Vísperas – Lunes XII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: YA NO TEMO, SEÑOR, LA TRISTEZA

Ya no temo, Señor, la tristeza,
ya no temo, Señor, la soledad;
porque eres, Señor, mi alegría,
tengo siempre tu amistad.

Ya no temo, Señor, a la noche,
ya no temo, Señor, la oscuridad;
porque brilla tu luz en las sombras,
ya no hay noche, tú eres luz.

Ya no temo, Señor, los fracasos,
ya no temo, Señor, la ingratitud;
porque el triunfo, Señor, en la vida,
tú lo tienes, tú lo das.

Ya no temo, Señor, los abismos,
ya no temo, Señor, la inmensidad;
porque eres, Señor, el camino
y la vida, la verdad. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Salmo 135 I – HIMNO A DIOS POR LAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN Y DEL ÉXODO.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Ant 2. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Salmo 135 II

El hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   1Ts 3, 12-13

Que el Señor os haga aumentar y rebosar en amor de unos con otros y con todos, así como os amamos nosotros, para que conservéis vuestros corazones intachables en santidad ante Dios, Padre nuestro, cuando venga nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.

RESPONSORIO BREVE

V. Suba, Señor, a ti mi oración.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

V. Como incienso en tu presencia.
R. A ti mi oración.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

PRECES

Llenos de confianza en el Señor Jesús que no abandona nunca a los que se acogen a él, invoquémosle diciendo:

Escúchanos, Señor, Dios nuestro.

Señor Jesucristo, tú eres nuestra luz; ilumina a tu Iglesia
para que proclame a todas las naciones el gran misterio de piedad manifestado en tu encarnación.

Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia,
y haz que con su palabra y su ejemplo edifiquen tu pueblo santo.

Tú que, por tu sangre, pacificaste el mundo,
aparta de nosotros el pecado de discordia y el azote de la guerra.

Ayuda, Señor, a los que uniste con la gracia del matrimonio,
para que su unión sea efectivamente signo del misterio de la Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede, por tu misericordia, a todos los difuntos el perdón de sus faltas,
para que sean contados entre tus elegidos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:

Padre nuestro…

ORACION

Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque el día ya se acaba; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra esperanza; así nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 25 de junio

Lectio: Lunes, 25 Junio, 2018

Tiempo Ordinario

1) ORACIÓN INICIAL

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del santo Evangelio según Mateo 7,1-5

«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: `Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

3) REFLEXIÓN

• En el evangelio de hoy seguimos la meditación sobre el Sermón del Monte que se encuentra en los capítulos 5 y 6 de Mateo. Durante la 10ª y 11ª Semana del Tiempo Ordinario veremos el capítulo 7. En estos tres capítulos 5, 6 y 7 se presenta una idea de cómo era la catequesis en las comunidades de los judíos convertidos en la segunda mitad del primer siglo en Galilea y en Siria. Mateo juntó y organizó las palabras de Jesús para enseñar cómo debía de ser la nueva manera de vivir la Ley de Dios.

• Después de haber explicado cómo reestablecer la justicia (Mt 5,17 a 6,18) y cómo restaurar el orden de la creación (Mt 6,19-34), Jesús enseña cómo debe ser la vida en comunidad (Mt 7,1-12). Al final, hay algunas recomendaciones y consejos finales (Mt 7,13-27). Aquí sigue un esquema de todo el sermón del Monte:

Mateo 5,1-12: Las bienaventuranzas: solemne apertura de la nueva Ley.
Mateo: 5,13-16: La nueva presencia en el mundo: Sal de la tierra y Luz del mundo.
Mateo 5,17-19: La nueva práctica de la justicia: relación con la antigua ley.
Mateo 5, 20-48: La nueva práctica de la justicia: observando la nueva Ley.
Mateo 6,1-4: La nueva práctica de las obras de piedad: limosna
Mateo 6,5-15: La nueva práctica de las obras de piedad: la oración
Mateo 6,16-18: La nueva práctica de las obras de piedad: el ayuno
Mateo 6,19-21: Nueva relación con los bienes materiales: no acumular
Mateo 6,22-23: Nueva relación con los bienes materiales: visión correcta
Mateo 6,24: Nueva relación con los bienes materiales: Dios y el dinero
Mateo 6,25-34: Nueva relación con los bienes materiales: confiar en la providencia
Mateo 7,1-5: Nueva convivencia comunitaria: no juzgar
Mateo 7,6: Nueva convivencia comunitaria: no despreciar la comunidad
Mateo: 7,7-11: Nueva convivencia comunitaria: la confianza en Dios engendra el compartir
Mateo 7,12: Nueva convivencia comunitaria: la Regla de Oro
Mateo 7,13-14: Recomendaciones finales: escoger el camino recto
Mateo 7,15-20: Recomendaciones finales: al profeta se le reconoce por los frutos
Mateo 7,21-23: Recomendaciones finales: no sólo hablar, también practicar
Mateo 7,24-27: Recomendaciones finales: construir la casa en la roca

