Mc 5, 21-43 (Evangelio Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

Contemplamos hoy dos curaciones muy especiales: No se trata simplemente de dos enfermas a las que el Señor cura, pues la situación de cada una de ellas es muy significativa:

La mujer que se acerca a Jesús por el camino tiene una “cierta hemorragia”, algo muy vergonzoso y muy penoso para una mujer en los tiempos de Jesús, no sólo por las consecuencias de la enfermedad misma, sino por las consecuencias sociales y religiosas: las mujeres así enfermas eran consideradas “impuras” con todas las consecuencias que esto tenía en el trato con los demás; en relación al culto y a los actos religiosos; eran equiparables a leprosas; su vida no era vida. Esta mujer debía estar siempre alejada de todos, oculta, con una vergonzosa enfermedad (como si ella fuese culpable). Por eso “se esconde y siente vergüenza” en el relato del Evangelio.

Por otra parte, la niña, que gravemente enferma, muere. También los muertos eran considerados impuros, por lo cual no se podía ni tocarlos. Además, la muerte implica separación. Se pensaba que los muertos estaban totalmente al margen de Dios.

Se trata entonces de un encuentro de Jesús con la muerte, que adopta dos formas distintas: una “muerta en vida”, y una muerta físicamente. Y ante este panorama, Jesús mostrará el amor de Dios.

El texto nos presenta dos milagros de Jesús. El primero viene narrativamente dentro del segundo, como si fuera un paréntesis, pero pueden encontrarse vinculaciones temáticas entre ellos.

Como en todos lo milagros, el énfasis está puesto en la demostración del poder de Dios y en la manifestación de su señorío aún sobre aquellas cosas que exceden el poder humano. Son una forma de decirle a las personas que Dios ama a sus hijos e hijas y ese amor va más allá de los límites naturales.

Pero no todos comprendían, ni comprendemos, ese amor de Dios.

La mujer enferma a la cual “Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor” es una excepción. Ella entiende que Jesús es capaz de curarla y hace todo lo posible por acercarse para tocar su manto y así quedar sanada.

En el contexto de nuestra comprensión moderna de la vida se corre el riesgo de entender este acto como mágico, o como el recurso a poderes sorprendentes. De hecho hoy en día hay muchos que ganan fama a través de curaciones reales o ficticias. Sin embargo el mismo texto nos ofrece la clave para entender el modo de actuar de Jesús. Dos elementos deben ser resaltados:

a. Jesús siente que algo ha sucedido y se detiene para identificar a la persona. Quienes lo rodean se asombran por el hecho de que tantos lo aprietan y él quiera identificar a uno.
Esta actitud de reconocer a la persona en forma individual es un gesto singular. Para Jesús cada uno tiene un rostro y –lo que es más significativo aún- cada uno tiene algo que resolver en su vida, una enfermedad, una tragedia….

El flujo de sangre era una enfermedad que hacía impura a la mujer. A la vez, y aunque el texto no lo dice, también hacía impuro a quien entrara en contacto con ella. Por eso se siente atemorizada cuando Jesús quiere identificarla, ya que piensa que será reprendida por manchar a Jesús con su enfermedad. Pero no fue de ese modo.

Así como para nosotros los rostros se confunden y pierden en la multitud, para Jesús cada persona es tratada con la dignidad que en sí misma lleva por ser criatura de Dios. Esta mujer fue identificada entre la multitud para mostrar que Dios nos trata por nuestro nombre y sabe de nuestros problemas.

b. Jesús le dice: “tu fe te ha salvado”. Así él mismo parece desvincularse de la curación, como si hubiera sido la fe de ella y no el poder de Dios el autor del milagro.
Para ser precisos debemos decir que en este relato es la combinación de la acción de Jesús – que es presentada como involuntaria –, con la fe de la mujer que hizo todo lo posible por tocar al Maestro.

El énfasis está en que es una fe depositada en Jesús, y no en cualquier otro. La fe que salva no es una fe innominada sino la fe en Cristo.

El segundo milagro es la resurrección de la hija de Jairo. En esta ocasión Jesús intenta minimizar el hecho señalando que la joven no está muerta sino durmiendo. Es distinto del caso de Lázaro donde se insiste en que lleva varios días de muerto, aunque allí también se alude a que está durmiendo. Una exégesis racionalista señalaría que hay que aceptar que no estaba muerta sino en estado de coma, confundiendo a quienes la cuidaban y habían considerado muerta. Pensar así no resta valor al relato pero quita significación, ya que nuestra tarea como lectores de la Biblia no es tanto explicar lo que sucedió sino desvelar el mensaje inserto en la narración.

Lo que interesa no es si estaba muerta o dormida sino que Jesús entendió el dolor de esta familia y actuó en consecuencia. Es de destacar que “se burlaban de él”, es decir, aquellos que acompañaban a Jairo y su esposa, y que no habían podido curar a su hija, en lugar de darle esperanzas y alentarlos se burlan de aquél que está dispuesto a devolverle la vida.

Unos momentos antes habían dicho “para qué molestas al Maestro”. Lo que surge en estas palabras es que no entendían lo que pasaba en la vida de Jairo y su familia. Estaban lejos de comprender que para Dios el dolor de estos padres podía ser motivo de compasión y a la vez de demostración de su voluntad de vida, más allá de los avatares de la medicina de la época.

Otra vez vemos la actitud de reconocimiento del prójimo por parte de Jesús y la oposición de quienes lo rodean.
Para Jesús, Jairo y su mujer eran dos personas que estaban sufriendo y a quienes él podía ayudar. Pero no hay una condena de los amigos. Ellos actúan razonablemente, aconsejando llorar y resignarse ante la muerte por dolorosa e injusta que sea.

¿Acaso no es esa la actitud que recomendamos ante lo inevitable? En esta ocasión Jesús sorprendió a todos y les mandó que no dijeran lo que habían visto. No quería ser tenido por un milagrero.

Estos dos relatos nos muestran de algún modo la verdadera situación del hombre en el mundo, y lo que significa el encuentro con Cristo. Comúnmente pensamos que los muertos están en el cementerio, y los vivos fuera.
Muertos son los que han roto todas sus relaciones con Dios y con el prójimo, aunque anden caminando por las calles o rodeados de gente.

Muerto está quien está triste porque no encuentra el sentido de la vida, quien está sumergido en la vergüenza y el miedo, quien no tiene ánimos para vivir…

Los verdaderos vivientes son los que están abiertos a la fe y al amor, que extienden a su alrededor vínculos de amor y amistad, que reflejan la alegría y la confianza de quien se halla unido a Jesús. Todo esto es cierto incluso para quienes no están entre nosotros.

“No son muertos los que descansan bajo la losa fría; muertos son los que tienen muerta el alma, y viven todavía”.

Jesús enviado por el Padre “para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia”, nos libra de ambas muertes. La salvación no es sólo una promesa para la otra vida: se manifiesta ya, ahora, cuando el cristiano, el hombre de fe, comienza a vivir en la alegría y el amor, con confianza, sin temores

Que este tiempo de verano lejos de orientar exclusivamente nuestros cuerpos, en interminables horas de postración hacia el sol, sea una oportunidad para la contemplación y el disfrutar de tantos paisajes y rincones que nos hablan de un Dios de vida y de descanso.