Homilía – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

PREGUNTAS SIN FE SOBRE LA MUERTE.

La Palabra de Dios es hoy realmente desconcertante. ¿Se afirma todo esto en serio o es una ironía imperdonable? Miles de preguntas rebeldes bullen en nuestro corazón.

«Dios no hizo la muerte» (Sab 1, 13). Pero la muerte existe. Si no la hizo Dios, ¿porqué la permitió? ¿No resulta demasiado fácil afirmar esto? La muerte anda suelta y El es el Señor del mundo. ¿No podemos pedirle responsabilidades?

«Ni se recrea en la destrucción de los vivientes» (v. 13). Pero los vivientes se destruyen todos sin excepción. Si Dios sufre con la destrucción de los vivientes, ¿por qué no la impidió? ¿Por qué no nos libra de la muerte, sin tener que pasar por ella? Si «todo lo creó para que subsistiera» (v. 14), ¿por qué no permanece?

¿Quién puede afirmar con verdad que «no hay en las creaturas veneno de muerte?» (v,14). En nuestra misma raíz está la muerte. Nacemos p a r a morir, condenados al polvo. Calderón de la Barca, en el «Gran Teatro del Mundo», coloca la puerta de la cuna junto a la boca del sepulcro. ¿No es la muerte el precio que se nos pide por la vida?

«Dios creó al hombre incorruptible» (Sab 2, 23). ¿Para qué se molestó en crearnos así, si de todas las maneras nos corrompemos? ¿Por qué defiende tanto a Dios el autor de este texto?

«Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (v. 24). La culpa de la muerte la tiene el diablo. ¿Para qué se inventan este cuento? ¿Qué figura es ésta, la de diablo? ¿Por qué es la causa? ¿No mueren también los que pertenecen a Dios? Morimos todos, no sólo «los que le pertenecen al diablo» (v. 25). Hasta esos mismos que han vencido la muerte del pecado, mueren. Caemos todos, los justos y los pecadores. ¿No se rebelaron todos los justos de Israel contra esta injusticia?

La muerte no respeta a nadie. Ni a la juventud. Los niños también mueren; se les arrebata toda oportunidad. La muerte siembra desolación en el mundo: «encontró el alboroto de los que lloraban y se la- mentaban a gritos» (Mc 5, 38). Hoy miles de inocentes mueren en las guerras; poblaciones enteras son arrasadas. Una parte de la población mundial muere de hambre.

Los que no hemos muerto aún, arrastramos la vida perdiéndola a jirones, en una continua hemorragia de energías, desahuciados por los médicos y sin que produzcan efecto las medicinas (Mc 5, 25 ss.).

¿Cómo puede decir Jesús con seriedad ante la muerte que «la niña no está muerta, sino que está dormida»? (v. 39.) ¿Es una equivocación del texto? No. Parece que lo dice a conciencia. Ante la muerte de Lázaro pronuncia estas palabras: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarle» (Jn 11, 11). ¿Por qué nos querrá tomar el pelo? ¿No podríamos exigir que se tomara más en serio la muerte? ¿Se puede extrañar alguien de que «se rieran de El»? (v. 40.)

Y al final de toda la escena la niña vuelve a la vida (v. 42). ¿Por qué no se le evitó antes la muerte? «Si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano» (Jn 11, 21). De esta manera se habría ahorrado toda esta tragedia. ¿Por qué no se nos indulta de la muerte, en lugar de prometernos la resurrección?

Todo esto es desconcertante. Ni la misma Cruz es posible entenderla. Ni la Eucaristía, que es sacramento de la muerte de Cristo. ¿Qué juego es éste en el que se nos ha enredado y al que estamos sometidos?

Solamente una fe rendida, llena de sabiduría, que es necedad para los sabios de este mundo (1Cor 1, 17 ss.), puede iluminar, no solucionar, este laberinto de problemas. «No temas: basta que tengas fe» (Mc 5, 36). ¡Ah!, ¿pero tenemos fe?

Cuando se tiene fe se enciende una luz sobre la tiniebla, llamas vivas alumbran la frialdad de los sepulcros. La respuesta de Dios a este remolino de preguntas es la Muerte de Cristo, en cuyo sentido salvador tenemos que creer. El desconcertante símbolo de la Cruz no es evidente para la razón, es objeto de fe. Ni aún el propio Hijo fue indultado de-la muerte. Cuando creemos en El un río subterráneo de aguas vivas brota de las raíces del madero seco del Calvario, un haz de esperanza invade al hombre. Dios es generoso, nos ama, no nos abandona, nos salva. Nuestro Dios, que es Padre, nos ofrece gratuitamente la Vida eterna. «Si morimos con El, resucitaremos con El.»

Jesús Burgaleta