Vísperas – Lunes XIII del Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LIBRA MIS OJOS DE LA MUERTE.

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz, que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva,
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Haz que mi pie vaya ligero.
Da de tu pan y de tu vaso
al que te sigue, paso a paso,
por lo más duro del sendero.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo.
¡Tantos me dicen que estás muerto!
Y entre la sombra y el desierto
dame tu mano y ven conmigo. Amén

SALMODIA

Ant 1. El Señor se complace en los justos.

Salmo 10 – EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor se complace en los justos.

Ant 2. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Salmo 14 – ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Ant 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE   Col 1, 9b-11

Llegad a la plenitud en el conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así caminaréis según el Señor se merece y le agradaréis enteramente, dando fruto en toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios. Fortalecidos en toda fortaleza, según el poder de su gloria, podréis resistir y perseverar en todo con alegría.

RESPONSORIO BREVE

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Porque he pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Favorece a tu pueblo, Señor.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos:
para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
que encuentren en ti, Señor, su verdadera felicidad.

Muestra tu amor a los agonizantes:
que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó Cristo:

Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 2 de julio

Lectio: Lunes, 2 Julio, 2018

Tiempo Ordinario

1) ORACIÓN INICIAL

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del santo Evangelio según Mateo 8,18-22

Viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla. Y un escriba se acercó y le dijo: « Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.» Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.» Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.»

3) REFLEXIÓN

• Desde la 10ª Semana del Tiempo Ordinario hasta la 12ª Semana, durante tres semanas, meditamos los capítulos de 5 a 8 del evangelio de Mateo. Dando secuencia a la meditación del capítulo 8, el evangelio de hoy presenta las condiciones del seguimiento de Jesús. Jesús decide ir para otra orilla del lago y una persona le pide seguirle (Mt 8,18-22).

• Mateo 8,18: Jesús manda pasar a la otra orilla del lago. Jesús había acogido y curado a todos los enfermos que la gente le había traído (Mt 8,16). Mucha gente se juntó a su alrededor. Viendo esa multitud, Jesús decidió ir para la otra orilla del lago. En el evangelio de Marcos, de donde Mateo saca gran parte de sus informaciones, el contexto es diferente. Jesús acababa de terminar el discurso de las parábolas (Mc 4,3-34) y dijo: “¡Vamos para el otro lado!” (Mc 4,35), y en el barco de donde había hecho el discurso (cf. Mc 4,1-2), los discípulos lo llevan a otro lado. De tan cansado que estaba, Jesús se durmió en la popa sobre el cojín. (Mc 4,38).

• Mateo 8,19: Un doctor de Ley quiere seguir a Jesús. En el momento en que Jesús decide atravesar el lago, un doctor de ley se acerca y dice: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.”Un texto paralelo de Lucas (Lc 9,57-62) trata el mismo asunto, pero de una forma algo distinta. Según Lucas, Jesús había decidido ir para Jerusalén donde iba ser condenado a muerte. Tomando rumbo hacia Jerusalén, entra en el territorio de Samaría (Lc 9,51-52), donde tres personas piden seguirle (Lc 9,57.59.61). En Mateo, que escribe para judíos convertidos, la persona que quiere seguir a Jesús es un doctor de la ley. Mateo acentúa el que es una autoridad de los judíos la que reconoce el valor de Jesús y que pide ser discípulo. En Lucas, que escribe para paganos convertidos, las personas que quieren seguir a Jesús son samaritanos. Lucas acentúa una apertura ecuménica de Jesús que acepta también a no judíos como discípulos.

• Mateo 8,20: La respuesta de Jesús al doctor de la Ley. La respuesta de Jesús es idéntica tanto en Mateo como en Lucas, y es una respuesta muy exigente que no deja dudas: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.” Quien quiere ser discípulo de Jesús tiene que saber lo que hace. Tiene que examinar las exigencias y calcular bien, antes de tomar una decisión (cf. Lc 14,28-32). “Del mismo modo, cualquiera de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).

• Mateo 8,21: Un discípulo pide poder enterrar a su padre que ha fallecido. Alguien que era discípulo pide permiso para poder enterrar a su padre: «Señor. Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Con otras palabras, pide a Jesús que remita a más tarde la travesía del lago, para después del entierro de Jesús. Enterrar a los padres era un deber sagrado de los hijos (cf Tb 4,3-4).

• Mateo 8,22: La respuesta de Jesús. De nuevo, la respuesta de Jesús es muy exigente. Jesús no aplaza su viaje para el otro lado del lago y dice a su discípulo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Cuando Elías llamó a Eliseo, dejó que Eliseo volviera a casa para despedirse de sus padres (1Reyes 19,20). Jesús es mucho más exigente. Para entender todo el alcance de la respuesta de Jesús conviene recordar que la expresión Deja que los muertos sepulten a sus muertos era un proverbio popular usado por la gente para significar que no hay que gastar energía en cosas que no tienen futuro y que no tienen nada que ver con la vida. Un proverbio así no puede tomarse al pie de la letra. Debe mirarse el objetivo con qué fue usado. Así que, aquí en nuestro caso, por medio del proverbio, Jesús acentúa la exigencia radical de la vida nueva a la que llama a las personas y que exige abandonarlo todo para poder seguir a Jesús. Describe las exigencias del seguimiento de Jesús.

