Te mostraré quiénes son.»

Pero el jinete que estaba entre los mirtos dijo:

«A éstos los ha despachado el Señor para que recorran la tierra.»

Contestaron éstos al ángel del Señor que estaba entre los mirtos:

«Hemos recorrido la tierra, y toda ella está quieta y en paz.»

Preguntó el ángel del Señor:

«¿Hasta cuándo, Señor de los ejércitos, no te compadecerás de Jerusalén y de las ciudades de Judá, contra las que estás irritado desde hace setenta años?»

Respondió el Señor al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, palabras de consuelo. El ángel que me hablaba me dijo:

«Proclama lo siguiente: «Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Jerusalén y por Sión, y una gran cólera contra las naciones confiadas que contribuyeron a la desgracia durante mi breve cólera. Por eso, así dice el Señor: Me vuelvo con misericordia a Jerusalén. En ella será reedificado mi templo -oráculo del Señor de los ejércitos-, el cordel de medir será tendido sobre Jerusalén.» Proclama también: «Así dice el Señor de los ejércitos: Otra vez rebosarán las ciudades de bienes, el Señor consolará otra vez a Sión y elegirá de nuevo a Jerusalén.»»

Levanté luego los ojos y vi cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba conmigo:

«¿Qué significan?»

Él contestó:

«Éstos son los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén.»

Después el Señor me hizo ver cuatro herreros. Pregunté:

«¿Qué han venido a hacer?»

Respondió:

«Aquéllos eran los cuernos que dispersaron a Judá, hasta no dejar alzar cabeza a un solo hombre; y éstos vinieron a abatirlos, para derribar los cuernos de las naciones que levantaron su poder contra la tierra de Judá para dispersarla.»

RESPONSORIO    Za 1, 16; Ap 21, 23

R. Me vuelvo con misericordia a Jerusalén; * en ella será reedificado mi templo.
V. La ciudad no necesita ni de sol ni de luna, porque su lámpara es el Cordero.
R. En ella será reedificado mi templo.

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 23-24: CSEL 3, 284-285)

QUE LOS QUE SOMOS HIJOS DE DIOS PERMANEZCAMOS EN LA PAZ DE DIOS

El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es a la vez un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello dice también en otro lugar: Con la medida con que midáis se os medirá a vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando estéis rezando, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle primero, para que vuestro Padre celestial os perdone también vuestros pecados. Pero si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: Quien aborrece a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.

RESPONSORIO    Ef 4, 1. 3. 4; Rm 15, 5. 6

R. Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados: esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz, * como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados.
V. Dios os conceda tener un mismo sentir entre vosotros; así con un mismo corazón y una misma boca le daréis gloria.
R. Como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados.

ORACIÓN.

OREMOS,
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.