Domingo XV de Tiempo Ordinario

Este relato de Marcos, que es más antiguo que el paralelo de Mateo (10, 5-15), contiene ya el mandato de la misión que consiste, ante todo, en la «autoridad» para expulsar espíritus inmundos, una denominación que se daba a los demonios. Esta creencia en los demonios era muy fuerte en Israel en tiempos de Jesús. La cosa venía desde los tiempos del exilio en Babilonia, y es seguro que, para Jesús, como para sus contemporáneos, hablar de demonios o de espíritus inmundos era hablar de enfermos del cuerpo y de la mente. La autoridad de los discípulos es para liberar a la gente de esos males.

Lo que menos importa aquí son los detalles. Lo que interesa es el fondo del asunto. Y el fondo está en que, como se ha dicho, «el radicalismo ético de la tradición sinóptica era un radicalismo itinerante que podía practicarse únicamente en condiciones de vida extremas y marginales». Esta afirmación necesita ser matizada. La misión de Jesús no puede quedar reducida únicamente a condiciones extremas y marginales. El Evangelio no es para situaciones extremas y marginales. Es para todos y para toda la vida. ¿Cómo es esto posible?

El Evangelio no presenta una forma extrema y extravagante de vivir. Lo que el Evangelio ofrece es una forma de vivir, que no está ni determinada ni condicionada por el dinero y el bienestar, sino por el proyecto de aliviar el sufrimiento, por la lucha contra los agentes de violencia, por el respeto a la dignidad y derechos de todos, por el empeño en hacer felices a quienes nos rodean. Esto es lo que quiere decir Jesús con las prohibiciones que impone a sus discípulos. Jesús no presentó un proyecto extravagante, sino un proyecto de humanidad.

José María Castillo

II Vísperas – Domingo XV del Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: SANTA UNIDAD Y TRINIDAD BEATA.

Santa unidad y Trinidad beata:
con los destellos de tu brillo eterno,
infunde amor en nuestros corazones,
mientras se va alejando el sol de fuego.

Por la mañana te cantamos loas
y por la tarde te elevamos ruegos,
pidiéndote que estemos algún día
entre los que te alaban en el cielo.

Glorificado sean por los siglos
de los siglos el Padre y su Unigénito,
y que glorificado con entrambos
sea por tiempo igual el Paracleto. Amén

SALMODIA

Ant 1. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Ant 2. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Salmo 110 – GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su poder,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Ant 3. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 3-5

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

V. Digno de gloria y alabanza por los siglos.
R. En la bóveda del cielo.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Los discípulos, sin llevar pan, ni alforja, ni dinero, predicaban a la gente para que se convirtiesen.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Los discípulos, sin llevar pan, ni alforja, ni dinero, predicaban a la gente para que se convirtiesen.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó el mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Señor, tú que en el universo, obra de tus manos, nos revelas tu poder,
haz que sepamos ver tu providencia en los acontecimientos del mundo.

Tú que por la victoria de tu Hijo en la cruz anunciaste la paz al mundo,
líbranos de todo desaliento y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
concédeles que cooperen con sinceridad y concordia en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos
y fortalece a los débiles, para que en todos se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que al tercer día resucitaste a tu Hijo gloriosamente del sepulcro,
haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al camino recto, concede a todos los cristianos que se aparten de todo lo que sea indigno de ese nombre que llevan, y que cumplan lo que ese nombre significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Domingo XV de Tiempo Ordinario

Veíamos el domingo pasado, cómo Jesús experimenta un fracaso cuando, al comienzo de su vida pública, se presenta para enseñar en su propio pueblo. A partir de ese momento irá a predicar su mensaje por los caminos y pueblacos de Galilea y más tarde de Judea. Desde entonces se desmarca claramente del culto oficial y de las autoridades religiosas del pueblo judío, para adoptar un estilo e vida y de predicación en la línea de los profetas del Antiguo Testamento, y por consiguiente en la línea de Juan el Bautista, cuya tradición ascética ha hecha suya al hacerse bautizar por él. Es el mismo estilo de vida que recomienda a sus discípulos cuando los envía también a ellos a los pueblos y pequeñas poblaciones de la región.