Seguir a Jesús. Como los rabinos de la época, Jesús reúne a discípulos y discípulas. Todos ellos «siguen a Jesús«. Seguir era el término que se usaba para indicar la relación entre el discípulo y el maestro. Para los primeros cristianos, Seguir a Jesússignificaba tres cosas muy importantes, enlazadas entre sí:

a) Imitar el ejemplo del Maestro: Jesús era el modelo que había que imitar y re-crear en la vida del discípulo y de la discípula (Jo 13,13-15). La convivencia diaria permitía un confronto constante. En la «escuela de Jesús” se enseñaba sólo una única materia: el Reino, y este Reino se reconocía en la vida y en la práctica de Jesús.

b) Participar del destino del Maestro: Quien seguía a Jesús debía comprometerse con él a «estar con él en sus en sus pruebas» (Lc 22,28), inclusive en las persecuciones (Mt 10,24-25) y en la cruz (Lc 14,27). Tenía que estar dispuesto a morir con él (Jn 11,16).

c) Tener la vida de Jesús dentro de sí: Después de Pascua, a la luz de la resurrección, el seguimiento asume esta tercera dimensión: «Vivo, más no vivo yo, es Cristo que vive en mí» (Gl 2,20). Se trata de la dimensión mística del seguimiento, fruto de la acción del Espíritu. Los cristianos tratan de rehacer en sus vidas el camino que Jesús había recorrido, muriendo en defensa de la vida y resucitado por el poder de Dios (Fil 3,10-11).

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Ser discípulo, discípula, de Jesús. Seguir a Jesús. ¿Cómo estoy viviendo el seguimiento de Jesús?

• Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo tienen nido; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. ¿Cómo vivir hoy esta exigencia de Jesús?

5) ORACIÓN FINAL

Los que lo miran quedarán radiantes,
no habrá sonrojo en sus semblantes.
Si grita el pobre, Yahvé lo escucha,
y lo salva de todas sus angustias. (Sal 34,6-7)

Plan para una estrategia

«La cosecha es abundante». No es la hora del ocio. Para un pueblo desviado, bastardo, Dios suscita profetas; para un mundo fatigado, sin pastor, Jesús llama a los Doce. La mies es abundante, porque Dios, en lugar de condenar y de aniquilar, perdona. Los profetas, los misioneros, serán los cosechadores de esta gracia. Darán gratis lo que gratis han recibido.

Sin embargo, de todas partes nos llegan rumores de fracaso. Como una esposa desvergonzada, Israel se volvió a sus dioses de antaño, con los que pecó y parió entre dolores, pero sólo recogió viento y tempestad. En tierras reales, he aquí que el justo es vendido por dinero y la justicia condenada a muerte. Contemporáneos de Jesús, los escribas maquinan su perdición; Cafarnaún endurece su corazón. El pecado paraliza a los hombres y a la sociedad. Pronto los apóstoles se enfrentarán a la persecución a causa del nombre de Jesús. Hasta las familias serán divididas…

¿Cómo no iba Dios a emprender un proceso contra su pueblo? «¡Cafarnaún, te hundirás hasta las moradas de los muertos!» Pero el proceso de Dios sólo puede ser el de un enamorado… ¡Una acusación apasionada, ciertamente, pero con palabras que traicionan al corazón! » ¡Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿No recuerdas ya tu juventud, tu infancia, el desierto en el que nos comprometimos y tus primeros pasos, cuando yo te enseñaba a andar?» ¡Pues Dios llegó hasta el extremo de enseñar a dar los primeros pasos del amor a su esposa, paralizada ya para entonces! Si en nuestros días está entablado un proceso, no es con vistas a un divorcio, sino con el proyecto de sellar una alianza nueva… Dios se complace en perdonar.

Mirad, pues, cómo Jesús rehabilita al paralítico, llama al publicano, resucita a la joven muerta, perdona los pecados… No condena, sino que cura. Y luego envía a los Doce; elaborando para ellos una estrategia de misión. Pone su yugo sobre sus hombros para que sean, como El, mansos y humildes y para que puedan llevar la paz al corazón de los pobres. Tendrán que perderlo todo, darlo todo, arriesgarlo todo. Su estrategia será dar a los hombres una viva imagen del Maestro, que es, antes que nada, un Siervo.

«La mies es abundante.» Dios, afligido por la ausencia de su adúltera esposa, sueña con volver a llevarla al desierto y rehacer su amor. Volverá a celebrarse la boda y el vino nuevo correrá a raudales. La recolección será abundante, «semillas de justicia y mies de misericordia». Y aunque el grano que se arrojó en tierra parece muerto, dará mucho fruto, pues Dios no ha permitido nunca que el amor se pudra en la tierra. ¿Cómo podría Dios olvidar la gracia de la primera mañana?

2.- Amar y sacrificarse: ¿Dos verbos distintos?

“Y vino a morar en una ciudad
que se llamaba Nazaret” (Mt 2, 23)

“Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios
y de los hombres” (Lc 2, 51-52)

<

p style=»text-align:justify;»>Señor
Tú nos dejaste un modelo de familia en la Sagrada Familia de Nazaret.
En un sentido profundo y muy real, cada familia es sagrada, es algo divino.

No es un producto de los hombres, sino una creación tuya.
Tú la empezaste uniendo a un hombre con una mujer.
Tú la conservas, y sin tu ayuda se disgrega, deshace y separa.
Tú la multiplicas y bendices a lo largo de los años.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

A nosotros nos dejas el ideal de imitar a la Sagrada Familia.
Ser un poco como ellos, vivir como ellos vivían, ejercitar sus dos grandes virtudes: el amor y el sacrificio.

Cuando hay amor y sacrificio en una casa hay una familia santa, una familia sagrada, una familia feliz.
Pero hoy se nos ha olvidado el saber amar y sacrificarnos como hacían ellos.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor
Es difícil conjugar estos dos verbos como se hacía en Nazaret.

Ellos lo hacían de un modo y nosotros lo hacemos de otro.

Por esto ellos eran santos y felices, y nosotros no.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Contemplando vuestra vida de familia de Nazaret, observo que la puesta en práctica del programa de amor y sacrificio difiere radicalmente entre vosotros y nosotros.
Todos hablamos de lo mismo, pero lo practicamos según reglas gramaticales distintas. Curiosamente, invertimos las reglas.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

En Nazaret conjugabais el verbo amar como verbo transitivo, no reflexivo.
Vosotros primero amabais a los demás antes de tratar de amaros a vosotros mismos.
Para vosotros lo importante era amar; para nosotros, amarse cada uno.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

En Nazaret conjugabais el verbo sacrificar precisamente al revés: como verbo reflexivo, y no como verbo transitivo.
Vosotros, primero os sacrificabais unos por los otros, y nosotros primero sacrificamos a los demás.