• La vivencia comunitaria del evangelio (Mt 7,1-12) es la piedra de toque. Es donde se define la seriedad del compromiso. La nueva propuesta de la vida en comunidad aborda diversos aspectos: no ver la brizna que está en el ojo del hermano (Mt 7,1-5), no tirar perlas a los puercos (Mt 7,6), no tener miedo a pedir a Dios cosas (Mt 7,7-11). Estos consejos van a culminar en la Regla de Oro: hacer al otro lo que nos gustaría nos hiciesen a nosotros (Mt 7,12). El evangelio de hoy presenta la primera parte: Mateo 7,1-5.

• Mateo 7,1-2: No juzgar, y no seréis juzgados. La primera condición para una buena convivencia comunitaria es no juzgar al hermano y a la hermana, o sea eliminar los preconceptos que impiden la convivencia transparente. ¿Qué significa esto concretamente? El evangelio de Juan da un ejemplo de cómo Jesús vivía en comunidad con sus discípulos. Jesús dice: “Ya nos les llamaré servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Les llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre” (Jn 15,15). Jesús es un libro abierto para sus compañeros. Esta trasparencia nace de su total confianza en los hermanos y en las hermanas y tiene su raíz en su intimidad con el Padre que da fuerza para abrirse totalmente a los demás. Quien convive así con los hermanos y hermanas, acepta al otro como es, sin ideas preconcebidas, sin imponer condiciones previas, sin juzgar al otro. ¡Aceptación mutua sin fingimiento y en total trasparencia! ¡Este es el ideal de la nueva vida comunitaria, nacida de la Buena Nueva que Jesús nos trae de que Dios es Padre/Madre y que, por tanto, todos somos hermanos y hermanas unos de otros. Es un ideal tan difícil y tan bonito y atraente como aquel otro: ”Sed perfecto como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

• Mateo 7.3-5: Ver la brizna y no percibir la viga. Enseguida Jesús da un ejemplo: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: `Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu «. Al oír esta frase, solemos pensar en los fariseos que despreciaban a la gente tildándola de ignorante y se consideraban mejores que los demás (cf. Jn 7,49; 9,34). En realidad, la frase de Jesús sirve para todos. Por ejemplo, hoy, muchos de nosotros que somos católicos pensamos que somos mejores que los demás cristianos. Pensamos que los demás son menos fieles al evangelio que nosotros. Vemos la brizna en el ojo del otro, sin ver la viga en nuestros ojos. Esta viga es la causa por la cual, hoy, mucha gente tiene dificultad en creer en la Buena Nueva de Jesús.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• No juzgar al otro y eliminar los preconceptos: ¿cuál es la experiencia personal que tengo sobre este punto?

• Brizna y viga: ¿cuál es la viga en mí que dificulta mi participación en la vida en familia y en comunidad?

5) ORACIÓN FINAL

Rebosan paz los que aman tu ley,
ningún contratiempo los hace tropezar.
Espero tu salvación, Yahvé,
y cumplo tus mandamientos. (Sal 119,165-166)

Dame fe, Señor

DAME FE, SEÑOR
Y que no me desangre
por las cosas estériles e inútiles que no merecen la pena.

DAME FE, SEÑOR
Y que sienta el brotar de una nueva vida cuando te palpo por la oración y la Eucaristía.

DAME FE, SEÑOR
Y elévame cuando, postrado en mil problemas,
tengo la sensación de que se impondrán a mis posibilidades de hacerles frente.

DAME FE, SEÑOR
Y que me levante, para siempre escucharte, y que me levante, para nunca perderte.

DAME FE, SEÑOR
Para que, siendo débil como soy,
pueda ser enérgico como Tú quieres que yo lo sea.

DAME FE, SEÑOR
Y cura y venda mis heridas
por las que, en hemorragia continua, siento que se malogra o se pierde mi vida.