Cuando leemos este texto en el contexto de una asamblea monástica, recibe un sentido totalmente especial. En la época de Cristo existía a lo largo del Oriente Medio una tradición ascética sumamente viva que, entre otras, se expresaba en la práctica bautismal adoptada por Juan, práctica que asume el mismo Jesús. Se expresaba asimismo en la larga tradición de los monjes itinerantes que existía desde hacía siglos en la India y en otros lugares de Oriente y en el Oriente Medio. El estilo de vida de estos monje itinerantes correspondía al que prescribe Jesús a sus discípulos: desprendimiento absoluto que contaba con la solidaridad universal, sin saco en que acumular lo que fuera, distribución de la buena palabra, etc. Nada de extraño tiene, pues, que tanto en Palestina como en Siria la forma primera de vida monástica cristiana, a lo largo de los primeros siglos, haya sido una vida monástica itinerante a imagen de la de Jesús y de sus Apóstoles.

De la misma manera que había escogido Jesús a sus Apóstoles por grupos de dos (Mc 1, 16-21), los envía también de dos en dos. Con ello queda subrayado el hecho de que la misión evangélica no constituye un asunto privado, sino una responsabilidad comunitaria. Aparte de ello se firma la igualdad de todos en esta misión, ya que ninguno de los dos enviados se halla subordinado al otro. .El hecho de que no lleven consigo alimento alguno ni cantidad alguna de dinero, y ni siquiera un saco para acumular lo que pueda recibirse, no queda aquí presentado como una manifestación de pobreza o de ascesis, sino más bien como un manifestación de confianza n el hombre y de apertura a la solidaridad humana. Por otra parte no se les invita a los discípulos a mendiga, sino sencillamente a hacer el bien expulsando los malos espíritus, contando con la bondad y la solidaridad de quienes tengan a bien recibirlos. No se presentarán como “autoridades” que pueden tener derecho a una recompensa o a un salario, sino simplemente como testigos de la bondad de Dios, contando con la bondad de los hombres.

En este relato de la misión de los Doce, tal cual lo leemos en Marcos, no se trata de lugares precisos a los que sean enviados los apóstoles, ni de límite de tiempo. Queda presentado, de un manera general, como la misión de los Apóstoles. Y habida cuenta de que se encuentran en este momento en la Galilea de las Naciones. En la frontera del mundo “pagano”, la misión no queda limitada en manera alguna al mundo judío.

La lectura del Libro de Amós (primera lectura de la Misa) nos ayuda a comprender en qué tradición profética se situaba la misión que confiaba Jesús a sus Apóstoles. En el momento en que aparece Amós, el reino de David se halla desde hace más de cincuenta años dividido entre el reino de Israel en el norte y el de Judá en el sur. Nativo del sur predica Amós en la región de Betel, en el norte. Y como habla con mayor energía que profeta alguno contra la injusticia, el abuso de poder, la opresión de los pobres, entra en conflicto con la autoridad política; y al sacerdote Amasías, responsable del templo de Betel y defensor de los intereses del rey del reino del norte se le hace embarazoso por lo que quiere reenviarlo al sur. Episodio éste que nos muestra que es imposible para un profeta hablar de justicia y de defensa de los oprimidos sin que su lenguaje deje de tener una dimensión y un alcance político. Es lo que ha sucedido siempre, a todo lo largo del Cristianismo, con los verdaderos testigos del Evangelio, comenzando por el mismo Jesús de Nazaret.

Jesús ha venido para traernos la vida en su plenitud, liberando a los prisioneros de sus cadenas, a los enfermos de sus dolencias, a los oprimidos de su esclavitud. Un intento de transmitir su Mensaje que no tuviera dimensión política alguna no sería claramente evangélico. Tan sólo pueden permitir esta palabra quienes, como Amós y los Doce, no tienen posesión alguna que defender como no sea la misión recibida de Dios.

A. Veilleux

Ligeros de equipaje

A veces somos tan torpes que cuando viajamos, a la hora de hacer la maleta, se nos pone en funcionamiento el virus del nerviosismo y atiborramos la valija con cosas innecesarias que luego no utilizaremos. Yo las llamo las «menudencias del por si acaso»; las hemos incluido entre la ropa solamente por si acaso las necesitamos. Y, como contrapunto, nos sucede también que, por mucho que cavilemos, siempre nos olvidamos de algún objeto importante o de algún documento absolutamente imprescindible.

Hoy el evangelista nos narra el rito de «la misión». Jesús ha reunido a los doce apóstoles y los envía a predicar el mensaje de salvación. Y les da unas recomendaciones que no tienen desperdicio: les ordena que no lleven nada para el camino, excepto un bastón; ni pan, ni zurrón, ni dinero en el bolsillo. Les indica que calcen sandalias y que no lleven más que un traje. Ah, y les dice también que, si en algún sitio no quieren recibirlos, lo dejen y se vayan a otro lugar… Todo un programa de la más severa austeridad.