Para vosotros lo importante era sacrificarse cada uno; para nosotros lo importante es sacrificar a los otros.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Los programas del mundo no imitan el modelo de la Sagrada Familia.

En el mundo falta más amor transitivo y sobra amor intransitivo.
Falta amar más directamente, de veras, los unos a los otros, dando sin esperar ni exigir retorno.
Y ello, mucho antes de pensar que hemos de ser nosotros los primeros beneficiarios del amor que sentimos o damos.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor
Faltan en nuestras familias quienes quieran dar amor con las manos abiertas, con las manos cansadas de dar, de ofrecerlas, de quedar vacías siempre.
Faltan quienes pidan para sí el derecho de poder dar y sobran los que exigen el derecho de poder recibir.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor
Hoy el mundo ha perdido el ideal del sacrificio como prueba de amor.
Posiblemente porque nos falta más amor de generosidad y lo hemos ido traduciendo, sin darnos cuenta, por amor egoísta.
Sacrificarse cada uno primero no es un verbo que está hoy de moda, nos parece propio de gente poco inteligente.
Y llegamos a creer que no es justo hacerlo, y ponemos siempre la justicia como condición del amor.
Por esto ni somos capaces de amar a otros, ni sacrificarnos por ellos.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

En la Sagrada Familia, además, el amor y el sacrificio seguían estilos distintos a los nuestros.
En vosotros, el amor era visible, se mostraba, se conocía, se veía, se notaba y comunicaba sin reparo.
Mientras que el sacrificio se ocultaba, se silenciaba a los ojos de los demás, no se publicaba ni se veía, se disimulaba y trabajaba en la sombra.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

En nosotros, el amor generoso es moneda anticuada fuera de circulación.
Se quiere comprar a alto precio y se ha de asegurar bien y tener todas las garantías antes de concederse.
No amamos gratuitamente y a fondo perdido; siempre tememos el riesgo de quedarnos más pobres después, escarmentados, rechazados, incomprendidos, burlados, no correspondidos.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor
¡Cuánto nos cuesta el sacrificio en cosas pequeñas y a diario!

Nos cuesta que nadie se entere, que quede nuestro sacrificio como un secreto entre tú y nosotros.

Nos duele que nadie lo note y no lo agradezca, y deseamos que se enteren bien de nuestro mérito aquéllos por los cuales nos sacrificamos.

<

p style=»text-align:justify;»>Señor
Si pudiéramos otra vez aprender a amar a los demás y sacrificarnos nosotros, siguiendo tus leyes y estilos…
Si pudiéramos practicar el amor en verbo activo y el sacrificio en verbo pasivo…
Tal vez entonces sabríamos hacer de nuestras familias cristianas unas familias santas y felices, como lo erais vosotros en la Sagrada Familia.

Miguel Beltrán

Gaudete et exultaste (Francisco I)

2. No es de esperar aquí un tratado sobre la santidad, con tantas definiciones y distinciones que podrían enriquecer este importante tema, o con análisis que podrían hacerse acerca de los medios de santificación. Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades. Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4).

Homilía (Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

LOS PROFETAS

1.- Redescubrimiento del profetismo.

En la Iglesia actual ha habido un redescubrimiento del profetismo.

El Concilio ha ampliado el modo de concebir la Iglesia: la Jerarquía no acapara todo el ser y hacer del Pueblo de Dios. La comunidad y cada uno de sus miembros es llamado, y son, un pueblo de profetas. A raíz de esta perspectiva el profetismo no es algo relegado al pasado, sino que pertenece a todo el Pueblo de Dios.

Sin embargo, la fuerza del Espíritu de Dios es detectada de un modo especial por algunas personas o grupos: «Te envío para que digas: Esto dice el Señor» (Ezeq 2, 4). El profeta no se tiene que confundir con el ministro de la comunidad, ni con el obispo, ni está relegado al marco de cualquier institución de la Iglesia.

Esta situación provoca en la Iglesia actual no pocas tensiones y reacciones. Por no estar acostumbrados a escuchar la voz del profeta surge el conflicto entre la voz del profeta y las férreas instituciones eclesiásticas o civiles. De esto soy testigo. Folletos, libros, artículos, hojas, critican hoy a los llamados «grupos proféticos». Contra estos grupos se han levantado verdaderas calumnias y se ha desencadenado una no velada persecución.

2.- ¿Qué es un profeta?

Pero a todo esto, preguntémonos: ¿qué es un profeta?

No es fundamentalmente un hombre que anuncia acontecimientos futuros o un adivino.

Es, ante todo, el hombre que interpreta lo presente: es aquel que detecta el significado profundo que entrañan los acontecimientos con- temporáneos, el que juzga las situaciones concretas, el que desenmascara valientemente las actitudes, el que llama a la conversión, el que interpreta la historia, viendo en el presente la trayectoria del pasado y el futuro hacia el que se proyecta todo instante; el profeta es aquel que revela, descubre y ayuda a comprender un camino nuevo. Es aquel que proclama, como la única norma de todo hacer personal y comunitario, «esto lo dice el Señor». Es el que anuncia el evangelio al mundo: ya que el evangelio salva al hombre dando sentido a su presente y fuerza para realizarlo.

Esto se debe a la presencia y al poder del Espíritu de Dios. Es una gracia dada a uno en medio de la comunidad para la edificación del Cuerpo de Cristo. Todos podemos tener el espíritu profético, pero hay algunos que lo han recibido de un modo especial para que sean los profetas que edifiquen al pueblo de la Iglesia. Recibe una revelación para los demás; le ha ?ido dado detectar algo real que está oculto, pero que actúa en el mundo.

En consecuencia sólo puede llegar a ser profeta aquel que es realmente un hijo del pueblo: «el carpintero, el hijo de María, aquel a quien los demás conocen su familia» (Mc 6, 3). El profeta, hombre del pueblo, está en medio de él, participando de toda su aventura religiosa, como Oseas, o política, como Jeremías. Es un ciudadano más que, desde el asfalto y el trabajo, intenta hacer oír una voz nueva de crítica o de aliento.