DAME FE, SEÑOR
Y, cuando pases a mi lado en situaciones distintas yo sepa reconocerte y, con mi mano,
tocar y aprovechar la salud que irradia tu manto.

DAME FE, SEÑOR
Porque la fe, es ver lleno el vacío.
Porque la fe, es confiar en lo prometido.
Porque la fe, es levantarse aún a riesgo de volver a caer.
Porque la fe, es poner a Dios en el lugar que le corresponde.
Porque la fe, es atisbar luz donde algunos se empeñan en clavar sombras.

DAME FE, SEÑOR
Y, cuando algunos me den por muerto o vencido grítame a lo más hondo de mi conciencia:

¡A ti te lo digo! ¡Levántate!
Para que, de esa manera, vean que
tu presencia invisible, es más poderosa que los eternamente visibles, tu voz es autoridad y sana calmando las heridas
tu paso no deja indiferente al que te mira con amor y te acaricia con fe

¡Gracias, amigo y Señor de la vida!

25 de junio – Sagrado Corazón

LAS ESPINAS

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios, que por medio del Corazón de tu Hijo, herido por nuestras culpas, te dignas, en tu misericordia infinita, darnos los tesoros de tu amor; te pedimos nos concedas que, al presentarte el devoto obsequio de nuestra piedad, le ofrezcamos también el homenaje de una digna satisfacción. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

CONSIDERACIÓN DEL DÍA

Espina es para el Corazón de Jesús la falta de paciencia y dominio propio de muchos cristianos, que no saben sufrir la menor contrariedad sin quejarse o incomodarse.

LETANÍAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Padre Eterno, Dios de los cielos, ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Pa­dre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, templo santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, tabernáculo del Al­tísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hoguera ardiente de caridad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, asilo de justicia y de amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien están to­dos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, deseo de los eter­nos collados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y de mu­cha misericordia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para todos los que te invocan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, saciado de opro­bios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte, Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, perforado por una lanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de toda con­solación, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, perdónanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, escúchanos, Se­ñor.
Cordero de Dios, que quitas los pe­cados del mundo, ten piedad de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

 

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, mira el corazón de tu amadísimo Hijo y las alabanzas y sa­tisfacciones que te dio en nombre de los pecadores, y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia, en nombre de tu mismo Hijo Jesucristo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, que tus santos misterios infundan en nosotros el fervor divino, con el que, recibida la bondad de tu dulce Corazón, aprendamos a despreciar lo terreno y amar lo celestial. Tu que vives y reinas por siglos infinitos. Amén.

Ecclesia in Medio Oriente

CONCLUSIÓN

95. «No temas, pequeño rebaño» (Lc 12,32). Con estas palabras de Cristo, quisiera alentar a todos los pastores y fieles cristianos de Oriente Medio a mantener viva con valentía la llama del amor divino en la Iglesia y en sus ambientes de vida y de actividades. De este modo conservarán íntegras la esencia y la misión de la Iglesia, tal como Cristo las ha querido. Y, también así, las particularidades legítimas e históricas enriquecerán la comunión entre los bautizados, con el Padre y con su Hijo Jesucristo, cuya sangre purifica todo pecado (cf. 1 Jn 1,3.6-7). Al alba del cristianismo, san Pedro, apóstol de Jesucristo, escribió su Primera carta a algunas comunidades creyentes de Asia Menor en dificultad. En los comienzos de este nuevo milenio, ha sido oportuno que se reuniesen en Sínodo, junto al Sucesor de Pedro, los pastores y los fieles de Oriente Medio, y también de otros lugares, para rezar y reflexionar juntos. La exigencia apostólica y la complejidad del momento invitan a la oración y al dinamismo pastoral. La urgencia de la hora presente y la injusticia de tantas situaciones dramáticas, releyendo la Primera carta de san Pedro, llaman a unirse para testimoniar juntos a Cristo muerto y resucitado. Este estar juntos, esta comunión querida por nuestro Señor y Dios, es más necesaria que nunca. Dejemos de lado todo lo que parece ser causa de insatisfacción, aunque sea legítimo, para concentrarnos con un solo corazón en lo único necesario: unir en el Hijo único a todos los hombres y todo el universo (cf. Rm8,29; Ef 1,5.10).

Homilía – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

PREGUNTAS SIN FE SOBRE LA MUERTE.

La Palabra de Dios es hoy realmente desconcertante. ¿Se afirma todo esto en serio o es una ironía imperdonable? Miles de preguntas rebeldes bullen en nuestro corazón.