Queda, pues, bien claro que para ser testigos del evangelio es absolutamente necesario ir «ligeros de equipaje»… Pero tengo la impresión de que nuestra religiosidad, nuestro seguimiento a Jesús, nuestro talante de cristianos adolece a menudo de autenticidad, denotando un error de enfoque que podría ser hasta preocupante. Tomamos la religión como un vale, una especie de salvoconducto para conseguir la vida eterna. Nos tambaleamos en nuestra falta de equilibrio y buscamos con avidez apoyaturas, garantías… «seguridades». Y no es así. En el fondo, se trasluce una evidente falta de madurez y una carga excesiva de infantilismo. Necesitamos ser conscientes de que el evangelio es audacia, utopia, riesgo, un salto en el vacío con la certeza de que nos conduce a la luminosa plenitud.

Al escuchar las recomendaciones que Jesús hace a los apóstoles en el momento del envío invitándoles a la austeridad, uno saca la conclusión de que el Maestro apunta a ese enemigo que todos llevamos a cuestas y que se llama egoísmo: el pan, la alforja, el dinero… son los puntos de mira de tan mala enfermedad. Jesús quiere a los suyos ligeros de equipaje y trabajadores a tope. Sólo les permite llevar el bastón, el amigo más valioso para remediar el cansancio. El nazareno conoce muy bien que el egoísta sólo piensa en conseguir su propio placer, en tanto que el generoso goza contemplando el placer de los demás… Una vez más, Jesús quiere desmitificar el excesivo volumen de las «maletas de viaje», que entorpecen nuestra agilidad y multiplican nuestras servidumbres.

¿Conocéis la historia de don Romualdo? Se trata de un poderoso empresario, inteligente, hábil para los negocios, ambicioso insaciable, dotado de un poderoso imán para captar grandes fortunas, y sus amistades estaban instaladas en la más alta aristocracia… Don Romualdo tenía una manía; o varias, pero quiero referirme a una concretamente. En un cuarto oscuro, tenebroso, ocultaba una enorme maleta en la que guardaba, y archivaba las cosas que más apetecía, con el propósito de que le duraran para siempre. Allí podían verse una buena suma de millones en metálico, tarjetas de crédito, escrituras de numerosos inmuebles ubicados en el extranjero, comprobantes de sus cuentas corrientes en paraísos fiscales, algunas fotos familiares… Un buen día, falleció su esposa, víctima de una enfermedad que los doctores calificaron con el nombre de «opulencia». Y a los cuatro meses (el amor es el amor) falleció él. En este caso el parte médico certificó que la causa del fallecimiento había sido «opulencia aguda». Y el magnate fue camino del cielo, con su maleta a cuestas. Al pasar por la aduana celestial de equipajes, el director de la aduana le informó: «Lo siento, Señor, pero esto aquí no tiene valor alguno». Y le requisaron la maleta.

Pedro Mari Zalbide

¡ La misión urge! Llamada a evangelizar al estilo de Jesús

El encuentro de hoy es sumamente comprometedor: Jesús nos envía y nos manda a la misión, pero quiere que tengamos un perfil a su estilo. Hoy, querido amigo, en este encuentro estamos ahí, junto a sus discípulos, junto a Jesús, y oímos de sus labios el envío que nos hace a cada uno. Nos envía a proclamar la Buena Noticia. Lo vemos en el texto de Marcos, capítulo 6, versículo 7 al 13. Lo escuchamos:

Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que no tomasen nada para el camino, aparte de un bastón. Ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, sino que fueran calzados con sandalias yno llevaran dos túnicas. También les decía: “Permaneced en la casa en que entréishasta que salgáis de aquel lugar. Y donde no os reciban ni escuchen, salid de allí,sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos”. Ellos se fueron predicando penitencia y expulsaban a muchos demonios y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban.

En esta narración me sorprende todo. Hoy, Jesús, quiero comprender lo que sientes y lo que te mueve a enviarnos con urgencia. Me pongo ahí, junto a Él, para sentir el calor de su corazón, para oír sus palabras y para ver la gran misericordia y el gran amor que siente por todas las personas que no reciben esa Buena Noticia.

Jesús ha venido de su tierra, de Nazaret, no ha sido ni creído, más bien rechazado; y movido a misericordia por las grandes miserias de esa multitud del pueblo suyo, resuelve definitivamente enviar a los doce. Pero lo resuelve dándoles unas instrucciones precisas para que haya uniformidad, para que haya unidad y para que sepan cómo tiene que ser el envío. ¡Cómo me gusta el sentido de esta misión! Veo, Jesús, que de tu grupo, el grupo de los doce, que es tu verdadera familia, que es tu comunidad, ves que ya no quieres que estén estáticos y los envías. Me hace pensar mucho: yo también soy convocada, llamada, elegida para una misión; y formando una familia contigo. Quieres que sea testigo, apóstol y discípulo tuyo.

