Vísperas – Lunes XIV del Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: PRESENTEMOS A DIOS NUESTRAS TAREAS.

Presentemos a Dios nuestras tareas,
levantemos orantes nuestras manos,
porque hemos realizado nuestras vidas
por el trabajo.

Cuando la tarde pide ya descanso
y Dios está más cerca de nosotros,
es hora de encontrarnos en sus manos,
llenos de gozo.

En vano trabajamos la jornada,
hemos corrido en vano hora tras hora,
si la esperanza no enciende sus rayos
en nuestra sombra.

Hemos topado a Dios en el bullicio,
Dios se cansó conmigo en el trabajo;
es hora de buscar a Dios adentro,
enamorado.

La tarde es un trisagio de alabanza,
la tarde tiene fuego del Espíritu:
adoremos al Padre en nuestras obras,
adoremos al Hijo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Ant 2. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   1Ts 2, 13

Nosotros continuamente damos gracias a Dios; porque habiendo recibido la palabra de Dios predicada por nosotros, la acogisteis, no como palabra humana, sino – como es en realidad- como palabra de Dios, que ejerce su acción en vosotros, los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

V. Suba, Señor, a ti mi oración.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

V. Como incienso en tu presencia.
R. A ti mi oración.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

PRECES

Alabemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y roguémosle confiados diciendo:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Haz, Señor, que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa Francisco y a nuestro obispo N.,
ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que no encuentran trabajo
y haz que consigan un empleo digno y estable.

Señor, sé refugio de los oprimidos
y protégelos en todas sus necesidades.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para el bien de tu iglesia:
que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus siervos inútiles, hemos realizado hoy, te pedimos que, al llegar al término de este día, acojas benignamente nuestro sacrificio vespertino de acción de gracias y recibas con bondad la alabanza que te dirigimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio divina – 9 de julio

Lectio: Lunes, 9 Julio, 2018
Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
¡Oh Dios!, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que, quienes han sido librados de la esclavitud del pecado, alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Mateo 9,18-26
Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postraba ante él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá.» Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré.» Jesús se volvió, y al verla le dijo: « ¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado.» Y se salvó la mujer desde aquel momento. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: « ¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y esta noticia se divulgó por toda aquella comarca.
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos lleva a meditar dos milagros de Jesús a favor de dos mujeres. El primero fue a favor de una mujer considerada impura por una hemorragia irregular, que padecía desde hacía doce años. El otro, a favor de una muchacha que acababa de fallecer. Según la mentalidad de la época, cualquier persona que tocara la sangre o un cadáver era considerada impura y quien la tocaba, quedaba impuro/a. Sangre y muerte ¡eran factores de exclusión! Por esto, esas dos mujeres eran personas marginadas, excluidas de la participación en comunidad. Quien las tocara, quedaría impuro/a, impedido/a de participar en la comunidad y no podía relacionarse con Dios. Para poder ser readmitida en la plena participación comunitaria, la persona tenía que pasar por el rito de la purificación, prescrito por las normas de la ley. Ahora, curando a través de la fe la impureza de aquella señora, Jesús abrió un camino nuevo para Dios, un camino que no dependía de los ritos de purificación, controlados por los sacerdotes. Al resucitar a la muchacha, venció el poder de la muerte y abrió un nuevo horizonte para la vida.
• Mateo 9,18-19: La muerte de la muchacha. Mientras Jesús estaba hablando, un jefe del lugar vino a interceder para su hija que acababa de morir. El pide a Jesús que fuera a imponer la mano a la muchacha, “y ella vivirá”. El jefe cree que Jesús tiene el poder de devolver la vida a la hija. Señal de mucha fe en Jesús, de parte del padre de la muchacha. Jesús se levanta y va con él, llevando consigo a que siguen: la curación de la mujer con doce años de hemorragia y la resurrección de la muchacha. El evangelio de Marcos presenta los mismos dos episodios, pero con muchos detalles: el jefe se llamaba Jairo, y era uno de los jefes de la sinagoga. La muchacha no estaba muerta todavía, y tenía doce años, etc. (Mc 5,21-43). Mateo abrevió la narración tan viva de Marcos.
• Mateo 9,20-21: La situación de la mujer. Durante la caminada hacia la casa del jefe, una mujer que sufría desde hacía doce años de hemorragia irregular, se acerca a Jesús en busca de curación. ¡Doce años de hemorragia! Por esto vivía excluida, pues, como dijimos, en aquel tiempo la sangre volvía impura a la persona. Marcos informa que la mujer se había gastado todo su patrimonio con los médicos y, en vez de estar mejor, estaba peor (Mc 5,25-26). Había oído hablar de Jesús (Mc 5,27). Por esto, nació en ella una nueva esperanza. Decía: “Con sólo tocar su manto me salvaré”. El catecismo de la época mandaba decir: “Si toco su ropa, quedo impuro”. La mujer pensaba exactamente lo contrario. Señal de mucho valor. Señal de que las mujeres no estaban del todo de acuerdo con todo lo que las autoridades religiosas enseñaban. ¡La enseñanza de los fariseos y de los escribas no consiguió controlar el pensamiento de la gente! ¡Gracias a Dios! La mujer se acercó a Jesús por detrás, tocó su manto, y quedó curada.
• Mateo 9,22: La palabra iluminadora de Jesús. Jesús se da la vuelta y, viendo a la mujer, declara: “¡Animo, hija! Tu fe te ha salvado.” Frase breve, pero que deja transparentar tres puntos muy importantes: (a) Al decir “Hija”, Jesús acoge a la mujer en la nueva comunidad, que se formaba a su alrededor. Ella deja de ser una excluida. (b) Acontece de hecho aquello que ella esperaba y creía. Queda curada. Muestra esto, de que el catecismo de las autoridades religiosas no era correcto y que en Jesús se abría un nuevo camino para que las personas pudiesen obtener la pureza exigida por la ley y entrar en contacto con Dios. (c) Jesús reconoce que, sin la fe de aquella mujer, él no hubiera podido hacer el milagro. La curación no fue un rito mágico, sino un acto de fe.
• Mateo 9,23-24: En la casa del jefe. En seguida, Jesús va para la casa del jefe. Viendo el alboroto de los que lloraban por la muerte de la muchacha, Jesús manda que todo el mundo salga de la casa Dijo: “La muchacha no ha muerto. ¡Está dormida!”. La gente se ríe, porque sabe distinguir cuando una persona está dormida o cuando está muerta. Para la gente, la muerte era una barrera que nadie podía superar. Es la risa de Abrahán y de Sara, esto es, de los que no consiguieron creer que nada es imposible para Dios (Gn 17,17; 18,12-14; Lc 1,37). Las palabras de Jesús tienen un significado más profundo aún. La situación de las comunidades del tiempo de Mateo parecía una situación de muerte. Ellas también tenían que oír: “¡No es muerte! ¡Ustedes están durmiendo! ¡Despiértense!”
• Mateo 9,25-26: La resurrección de la muchacha. Jesús no dio importancia a la risa del pueblo. Esperó que todos estuvieran fuera de la casa. Luego entró, tomó a la muchacha por la mano y se levantó. Marcos conserva las palabras de Jesús: “Talita kúmi!”, lo que quiere decir: Muchacha, ¡levántate! (Mc 5,41). La noticia se esparció por toda aquella región. Y la gente creyó que Jesús es el Señor de la vida que vence la muerte.
4) Para la reflexión personal
• Hoy, ¿cuáles son las categorías de personas que se sienten excluidas de la participación en la comunidad cristiana? ¿Cuáles son los factores que hoy causan la exclusión de tantas personas y le dificultan la vida tanto en familia como en la sociedad?
• “La muchacha no ha muerto. ¡Está dormida!” ¿Estás durmiendo? Pues, ¡despierta! Este es el mensaje del evangelio de hoy. ¿Qué me dice a mí? ¿Soy de aquellos que se ríen?
5) Oración final
Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey,
bendeciré tu nombre por siempre;
todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre.
Grande es Yahvé, muy digno de alabanza,
su grandeza carece de límites. (Sal 145,1-3)