«Dios no hizo la muerte» (Sab 1, 13). Pero la muerte existe. Si no la hizo Dios, ¿porqué la permitió? ¿No resulta demasiado fácil afirmar esto? La muerte anda suelta y El es el Señor del mundo. ¿No podemos pedirle responsabilidades?

«Ni se recrea en la destrucción de los vivientes» (v. 13). Pero los vivientes se destruyen todos sin excepción. Si Dios sufre con la destrucción de los vivientes, ¿por qué no la impidió? ¿Por qué no nos libra de la muerte, sin tener que pasar por ella? Si «todo lo creó para que subsistiera» (v. 14), ¿por qué no permanece?

¿Quién puede afirmar con verdad que «no hay en las creaturas veneno de muerte?» (v,14). En nuestra misma raíz está la muerte. Nacemos p a r a morir, condenados al polvo. Calderón de la Barca, en el «Gran Teatro del Mundo», coloca la puerta de la cuna junto a la boca del sepulcro. ¿No es la muerte el precio que se nos pide por la vida?

«Dios creó al hombre incorruptible» (Sab 2, 23). ¿Para qué se molestó en crearnos así, si de todas las maneras nos corrompemos? ¿Por qué defiende tanto a Dios el autor de este texto?

«Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (v. 24). La culpa de la muerte la tiene el diablo. ¿Para qué se inventan este cuento? ¿Qué figura es ésta, la de diablo? ¿Por qué es la causa? ¿No mueren también los que pertenecen a Dios? Morimos todos, no sólo «los que le pertenecen al diablo» (v. 25). Hasta esos mismos que han vencido la muerte del pecado, mueren. Caemos todos, los justos y los pecadores. ¿No se rebelaron todos los justos de Israel contra esta injusticia?

La muerte no respeta a nadie. Ni a la juventud. Los niños también mueren; se les arrebata toda oportunidad. La muerte siembra desolación en el mundo: «encontró el alboroto de los que lloraban y se la- mentaban a gritos» (Mc 5, 38). Hoy miles de inocentes mueren en las guerras; poblaciones enteras son arrasadas. Una parte de la población mundial muere de hambre.

Los que no hemos muerto aún, arrastramos la vida perdiéndola a jirones, en una continua hemorragia de energías, desahuciados por los médicos y sin que produzcan efecto las medicinas (Mc 5, 25 ss.).

¿Cómo puede decir Jesús con seriedad ante la muerte que «la niña no está muerta, sino que está dormida»? (v. 39.) ¿Es una equivocación del texto? No. Parece que lo dice a conciencia. Ante la muerte de Lázaro pronuncia estas palabras: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarle» (Jn 11, 11). ¿Por qué nos querrá tomar el pelo? ¿No podríamos exigir que se tomara más en serio la muerte? ¿Se puede extrañar alguien de que «se rieran de El»? (v. 40.)

Y al final de toda la escena la niña vuelve a la vida (v. 42). ¿Por qué no se le evitó antes la muerte? «Si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano» (Jn 11, 21). De esta manera se habría ahorrado toda esta tragedia. ¿Por qué no se nos indulta de la muerte, en lugar de prometernos la resurrección?

Todo esto es desconcertante. Ni la misma Cruz es posible entenderla. Ni la Eucaristía, que es sacramento de la muerte de Cristo. ¿Qué juego es éste en el que se nos ha enredado y al que estamos sometidos?

Solamente una fe rendida, llena de sabiduría, que es necedad para los sabios de este mundo (1Cor 1, 17 ss.), puede iluminar, no solucionar, este laberinto de problemas. «No temas: basta que tengas fe» (Mc 5, 36). ¡Ah!, ¿pero tenemos fe?

Cuando se tiene fe se enciende una luz sobre la tiniebla, llamas vivas alumbran la frialdad de los sepulcros. La respuesta de Dios a este remolino de preguntas es la Muerte de Cristo, en cuyo sentido salvador tenemos que creer. El desconcertante símbolo de la Cruz no es evidente para la razón, es objeto de fe. Ni aún el propio Hijo fue indultado de-la muerte. Cuando creemos en El un río subterráneo de aguas vivas brota de las raíces del madero seco del Calvario, un haz de esperanza invade al hombre. Dios es generoso, nos ama, no nos abandona, nos salva. Nuestro Dios, que es Padre, nos ofrece gratuitamente la Vida eterna. «Si morimos con El, resucitaremos con El.»