Pero ¿cómo lo haces? Los llamas. Es una iniciativa tuya. Tú y yo, querido amigo, somos también iniciativa de Dios. Él nos llama, Él nos da un don para que con toda libertad vayamos a la misión y estemos en su camino. Pero podemos hacer muchas cosas: podemos rechazar esta invitación, podemos cerrar los oídos a esa voz que nos llama; ella nunca dejará de resonar, y así veremos su pequeño o su gran horizonte. Pero si no hacemos caso, nuestra vida será un sueño y una vida superficial. ¡Cómo me hace pensar! Me quedo oyendo esa resonancia de tus palabras en mi corazón.

Y los envías a los discípulos “de dos en dos”, dice el texto. ¿Por qué? ¿Por qué haces esto, Jesús? Quieres que haya unidad, que no anden uno por uno, quieres que sean testigos libres pero unidos —“donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo”. Y quieres que esta aventura se haga con ese espíritu de desapego, de generosidad, de donación, de libertad: este es el ir de dos en dos. ¡Qué grande es cuando uno siente la llamada a la misión y deja todo —como Él dice: “padre, madre, hermanos, todo”— para seguirte! Y qué bella es esta misión, aunque cueste seguir oyéndola y actuándola.

Y continuamos con el texto, que dices: “Les dio poder sobre los espíritusinmundos”. A mí también me das poder, también me das poder para expulsar todo porque la misión es una lucha contra el mal y contra su poder, es elegir todo, es tensión. Y ya sabemos que todo está sumergido en la violencia, en la injusticia, en laarrogancia… Pero Tú nos envías ahí, y nos das esa fuerza… y confío… y tengo esperanza…, pero quieres que sea así. Y ya les dices a tus discípulos y nos dices a ti y a mí, mi querido amigo, cómo tenemos que hacer, qué es lo que tenemos que llevar. En primer lugar nos dice que no llevemos nada, nada que pueda ser representativo deapropiarnos, de tener, de tener tentaciones del dinero, de las cosas: “No llevéis nada, ni pan, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas”. Quieres pobreza, sobriedad, sencillez, desapego, y por eso excluyes todo esto. Quieres que se nos crea por nuestro testimonio, que seamos otros como Tú. ¡Cuántas veces para hacer cualquier misión nos aprovisionamos de tantas cosas que no sirven! “No podéis servir a Dios y al dinero”.

Y nos dice también cómo “cuando vayáis y entréis en una casa, permaneced en ella”. El don de la hospitalidad. Siempre tiene que ser así el discípulo. Y lo recomienda continuamente: “Dad la paz. Entrad y entregad la paz. Pero también que sepáis que podéis ser rechazados, que muchas puertas se cerrarán, que se burlarán de vuestras palabras. Pero vosotros sois discípulos míos y tenéis que permanecer serenos. Idos a otra parte pero después de haber dado testimonio de la verdad, de la paz y del amor, ydespués de haber indicado cuál es la ruptura y el mal de esa casa” (en ese gesto de limpiarse el polvo de los pies, que en el mundo judío significaba una ruptura de esa relación, una distancia, y se repetía cuando se regresaba de una región pagana a su propia patria). Dar la paz, entregar la paz… aunque nos cueste, aunque sea difícil.

También nos dice que predicaban para que la gente se convirtiera. Y esapalabra “conversión” —tan fuerte— para mí es cambiar la mente, predicar que sepan elegir un camino nuevo, que cambien su vida. Pero tengo yo primeramente que entrar en esa conversión, en ese moldear mi razón, mi corazón a las exigencias del Evangelio. Y también que se unja con aceite a todos los enfermos, y así se curen.

Es más, dice el texto: “Ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”. Elaceite que todo el mundo sabemos que es lenitivo, que es apoyo, que significa conformación, que significa salvación, que significa liberación del mal, aliviar el mal, hacer siempre el bien, curar. El aceite cura, tranquiliza, da paz. Ser también yo aceite para los demás, curar, atender a quien esté a mi lado, como Tú, Jesús. No tenías tiempo, ni hora, ni momento, quien se te presentaba delante lo curabas, le aliviabas, le dabas todo.