Israel y la profecía

Israel no tuvo la exclusividad de la profecía. Egipto tuvo a sus adivinos; Mesopotamia a sus «baru», y Canaán a sus poseídos. El fenómeno profético ha sido, pues, común a todo el Oriente Próximo antiguo, y los profetas de los países vecinos ofrecían ya rasgos que se encontrarán luego entre sus homólogos judíos. Así, el «baru» mesopotámico se presenta como un funcionario, ligado a un santuario y encargado de dar su opinión sobre los asuntos de Estado. El que lo haga con ayuda de técnicas adivinatorias no cambia nada el hecho de que sus sucesores de Samaría o de Jerusalén no dejarán de intervenir en la política de su país.

Israel debió de entrar en contacto con estos profetas con ocasión de su asentamiento en Canaán; por otra parte, algunos reyes, como Ajab, traerán a profetas extranjeros. No obstante, parece que un abismo separó a los grandes profetas del Antiguo Testamento de sus predecesores cananeos. Es finalmente Elíseo quien mejor asegura la transición: vive en comunidad con sus «hermanos-profetas», subsiste con ayuda de las limosnas y de regalos y no tiene más vestimenta que unas pieles que pronto se convertirán en un símbolo de protesta contra el aburguesamiento de los antiguos nómadas.

En efecto, la protesta resume la actividad profética: protesta contra sociedad y la idolatría ambiente. La civilización urbana había sucedido al desierto, y con ella el acceso a la propiedad privada y el gusto por el confort. La solidaridad entre tribus, vital en la estepa, se había relajado para dar paso a la rivalidad social. Por otra parte, en el plano religioso, Israel se había entregado al culto de las divinidades cananeas, protectoras de la agricultura y de los pastos. Baal se erigía en oponente del «Dios de los padres» y la Alianza caía en el olvido. Entonces los profetas elevaron su voz para criticar duramente esta nefasta evolución y erigirse en defensores de los pequeños, y en campeones de Yahvé.

Pero ¿quiénes fueron estos profetas? Son particularmente discretos al hablar de sí mismos, absorbidos enteramente por el mensaje que transmiten de parte de Dios. Jeremías es el más explícito al hablar de su vida interior. Se presenta como un hombre de la Palabra. Una especie de fuerza implacable se ha apoderado de él y no le abandonará nunca. Y no es que el profeta sienta un gusto particular por el ejercicio de su ministerio; al contrario, da muestras de una continua tensión interna entre sus aspiraciones personales y esa Palabra que lo devora y lo aísla de sus semejantes. Pero Jeremías sabe también que sería más desdichado aún si no hablase.

El profeta es también un vidente. Lo es, en primer lugar, por su capacidad de contestación, pues, a pesar de su soledad, nunca aparta su mirada de los acontecimientos contemporáneos. Crisis, guerras, exilios: comparte lo bueno y lo malo con su pueblo, pero ve los acontecimientos con una mi- rada diferente, sostenido por la fe que le anima. Al mismo tiempo, proclama que esa mirada es obra del Espíritu. Sin embargo, el mundo en el que penetra el profeta por medio de su visión no es imaginario. La visión inaugural de Isaías, por fantástica que sea, hunde sus raíces en la experiencia humana; la liturgia es la del templo de Jerusalén, y el Dios santo tiene rasgos davídicos.

Hay que hacer notar también que el movimiento profético corresponde a una situación política muy crítica para Israel. Cuando Isaías comenzó a hablar, Judá veía amenazada su existencia, lo cual debía inevitablemente plantear la cuestión de la perennidad de las alianzas (en aquel momento, la alianza con la casa de David). La crisis política aparece, pues como la manifestación terrestre del combate entre Yahvé y los poderes del Caos, entre el Bien y el Mal. Por eso el profeta se esfuerza en convencer a sus compatriotas de la necesidad de una conversión cuya posibilidad, por otra parte, sólo Dios puede darle. Solamente entonces podrá abrirse un nuevo periodo histórico en el que se cumplan las esperanzas de Israel, basadas en la alianza sinaítica o en la realeza davídica.

Pero ¿qué pasa si la promesa no se realiza? A pesar de todos los oráculos de salvación, Israel ha caído en manos de Nabucodonosor… Un discípulo de Isaías se ha dado cuenta enseguida del problema que plantean las pro- mesas no cumplidas y escribe en su introducción que «la palabra de Dios vivirá para siempre» (40,8). Convencido de la fidelidad de su Dios y preocupado al mismo tiempo por preservar su libertad, el pueblo judío salvará la actualidad del mensaje profético proyectándolo en la escatología. Mientras la promesa no sea cumplida, la palabra profética seguirá siendo válida, aunque los acontecimientos la desmientan provisionalmente. Dado que «el futuro de Dios permanece abierto»(P Grelot), los discípulos de un profeta no dejarán de retomar las profecías antiguas para alimentar la esperanza de su pueblo en situaciones nuevas.

9.- Al pan, pan; y al vino, vino

«Y les decía: Vosotros sois de abajo; yo soy de arriba.
Vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo.
Por esto os dije que moriréis en vuestros pecados,
porque si no creyereis que soy el Cristo
moriréis en vuestro pecado» (Jn 8, 23-25).