 

3.- Dificultades de la misión profética.

Ser profeta, o cumplir la vocación profética, no es fácil: El profeta aparece en el seno de una sociedad ya constituida, que se cree a sí misma perfecta y fiel a Dios. Cuando el profeta, en nombre del mismo Dios, llama a la conversión, escandaliza, irrita, se hace insoportable. Una sociedad que se cree perfecta, no puede tolerar que alguien se atreva a invitarle a reemprender de nuevo el camino de la perfección. En el momento en que las instituciones se encierran en sí mismas y se autoveneran, se convierten en ídolos, se hacen «un pueblo rebelde» (Ezeq 2, 5), se alejan de Dios. El profeta es enviado a un pueblo de cabeza y corazón empedernido que, para autojustificarse, intenta condenar al profeta con la Palabra de Dios, convertida en ley, y con las tradiciones, reducidas a un mecanismo de defensa, contra la misma Palabra. Los de su casa, los de su misma fe y religión, no aceptan ni a Jesucristo (Mc 6, 4). Y si El no fue aceptado, más difícil es que sea es- cuchado un hombre débil, sin fuerza ante el potente mecanismo de las instituciones.

El único que acepta al profeta es el pobre, y el humilde, el que no se cree perfecto y sabe que siempre hay que aprender un nuevo camino. Nadie es profeta en su tierra, entre los suyos: por eso se le persigue, calumnia y excomulga. Al profeta hay que hacerle callar, encarcelarlo o matarlo. Todos nos resistimos a escuchar la voz del profeta: es demasiado dura (Mc 6, 5-6).

Al profeta hay que escucharlo a pesar de que él, en su vida, también tenga que superarse. El profeta es un hombre débil también: tiene el aguijón de la carne. No es un ángel, es un hombre. Por tanto, ante el profeta no vale decir que es pecador como nosotros. La debilidad del profeta nos dice que: el profeta también debe convertirse ante el anuncio de su profecía.

Es débil para que no se engría ante la gracia que ha recibido: «por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne» (1Cor 12, 7-8). En la flaqueza del profeta aparece más clara la fuerza del Espíritu de Dios.

Jesús Burgaleta

Mc 6, 1-6 (Evangelio Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

El Evangelio de hoy nos habla de una visita a la “tierra” de Jesús. De acuerdo con Mc 1,9 la “tierra” de Jesús era Nazaret, una pequeña villa de Galilea situada a 22 Km. al oeste del Lago de Tiberíades.

Esta población típicamente agrícola, nunca tuvo gran importancia en el universo de la historia del judaísmo. El Antiguo Testamento la ignora completamente; Flavio Josefo y los escritores rabínicos tampoco le hacen referencia alguna. Los contemporáneos de Jesús parecen concederle escasa consideración (cf. Jn 1,46).

Nazaret es, sin embargo, la ciudad donde Jesús creció y donde reside su familia. La escena principal que Marcos nos relata sucede en la sinagoga de Nazaret, un sábado.

Jesús, como cualquier otro miembro de la comunidad judía, fue a la sinagoga para participar en el oficio sinagogal; y, haciendo uso del derecho que todo israelita adulto tenía, comentó las Escrituras.

El episodio que se nos propone forma parte de la primera parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc 1,14-8,30). Ahí, Jesús, es presentado como el Mesías que proclama, por toda Galilea, el Reino de Dios.

En la sección que va de 3,7 a 6,6 Marcos se refiere, especialmente, a la reacción del Pueblo en relación con la predicación de Jesús. A medida que el “camino del Reino” va avanzando, se van multiplicando las oposiciones y las incomprensiones hacia el proyecto que Jesús anuncia. Nuestro texto debe ser entendido en este ambiente.

Las enseñanzas de Jesús en la sinagoga, aquel sábado, dejan impresionados a los habitantes de Nazaret, como ya habían dejado impresionados a los fieles de la sinagoga de Cafarnaúm (cf. Mc 1,21-28). Sin embargo, los de Cafarnaúm, después de oír a Jesús, reconocieron su autoridad casi divina (y que, según ellos, era diferente de la autoridad de los doctores de la Ley); los de Nazaret, van a llegar a conclusiones distintas.

Después de escuchar a Jesús, en la sinagoga, sus paisanos traducen su perplejidad a través de varias preguntas.

Dos de las cuestiones propuestas se refieren al origen y a la calidad de las enseñanzas de Jesús (“¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado?”, v. 2), otra cuestión, se refiere a la calificación de las acciones de Jesús (“¿Y esos milagros de sus manos?”, v. 2).

En una especie de contrapunto a la impresión que Jesús les deja, ellos recuerdan su oficio y la “normalidad” de su familia (v. 3a)… Para ellos, Jesús es “el carpintero”: no es un “maestro”, nunca estudió las Escrituras con ningún maestro valorado y no tiene cualificación para decir las cosas que dice.

Por otro lado, ellos conocen la identidad de la familia de Jesús y no descubren en ella nada de extraordinario: él es el “hijo de María” y sus hermanos y hermanas son gente “normal”, que todos conocen en Nazaret y que nunca revelaron cualidades excepcionales. Por tanto, parece claro que el papel asumido por Jesús y las acciones que él realiza son humanamente inexplicables.

La cuestión siguiente (que, sin embargo, no aparece explícitamente formulada) es esta: estas capacidades extraordinarias que Jesús revela (y que no vienen, ciertamente, de los conocimientos adquiridos en contacto con famosos maestros, ni del ambiente familiar) ¿vienen de Dios o del diablo?

Desde el primer momento, los comentarios de los habitantes e Nazaret dejan transparentar una actitud negativa y un tono despreciativo en el análisis de Jesús. Ni siquiera se refieren a Jesús por su propio nombres, sino que usan siempre un pronombre para hablar de él (Jesús es “éste” o “él”, vv. 2-3). Después, le llaman despectivamente “el hijo de María” (la costumbre era que el hijo fuera conocido en referencia al padre y no a la madre).