Querido amigo, este encuentro es profundo, comprometedor, exigente, pero a la vez precioso, porque nos sentimos llamados, porque nos sentimos convocados, porque nos sentimos elegidos. Y cuántas gracias tenemos que dar a Jesús. Sí, Jesús, te damos gracias porque nos das la fisonomía y el perfil del apóstol, del discípulo tuyo. La gracia y la misión, la lucha contra el mal, la pobreza, la hospitalidad, la conversión, el amor. Éste es el perfil que Tú quieres que nosotros lo contrastemos, que nosotros lo veamos, que nos sintamos como Él y que escuchemos tus palabras.

Querido amigo, yo creo que es importante quedarnos reflexionando todasestas palabras: soy llamado…, soy elegido…, soy enviado…, se me da el poder de aliviar…, tengo que tener ese perfil de hospitalidad, de sobriedad, de pobreza. ¡Y qué grande!: cuando medito tranquilamente y estoy contigo en este encuentro me siento feliz porque me veo elegida por ti para llevar al mundo la Buena Nueva con mi testimonio, para que muchos oídos sordos puedan escuchar tu voz de amor; para que con mi vida, con mi ejemplo, anden muchos paralíticos; para que el odio no camine más, que haya paz; para que pueda entregar el amor tuyo.

Gracias, Jesús, por este envío, pero te pido fuerza. A veces llevo de todo, me preparo de todo; de todo menos de lo que no me tengo que preparar: menos Tú. Pero Tú quieres que para cualquier misión entremos en un camino de oración y de sacrificio. Que nos empapemos de tu corazón, que nos empapemos de tu amor, que ofrezcamos todo en ti, que cumplamos esa misión, que ardamos en fuego, que seamos discípulos tuyos. ¿Qué verías Tú, qué te movería para urgir la misión así y enviarlos así? ¡Cómo les cuidas! ¡Cómo les dices todo! Esta es la forma de enviar y es la forma de evangelizar.

Terminamos este encuentro en silencio, pensando el perfil de un evangelizador, la alegría de ser elegidos, convocados, enviados con todo el poder de Jesús. Y terminamos pidiéndole y agradeciéndole y alabándole y deseando comunicar todo el amor que Tú pones en mí. Me haces tu familia, me eliges ahí, y me envías. Sé que Tú estarás mirándome, cuidándome, oyéndome, pero me estarás dando fuerza, me estarás dando alegría, me estarás dando ilusión. Que nunca decaiga y que siempre sea ese apóstol, ese evangelizador ardiente que transmite la experiencia del amor tuyo y que comunica lo que siente y el ardor que Tú le pasas a este pobre corazón. Danos la fortaleza de ser enviados.

Recuerdo esta canción tan preciosa: “Nos envías por el mundo / a anunciar la Buena Nueva. / Si la sal se vuelve sosa, / ¿con qué se la salará?”. Quiero ser sal, quiero ser luz. Dame fuerza para ser testigo de tu amor donde yo vaya. Que nunca pierda el calor y que nunca pierda la ilusión y el fuego de transmitirte donde yo esté.

Nos cogemos de la mano de la Virgen y con Ella oímos ese envío y salimos presurosos a lanzar la Buena Noticia en todos los sitios donde estemos. Que Ella nos ayude, que nos proteja y que no nos suelte nunca de su mano, para así poder transmitir el ardor, el calor y el gran amor que le apasiona a Jesús y que necesita de nosotros para comunicarse y para transmitirse a los demás.

Francisca Sierra Gómez

15.- Pastor de ovejas descarriadas

«¿Quién de vosotros es el hombre que
tiene cien ovejas, y si perdiere una de
ellas no deja las noventa y nueve y va a
buscar la que se había perdido, hasta
que la encuentre?» (Lc 15, 4).

Señor
En el evangelio vemos que muchas veces se te acercaban los pecadores para verte y oírte.
También iban los publícanos, que a los ojos del pueblo eran considerados como pecadores por su oficio de cobrar los tributos en beneficio de las autoridades extranjeras de Roma.
Y unos y otros, ante ti, callaban y escuchaban. 

Señor
Había también con frecuencia un tercer grupo de espectadores, los escribas y fariseos, hombres profesionales de la ley, letrados, que se creían superiores a los demás y más sabios en todo. Y éstos no callan ni escuchan, vienen a curiosear y a murmurar.
Muy distintos de los pecadores y los publicanos, en el fondo de su corazón.
Aquéllos, engreídos y orgullosos; éstos, ordinariamente humillados y más humildes. 