Jesús Burgaleta

Mc 5, 21-43 (Evangelio Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

Contemplamos hoy dos curaciones muy especiales: No se trata simplemente de dos enfermas a las que el Señor cura, pues la situación de cada una de ellas es muy significativa:

La mujer que se acerca a Jesús por el camino tiene una “cierta hemorragia”, algo muy vergonzoso y muy penoso para una mujer en los tiempos de Jesús, no sólo por las consecuencias de la enfermedad misma, sino por las consecuencias sociales y religiosas: las mujeres así enfermas eran consideradas “impuras” con todas las consecuencias que esto tenía en el trato con los demás; en relación al culto y a los actos religiosos; eran equiparables a leprosas; su vida no era vida. Esta mujer debía estar siempre alejada de todos, oculta, con una vergonzosa enfermedad (como si ella fuese culpable). Por eso “se esconde y siente vergüenza” en el relato del Evangelio.

Por otra parte, la niña, que gravemente enferma, muere. También los muertos eran considerados impuros, por lo cual no se podía ni tocarlos. Además, la muerte implica separación. Se pensaba que los muertos estaban totalmente al margen de Dios.

Se trata entonces de un encuentro de Jesús con la muerte, que adopta dos formas distintas: una “muerta en vida”, y una muerta físicamente. Y ante este panorama, Jesús mostrará el amor de Dios.

El texto nos presenta dos milagros de Jesús. El primero viene narrativamente dentro del segundo, como si fuera un paréntesis, pero pueden encontrarse vinculaciones temáticas entre ellos.

Como en todos lo milagros, el énfasis está puesto en la demostración del poder de Dios y en la manifestación de su señorío aún sobre aquellas cosas que exceden el poder humano. Son una forma de decirle a las personas que Dios ama a sus hijos e hijas y ese amor va más allá de los límites naturales.

Pero no todos comprendían, ni comprendemos, ese amor de Dios.

La mujer enferma a la cual “Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor” es una excepción. Ella entiende que Jesús es capaz de curarla y hace todo lo posible por acercarse para tocar su manto y así quedar sanada.

En el contexto de nuestra comprensión moderna de la vida se corre el riesgo de entender este acto como mágico, o como el recurso a poderes sorprendentes. De hecho hoy en día hay muchos que ganan fama a través de curaciones reales o ficticias. Sin embargo el mismo texto nos ofrece la clave para entender el modo de actuar de Jesús. Dos elementos deben ser resaltados:

a. Jesús siente que algo ha sucedido y se detiene para identificar a la persona. Quienes lo rodean se asombran por el hecho de que tantos lo aprietan y él quiera identificar a uno.
Esta actitud de reconocer a la persona en forma individual es un gesto singular. Para Jesús cada uno tiene un rostro y –lo que es más significativo aún- cada uno tiene algo que resolver en su vida, una enfermedad, una tragedia….

El flujo de sangre era una enfermedad que hacía impura a la mujer. A la vez, y aunque el texto no lo dice, también hacía impuro a quien entrara en contacto con ella. Por eso se siente atemorizada cuando Jesús quiere identificarla, ya que piensa que será reprendida por manchar a Jesús con su enfermedad. Pero no fue de ese modo.

Así como para nosotros los rostros se confunden y pierden en la multitud, para Jesús cada persona es tratada con la dignidad que en sí misma lleva por ser criatura de Dios. Esta mujer fue identificada entre la multitud para mostrar que Dios nos trata por nuestro nombre y sabe de nuestros problemas.

b. Jesús le dice: “tu fe te ha salvado”. Así él mismo parece desvincularse de la curación, como si hubiera sido la fe de ella y no el poder de Dios el autor del milagro.
Para ser precisos debemos decir que en este relato es la combinación de la acción de Jesús – que es presentada como involuntaria –, con la fe de la mujer que hizo todo lo posible por tocar al Maestro.

El énfasis está en que es una fe depositada en Jesús, y no en cualquier otro. La fe que salva no es una fe innominada sino la fe en Cristo.

El segundo milagro es la resurrección de la hija de Jairo. En esta ocasión Jesús intenta minimizar el hecho señalando que la joven no está muerta sino durmiendo. Es distinto del caso de Lázaro donde se insiste en que lleva varios días de muerto, aunque allí también se alude a que está durmiendo. Una exégesis racionalista señalaría que hay que aceptar que no estaba muerta sino en estado de coma, confundiendo a quienes la cuidaban y habían considerado muerta. Pensar así no resta valor al relato pero quita significación, ya que nuestra tarea como lectores de la Biblia no es tanto explicar lo que sucedió sino desvelar el mensaje inserto en la narración.

