Actores de reparto

En cualquier espectáculo teatral se dan cita diversos actores que encarnan diferentes y variados personajes, cada uno cumpliendo con su misión. Nos encontramos en primer lugar con la figura estelar del espectáculo, el o la protagonista que despierta en nosotros el interés y la atención, observando minuciosamente todos sus movimientos, su parlamento, su dicción, su fidelidad al personaje encomendado… Y luego, el resto del elenco se ocupa en representar con mesura a los diferentes personajes; éstos, aparentemente de menor importancia, están sin embargo llamados a guardar un equilibrio cabal para dar vida a su personaje sin excederse, midiendo escrupulosamente sus gestos, el tono de voz…, al objeto de no hacer sombra y obstaculizar a la figura estelar; estos actores reciben el nombre de «secundarios» o «actores de reparto».

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de san Juan Bautista, hijo de Isabel y Zacarías, pariente allegado de Jesús y su precursor, encargado de preparar al pueblo para recibir al Mesías. Es curioso que ambos primos se mantuvieran en silencio hasta cumplir los treinta años. Supongo que en todo ese tiempo hablarían, se comunicarían, ahondarían en el proyecto de salvación… Sin embargo, estas conversaciones no aparecen en absoluto en los evangelios. Al parecer, los dos primos optaron por el silencio, la observación discreta, el anonimato. Cumplido el tiempo, se levantó el telón de la representación. Multitud de personajes: Jesús, la figura estelar. El resto del elenco lo formarían: María y José, san Juan Bautista, los doce apóstoles, los pobres, los enfermos, los marginados de la sociedad…

San Juan Bautista es uno de los actores secundarios, «de reparto», en la representación escénica de nuestra salvación, pero sin duda enormemente importante y transcendente en el comienzo de la vida pública de Jesús, lo que significa que su papel era de los más difíciles de encarnar, ya que debía ser prudente, discreto, situado en la sombra pero de gran eficacia y responsabilidad. Se le verá, preferentemente, predicando la conversión y luego aparecerá bautizando a su pariente el Mesías. El resto fue todo silencio, ausencia, discreción absoluta.

Al predicar la conversión, los evangelistas ponen de relieve su austeridad, su sencillez, su conciencia de considerarse tan sólo el precursor de quien era más grande que él, y a quien no era digno desatarle la correa de las sandalias. Fueron sus tres condiciones más significativas: austeridad de vida, humildad ejemplar en su delicada actuación, y firmeza constante en la preparación de los caminos pada recibir al Salvador.

No cabe duda de que las vidas de los santos son para nosotros «señales de tráfico» que nos orientan en nuestro caminar. Conocemos al Jesús del evangelio, pero a la hora de poner en práctica sus enseñanzas, son de gran utilidad las actitudes, disposiciones y modo de ser y de vivir que tuvieron estos héroes de la santidad. Y hoy san Juan Bautista nos da lecciones de austeridad de vida, nos incita a que nos convirtamos cada mañana y cada noche, y nos enseña la belleza que contiene la humildad, esa maravillosa virtud que nos conduce a la sencillez, al anonimato, a no hacer bulto innecesario en nuestras relaciones con los demás.

En la difícil representación del inicio de la vida pública de Jesús, el precursor nos ha dado lecciones de cómo los actores secundarios, «de reparto», que somos todos nosotros, hemos de actuar, medir nuestras palabras, administrar nuestros gestos, mimar nuestros silencios… para merecer los elogios y el aplauso del público, es decir, de todos cuantos conviven con nosotros.

Pedro Mari Zalbide