Señor
La murmuración de los fariseos es, sin quererlo ellos, un gran elogio de tu corazón justo. Te echan en cara que recibas y acojas a los pecadores, que te sientes a comer con ellos.
Se morían de envidia al ver que tú no les tratabas a ellos de igual forma, quizá porque nunca te habían invitado a comer con ellos.
Tú te rebajas hacia el corazón humilde y arrepentido, pero te mantienes en pie ante el orgullo y la hipocresía humana. 

Señor
Tú eres el Padre de los humildes y necesitados que te buscan, te escuchan y reciben gozosos tu palabra.
Y a éstos das todas tus preferencias y concedes todos tus favores y amor.
Pero nada puedes hacer con los duros de corazón y de cerviz, que sólo pululan a tu alrededor para encontrar críticas y rechazar, a fin de cuentas, tu amor. 

Señor
En el colmo de tu benevolencia, todavía quisiste justificar a los fariseos tu proceder, explicándoles la parábola del pastor que tenía cien ovejas, pierde una y se va en busca de ésta, dejando las otras paciendo en el campo. Y todavía les quieres abrir más tu corazón, diciéndoles cuál es tu gozo al encontrar la oveja perdida y al poder colocarla sobre tus hombros.
Y cómo deseas participar tu alegría a los amigos y vecinos, para que se gocen contigo y lo celebren.

Señor
Tú nos conoces a todos mejor que nosotros mismos.
Y tú sabes «dónde» está cada uno, si en el grupo de las noventa y nueve ovejas o en el grupo de la oveja perdida y sola.
Sería difícil para nosotros saberlo, o, si lo sabemos, decirlo.
Muchos deben desear y creen estar en el grupo de las ovejas seguras, que no se pierden nunca. Otros se reconocen «perdidos» y solos en este mundo, lejos de ti, de tu compañía y de tu alcance. 

Señor
Tal vez nos convendría a todos envidiar un poco a la oveja perdida, que a pesar de su desgracia inicial acaba en tus manos y sobre tus hombros.
Porque es un retrato más real de la historia humana, desgraciada primero y feliz después. Nos duele siempre perdernos, alejarnos, y nos falta la esperanza de saber que tu corazón nos busca y al fin nos ha de encontrar. 

Señor
Nuestro orgullo nos engaña, creyéndonos entre las ovejas dóciles que no causan preocupación al pastor.
Solemos, desde nuestra presunción y orgullo, mirar fácilmente las faltas y las culpas de los demás, y a veces condenamos injustamente a los demás, salvando siempre nuestra inocencia. Nos convendría mucho a todos sentarnos en el banquillo de los acusados y oír la voz de Dios que no engaña.
Tal vez oiríamos que nos tiene por «oveja descarriada», sin quererlo saber nosotros.
Porque el orgullo, si no a la corta, sí a la larga, nos puede separar y alejar de Dios, el buen pastor. 

Señor
Qué felices se deben sentir las ovejas que, por desgracia, un día quisieron perder tu compañía, pero otro día se encontraron que tu mirada, tus manos y tus pasos siempre las buscaba y al fin las encontraba.
Qué feliz sentirse otra vez rescatado por tu amor y levantado por tus brazos.
Feliz culpa, si llega a ocurrir, que termina en un esfuerzo tan especial de Dios.

Señor
Gracias por haber retratado en el evangelio tan claramente tu corazón misericordioso.
Y gracias porque has abierto la esperanza a todos los que hemos andado por la vida alejados voluntariamente de ti.

Miguel Beltrán

Gaudete et exsultate (Francisco I)

15. Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23). Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor, «como novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).

Lectio Divina – 15 de julio

Lectio: Domingo, 15 Julio, 2018

La misión de los Doce
Marcos 6, 7-13

1. Oración inicial

Concédenos, oh Padre, reconocer en tu Hijo tu rostro de amor, la Palabra de salvación y de misericordia, para que podamos seguirlo con un corazón generoso y lo anunciemos de palabra y obra a los hermanos y hermanas que esperan el Reino y su justicia. Cólmanos de tu Espíritu para que nuestra escucha sea atenta y nuestro testimonio sea auténtico y libre, incluso en los momentos de dificultad y de incomprensión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

2. Lectura

a) El contexto:

Después de la llamada (en el texto «institución») de los doce (Mc 3, 13-19) Jesús enseña y hace curaciones, como si les estuviera dando clases. Ahora llega la hora de su primer ejercicio público: deben hacer una primera experiencia de anuncio. Van de dos en dos entre las gentes, con una misión que, en Marcos aparece bastante reducida: un anuncio genérico de conversión y varios tipos de prodigios contra el mal. Jesús no se deja intimidar por el rechazo violento de los suyos en Nazaret, narrado por Marcos a continuación: Mc 6,1-6. No renuncia a su misión, porque no son nuestros modos obtusos los que pueden bloquearla.
Los otros dos Sinópticos (Mt 10, 1-42; Lc 9, 1-10) narran con mayor precisión la misión y los desafíos que encontrarán. De todos modos, es importante ver que la misión nace por un mandato de Jesús y después de haber aprendido de Él el modo cómo han de realizarla y los temas. El número «doce» – tan citado en referencia a la fundación de la primera comunidad y en los esplendores del Apocalipsis – significa la continuidad, pero también la superación de la economía salvífica precedente. El envío de «dos en dos», según la mentalidad judaica, es porque ésta solamente admite el testimonio dado por una «comunidad» (por lo menos mínima) y no de uno solo.

Marcos 6, 7-13b) El texto:

Y recorría los pueblos del contorno enseñando. 7 Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. 8 Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; 9 sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas.» 10 Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. 11 Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos.»
12 Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; 13 expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

3. Un momento de silencio orante

para releer el texto con el corazón y reconocer a través de las frases y de la estructura la presencia del misterio del Dios viviente.

4. Algunas preguntas

para recoger del texto los núcleos importantes y comenzar a asimilarlos.

a) ¿Por qué es tan importante en Marcos la expulsión de los demonios inmundos?
b) ¿Qué sentido tiene la insistencia que se pone en la pobreza de medios?
c) ¿Cuál es el contenido de esta primera predicación?
d) Junto con la pobreza, Jesús invita a tener coraje y libertad: ¿por qué los pone juntos?
e) ¿Por qué la predicación es itinerante y no estable?
f) ¿ En qué otras cosas se explican mejor los otros Sinópticos?

5. Algunos profundizaciones en la lectura

«Comenzó a enviarlos de dos en dos»

La misión de los discípulos no viene por entusiasmo personal o por una manía de grandeza: comienza cuando Jesús cree que están preparados para hablar, de acuerdo con lo que han escuchado y asimilado. Según Marcos, hasta este momento solamente han visto algunos milagros, han escuchado algunas enseñanzas, entre las más importantes el tema de la semilla que crece de varias formas y han asistido a alguna polémica sobre Jesús y los jefes.
Su práctica al curar, su llamada a la conversión, su disponibilidad a moverse en medio de la gente, su predicación itinerante, estos son los puntos a los que han de hacer referencia. No están todavía maduros del todo, pero el ejercicio los ayudará a madurar. Bajo la supervisión de Jesús, pueden aprender y mejorar: encontrarán las palabras justas, los gestos adecuados. Experimentarán el entusiasmo de un éxito estrepitoso, pero luego, al final, deberán superar también el centrarse en los milagros para anunciar la muerte y resurrección del Salvador.

«Les dio potestad sobre los espíritus inmundos…»

Se trata de la «exousia» que también Jesús ejercía: se les capacita y se les autoriza para usar el mismo poder. Parece ser que para Marcos éste sea el ejercicio principal en este momento; por lo demás él mismo se concentra sobre este aspecto del Jesús «taumaturgo», que expulsa los espíritus malignos.
Debemos pensar que por «espíritus malignos» se entendían entonces muchas cosas a la vez: enfermedad psíquica, distintas formas de epilepsia, fuerzas malignas destructoras, poder esclavizante de las leyes, toda forma de dolencia psíquica, malformaciones físicas, etc.
El poder se ejercita pasando por entremedio de estos sufrimientos: aceptando el reto que hacen a la confianza en Dios, a la convivencia solidaria, a la dignidad de toda persona humana. No debemos identificar «inmundo» con impureza de tipo sexual o legal. Se trata de la «pureza» a la luz de Dios: que es amor, solidariedad, justicia, misericordia, colaboración, acogida…etc. Por eso los doce tendrán que llamar «a conversión» de estos prejuicios y de estas formas perversas e «inmundas» de vivir como hijos de Dios.

