Miércoles XII de Tiempo Ordinario

Hoy es 27 de junio, miércoles de la XII semana de Tiempo Ordinario.

Oh Dios, tú eres mi Dios. Desde la aurora te busco. Mi alma está sedienta de ti. Mi vida tiene ansia de ti. Como tierra reseca, agostada, sin agua.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 7, 15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidado con los falsos profetas; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. A ver, ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis.»

Jesús nos avisa contra los falsos profetas, o más en positivo, nos vuelve a atraer hacia su palabra, que es descanso, vida, apertura al futuro. Muchas son las voces hoy que intentan ofrecernos una imagen parcial de la realidad. Pero sólo el evangelio de Jesús toca el fondo del corazón humano. ¿De qué manera me toca a mí esta palabra?

El árbol sano dará frutos buenos. Y el árbol enfermo frutos malos. A Jesús, más que los frutos o las acciones, le importa el árbol y su calidad. Si el árbol tiene una raíz bien asentada en Dios y está sano porque su confianza es firme, sus frutos serán buenos y abundantes. Mira ahora hacia tu interior. ¿Te sientes como un árbol sano que da frutos buenos?

Por sus frutos los reconoceréis. Porque hay propuestas de salvación de corto recorrido. Y que dan frutos que acaban por no satisfacer. Pero sólo hay una palabra que ofrece vida plena: la buena noticia de Jesús. ¿Qué es para mí seguir a Jesús y vivir en el evangelio: una locura, un sueño, una realidad?

En este texto Jesús se dirige a sus discípulos de un modo cercano. Con la confianza que se vive en la intimidad de la amistad. Ponte ahora a la escucha de esta enseñanza de Jesús, sintiéndote tú también un discípulo suyo.

Con la oración nos acercamos más a Dios porque gracias a ella ponemos voz a lo que ocurre en nuestro interior. A lo que llevamos dentro. Ahora, me tomo un tiempo para expresarle a Dios cómo me siento. Puedo darle gracias por este breve encuentro. Puedo pedirle que siga cuidando de mí. Que siga sembrando en mí la semilla buena de su palabra. Que sea el corazón el que se exprese.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.