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Tú siempre eres el mismo, pero la gente cambia.

Unas veces te trataban bien, como un gran profeta; otras veces te rechazaban y atacaban.
Tuviste la vida de un luchador que conoce días de aplauso y gloria, y conoce días de rebeldía, de oposición.

Tuviste amigos y enemigos, gente que aceptaba tu verdad y gente que escupía al suelo cuando hablabas.

Defendiste al necesitado si necesitaba justicia, y atacaste al poderoso cuando era injusto.

Te hemos visto el más manso y humilde de todos los hombres cuando encontrabas a un pecador arrepentido, y a la vez hemos visto tus ojos arrebatados por la ira e indignación cuando algunos convertían el templo de Dios en mercado público. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Tú nunca cambiaste tu doctrina para halagar los oídos de los oyentes. A cada uno has hablado según lo que necesitaba y merecía. Nadie te puede decir que has sido mercader de la verdad, comprador de adictos o votantes, vendedor de tus ideas a bajo precio.

Todos oyeron tu palabra, que defendía o atacaba, siempre fiel a la sabiduría del Padre que te envió.

Te aceptaron y quisieron los humildes, los limpios de corazón y los hombres de buena voluntad.
Te rechazaron y odiaron los orgullosos, los hombres que conquistaron injustamente el poder, los sucios y malos de corazón.

Pero tú no cambiaste, fuiste siempre fuerte ante los hombres del mundo. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Muchos oyeron tus palabras, pero encontraron excusas fáciles en su corazón.

Decían: «¿No es éste acaso el hijo de José… Y cómo siendo así viene a querer enseñarnos?». Por esto, saliendo al paso de sus pensamientos, les contestaste que «nadie es profeta en su país», que «se ayuda a una viuda porque lo merece, se ayuda a los leprosos que buscan y necesitan de Dios».
Pero muchos no creían necesitarte, no te buscaban, y por esto no merecían ayuda. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Nunca mostraste temor ante tus adversarios, ni ante los más furiosos y violentos.

Te sentías fuerte en tu verdad, y conocías que la violencia injusta viene siempre de gentes débiles que no son capaces de dialogar con la verdad de por medio.
Por esto cuando, en más de una ocasión, intentaron apedrearte y, furiosos, trataron de ponerte las manos encima, tú, tranquilamente, te abriste paso entre ellos y te alejaste.

Como un gran vencedor que es dueño de sí mismo y de los demás, que no acepta la violencia como arbitro que decide de qué parte está la verdad.

Debió ser impresionante y admirable el poder de tu fortaleza. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Espanta ver hasta dónde llegaste para hacerte oír y comprender de aquellos que tenían su corazón cerrado a la verdad.

Sufriste que te empujaran, que estuvieran a punto de despeñarte y matarte tantas veces durante tu vida.

Aceptaste contestar con benevolencia sus impertinencias e insultos, para ver si cambiabas su corazón.

Pero no entraba la luz en su corazón de piedra. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Una cosa es clara: los que no quieren oír, no oyen; los que no quieren aprender, no aprenden; los que tienen el pecado en su corazón, no pueden aceptar tu verdad.

Y no queda más remedio que alejarse de ellos, como tú hiciste, y dejarles la semilla de la verdad plantada dentro.
Otra cosa es perder el tiempo y provocar violencias inútiles.

Sólo cabe esperar que el corazón de la gente algún día acepte humildemente su pecado. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Debía lastimarte el corazón, encontrar que quienes más necesitaban de ti rechazaban tu doctrina de salvación y tu ayuda.

Debía entristecer tu corazón el tener que alejarte porque era inútil cualquier esfuerzo más en su favor.

Pensarías en el misterio de la libertad humana, que puede aceptar o rechazar ver la luz. Pensarías en el poder del pecado, que es capaz de endurecer tanto los corazones y oscurecer tanto la mentes. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

El ejemplo de tu fortaleza puede fortalecer la debilidad de nuestro espíritu, cuando también nosotros queremos llevar tu luz y tu ayuda a las gentes y somos rechazados.

Como tú, hemos intentado enseñar al que no sabe, iluminar las dudas y sombras que abundan tanto a nuestro alrededor.

Y hemos vuelto del trabajo, con desánimo, sintiendo el fracaso y la debilidad de nuestras fuerzas.
También, a veces, después de intentar forzar pacíficamente nuestra salida, para alejarnos de la gente. 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Sabemos que ésta es la herencia de todo cristiano.

Recordando a Jeremías, sabemos que todos los cristianos somos elegidos y consagrados por ti como profetas de tu verdad.

Y que tu misión de propagar la verdad del Padre es también nuestra misión como cristianos. Por boca de Jeremías nos decías: «Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce… yo estoy contigo para librarte…»

Y en otro lugar, con palabras del mismo profeta: «No tengas miedo a la gente… No has de tener miedo cuando el Señor está contigo». 

<

p style=»text-align:justify;»>Señor

Lo único que necesitamos para ser fuertes es que tú estés con nosotros y que nosotros estemos contigo.
Lo primero nos lo prometiste al decirnos: «Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos». Lo segundo, esperamos alcanzarlo por la fe y con tu gracia.

Miguel Beltrán

Gaudete et exsultate (Francisco I)

9. La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»[7]. Por otra parte, san Juan Pablo II nos recordó que «el testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes»[8]. En la hermosa conmemoración ecuménica que él quiso celebrar en el Coliseo, durante el Jubileo del año 2000, sostuvo que los mártires son «una herencia que habla con una voz más fuerte que la de los factores de división»[9].


[7] S. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 56: AAS 93 (2001), 307.

[8] Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre 1994), 37: AAS 87 (1995), 29.

[9] Homilía en la Conmemoración ecuménica de los testigos de la fe del siglo XX (7 mayo 2000), 5: AAS 92 (2000), 680-681.

Homilía (Domingo XV de Tiempo Ordinario)

CUALIDADES DEL PROFETA

Ministerio profético de la Iglesia.

Todos nosotros, como miembros de la Iglesia, tenemos una misión profética que cumplir. El Concilio Vaticano II nos lo recuerda: «El pueblo Santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio, sobre todo por la vida de fe y de caridad» («Lumen Gentium», núm. 12).

La misión que Cristo da a los Doce, no es exclusiva de ellos. Todos los miembros de la Iglesia apostólica, somos enviados al mundo como profetas del evangelio de la Salvación de Dios.