Como escenario de fondo del pensamiento de los habitantes de Nazaret está, probablemente, la acusación hecha a Jesús algún tiempo antes por los “doctores de la Ley que habían venido desde Jerusalén y que afirmaban: “¡Está poseído de Belcebú! Y con el poder del jefe de los demonios expulsa a los demonios” (Mc 3,22). Marcos concluye que los habitantes de Nazaret quedaron “escandalizados” (v. 3b) con Jesús (el verbo griego “scandalidzô”, aquí utilizado, significa mucho más que “quedarse perplejo” de nuestras traducciones: significa “ofender”, “herir”, “herir susceptibilidades”).

Hay en el pueblo una especie de indignación porque Jesús, a pesar de haber sido desautorizado por los maestros reconocidos del judaísmo, continúa desarrollando su actividad al margen de la institución judía.

Pone en duda la religión tradicional, cuando enseña cosas diferentes y de forma diferente de los maestros reconocidos.

Conclusión: él está fuera de la institución judía; su enseñanza no puede, por tanto, venir de Dios, sino del diablo.

Los paisanos de Jesús no consiguen reconocer la presencia de Dios en aquello que Jesús dice y hace. Jesús responde a sus conciudadanos (v. 4) citando un conocido proverbio, pero que él modifica, en parte (el original debía sonar más o menos así: “ningún profeta es respetado en su lugar de origen, ningún médico hace curaciones entre sus conocidos”).

En esta respuesta, Jesús se ve a sí mismo como profeta, esto es, como un enviado de Dios, que actúa en nombre de Dios y que tiene un mensaje de Dios para ofrecer a los hombres.

Las enseñanzas que Jesús propone no vienen de los maestros judíos, sino del mismo Dios; la vida que él ofrece, es la vida plena y verdadera que Dios quiere proponer a los hombres. El rechazo generalizado de la propuesta que Jesús trae, lo sitúa en la línea de los grandes profetas de Israel.

El Pueblo tiene siempre dificultades para reconocer al Dios que viene a su encuentro en la palabra y los gestos proféticos. El hecho de que las propuestas presentadas por Jesús fueran rechazadas por los líderes, por la gente de su tierra, por sus “hermanos y hermanas” y hasta por los de su casa, no invalida su verdad y su procedencia divina.

¿Por qué Jesús “no pudo hacer allí ningún milagro” (v. 5)?

Dios ofrece a los hombres, a través de Jesús, perspectivas de vida nueva y eterna. Sin embargo, los hombres son libres; si ellos se mantienen cerrados en sus esquemas y prejuicios egoístas y rechazan la vida que Dios les ofrece, Jesús no puede hacer nada.

Marcos observa, a pesar de todo, que Jesús “curó algunos enfermos imponiéndoles las manos”. Probablemente, estos “enfermos” son aquellos que manifestaron una cierta apertura a Jesús aunque, de cualquier forma, no tienen el coraje de cortar radicalmente con los mecanismos religiosos del judaísmo para descubrir la novedad radical del Reino que Jesús anuncia.

Marcos señala, todavía, la “sorpresa” de Jesús por la falta de fe de sus conciudadanos (v. 6a). Se esperaba que, enfrentados con la propuesta nueva de libertad y de vida plena que él presentaba, sus interlocutores renunciasen a la esclavitud para abrazar, con entusiasmo, la nueva realidad. Sin embargo, ellos están de tal forma acomodados e instalados, que prefieren la vida vieja de la esclavitud a la novedad liberadora de Jesús.

Este hecho decepcionante no impide, con todo, que Jesús continúe proponiendo la Buena Noticia del Reino a todos los hombres (v. 6b). Dios ofrece, sin interrupción, su vida; al hombre le queda acoger o no esa oferta.

El texto del Evangelio repite una idea que aparece también en las otras dos lecturas de este Domingo: Dios se manifiesta a los hombres en la debilidad y en la fragilidad. Normalmente, él no se manifiesta en la fuerza, en el poder, en las cualidades que el mundo encuentra brillantes y que los hombres admiran y endiosan, sino que, muchas veces, viene a nuestro encuentro en la flaqueza, en la sencillez, en la debilidad, en la pobreza, en las situaciones más sencillas y banales, en las personas más humildes y sencillas. Es preciso que interioricemos la lógica de Dios, para que no perdamos la oportunidad de encontrarlo, de percibir sus desafíos, de acoger la propuesta de vida que él nos hace.

Uno de los elementos que nos hace interrogarnos, en el episodio que el Evangelio de este Domingo nos propone, es la actitud de cerrazón hacia Dios y hacia sus propuestas asumida por los habitantes de Nazaret. Cómodamente instalados en sus certezas y prejuicios, decidirán que lo saben todo sobre Dios y que Dios no puede estar en el humilde carpintero al que ellos conocen bien. Esperaban a un Dios fuerte y majestuoso, que se había de imponer de forma estruendosa, y asombrar a los enemigos con su fuerza; y Jesús no encajaba en ese perfil. Prefieren renunciar a Dios, antes que a la imagen que de él se han construido.. Hay aquí una invitación a no cerrarnos en nuestros prejuicios y esquemas mentales bien definidos y ordenados, y a purificarnos continuamente, en dialogo con los hermanos que comparten la misma fe, en la escucha de la Palabra revelada y en la oración, a nuestra perspectiva acerca de Dios.

Para los habitantes de Nazaret Jesús era, apenas, “el carpintero” del pueblo, que nunca había estudiado con grandes maestros y que tenía una familia conocida de todos, que no se distinguía en nada de las otras familias que habitaban en el pueblo; por eso, no estaban dispuestos a conceder que ese Jesús, perfectamente conocido, juzgado y catalogado, les trajese ninguna cosa nueva y diferente.

Esto debe hacernos pensar en nuestros prejuicios con los que, muchas veces, aplicamos a nuestros hermanos, los juzgamos, los catalogamos y etiquetamos… ¿Somos siempre justos en la forma como juzgamos a los otros? ¿Muchas veces, nuestros prejuicios no nos estarán impidiendo acoger al hermano y la riqueza que él nos trae?

