13.- El gozo de la cumbre

«… Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús:
¡Qué bien estamos aquí; quedémonos…!» (Mt 17, 4).

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Tú escogiste un día a tres de tus discípulos para acompañarte: a Pedro, Santiago y Juan. Los tomaste aparte contigo, porque querías enseñarles y regalarles algo especial.

Aunque vivimos en medio del mundo, en medio de los demás, tú quieres que nuestro corazón tenga un aparte, un rincón para la intimidad contigo.

Aun viviendo en familia y con muchas amistades, compañías y negocios, quieres estar a solas con nuestro corazón.

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A Pedro, Santiago y Juan los llevaste a un monte muy alto.

No les tomaste sólo para andar, sino para subir arriba, más arriba.

Nos tomas también a nosotros aparte y nos llevas por un camino de subida al monte.
Porque existe esta montaña siempre: es la vida. Esta montaña es para cada uno distinta; es la montaña de nuestra propia vida. 

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Cuando llegasteis a la cima, te transformaste, te transfiguraste.

Te descubres a aquéllos que tienen la valentía, el heroísmo de vivir su vida escalando la montaña.

Si te habían visto en figura, en aquel momento te dejaste ver tal como eres en realidad: como Dios. 

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Ya sabemos que vivir es subir, escalar, esforzarnos hasta llegar a la cumbre.

Pero hay tanta diferencia según quien nos acompaña: si nadie, si alguien deseado, si alguien obligado, pagado…

El acompañante lo puede cambiar todo, hacer que un camino sea feliz o infeliz. Necesitamos un acompañante que nos aparte las piedras del camino, que nos haga descansar si se fatiga el corazón, que nos ayude a levantar en las caídas, que nos muestre la dicha llegados a la cumbre.

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Los discípulos vieron que de tus ojos, de tu rostro, salía como un resplandor tal, que el mismo sol era lámpara pequeña comparado con él.

Vieron que tu vestidura se convertía en blancura tal, que la misma nieve tendría celos de verla.

Vieron esto y se quedaron tan pasmados, tan admirados, tan entusiasmados, que no sabían qué decir.
Vieron además, en visión, que el profeta Moisés y el profeta Elías se aparecían y hablaban contigo. 

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Entonces fue cuando Pedro, tan espontáneo siempre, rompió jubiloso aquel silencio:
—¡Qué bien se está aquí! ¡Quedémonos…! Porque aquella visión era algo muy distinto de lo que hasta entonces habían contemplado. 

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Es tan bueno verte cara a cara…

Qué razón tenía Pedro: ¡Qué bien se está contigo! ¡Qué bien se está donde estás tú!

Qué agradable y luminosa se hace entonces la vida.

Cuando tú estás presente por la fe, entonces la religión nos llena el corazón; no es una carga, no es una obligación.

Es un gusto, una satisfacción estar delante de Dios. 

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Descubrirte tal como eres es una gracia que das a todos los que en la vida han hecho un esfuerzo por escalar la montaña.

Y si muchos no llegamos a entrar en el goce de tu compañía es porque la montaña de nuestra vida nos parece demasiado alta y tememos lanzarnos cuesta arriba.

Estamos indecisos, deambulando aquí y allá por unos 10.000 vericuetos, entre el valle y la planicie.
Y tú sólo te descubres en la cumbre a los que han hecho el esfuerzo de subir hasta arriba.

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Tú sabes que hay muchos lados de la montaña por donde se puede subir.

Hay muchos caminos para llegar arriba, todos igualmente buenos, porque llevan a la cima. Caminos más largos o más cortos; más estrechos o más anchos.

Cada uno tiene el suyo, a veces elegido, a veces obligado.

No importa que un camino sea más fácil o más difícil; que unos caminen de prisa y otros más lentos.

No importa el camino, lo importante es llegar. 

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Enséñame a no comparar caminos. Enséñanos a aceptar cada uno el nuestro, pensando que tú estarás con nosotros durante el camino.

Que en la cima te podamos ver tal como eres, con el gozo del alma.

Todos tenemos nuestro camino y en él, siempre que queramos, tú nos acompañarás. 

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Después tuvo que volver la realidad. Volver otra vez a lo mismo de antes.
A aquel decirles tú «no digáis nada», a aquel volver monte abajo, a la vida diaria. 

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Tú sabes que nuestro corazón está hecho para la felicidad y necesariamente pide alegría, pide gozos, pide satisfacción.

Lo malo es que lo buscamos por cualquier sitio.

Lo malo es que el mundo, las personas, no nos pueden dar lo que buscamos.

Lo malo es que nos contentamos con menos y nos contentamos con una satisfacción del cuerpo, cuando es el alma la que está hambrienta. Lo malo es que no vamos a ti a buscar la alegría y satisfacción que pide siempre nuestro corazón. 

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Enséñanos a seguir los pasos de los apóstoles.
A acercarnos a ti como uno de esos tres predilectos.

Enséñanos a acercarnos a ti y no esperar a que nos llames.
Enséñanos a apartarnos un poco de los demás, para subir contigo la escalada de la vida.

Miguel Beltrán