Esta misión profética, en el mundo, está claramente definida: anunciar el poder de la salvación contra el poder del pecado. «Les dio autoridad sobre los espíritus inmundos…, salieron a predicar la conversión, echaron muchos demonios…, curaban enfermos» (Mc 6, 7.13). El profeta, o la comunidad profética, continuamos la lucha declarada por Jesús a este mundo injusto. Herir de muerte a toda esta situación colectiva de pecado, ganar terreno al dominio de lo que simbólicamente llamamos diablo, como fuerza activa que alimenta el mal universal, es tarea del profeta. Interpretar hoy la acción de Dios en el mundo, no se puede hacer descubriéndola. Los que están trabajando en la cantera de la salvación, los que curan de la enfermedad al pueblo, los que remueven desde la raíz el sistema injusto de este mundo en pecado, dan testimonio profético.

2.- Cualidades fundamentales

En este ministerio profético, realizado como creyentes individuales o en comunidad, hemos de estar sobre aviso, para no hipotecar nunca tres cualidades fundamentales:

a) No estar vendido ni a nada ni a nadie, sino al Espíritu de Dios.

Lo que más nos ata a todos es el pan o el dinero. Tenemos una ligera sospecha, no experimentada aún, porque no hemos dado testimonio, de que el día que lo hiciéramos se nos diría: «Vidente, vete y refúgiate en otra tierra; come allí tu pan y profetiza allí» (Am 7, 12). Cuando profetizamos en el ámbito en el que ganamos el pan, lo perdemos; surge el expediente. ¿Por qué al profeta tendrán que considerarlo todos como revoltoso?

Nos tienen atados el dinero, el miedo a la pérdida del trabajo, el tener que quedarnos en la calle, el truncar una carrera brillante y pro- metedora para nuestro ambición de poder y de dominio. Un profeta así, agarrotado por el poder del mal, no puede cumplir la misión profética. A no ser que se convierta, como muchos contemporáneos de Amos, en un falso profeta, pagado a sueldo: profetas que no dicen la Palabra de Dios, sino lo que quiere su amo.

Pero el profeta, sin estar vendido a nadie, ha de estar en comunión con aquellos a quienes Dios encargó el ministerio pastoral de la comunidad. En el difícil problema de distinguir al verdadero del falso profeta, la comunidad no está sola. Tiene a los Pastores que, atentos al Espíritu de Dios, denuncian la falsificación y afianzan en la verdad. Así como los Pastores deben obedecer al verdadero Espíritu, así los profetas y el pueblo tienen que acatar el veredicto definitivo de los que están constituidos como servidores y Pastores del Pueblo de Dios

b) No tomar la misión profética como una profesión.

Cuando a Amos le quieren tomar como un profesional de la profecía se defiende rápidamente: «No soy profeta ni hijo de profeta» (Am 7, 14). Ser profeta noes ni una función profesional, ni se hereda. No  se puede dar testimonio de la Palabra de Dios por una obligación impuesta desde fuera, ni por una forma de vida heredada. Hay quienes se sienten en la obligación de hacer lo que se llama «apostolado» y dedican un tiempo a ello.

Amos no es profeta de profesión. Es «pastor y cultivador de higos» y fue Dios quien «le sacó de junto al rebaño» (Am 7, 14). Es un ganadero y un agricultor. No es profeta profesional. Pero da testimonio de la Palabra de Dios en su vida. No hay que ponerse en «trance profético» para dar testimonio, ni tomar apariencias de estar haciendo apostolado. La misión profética se desarrolla en el estilo de la vida. Dios nos ha elegido de entre nuestros trabajos y ambientes para que allí «expulsemos a los espíritus inmundos y curemos la enfermedad».

No podemos ser profesionales de la profecía, porque es un don gratuito y, a veces, pasajero. El no ser profesional, no quiere decir que el Espíritu profético no pida a algunos el abandono de todo otro trabajo, y sean como unos «liberados» para cumplir la misión encomendada, cerno en el caso de Juan Bautista y otros del Antiguo Testamento, así como el mismo Jesucristo.

c) No instalarse nunca.

El profeta tiene un espíritu de desinstalación. Tanto para quedarse con quien lo recibe, con una libertad admirable: «quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio» (Mc 6, 10), como para marcharse cuando lo expulsen: «si en un lugar no os reciben, al marchaos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa» (v. 11).

El profeta libera porque él mismo está en un proceso de liberación. Anda suelto de esclavitudes: «no llevéis ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, ni túnica de repuesto» (vv. 8-9) Id ligeros.

¿Estamos nosotros en actitud de cumplir la misión profética que nos corresponde como creyentes en el evangelio y miembros de la Iglesia?

 

Jesús Burgaleta

Mc 6, 7-13 (Evangelio Domingo XV de Tiempo Ordinario)

Toda la primera parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc 1,14-8,30) está construida alrededor de la idea de que Jesús es el Mesías que proclama el Reino de Dios.

Como punto de partida está un sumario-anuncio inicial (c. Mc 1,14-15) donde se

proclama la llegada del Reino; enseguida, Jesús presenta la propuesta del Reino a un grupo de discípulos, que escuchan la llamada y aceptan embarcarse en la aventura del Reino de Dios (cf. Mc 1,16-20); después, Marcos describe cómo Jesús, con palabras y con gestos concretos, va proponiendo esa nueva realidad que es el Reino, y va intercalando las propuestas de Jesús con las respuestas positivas o negativas de los fariseos, del pueblo y de los propios discípulos (cf. Mc 1,21-8,30).

A medida que el “camino del Reino” avanza, los discípulos van apareciendo cada vez más ligados a Jesús y cada vez más implicados en el proyecto del Reino.

Llamados por Jesús, ellos responderán positivamente a ese llamamiento y le seguirán; después, durante el camino que hagan con Jesús, escucharán sus enseñanzas y testimoniarán sus gestos y señales.

Formados por Jesús en la “escuela del Reino”, los discípulos podrán, ahora, ser enviados por el mundo, para anunciar a todos los hombres la llegada de ese mundo nuevo que Jesús llamaba el “Reino de Dios”.

Nuestro texto es una auténtica catequesis sobre la misión de los discípulos de Jesús en medio del mundo. Las instrucciones puestas aquí en boca de Jesús, conservan su sentido y valor para los discípulos de todo tiempo y lugar.

Marcos comienza por dejar claro que la iniciativa de la llamada de los discípulos es de Jesús:

Él “les llamó” (v. 7). No hay ninguna explicación sobre los criterios que llevaron a la elección: hablar de vocación y de elección es hablar de un misterio insondable, que depende de Dios y que el hombre no siempre consigue comprender y explicar.

Después, Marcos apunta el número de los discípulos que son enviados (”doce”). ¿Por qué exactamente “doce”?

Se trata de un número simbólico, que evoca a las doce tribus que formaban el antiguo Pueblo de Dios. Estos “doce” discípulos representan, simbólicamente, la totalidad del Pueblo de Dios, del nuevo Pueblo de Dios. Es la totalidad del Pueblo de Dios la que es enviada en misión.