Jesús se presenta como un profeta, esto es, alguien a quien Dios confió una misión y que testimonia en medio de sus hermanos las propuestas de Dios. Nuestra identificación con Jesús hace de nosotros continuadores de la misión que el Padre le confió a él.

¿Nos sentimos, como Jesús, profetas a quien Dios llamó y a quienes envió al mundo para testimoniar la propuesta liberadora que él quiere ofrecer a todos los hombres?
¿En nuestras palabras y gestos resuena, en cada momento, la propuesta de salvación que Dios quiere hacer a todos los hombres?

A pesar de la incomprensión de sus conciudadanos, Jesús continuó, en absoluta fidelidad a los planes del Padre, dando testimonio en medio de los hombres del Reino de Dios. Rechazado en Nazaret fue, como dice nuestro texto, a recorrer las aldeas de los alrededores, enseñando el mensaje del Reino. El testimonio que Dios nos llama a ofrecer se realiza, muchas veces, en medio de incomprensiones y oposiciones. Frecuentemente los discípulos de Jesús se sienten desanimados y frustrados porque su testimonio no es entendido ni acogido (¿nunca nos ha sucedido, que después de un trabajo agotador y exigente, pensamos que hemos estado perdiendo el tiempo?). La actitud de Jesús nos invita a no desanimarnos nunca ni a desistir: Dios tiene sus proyectos y sabe cómo transformar un fracaso en un éxito.

2Cor 12, 7b-10 (2ª lectura Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

La segunda Carta de Pablo a los Corintios refleja una época de relaciones agitadas entre Pablo y los cristianos de Corinto.

Las críticas de Pablo a algunos miembros de la comunidad que llevaban una vida poco consecuente con los valores cristianos (primera Carta a los Corintios) provocaron una reacción extrema y una campaña organizada para descalificar a Pablo.

Esa campaña fue instigada por ciertos misioneros itinerantes procedentes de las comunidades cristianas de Palestina, que se consideraban representantes de los Doce y que minimizaban el trabajo apostólico de Pablo. Entre otras cosas, esos misioneros afirmaban que Pablo era inferior a los otros apóstoles, por no haber convivido con Jesús y que la catequesis presentada por Pablo no estaba en consonancia con la doctrina de la Iglesia.

Pablo, informado de todo, se dirigió apresuradamente a Corinto y tuvo un violento enfrentamiento con sus detractores. Después, bastante afligido, se retiró a Éfeso. Tito, amigo de Pablo, fino negociador y hábil diplomático, fue a Corinto, con la finalidad de intentar la reconciliación. Pablo, mientras tanto, dejó Éfeso y fue a Tróade. Fue ahí donde se reencontró con Tito, que regresaba de Corinto. Las noticias traídas por Tito eran esperanzadoras: las diferencias habían sido superadas y los corintios estaban otra vez, en comunión con Pablo.

Reconfortado, Pablo escribió una tranquila apología de su apostolado, a la cual unió una llamada en favor de una colecta para los pobres de la Iglesia de Jerusalén. Ese texto, es la segunda carta de Pablo a los Corintios. Estamos en el año 56 ó 57.

El texto que se nos propone forma parte de la tercera parte de la carta (cf. 2 Cor 10,1-13,10). Ahí Pablo, con un estilo apasionado, a veces cáustico, pero siempre llevado por la exigencia de la verdad y de la fe, defiende la autenticidad de su ministerio frente a esos “super-apóstoles” que lo acusaban.

Como apóstol, Pablo no se siente inferior a nadie y mucho menos a sus detractores. Estos se enorgullecían de sus credenciales y afirmaban por todos los sitios sus dones carismáticos. Pablo, si quisiera entrar en el mismo juego, podía enorgullecerse de muchas cosas, especialmente de las revelaciones que recibió y de sus experiencias místicas (cf. 2 Cor 12,1-4); pero él quiere solamente que le vean como un hombre frágil y vulnerable, a quien Dios llamó y a quien envió para dar testimonio de Jesucristo en medio de los hombres.

Asumiendo esa condición de debilidad y de vulnerabilidad, Pablo habla a los Corintios de una limitación que lleva en su cuerpo, un “ángel de Satanás” que le recuerda continuamente su finitud y fragilidad (v. 7).

¿De qué se trata, en concreto?

No lo sabemos. Probablemente, se trata de una dolencia física crónica (en Gal 4,13-14 Pablo habla de una grave enfermedad física, que hace que el cuerpo del apóstol fuese, para los Gálatas, “una prueba”; pero nada garantiza que esa enfermedad física estuviera relacionada con este “ángel de Satanás” del que él habla a los Corintios).

El hecho de que Pablo llame a esa limitación que le aflige como “ángel de Satanás” debe tener que ver con el hecho de que la mentalidad judía ligara las enfermedades a los “malos espíritus”.

De acuerdo con otra interpretación, esa “espina en la carne” que es un “ángel de Satanás”, podría referirse también, a los obstáculos que Satanás pone a Pablo en lo que se refiere al anuncio del Evangelio.

En todo caso, el problema personal de Pablo muestra cómo la finitud y la fragilidad no son determinantes para la misión; lo que es determinante es la gracia de Dios. Con la gracia de Dios, Pablo todo lo puede, a pesar de su debilidad. Dios no eliminó el problema, a pesar de los límites que esa “espina en la carne” le imponen. En verdad, el problema personal que hace sufrir a Pablo da testimonio de que Dios actúa y manifiesta su poder en el mundo a través de instrumentos débiles, finitos y limitados. En el apóstol, ser humano, viviendo en la condición de finitud, de vulnerabilidad, de debilidad, se manifiesta al mundo y a los hombres la fuerza de Dios y de Cristo.

