Domingo XIII de Tiempo Ordinario

1. Palabra

Cuando uno no se pierde en los detalles anecdóticos, buscando el «milagrito», el Evangelio de hoy sobrecoge. En torno a Jesús surgen la vida, la muerte es vencida, los sin-esperanza renacen.

Hay verbos que, dichos por Jesús, adquieren resonancias profundas: ¿Quién me ha tocado? Tu fe te ha curado. No temas. Levántate…

La primera lectura resuena, igualmente, como una fiesta: Dios no hizo la muerte. Todo lo creó para que subsistiera…

2. Vida

«Celebrar la vida» debería ser una consigna de los cristianos. El Reino, en este sentido, no es más que la vida en auge, surgiendo misteriosamente del caos, frágil y victoriosa, en su riqueza multiforme, desde la vida biológica hasta la vida del Espíritu Santo.

El cristiano la afirma en el seno de la madre, frente a todas las amenazas del capricho o de la irresponsabilidad. Pero no hace del aborto un arma demagógica, pues sabe del sufrimiento del hijo no deseado.

La sigue afirmando en el condenado a muerte, cuando la sociedad se erige en juez último del derecho a existir de las personas.

Y vive dolorosamente los conflictos de conciencia. Si se trata de sí mismo, está dispuesto a no matar en defensa propia; pero, ¿qué hacer cuando un tirano desencadena el horror sistemático de la muerte y la esclavitud?

El cristiano celebra la vida nueva que surgió de la muerte de su Mesías injustamente condenado a morir crucificado. Ahí aprende a leer el misterio de la vida, tan cercano siempre a la muerte. Pues la vida está esencialmente ligada al amor, y ¿en qué consiste amar sino en dar la vida libremente hasta la muerte?

Por eso, celebrar la vida es esperar contra toda esperanza en la victoria de la vida sobre la muerte. Esta aparece siempre más poderosa, porque la violencia es su rostro, y ¡el amor parece tan débil!

Reflexiona sobre esta ética de la vida, y aplícala a situaciones concretas.

Javier Garrido