Lo que interesa no es si estaba muerta o dormida sino que Jesús entendió el dolor de esta familia y actuó en consecuencia. Es de destacar que “se burlaban de él”, es decir, aquellos que acompañaban a Jairo y su esposa, y que no habían podido curar a su hija, en lugar de darle esperanzas y alentarlos se burlan de aquél que está dispuesto a devolverle la vida.

Unos momentos antes habían dicho “para qué molestas al Maestro”. Lo que surge en estas palabras es que no entendían lo que pasaba en la vida de Jairo y su familia. Estaban lejos de comprender que para Dios el dolor de estos padres podía ser motivo de compasión y a la vez de demostración de su voluntad de vida, más allá de los avatares de la medicina de la época.

Otra vez vemos la actitud de reconocimiento del prójimo por parte de Jesús y la oposición de quienes lo rodean.
Para Jesús, Jairo y su mujer eran dos personas que estaban sufriendo y a quienes él podía ayudar. Pero no hay una condena de los amigos. Ellos actúan razonablemente, aconsejando llorar y resignarse ante la muerte por dolorosa e injusta que sea.

¿Acaso no es esa la actitud que recomendamos ante lo inevitable? En esta ocasión Jesús sorprendió a todos y les mandó que no dijeran lo que habían visto. No quería ser tenido por un milagrero.

Estos dos relatos nos muestran de algún modo la verdadera situación del hombre en el mundo, y lo que significa el encuentro con Cristo. Comúnmente pensamos que los muertos están en el cementerio, y los vivos fuera.
Muertos son los que han roto todas sus relaciones con Dios y con el prójimo, aunque anden caminando por las calles o rodeados de gente.

Muerto está quien está triste porque no encuentra el sentido de la vida, quien está sumergido en la vergüenza y el miedo, quien no tiene ánimos para vivir…

Los verdaderos vivientes son los que están abiertos a la fe y al amor, que extienden a su alrededor vínculos de amor y amistad, que reflejan la alegría y la confianza de quien se halla unido a Jesús. Todo esto es cierto incluso para quienes no están entre nosotros.

“No son muertos los que descansan bajo la losa fría; muertos son los que tienen muerta el alma, y viven todavía”.

Jesús enviado por el Padre “para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia”, nos libra de ambas muertes. La salvación no es sólo una promesa para la otra vida: se manifiesta ya, ahora, cuando el cristiano, el hombre de fe, comienza a vivir en la alegría y el amor, con confianza, sin temores

Que este tiempo de verano lejos de orientar exclusivamente nuestros cuerpos, en interminables horas de postración hacia el sol, sea una oportunidad para la contemplación y el disfrutar de tantos paisajes y rincones que nos hablan de un Dios de vida y de descanso.

2Cor 8, 7-9. 13-15 (2ª lectura Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

San Pablo en su segunda carta a los Corintios nos habla de la colecta que se realizó en las Iglesias de Europa y Asia –y por iniciativa suya—para la Iglesia Madre de Jerusalén.

Es la consecuencia de la visita que el Apóstol de los gentiles hizo a Pedro y a Santiago. Pablo cumpliría con todo empeño dicha promesa.

Para nosotros es un símbolo de la unidad de la Iglesia de Dios en, incluso, esos tiempos en los que los contactos y las comunicaciones eran muy difíciles. Pablo va a viajar a Jerusalén a explicar, con aceptación jerárquica, cual está siendo su labor entre los gentiles y para recibir, de manera fraternal, aprobación para su trabajo apostólico.

Pablo propone a los creyentes una norma de vida en lo que se refiere a la propiedad de los bienes materiales: La máxima igualdad en la posesión y disfrute de todos los bienes.

«Hermanos: ya que sobresalís en todo». Hay en el hombre, como algo congénito, un afán continuo por sobresalir. A veces es un noble afán de crecer en lo bueno, un deseo honesto de mejorar. Otras veces, ese afán va acompañado de orgullo, de soberbia y vanidad. Incluso se intenta sobresalir a costa de los demás, de quienes están a nuestro alcance y pueden, de algún modo, ser un pedestal para levantar un poco más la propia situación.