El problema personal de Pablo nos dice mucho sobre los métodos de Dios. Para ir al encuentro de los hombres y para presentarles sus propuesta de salvación, Dios no utiliza métodos espectaculares, poderosos, majestuosos, que se imponen de forma avasalladora y que dejan una marca de estupefacción y de espanto en la memoria de los pueblos; sino que, casi siempre, Dios utiliza la flaqueza, la debilidad, la fragilidad, la sencillez para darnos a conocer sus caminos. Nosotros, hombres del siglo XXI, nos dejamos impresionar fácilmente por los grandes gestos, por los escenarios espectaculares, por los ropajes suntuosos, por todo lo que aparece envuelto por el halo centelleante de la riqueza, del prestigio social, del poder, de la belleza; y, por otro lado, tenemos más dificultades para captar aquello que se presenta de una forma pobre, humilde, sencilla, frágil, débil. La Palabra de Dios que hoy se nos propone nos asegura que es en la flaqueza donde se revela la fuerza de Dios. Necesitamos aprender a mirar al mundo, a los hombres y a las cosas con los ojos de Dios y a descubrir a ese Dios que, en la debilidad, en la sencillez, en la pobreza, en la fragilidad, viene a nuestro encuentro y nos indica los caminos de la vida.

La conciencia de que sus cualidades y defectos no son determinantes para el resultado de la misión, ya que lo importante es la gracia de Dios, debe llevar al “profeta” a rechazar cualquier sentimiento de orgullo o de autosuficiencia. El “profeta” debe sentirse, solamente, un instrumento humano, frágil, débil y limitado, a través del cual la fuerza y la gracia de Dios actúan en el mundo.

Cuando el “profeta” tiene conciencia de esta realidad, percibe cómo no tienen sentido las actitudes que buscan el protagonismo al realizar la misión. La misión del “profeta” no es la de atraer sobre sí mismo los focos, las cámaras o la mirada de la gente; la misión del “profeta” es servir de vehículo humano a la propuesta liberadora de Dios hacia los hombres.

Como telón de fondo de nuestro texto, está la polémica de Pablo con algunos cristianos que no le aceptaban, A lo largo de todo su recorrido misionero, Pablo tuvo que lidiar, frecuentemente, con la incomprensión; y, muchas veces, esa incomprensión vino, incluso, de los mismos hermanos en la fe y de los miembros de aquellas comunidades a las que Pablo había llevado, con mucho esfuerzo, el anuncio liberador de Jesús. Sin embargo, la incomprensión nunca aminoró la decisión y el entusiasmo de Pablo en el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Él sentía que Dios lo había llamado a una misión y que era preciso mantener esa misión hasta el final, costase lo que costase.

Frecuentemente, tenemos que vernos con realidades semejantes. Todos experimentamos, en algún momento, situaciones de incomprensión y de oposición (que, muchas veces, vienen del interior de nuestra propia comunidad y que, por eso, duelen más). Es en esos momentos cuando el ejemplo de Pablo debe brillar ante nuestros ojos y ayudarnos a vencer el desaliento y la tentación de desistir.

En este texto de Pablo (como, por otra parte, en casi todos los textos del apóstol), se transparenta la actitud de vida de un cristiano para quien Cristo es, verdaderamente, el centro de la propia existencia y que sólo vive en función de Cristo. No le interesa nada más, solamente anunciar el mensaje de Cristo y dar testimonio de su gracia salvadora.

¿Qué lugar ocupa Cristo en mi vida?
¿Qué lugar ocupa Cristo en mis proyectos, en mis decisiones, en mis opciones, en mis actitudes?

Ez 2, 2-5 (1ª lectura Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

Ezequiel, el “profeta de la esperanza”, ejerció su ministerio en Babilonia en medio de los exiliados judíos. El profeta forma parte de esa primera leva de exiliados que, en el 597 antes de Cristo, Nabucodonosor deportó a Babilonia.

La primera fase del ministerio de Ezequiel discurrió entre el 593 (año de su llamada a la vocación profética) y el 586 (año en el que Jerusalén fue conquistada por segunda vez por los ejércitos de Nabucodonosor y una nueva leva de exiliados fue dirigida hacia Babilonia). En esta fase, el profeta se preocupó de destruir las falsas esperanzas de los exiliados (convencidos de que el exilio terminaría en breve y de que regresarían rápidamente a su tierra) y de denunciar la multiplicación de las infidelidades a Yahvé por parte de esos miembros del Pueblo judío que escaparon al primer exilio y que se quedaron en Jerusalén.

La segunda fase del ministerio de Ezequiel se desarrolló a partir del 586, prolongándose hasta cerca del 570. Instalados en una tierra extranjera, privados del Templo, del sacerdocio y del culto, los exiliados estaban desilusionados y dudaban de Yahvé y del compromiso que Dios había asumido con su Pueblo. En esa fase, Ezequiel procuró alimentar la esperanza de los exiliados y transmitir al Pueblo la certeza de que el Dios salvador y libertador no había abandonado ni olvidado a su Pueblo.

El texto que se nos propone hoy como primera lectura, forma parte del relato de la vocación de Ezequiel (cf. Ez 1,1-3,27).

Después de describir la manifestación de Dios, en un cuadro que presenta todas las características específicas de las teofanías (cf. Ez 1,1-28), el profeta presenta un discurso en el cual Yahvé define la misión que le va a confiar (cf. Ez 2,1-3,15). El episodio se sitúa “en el quinto año del cautiverio del rey Joaquín”, “en Caldea, a orillas del río Kebar” (Ez 1,2).

Sería un error interpretar este relato como información biográfica. Se trata, principalmente, de mostrar, con el lenguaje y utilizando los procesos típicos de la literatura de la época, que el profeta recibió una misión de Dios y que habla y actúa en nombre de Dios.

Nuestro texto presenta algunos de los elementos típicos de los relatos de vocación y que forman parte de cualquier historia de vocación.