Los “doce” son enviados “de dos en dos”. Es probable que el envío “de dos en dos” tenga que ver con la costumbre judía de viajar acompañado, para tener ayuda y apoyo en caso de necesidad; puede también pensarse que esta exigencia de ir en misión “de dos en dos” tenga que ver con la exigencia de la ley judía, de acuerdo con la cual eran necesarios dos testimonios para dar credibilidad a cualquier anuncio (cf. Dt 19,15; Mt 18,16).

En cualquier caso, la exigencia de partir en misión “de dos en dos” sugiere, también, que la evangelización tiene siempre una dimensión comunitaria. Los discípulos nunca deben trabajar solos, al margen del resto de la comunidad; no deben anunciar sus ideas, sino la fe de la Iglesia. Quien anuncia el Evangelio, lo anuncia en nombre de la comunidad; y su anuncio debe estar en sintonía con la fe de la comunidad.

Después, Marcos define la misión que Jesús les confió (“dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos”).

Los espíritus inmundos representan, aquí, todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide llegar a la vida en plenitud. La misión de los discípulos es, pues, luchar contra todo aquello, sea de carácter físico, sea de carácter espiritual, que destruye la vida y la felicidad del hombre (podemos decir que la misión de los discípulos es luchar contra el “pecado”).

Es de la acción liberadora de los discípulos (que actúan por mandato de Jesús) de donde nace un mundo nuevo, de hombres libres, el mundo del “Reino”.

A continuación, vienen las instrucciones para la misión (v. 8-9).

En la perspectiva de Jesús, los discípulos deben partir hacia la misión, con un desprendimiento total de todos los bienes y seguridades humanas. Pueden llevar un cayado (en la versión de Mateo y de Lucas, los discípulos no deben llevar cayado, cf. Mt 10,10; Lc 9,3); pero no deben llevar ni pan, ni alforja, ni dinero suelto (esas pequeñas monedas de cobre que el viajero llevaba siempre consigo para sus pequeñas necesidades), ni dos túnicas.

Los discípulos deben ser totalmente libres y no estar amarrados a los bienes materiales; en caso contrario, la preocupación por los bienes materiales puede robarles la libertad y la disponibilidad para la misión.

Por otro lado, esa actitud de pobreza y de desprendimiento ayudará, también, a los discípulos a percibir que la eficacia de la misión no depende de la abundancia de bienes materiales, sino de la acción de Dios.

Finalmente, la sobriedad y el desprendimiento son signos de que el discípulo confía en Dios y contribuyen a dar credibilidad al testimonio.

Otro género de instrucciones se refieren al comportamiento de los discípulos ante la hospitalidad que les fuera ofrecida (vv. 10-11).

Cuando sean acogidos en una casa, deben permanecer allí algún tiempo (seguramente para formar una comunidad) y no deben saltar de un lugar a otro, por razón de las amistades, de los propios intereses o llevados por las propias conveniencias personales.

Cuando no sean recibidos en un lugar, deben “sacudirse el polvo de los pies” al abandonar ese lugar: se trata de un gesto que los judíos practicaban cuando regresaban de territorio pagano y que simboliza la renuncia a la impureza. Aquí debe significar el repudio por la cerrazón a las propuestas liberadoras de Dios.

Finalmente, Marcos describe la realización de la misión de los discípulos (v. 12- 13): predicaban la conversión (“metanoia”, esto es, un cambio radical de mentalidad, de valores, de actitudes, un volverse hacia Jesucristo y un acoger su proyecto), expulsaban demonios, curaban a los enfermos.

Se trata de continuar la misión de Jesús: liberar al hombre de todo aquello que lo oprime y le roba la vida, para hacer aparecer un mundo de hombres libres y salvados (“Reino de Dios”).

El anuncio que es confiado a los discípulos, es el anuncio que Jesús hacía (el “Reino”); los gestos que los discípulos están invitados a hacer para anunciar el “Reino”, son los mismos que Jesús hace.

Al presentar la misión de los discípulos en paralelo y en absoluta continuidad con la misión de Jesús, Jesús invita a la Iglesia (a los discípulos) a continuar en la historia la obra liberadora que él comenzó en favor del hombre.

¿Cómo actúa hoy Dios en el mundo? La respuesta que el Evangelio de este Domingo da es: a través de esos discípulos que aceptan responder positivamente a la llamada de Jesús y se embarcan en la aventura del “Reino”. Ellos continúan hoy en el mundo la obra de Jesús y anuncian, con palabras y con gestos, ese mundo nuevo de felicidad sin fin que Dios quiere ofrecer a los hombres.

Atención: Jesús no llama solamente a un grupo de “especialistas” para seguirle y para dar testimonio del “Reino”.

Los “doce” representan a la totalidad del Pueblo de Dios. Es la totalidad del Pueblo de Dios (los “doce”) la que es enviada, para continuar la obra de Jesús en medio de los hombres y a anunciarles el “Reino”.

¿Tengo conciencia de a qué me compromete el hecho de que yo pertenezca a la comunidad a la que Jesús envía en misión?

¿ Cuál es la misión de los discípulos de Jesús? Es luchar objetivamente contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz.

Hoy hay estructuras que generan guerra, violencia, terror, muerte: la misión de los discípulos de Jesús es contestarlas y desmontarlas; hoy hay “valores” (presentados como el “último grito” de la moda, del progreso cultural o científico) que generan esclavitud, opresión, sufrimiento: la misión de los discípulos de Jesús es rechazarlos y denunciarlos; hoy hay esquemas de explotación (disfrazados de sistemas económicos generadores de bienestar) que generan miseria, marginación, debilidad, exclusión: la misión de los discípulos de Jesús es combatirlos.

La propuesta liberadora de Jesús tiene que estar presente (a través de los discípulos) en cualquier lugar donde haya un hermano víctima de la esclavitud y de la injusticia.

¿Es esto lo que yo intento hacer?

Las advertencias de Jesús para que los discípulos se presenten siempre con una actitud de sobriedad y de desprendimiento significan, en primer lugar, que el discípulo nunca debe hacer de los bienes materiales su prioridad fundamental. Si el discípulo estuviera obcecado por el “tener”, se convertiría en esclavo de los bienes, acomodarse es no tener espacio ni disponibilidad para lanzarse a la aventura del anuncio del Reino.

Por otro lado, el discípulo que erige los bienes materiales como la prioridad de su vida, sentirá siempre la tentación de callarse, de no molestar a los poderosos, a fin de preservar sus intereses económicos y sus beneficios particulares.

