2Cor 8, 7-9. 13-15 (2ª lectura Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

San Pablo en su segunda carta a los Corintios nos habla de la colecta que se realizó en las Iglesias de Europa y Asia –y por iniciativa suya—para la Iglesia Madre de Jerusalén.

Es la consecuencia de la visita que el Apóstol de los gentiles hizo a Pedro y a Santiago. Pablo cumpliría con todo empeño dicha promesa.

Para nosotros es un símbolo de la unidad de la Iglesia de Dios en, incluso, esos tiempos en los que los contactos y las comunicaciones eran muy difíciles. Pablo va a viajar a Jerusalén a explicar, con aceptación jerárquica, cual está siendo su labor entre los gentiles y para recibir, de manera fraternal, aprobación para su trabajo apostólico.

Pablo propone a los creyentes una norma de vida en lo que se refiere a la propiedad de los bienes materiales: La máxima igualdad en la posesión y disfrute de todos los bienes.

«Hermanos: ya que sobresalís en todo». Hay en el hombre, como algo congénito, un afán continuo por sobresalir. A veces es un noble afán de crecer en lo bueno, un deseo honesto de mejorar. Otras veces, ese afán va acompañado de orgullo, de soberbia y vanidad. Incluso se intenta sobresalir a costa de los demás, de quienes están a nuestro alcance y pueden, de algún modo, ser un pedestal para levantar un poco más la propia situación.

Es curioso ver cómo ese afán por sobresalir se infiltra a menudo incluso en las cosas más santas. Y así hay quienes hacen gala de ser buenos católicos, o de estar en la vanguardia de una continua renovación, aunque sea a costa de los mayores desafueros y papanatismos.

Hay que sobresalir, sí, pero a los ojos de Dios y no a los de los hombres. Y con frecuencia el que sobresale ante los hombres desaparece ante Dios, y viceversa. La espiga vacía se mantiene enhiesta, tiesa, sobresale de las demás. En cambio la espiga bien granada se dobla, se oculta en cierto modo entre la mies. De todos modos, es totalmente cierto que Dios enaltece a los humildes y humilla a los soberbios.

«…distinguíos también ahora por vuestra generosidad». Ahí es donde hay que sobresalir: en la generosidad, en la entrega a los demás. Entrega de lo que uno tiene y de lo que uno es.

Una comunidad en la que no existan irritantes desigualdades y en la que todos traten de que los bienes lleguen a la totalidad del grupo es, en el pensamiento cristiano, la sociedad a la que los creyentes han de tender con sus mejores empeños.

Bien está la fe, la amistad, la caridad, dice san Pablo a los corintios. Pero añade: “Distinguíos también por vuestra generosidad”

Nivelar, disminuir las diferencias. Evitar que haya quienes derrochen el dinero a manos llenas y quienes sufren al carecer de lo más imprescindible. Que los ricos sean menos ricos y que los pobres sean menos pobres. Así al final habrá una mayor nivelación en el juicio de Dios. Entonces los ricos, pobres ante el Supremo Juez, serán salvados por los pobres, ricos definitivos ante Dios.

Cristo Jesús no consideró codiciable el ser igual a Dios. Al contrario se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Así, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. El camino de la Iglesia ha de ser el mismo que el de su Señor.

Nosotros no estamos llamados a vivir separados de los demás. Hemos sido enviados para continuar la obra salvadora de Jesucristo en el mundo y su historia.

La salvación que proclamamos no es una idea en un más allá, sino un compromiso actual para quienes ya desde ahora necesitan de una mano que se les tienda para que vivan con mayor dignidad, y para que, sintiéndose amados, desde ahora puedan, junto con nosotros disfrutar de una distribución más justa de los bienes pasajeros y de los bienes eternos.

Aquellos que viven en la opulencia y desprecian a su prójimo; más aún: aquellos que son los causantes de la pobreza, del hambre y de la desnudez por las injusticias que cometen, por mucho que se arrodillen ante el Señor sólo podrán ser considerados unos hipócritas en la fe, pues quien no ame a su hermano a quien sí ve no puede decir que ame a Dios, a quien no ve.

No cabe argumentar con la vieja filosofía de que los hombres somos distintos y que, en consecuencia de ello, distinto ha de ser el volumen de posesión y de acceso a los bienes materiales. Para el cristiano, la norma puede inspirarse en distinto discurso. Ha de atenerse a la “nivelación” que propone san Pablo. Porque el mal, la enfermedad, la muerte en el mundo no es fruto de Dios, como lo subraya hoy el libro de la Sabiduría, sino del pecado de los hombres.