Se sugiere, en primer lugar, que la vocación profética es un designio divino. No se nombra a Yahvé directamente, pero aquel que llama a Ezequiel no puede ser otro sino Dios. Nuestro texto es antecedido (cf. Ez 1,1-28) por una solemne manifestación de Dios. Después, el profeta oye una “voz” que le llama (v. 2) y que le revela que debe dirigirse a ese Pueblo rebelde que se rebeló contra Dios. Hay, también, una referencia al “espíritu” que se apoderó del profeta y le hizo “levantarse”; de acuerdo con la reflexión judía, era Dios quien comunicaba una fuerza divina, su “espíritu”, a aquellos que él escogía para enviar a salvar a su Pueblo, como a los jueces (cf. Jc 14,6.19; 15,14), a los reyes (cf. 1 Sam 10,6.10; 16,13) y a los profetas (en el caso de Ezequiel, ese “espíritu” aparece como una manifestación especialmente violenta de Dios, que se apodera del profeta y le destina a su servicio). La vocación es siempre iniciativa de Dios y no una elección del hombre. Fue Dios quien llamó a Ezequiel y quien lo designó para su servicio.

En segundo lugar, aparece la idea de que la llamada está dirigida a un hombre. Ezequiel es llamado “hijo de hombre” (v. 3), expresión hebrea que significa, sencillamente, “hombre ligado a la tierra”, débil y mortal. Dios llama a hombres frágiles y limitados, no a seres extraordinarios, etéreos, dotados de capacidades poco comunes. Lo decisivo no son las cualidades extraordinarias del profeta sino la llamada de Dios y la misión que Dios le confía. La indignidad y limitación típicos del “hijo de hombre” no impiden realizar la misión: la elección divina da al profeta autoridad, a pesar de sus limitaciones humanas.

En tercer lugar, tenemos la definición de la misión. Ezequiel, el profeta, es enviado a un Pueblo rebelde, que continuamente se aparta de los caminos de Yahvé. Su misión es presentar a ese Pueblo las propuestas de Dios. Lo más importante no es que las palabras del profeta sean o no escuchadas; lo que es importante es que el profeta, en medio del Pueblo, sea la voz que indica los caminos de Dios (v. 4-5). Ezequiel realizó, íntegramente, el proyecto de Dios. Llamado por Yahvé, fue, en medio del Pueblo exiliado en Babilonia, una voz humana a través de la cual Dios presentó a su Pueblo el camino para la vida plena y verdadera. Esa es la misión del profeta.

Los “profetas” no son un grupo humano extinto hace muchos siglos, sino que son una realidad con la que Dios continúa contando para intervenir en el mundo y para recrear la historia.
¿Quiénes son, hoy, los profetas?

¿Dónde están?

En el bautismo, somos ungidos como profetas, a imagen de Cristo. Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación profética: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos reta para una misión, pide una respuesta positiva a su propuesta.

¿Somos conscientes de que Dios nos llama, a veces de forma muy sencilla, a la misión profética?

¿Estamos atentos a los signos que él pone en nuestra vida a través de los cuales nos dice, día a día, lo que quiere de nosotros?
¿Tenemos la convicción de que somos la “boca” a través de la cual la Palabra de Dios se dirige a los hombres?

El profeta es el hombre que vive con la mirada puesta en Dios y en el mundo (en una mano la Biblia, en la otra el periódico). Viviendo en comunión con Dios e intuyendo el proyecto que tiene para el mundo, y confrontando ese proyecto con la realidad humana, el profeta percibe la distancia que va del sueño de Dios a la realidad de los hombres. Es ahí donde él interviene, en nombre de Dios, para denunciar, para avisar, para corregir.

¿Somos personas de este tipo, simultáneamente en comunión con Dios y atentas a las realidades que afean nuestro mundo?
En concreto, ¿en qué situaciones me siento llamado, en el día a día, a ejercer mi vocación profética?

La denuncia profética implica, tantas veces, la persecución, el sufrimiento, la marginación y, en muchos casos, la propia muerte (Oscar Romero, Luther King, Gandhi…)
¿Cómo lidiamos con la injusticia y con todo aquello que anula la dignidad de los hombres?

¿El miedo, la comodidad, la pereza, alguna vez nos impiden ser profetas?

Es preciso tener conciencia, también de que nuestras limitaciones e indignidades tan humanas no pueden servir de excusa para no realizar la misión que Dios quiere confiarnos: si él nos pide un servicio, nos da también la fuerza para superar nuestras limitaciones y para cumplir lo que nos pide. Las fragilidades que forman parte de nuestra humanidad no pueden, en ninguna circunstancia, servir de disculpa para que no cumplamos con nuestra misión profética en medio de nuestros hermanos.

Comentario al evangelio (2 de julio)

A veces la Palabra de Dios resulta sencilla, clara, transparente. Pero otras tiene frases que resultan difíciles de comprender. Una de ellas es la que nos cuenta el evangelio de hoy: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”.

¿Es que Jesús no era sensible a la familia? ¿Cómo Él, que se compadecía de todos y con todos fue paciente, no es capaz de esperar a que aquél discípulo fuera a hacer algo tan “sagrado” como enterrar a su padre?

Como siempre, la Palabra de Dios necesita ser interpretada, para no hacerle decir aquello que no quiere. ¿Qué significan estas palabras provocativas?

Jesús, como buen hijo de su pueblo, conocía la historia de cuando Elías llamó a Eliseo. Éste le pidió que le dejara ir a despedirse de sus padres antes de seguirle. Y Elías le dejó. En cambio, ahora Jesús dice que lo suyo, el anuncio del Reino, es tan urgente que ya no hay que entretenerse en lo que queda atrás, aunque parezca muy importante. “Tú, sígueme”.

“Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Bien interpretado, es un buen lema de vida. Invita al seguimiento, a la decisión, a ponerse ya en camino, sin entretenerse ni dar disculpas. Invita también a dejar atrás lo que ya está muerto, lo pasado, aunque haya sido muy importante, y a mirar a lo que está por delante. Invita a no vivir de lo antiguo, a no quedarnos fijados mirando para atrás –como la mujer de Lot-, sino a lanzarnos a lo que está por delante… detrás de Jesús. Porque Él vivió todo esto. Sin tener dónde reclinar la cabeza. A la intemperie.

¿Te animas?