Las advertencias de Jesús para que los discípulos se presenten siempre con una actitud de sobriedad y de desprendimiento significan, también, el despego de las ideas preconcebidas, de los hábitos y costumbres, de las pasiones y afectos que pueden constituir un obstáculo para la misión de anunciar el Reino.

Las palabras de Jesús recomiendan, todavía, a los discípulos que actúan por un tiempo prolongado en un determinado lugar, la moderación y el agradecimiento para con aquellos que los acogen. Quien es recibido en una casa o en un lugar como huésped, debe convertirse en una bendición para esa casa o ese lugar y comportarse con sobriedad, equilibrio y naturalidad.

Con frecuencia los discípulos de Jesús tienen que lidiar con la oposición y el rechazo de la propuesta de la que son testigos. Es un hecho que debe ser visto con normalidad y comprensión. Sin embargo, cuando esto sucede, es misión de los discípulos avisar a los implicados sobre la gravedad de su rechazo. Quien rechaza la propuesta de Dios, debe ser plenamente consciente de que está perdiendo oportunidades únicas y alejándose de su plena realización, de la vida verdadera.

Ef 1, 3-14 (2ª Lectura Domingo XV de Tiempo Ordinario)

La ciudad de Éfeso, capital de la Provincia romana de Asia, estaba situada en la costa occidental de Asia Menor. Su importante puerto y su numerosa población, hacían de ella una ciudad floreciente.

Pablo pasó por Éfeso en su segundo viaje misionero (cf. Hch 18,19-21) y, durante su tercer viaje, hizo de Éfeso su cuartel general, a partir del cual evangelizó toda la zona occidental de Asia Menor.

Nuestra Carta a los Efesios es, probablemente, uno de los ejemplares de una “carta circular” enviada a varias iglesias de Asia Menor, en un momento en el que Pablo estaba prisionero (¿en Cesarea?, ¿en Roma?). El portador de la misma era un tal Tíquico.

Algunos ven en esta carta una especie de síntesis teológica paulina, en un momento en el que la misión del apóstol está prácticamente terminada en oriente. El tema más importante de la carta a los Efesios, es aquel que el autor llama “el misterio”: se trata del proyecto salvador de Dios, definido y elaborado desde siempre, escondido durante siglos, revelado y concretizado plenamente en Jesús, comunicado a los apóstoles y, en los “últimos tiempos”, hecho presente en el mundo por la Iglesia.

El texto que se nos propone hoy, aparece al principio de la carta. Es un himno litúrgico que debe haber circulado pro las comunidades cristianas antes de ser ensartado aquí por Pablo. Este himno da gracias por la acción del Padre (cf. Ef1,3-6), del Hijo (cf. Ef 1,7-12) y del Espíritu Santo (cf. 1,13-14) por haber ofrecido a los hombres la salvación.

La acción de gracias se dirige a Dios, pues él es la fuente última de todas las gracias concedidas a los hombres. Esas gracias llegarán a los hombres a través del Hijo, Jesucristo.

¿Cuál es entonces, según este himno, la acción del Padre?

El Padre, en su amor, nos eligió desde siempre (“antes de la creación del mundo”). ¿Para qué nos eligió? La respuesta es: “para que seamos santos e irreprochables”. La palabra “santo” indica la situación de alguien que ha sido separado del mundo y consagrado a Dios, para el servicio de Dios; la palabra “irreprochable” era usada para hablar de las víctimas ofrecidas en sacrificio a Dios, que debían ser inmaculadas y sin defecto. Significa, pues, una santidad (esto es, una consagración a Dios) verdadera y radical.

Además de elegirnos, el Padre nos predestinó “para que fuéramos hijos adoptivos”. A través e Cristo, el Padre nos ofreció su vida y nos integró en su familia en calidad de hijos. El fin de esta acción de Dios, es el alabar su gloria.

“Elección” y “adopción como hijos” son frutos del inmenso amor de Dios por los hombres, un amor que es gratuito, incondicional y radical.

Y Jesucristo, el Hijo, ¿qué papel tuvo en este proceso?

En los versículos 7-10, el autor del himno se refiere a la sangre derramada de Cristo y a su significado redentor. La muerte de Jesús en la cruz es signo evidente del tremendo amor de Dios por los hombres; y de esa forma, Dios nos enseñó a vivir en el amor, en un amor total y radical. A través de Cristo, Dios derramó sobre nosotros su gracia, convirtiéndonos en personas nuevas y diferentes, capaces de vivir del amor. Así, Dios nos manifestó su proyecto de salvación (que el himno llama “el misterio”) y que consiste en llevarnos a una identificación plena con Jesús (en su ilimitada capacidad de amar y de dar vida), a una unidad y armonía totales con Jesús. Identificándonos con Cristo y enseñándonos a vivir en el amor, total y radical, Dios nos reconcilió consigo, con todos los otros y con la misma naturaleza.

De la acción redentora de Cristo nació, pues, un Hombre Nuevo, capaz de un nuevo tipo de relaciones (marcado, no por el egoísmo, por el orgullo, por la autosuficiencia, sino marcado por el amor y por la donación de la vida) con Dios, con los otros hombres y con toda la creación.

De esa forma, en Cristo fuimos constituidos hijos de Dios y herederos de la salvación, conforme al proyecto de Dios preparado desde toda la eternidad en nuestro favor (vv. 11-12).

Los creyentes que se adhirieron a Jesús, fueron marcados por el “sello” del Espíritu. Ese “sello” es la marca que atestigua nuestra integración en la familia divina y la garantía de que un día participaremos en la vida eterna, plena y verdadera, conforme al plan que Dios tiene para nosotros (vv 13-14).

Nuestro texto afirma, de forma clara, que Dios tiene un proyecto de vida plena y total para los hombres, un proyecto que desde siempre estuvo en la mente de Dios.

Es muy importante que tengamos esto en cuenta: no somos un accidente del decurso de la evolución inexorable del cosmos, sino que somos actores principales de una historia de amor que nuestro Dios siempre soñó y que él quiso escribir y vivir con nosotros. En medio de nuestras desilusiones y de nuestros sufrimientos, de nuestra finitud y de nuestro pecado, de nuestros miedos y de nuestros dramas, no olvidemos que somos hijos amados de Dios, a quien él ofrece continuamente la vida definitiva y la verdadera felicidad.

De acuerdo con nuestro texto, Dios “nos eligió… para que seamos santos e irreprensibles”.
Ya vimos que “ser santo” significa ser consagrado para el servicio de Dios. ¿Qué significa esto en concreto? Entre otras cosas, implica intentar descubrir el plan de Dios, el proyecto que él tiene para cada uno de nosotros y hacerlo concreto día a día con verdad, fidelidad y radicalidad.

