Salir al descubierto

Ensambladura

Dice que ha tenido alguna duda respecto a hablar del asunto referido a la hija del jefe de la sinagoga (Santiago, que estaba como siempre a mi lado, antes incluso de que el predicador explicase aquel quehacer, había decidido que era el equivalente al presidente del consejo parroquial, que era yo…), o de la historia que tenía como protagonista a la pobre mujer que padecía flujos de sangre (y aquí, viendo encenderse la cara habitualmente cérea de la señorita Evelina, entendí que estaba preocupada, temiendo que el cura ilustrase con detalle ese tipo de enfermedad femenina).

Al final, nuestro párroco ha llegado a la conclusión de que no podía separar ambos episodios, además porque Marcos, en su relato, los había ensamblado el uno dentro del otro, por lo que era necesario tomarlos en bloque.

En efecto, tenían un tema común: la fe. Fe de Jairo, puesta a dura prueba en el momento en que le llevan la noticia de que ya no hay nada que hacer, desgraciadamente la muerte llegó antes, mejor dejarlo en paz… Y Jesús que se preocupa para que éste no decaiga respecto a esa condición esencial para el milagro: «No temas; basta que tengas fe».

Fe intrépida de la mujer que realiza un gesto que puede ser considerado como supersticioso por los teólogos refinados (y exigentísimos respecto a la fe ajena), pero que Jesús cataloga sin dudas en el registro de la fe: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz…» (yo añadiría: y no te preocupes del juicio de los teólogos que pretenderían — de los demás— una fe purísima, sin contaminaciones ni incustraciones puramente humanas).

Los gastos para un suministro de velas

Pero el predicador ha seguido adelante en su análisis agudo y ha puesto en evidencia un aspecto particular que une la fe tanto de aquel hombre importante como de la humilde mujer: el coraje de arrancarse de los condicionamientos ajenos y tomar una decisión personal.

El jefe de la sinagoga debe haber superado, no sin alguna dificultad, el obstáculo de sus colegas que seguramente han intentado por todos los medios disuadirlo de dar un paso que tenía el peligro de comprometer la honorabilidad de su categoría (¿ir a ese curandero?… No somos como la gente andrajosa y credulona que va detrás de él).

Y él insiste en su opción audaz incluso cuando todo parece ya terminado y las personas con sentido común le sugieren que desista, que sea razonable, ya no es el caso de «molestar al Maestro» (un consejo que esconde una discreta dosis de hipocresía).

La mujer ha roto el cerco de su clan familiar que hasta ahora la tenía como secuestrada, como rehén, impidiéndole cualquier decisión autónoma. Por lo que ella se veía obligada a someterse a sus opciones, a hacerse simplemente objeto de sus cuidados. Con el resultado de dilapidar un patrimonio en médicos y medicinas, sin conseguir mejorar, es más, agravando su situación y multiplicando sus sufrimientos.

El párroco, en verdad, con mucha suavidad, se ha referido delicadamente al asunto de los médicos y de sus prescripciones ineficaces, y quizás también contradictorias, por delicadeza con el doctor Lino, presente en los primeros bancos, que no merece ciertamente que se haga sarcasmo a su costa. Pero Marcos habla duramente, sin excesivos miramientos hacia los profesionales a quienes está encomendado el cuidado de nuestra salud. La mujer daba la impresión de haber tenido un arrebato de rebelión: «¡Basta! Desde ahora me preocupo yo. Sé a quien debo ir. Por favor, dejadme en paz. Os lo agradezco y nos veremos después de la curación».

A mí me recordaba la historia, que todavía se cuenta en el pueblo, de la señora Leticia. Bastante entrada en años, y atrapada en algún mal inevitable, debió hacer, en cierto momento, sus cuentas. A pesar de la edad, conservaba una extraordinaria lucidez cuando se trataba de cifras y de dinero. Comprobado lo que gastaba en farmacia y en visitas médicas, había llegado a la conclusión de que, con la décima parte de aquella suma, podía comprar una gran caja de velas (prácticamente, el suministro de una catedral) para encender cada día ante la imagen de san Antonio.

Apostilla: algunos de aquellos cirios, que quedaron en el fondo de la caja, fueron colocados en torno a su féretro. Pero esto, obviamente, ella no lo había previsto.

Dejemos en paz la historia de la señora Leticia, que puede unirse sólo marginalmente a la de la mujer de quien habla el evangelio y que hace estar en ascuas a la púdica señorita Evelina, capaz —la hemorroísa— de «rozar» personalmente al directo Interesado, sin recurrir a intermediarios, como es el caso de la difunta señora Leticia. Quede claro que la fe comporta una decisión personal.