Es curioso ver cómo ese afán por sobresalir se infiltra a menudo incluso en las cosas más santas. Y así hay quienes hacen gala de ser buenos católicos, o de estar en la vanguardia de una continua renovación, aunque sea a costa de los mayores desafueros y papanatismos.

Hay que sobresalir, sí, pero a los ojos de Dios y no a los de los hombres. Y con frecuencia el que sobresale ante los hombres desaparece ante Dios, y viceversa. La espiga vacía se mantiene enhiesta, tiesa, sobresale de las demás. En cambio la espiga bien granada se dobla, se oculta en cierto modo entre la mies. De todos modos, es totalmente cierto que Dios enaltece a los humildes y humilla a los soberbios.

«…distinguíos también ahora por vuestra generosidad». Ahí es donde hay que sobresalir: en la generosidad, en la entrega a los demás. Entrega de lo que uno tiene y de lo que uno es.

Una comunidad en la que no existan irritantes desigualdades y en la que todos traten de que los bienes lleguen a la totalidad del grupo es, en el pensamiento cristiano, la sociedad a la que los creyentes han de tender con sus mejores empeños.

Bien está la fe, la amistad, la caridad, dice san Pablo a los corintios. Pero añade: “Distinguíos también por vuestra generosidad”

Nivelar, disminuir las diferencias. Evitar que haya quienes derrochen el dinero a manos llenas y quienes sufren al carecer de lo más imprescindible. Que los ricos sean menos ricos y que los pobres sean menos pobres. Así al final habrá una mayor nivelación en el juicio de Dios. Entonces los ricos, pobres ante el Supremo Juez, serán salvados por los pobres, ricos definitivos ante Dios.

Cristo Jesús no consideró codiciable el ser igual a Dios. Al contrario se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Así, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. El camino de la Iglesia ha de ser el mismo que el de su Señor.

Nosotros no estamos llamados a vivir separados de los demás. Hemos sido enviados para continuar la obra salvadora de Jesucristo en el mundo y su historia.

La salvación que proclamamos no es una idea en un más allá, sino un compromiso actual para quienes ya desde ahora necesitan de una mano que se les tienda para que vivan con mayor dignidad, y para que, sintiéndose amados, desde ahora puedan, junto con nosotros disfrutar de una distribución más justa de los bienes pasajeros y de los bienes eternos.

Aquellos que viven en la opulencia y desprecian a su prójimo; más aún: aquellos que son los causantes de la pobreza, del hambre y de la desnudez por las injusticias que cometen, por mucho que se arrodillen ante el Señor sólo podrán ser considerados unos hipócritas en la fe, pues quien no ame a su hermano a quien sí ve no puede decir que ame a Dios, a quien no ve.

No cabe argumentar con la vieja filosofía de que los hombres somos distintos y que, en consecuencia de ello, distinto ha de ser el volumen de posesión y de acceso a los bienes materiales. Para el cristiano, la norma puede inspirarse en distinto discurso. Ha de atenerse a la “nivelación” que propone san Pablo. Porque el mal, la enfermedad, la muerte en el mundo no es fruto de Dios, como lo subraya hoy el libro de la Sabiduría, sino del pecado de los hombres.

Sab 1, 13-15; 2, 23-24 (1ª lectura Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

Hemos escuchado en esta primera lectura un texto impresionante, aunque muy breve: procede del capítulo primero del Libro de la Sabiduría y nos explica claramente que Dios no quiere la muerte, ni la enfermedad. Fue la envidia del diablo quien trajo el veneno de la muerte.

Sólo los impíos razonan equivocadamente que no hay vida más allá de la que disfrutamos en este mundo. Por eso tratan de aprovecharla como si fuera su único paraíso; no importa que, para ser felices, tengan que pisotear los derechos de los demás.

«Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes» (Sb 1, 13) A veces podemos pensar que Dios se complace en la destrucción, en castigar duramente al hombre. Lo llegamos a imaginar satisfecho y hasta contento al aplicar la pena al pecador. Y es que medimos a Dios con nuestras mismas medidas. Y pensamos que él, como nosotros, se alegra al ver cómo el malo sufre el castigo de su maldad.

El deseo íntimo de Dios es la salvación de todos. Su proyecto primordial no podía ser más ventajoso para el hombre: Dios creó al hombre incorruptible, lo hizo imagen de su misma naturaleza. El hombre se parecía a su Creador como un hijo se parece a su padre. En su corazón existía la misma sed de amar y de ser amado. Su inteligencia se complacía y descansaba tan sólo en la verdad.

«Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2, 25) Fue él, el envidioso, el soberbio, el ángel de la Luz, el que al verse tan hermoso y fuerte se atrevió a luchar contra Dios, a rebelarse a los planes divinos. Luzbel, Satanás, el Diablo, el Príncipe de las tinieblas. Vio cómo Dios amaba al hombre y se llenó de tristeza. Su astucia y su odio se desplegaron como oscuras alas de vampiro. Y vino la tentación, la caída, las trágicas consecuencias de la desobediencia a la voluntad de Dios.

La muerte como el final de esas mil claudicaciones, la muerte como el último e inevitable capítulo de una vida de pecado. Una muerte sin esperanza, una muerte que se hunde en las tinieblas de la incertidumbre y del miedo. Una noche densa sin un posible amanecer. Una angustia desgarradora ante la duda de un futuro desconocido. La certeza aterradora de una muerte eterna.

Dios ha contemplado nuestra realidad, con todo lo bueno que hay en cada uno de nosotros, pero sin cerrar sus ojos ante nuestra miseria, ante nuestro pecado, ante los signos de muerte que han querido tomar posesión definitiva de nosotros.

Sin embargo Dios nos ama, y jamás se ha alejado de nosotros. Nos ha enviado a su Hijo, en quien se ha encarnado el amor de Dios para nosotros, de tal forma que podamos experimentar su misericordia y recobrar fuerzas para reiniciar nuestro camino en el bien.

El Señor ha venido a entregar su propia vida para levantarnos de todo aquello que nos esclaviza a lo pasajero, o que nos conduce hacia la muerte eterna. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Su amor, así, se ha manifestado para nosotros hasta el extremo.

Demasiadas veces oímos decir que hemos nacido para morir. Y no es verdad. Hemos nacido para vivir en plenitud. Dios ha hecho al hombre y la mujer para que vivan de verdad. Para que superen, incluso el mal trago de la muerte, como un episodio pasajero.

Vivir es conocer, y amar, y relacionarnos, y crear cosas nuevas. Pero ahora y aquí, se puede decir que sólo hacemos un ensayo de todo ello.
Un ensayo de conocer: ¡Cuántas cosas permanecen en la oscuridad y en la ignorancia!

Un ensayo de amar: ¡Cuántos amores limitados, rotos, por los egoísmos, por la pereza, por los intereses!
Un ensayo de relacionarnos: ¡Cuántos proyectos mueren o enferman por nuestras mezquindades!

Comentario al evangelio – 25 de junio

¡Uf!… ¡Cuánto nos cuesta evitarlo! Eso de “no juzgar” que nos aconseja Jesús en el Evangelio es una piedra con la que tropezamos casi todos los días. Porque, seamos sinceros, a veces nos sentimos bien yendo de “juececillos” por la vida, sentenciando lo que tienen que hacer los otros. “Mira esta…, si ya te lo decía yo, se veía venir”. “Anda que el otro, de qué va, a quién se le ocurre…”. Reconozcámoslo…, hay veces que nos gusta, que disfrutamos ejerciendo la crítica destructiva sin reparar en el daño que hacemos, o incluso siendo conscientes, que es peor.

¿Por qué Jesús tiene palabras tan duras contra esta actitud? “Hipócrita, viga en el ojo”…, por una sencilla pero profunda razón: nunca sabemos la batalla interior que se libra en el interior de cada persona, por eso hay que ser muy respetuoso con los demás. Es verdad que hay acciones que objetivamente son malas. No juzgar no significa que las consintamos, hay que denunciarlas. Pero Jesús siempre nos pide un paso más allá que el juzgar y mucho más constructivo: acercarte a tu hermano aunque no comprendas del todo sus acciones porque es imposible ver todo su interior.

Opinar de lo externo que vemos es muy fácil; intentar ponernos en la piel del hermano, no lo es tanto. Sólo tu cercanía, tu solidaridad y tu cariño, podrán ayudar a tu hermano si es que está equivocado. Tu murmuración, tu crítica destructiva y tu mirada superficial sobre él o ella, lo exteriorices o no, te alejarán y levantarán un muro entre ambos corazones.

Es difícil, pero no imposible. Jesús siempre nos pide más, porque sabe que con su ayuda podemos y porque ese más nos hace mejores a nosotros mismos y a los que nos rodean. Se trata de ir construyendo Reino también en nuestras relaciones con los demás.
¡Jesús, no nos dejes caer en la tentación de ser jueces de los demás!

Juan Lozano, cmf