En medio de las solicitudes del mundo y de las exigencias de nuestra vida profesional, social y familiar, ¿tenemos tiempo para Dios, para dialogar con él y para intentar percibir sus proyectos y propuestas?
¿Y tenemos disponibilidad y voluntad de concretar sus propuestas, incluso cuando no son conciliables con nuestros intereses personales?

Nuestro texto afirma, todavía, la centralidad de Cristo en esta historia de amor que Dios quiso vivir con nosotros. Jesús vino a nuestro encuentro, cumpliendo con radicalidad la voluntad del Padre, y ofreciéndose hasta la muerte para enseñarnos a vivir en el amor.

¿Cómo asumimos y vivimos esa propuesta de amor que Jesús nos presentó? ¿Aprendemos con él a amar sin excepción y con radicalidad?
¿Somos profetas que testimonian, ante el mundo, el proyecto de Dios? ¿Aquellos que caminan por el mundo a nuestro lado encuentran en nosotros gestos y actitudes que sean signos vivos del amor de Dios revelado en Jesús?

Am 7, 12-15 (1ª Lectura Domingo XV de Tiempo Ordinario)

Amós, el “profeta de la justicia social”, ejerció su ministerio profético en el reino del Norte (Israel) a mediados del siglo VIII antes de Cristo (posiblemente, alrededor del año 762), durante el reinado de Jeroboán II.

Es una época de prosperidad económica, y de tranquilidad política: las conquistas de Jeroboán II alargarán considerablemente los límites del reino y permitirán la entrada de tributos de los pueblos vecinos; el comercio y la industria (mineral y textil) se desarrollan significativamente. Las construcciones de la burguesía urbana alcanzarán un lujo y magnificencia hasta entonces desconocidos.

La prosperidad y el bienestar de las clases favorecidas contrastaban con la miseria de las clases bajas. El sistema de distribución estaba en manos de comerciantes sin escrúpulos que, aprovechando el bienestar económico, especulaban con los precios. Con el aumento de los precios de los bienes esenciales, las familias de menores recursos se endeudaban y acababan por ser expoliadas de sus tierras en favor de los grandes latifundistas. La clase dirigente, rica y poderosa, dominaba los tribunales y sobornaba a los jueces, impidiendo que el tribunal hiciese justicia a los más pobres y defendiese los derechos de los más desfavorecidos.

Entretanto, la religión florecía con un esplendor ritual nunca visto. Magníficas fiestas, abundantes sacrificios de animales, culto esplendoroso, marcaban la vida de los israelitas. El problema era que ese culto no tenía nada que ver con la vida: en el día a día, los mismos que participaban en esos ritos cultuales majestuosos, practicaban injusticias contra el pobre y cometían toda clase de atropellos al derecho. Más aún: los ricos ofrecían a Dios abundantes ofrendas, a fin de tranquilizar sus conciencias culpables y a fin de asegurar la complicidad de Dios para con sus negocios oscuros. Además de eso, la influencia de la religión cananea estaba empujando a los israelitas hacia el sincretismo religioso: el culto a Yahvé se mezclaba con rituales paganos provenientes de los cultos a Baal y Astarté. Esa confusión religiosa ponía en serio riesgo la pureza de la fe yahvista.

Es en este contexto en donde aparece el profeta Amós. Natural de Técoa (una pequeña aldea situada en el desierto de Judá), Amós no es un profeta profesional, sino que, llamado por Dios, deja su tierra y parte hacia el reino vecino para gritar a la clase dirigente su denuncia profética. La rudeza de su discurso, unida a la integridad y fortaleza de su fe, traen algo del ambiente duro del desierto que contrasta con la indolencia y el lujo de la sociedad israelita de la época.

El episodio que la primera lectura de este Domingo nos propone, nos lleva hasta el santuario de Betel, en el centro de Palestina. Se trata de un lugar considerado sagrado, desde tiempos inmemoriales. De acuerdo con Gn 35,1-8, Jacob construyó allí un altar dedicado a Yahvé. Más tarde, Betel aparece como el lugar donde se reúne la asamblea de “todo Israel” para “consultar a Dios” (cf. Jc 20,18), para llorar delante de Dios su infidelidad (cf. Jc 20,26) y para encontrarse con Dios (cf. Jc 21,2). Todo esto refleja la importancia cultual del lugar.

Cuando el Pueblo de Dios de dividió en dos reinos, tras la muerte de Salomón (932 antes de Cristo), los reyes del norte (Israel) potenciaron el culto en Betel, para impedir que sus súbditos tuviesen que desplazarse hasta Jerusalén, situado en el reino enemigo del sur (Judá). Entonces, Betel se transformó en una especie de “santuario oficial” del reino, donde el culto era financiado, en gran medida, por el mismo rey. El sacerdote que presidía el culto era una especie de “funcionario real”, encargado de vigilar para que los intereses del rey fuesen defendidos, en ese local por donde pasaba una parte significativa de los fieles de Israel. En la época en que Amós ejerce su ministerio profético en Betel, el sacerdote encargado del santuario era un tal Amasías. Algunos elementos que han llegado hasta nosotros parecen indicar, también, la existencia en Betel de la imagen de un becerro, que representaba a Yahvé y que era adorado por los fieles (cf. Os 10,5).

Betel es uno de los lugares donde resuena la denuncia profética de Amós. Probablemente, Amós criticó las injusticias cometidas por el rey y por la clase dirigente; y, ciertamente, denunció, en ese lugar, un culto que era aliado de la injusticia y que intentaba mezclar a Dios con los esquemas corruptos de los poderosos.

Nuestro texto describe el enfrentamiento entre el sacerdote Amasías y el profeta Amós. Es un texto fundamental para que entendamos la misión del profeta, su libertad frente a los intereses del mundo y de los poderes constituidos.

El sacerdote Amasías es el hombre de la religión oficial, dependiente de los intereses del rey y del orden establecido, comprometida con el poder político. Para él, lo que interesa es mantener intocable un sistema que asegura beneficios mutuos, ya sea para el trono, ya para el altar. En ese sistema, el rey es el guardián supremo del orden instituido y no ha lugar (ni necesidad) de una intervención que ponga en duda el orden establecido.

La tarea de la religión es, en la perspectiva de Amasías, proteger y legitimar los intereses del rey; a cambio, el rey sustenta el santuario. Trono y religión son, así, cómplices ligados por intereses mutuos, que hacen todo lo posible por mantener el “staus quo” y los privilegios. El propio Amasías tienen mucho que perder, si las cosas no van bien, ya que es un funcionario real cuya función es defender los intereses del rey.