Es necesario, en un momento dado, hacer una elección precisa, romper con las costumbres, salir de los raíles de la racionalidad, y dar un paso decisivo que nadie puede dar en nuestro lugar. Hay que salir al descubierto, salirse de entre la multitud y de su gran paraguas protector.

La masa se revela constitutivamente incapaz de tomar decisiones. Como mucho puede entusiasmarse, abandonarse a la emotividad, dejarse arrastrar. Pero, para llegar a la salvación, es indispensable que salte algo dentro de cada persona. Es necesario que cambie el ritmo de los latidos del corazón de cada individuo.

Jesús, apretado y casi aplastado por la multitud, sólo reacciona cuando se siente «tocado» por una persona. Única a sus ojos.

El secreto del milagro

Por mi cuenta he añadido una consideración sobre el secreto de los dos milagros. La gente ocupa la escena, pero queda excluida de lo más importante.

Nadie se da cuenta del gesto clandestino de la mujer víctima de aquella enfermedad penosa. Nadie, entre la gente, se percata de lo que ha sucedido entre ella y el Maestro, que la manda a casa, y ciertamente no para pregonar el prodigio.

Después, en la casa de Jairo, Jesús mismo es quien se encarga de desalojar a los curiosos alborotadores. Y, al final, después de haber dado las disposiciones para que den de comer a la niña (llamada a la vida, ahora corre el riesgo de que muera de hambre…), impone «con insistencia» que el evento permanezca secreto.

Ningún clamor publicitario, nada de hacerlo público… La firma de Dios —como alguien ha dicho— es la discreción.

La fe era necesaria antes del milagro y la tenían los interesados directos. Una fe que brote después, desde la onda emotiva, sería de una calidad más bien dudosa.

La fe es el camino obligado que lleva, a veces, al milagro. Pero el milagro no es casi nunca el camino que lleva a la fe.

No hay necesidad de aprender de Pablo

Dejada de lado la primera lectura (con esa frase enigmática acerca de la muerte «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo»: lo volveremos a oír dentro de tres años…), el cura ha hecho una vaga referencia —poco más que una alusión rápida— al asunto de la colecta patrocinada por Pablo para la comunidad de Jerusalén que se debatía entre estrecheces económicas.

Con la aportación decisiva de mi hija teóloga, he conseguido reconstruir el asunto que despertaba en mí mucha curiosidad. Hemos establecido que:

1. Pablo no sueña de ninguna manera con pedir un tanto por ciento sacado de las cajas del erario público. El emperador, por motivos obvios, estaba sordo de ese oído.

2. El apóstol, para estimular a los cristianos reacios de Corinto, recurre a dos argumentos: uno de lo alto y otro sacado de abajo. Hace referencia nada menos que a la generosidad de Jesús («siendo rico…»), pero sobre todo al ejemplo conmovedor dado por la Iglesia más miserable, la de Macedonia. Como diciendo: si os encontráis en necesidad, id a llamar con golpe seguro a las puertas de los pobres, y tendréis motivo de sorpresa (y también, un poco, de vergüenza).

3. Pablo, leyendo entre líneas, ni siquiera ahorra una sutil ironía de cara a los miembros de la comunidad de Corinto: vosotros que «sobresalís en todo… en la palabra, en el conocimiento, en el empeño…», intentad también sobresalir, cuando se dé el caso, en el abrir la bolsa. Palabrería y discusiones no valen para dar de comer a los hermanos de fe que están en Jerusalén.

También hoy, para salvarnos del alud palabrero y papelero, que también en el ambiente cristiano nos quiere arrollar, no queda más que pedir, como hace Pablo, la prueba de los hechos.

4. Finalmente el apóstol deja entender que la limosna no es otra cosa que un elemental deber de justicia: «se trata de nivelar». No se trata, pues, de portarse como benefactores, a quienes dedicar lápidas y monumentos. Lo que damos es, en la mayor parte de los casos, una simple restitución, para restablecer el equilibrio.

Es interesante, de todas maneras, la estrategia adoptada por Pablo para remover la resistencia de aquella comunidad. Lástima que el predicador no lo haya señalado como me parece que debía. Evidentemente los curas, cuando se trata de recoger dinero para sus obras, no necesitan recibir sugerencias de Pablo. Sus técnicas son mucho más modernas. Ojalá quiera el cielo que lo sean también en otros campos…

A. Pronzato