La religión de Amasías es una religión esclava de los intereses, que se arrodilla ante los poderosos y que está completamente cerrada a los retos de Dios (que, si fuesen escuchados y acogidos, podrían desmontar el sistema).

En esta perspectiva, la denuncia de Amós suena a rebelión contra los intereses enlazados del poder y de la religión, a doctrina subversiva que pone en peligro las estructuras y que sacude los fundamentos del orden establecido. Por eso, hay que utilizar toda la fuerza del sistema para acallar la voz incómoda del profeta. Amós es, por tanto, denunciado, invitado a dejar el santuario y a volver a su tierra para “comer allí su pan”.

La respuesta de Amós deja claro que el profeta es un hombre libre, que no actúa por intereses humanos (propios o ajenos), sino por mandato de Dios.

La iniciativa de ser profeta no fue suya. Dios es el que vino a su encuentro, interrumpió la normalidad de su vida y le llamó para la misión. Por lo demás, la profecía no es, para él, una ocupación profesional, o una forma de llevar a cabo intereses personales.

Amós es profeta porque Dios irrumpió en su vida con una fuerza irresistible, lo tomó de su cuenta y le envió a Israel. El profeta no está, por tanto, preocupado por los intereses del rey o por los intereses del sacerdote Amasías, o por la perpetuación de un orden social injusto y opresor. Él ha sido llamado para ser la voz de Dios y sólo le interesa cumplir la misión que Dios le ha confiado. Duela a quien duela, esto es lo que Amós intentará hacer. Él no puede, ni quiere quedarse callado.

Su misión (aunque no le guste a Amasías y al rey) tiene autoridad por sí misma, porque viene de Dios y Dios es infinitamente mayor que el rey. Revestido de esa autoridad (que no sólo legitima su acción profética sino que además le obliga a ser fiel a la misión que le ha sido confiada), Amós anuncia (en un desarrollo que el texto que se nos propone no ha conservado, cf. Am 7,16-17) el castigo para el rey, para Amasías y para toda la nación infiel.

En este texto, como en tantos otros textos proféticos, se transparenta la absoluta convicción de que el profeta es un hombre de Dios, escogido por Dios, llamado por Dios, enviado por Dios, legitimado por Dios. Dios está en el origen de la vocación profética; y la actuación del profeta solo tiene sentido si parte de Dios y si tiene como objetivo presentar a los hombres las propuestas de Dios. Es preciso que nosotros creyentes, constituidos profetas por el Bautismo, tengamos a Dios como la referencia de donde parte y hacia donde se orienta nuestra acción y misión proféticas.

Ningún profeta lo es por su iniciativa personal, o para anunciar propuestas personales; sino que es Dios quien nos llama, quien nos envía y quien está en la base de ese testimonio que estamos llamados a dar en medio de los hombres.

El profeta es un hombre libre, que no se amedrenta ni se inclina ante los intereses de los poderosos. Por eso, el profeta no puede callarse ante la injusticia, la opresión, la explotación, ante todo lo que roba la vida e impide la realización plena del hombre.

Amasías, el sacerdote que se pone del lado de los poderosos, que defiende intransigentemente el orden establecido, que se compromete con él, que vende su conciencia para mantener su puesto y que transige con la injusticia para no incomodar a los poderosos, es un ejemplo a no seguir.

Amós, el profeta que no se calla ni se vende, que está dispuesto a arriesgarlo todo (incluso la propia vida) para defender a los pequeños y los débiles y que no vacila en presentar los proyectos de Dios para el hombre y para el mundo, debe ser modelo para cualquier creyente a quien Dios llama a cumplir una misión profética en medio del mundo.

Amasías es el hombre cómodamente instalado en sus privilegios, donativos, que calla la voz de su conciencia porque tiene mucho que perder y no quiere arriesgar; Amós es el profeta libre de la preocupación por los bienes materiales, que no está preocupado por la defensa de sus intereses, pero sí por la defensa intransigente de los intereses de los pobres y marginados, que son los intereses de Dios.

La diferencia entre los dos está en cuál es, para cada uno de ellos, la prioridad fundamental, para Amasías son los valores materiales, para Amós son los valores de Dios.
El verdadero profeta no puede poner los bienes materiales como su prioridad fundamental; si sucede eso, perderá su libertad profética y se convertirá en esclavo de quien le paga.

Este texto nos habla, también, de la promiscuidad entre la religión y el poder. Se trata de una combinación que no produce buenos frutos (como, por otra parte, la historia de la Iglesia ha demostrado, en distintas épocas y lugares).

La Iglesia, para poder ejercer con fidelidad su misión profética, tiene que evitar unirse a los poderosos y depender de ellos, bajo pena de ser infiel a la misión que se le confió.

Una Iglesia que esté ocupada en no molestar al poder para mantener sus privilegios fiscales, o para continuar recibiendo dinero para las instituciones que tutela, será una Iglesia esclava, con las manos atadas, dependiente, que está lejos de Jesucristo y de su propuesta liberadora.

Comentario al evangelio (9 de julio)

¿Timidez o inhibición? ¿Respeto o indiferencia? ¿Prudencia o desinterés? O, dicho de otra manera: ¿por qué no “tocamos” la realidad? ¿Por qué no “entramos en contacto” con la gente?

En medio de la multitud, una mujer le toca el manto y queda curada. En medio del alboroto del duelo funerario, Jesús toca a la niña y le da la vida. En medio de nuestra vida ajetreada ¿cuántos “toques cariñosos”, cuantos “contactos que dan vida” realizamos al cabo del día?

También nosotros estamos acostumbrados a tocar, en entrar en contacto. Pero habitualmente lo hacemos con aquellas realidades que nos son agradables, conocidas. Nos cuesta más “tocar” a otros, a los que no son de nuestro círculo; y, sobre todo, nos cuesta mucho “dejarnos tocar” por ellos, por los pobres, por los que no nos van a aportar cariño o satisfacción inmediata con su abrazo.

Jesús entra en contacto con los excluidos de la sociedad, con los leprosos, con los abandonados. Nosotros mantenemos una “prudente distancia” con aquellas situaciones o personas que nos pueden alterar la vida, que nos pueden complicar la existencia. ¿Qué mejor forma de comunicar la vida que llevamos dentro que “entrar en contacto” con los que más necesitan un gesto de cariño, una palabra de vida, un abrazo de consuelo o de ánimo?

Que la inhibición, la indiferencia o el desinterés no nos impidan tocar la realidad, entrar en contacto con las personas. Daremos vida, como Jesús en este Evangelio. Y recibiremos vida, como la mujer enferma, porque en los necesitados también encontraremos la fuerza de la Gracia, si sabemos llegar hasta ella.