«Fuera del bastón, nada para el viaje…»

La misión debe ser itinerante, no sedentaria, es decir, deberá estimular a caminar de nuevo, a encontrase de nuevo, al despego de los resultados, a la libertad interior y exterior. De aquí la recomendación que todos los Sinópticos resaltan sobre la pobreza material en el vestir y en el comer, y sobre las seguridades y evidencias. Probablemente se trata de la brevedad de la experiencia: no debía durar mucho este primer ejercicio, y por lo tanto, deberían ir aligerados de todo, libres, insistir más sobre lo inmediato del anuncio, que sobre la consolidación de los resultados.
Sin embargo, cuando este texto fue escrito, la situación de la comunidad de los discípulos estaba mucho más desarrollada y consolidada. Por lo tanto, la memoria de estas recomendaciones, no servía solamente para recordar aquella primera experiencia alegre y aventurera. Servía también para confrontar el estilo original y la práctica de aquel momento, tan lejano ahora, del tiempo de Jesús. Es, por lo tanto, una llamada a un impulso misionero menos miedoso debido a la exigencias del confort y seguridad.

«Sacudiendo el polvo de la planta de los pies…»

Las recomendaciones del Señor ponen de relieve dos aspectos, aparentemente contrarios. Por un lado, deben ir con toda disponibilidad, a encontrar a la gente, sin preocupación de ganancias o supervivencia. Deben buscar al que está enfermo – por razones personales o sociales, por la opresión de la ley o por la maldad humana -y liberarlo, ungirlo con aceite, sanar las heridas y las plagas del corazón. Pero por otro lado, deben evitar aceptar cualquier tipo de hipocresía, de bondad sin responsabilidad.
Junto a la caridad y a la premura hacia los que sufren, deben tener el valor también de desenmascarar la hipocresía, de reaccionar ante la cerrazón, de aceptar los fracasos personales Deben irse, sin lamentaciones ni debilidad, del lugar donde no haya habido acogida, donde el rechazo o la hipocresía hagan estéril el anuncio y el testimonio. Una ruptura clara e inequívoca, que ni el mismo Jesús ha vivido mucho. El trató siempre de volver a dialogar, sufrió por la cerrazón de los fariseos y de los escribas, hizo frente a sus tenaces e insidiosas barreras. Y, sin embargo, impone a los discípulos no perder tiempo con los que no los aceptan. Probablemente en esta recomendación exista también una adaptación a la situación de la comunidad: no deben lamentarse por no entenderse con la comunidad israelítica. Hubo una cerrazón total, un rechazo feroz y agresivo: esto ya lo había previsto Jesús. Que no les dé pena. Que vayan a otros lugares, que no pierdan el tiempo en recuperar lo que es irrecuperable.

6. Salmo 85

Oración por la justicia y la paz

¡Muéstranos tu amor, Yahvé,
danos tu salvación!

Escucharé lo que habla Dios.
Sí, Yahvé habla de futuro
para su pueblo y sus amigos,
que no recaerán en la torpeza.

Su salvación se acerca a sus adeptos,
y la Gloria morará en nuestra tierra.
Amor y Verdad se han dado cita,
Justicia y Paz se besan;
Verdad brota de la tierra,
Justicia se asoma desde el cielo.

Yahvé mismo dará prosperidad,
nuestra tierra dará su cosecha.
Justicia marchará ante él,
con sus pasos le abrirá camino.

7. Oración final

¡Señor Dios nuestro!, aparta a los discípulos de tu Hijo de los caminos fáciles de la popularidad, de la gloria a poco precio, y llévalos sobre los caminos de los pobres y de los afligidos de la tierra, para que sepan reconocer en sus rostros el rostro del Maestro y Redentor. Da ojos para ver los senderos posibles a la justicia y a la solidaridad; oídos para escuchar las peticiones de salvación y salud de tantos que buscan como a tientas; enriquece sus corazones de fidelidad generosa y de delicadeza y comprensión para que se hagan compañeros de camino y testimonios verdaderos y sinceros de la gloria que resplandece en el crucificado resucitado y victorioso. Él vive y reina glorioso contigo, oh Padre, por los siglos de los siglos.

Una palabra selvática

¿Qué tengo que ver en esto?

«El Señor me sacó…» confiesa Amós.

«El nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo», afirma Pablo a propósito de la vocación de todos los cristianos.

En el evangelio vemos a Jesús que «llama» y «envía» a los apóstoles confiándoles una misión.

Siempre quedo fascinado por el diálogo que se desarrolla entre Amasías y el profeta Amós. De esta confrontación cerrada, de tonos ásperos, saco una definición un poco insólita del profeta y, por tanto, también del cura: es alguien que nada tiene que ver. En el asunto de Amós sólo tiene que ver el Señor que lo «sacó de junto al rebaño» y le interrumpe bruscamente el doble oficio de pastor y cultivador de higos.

En ese diálogo aparecen dos mentalidades opuestas: la del funcionario y la del profeta.

El sacerdote-funcionario defiende los intereses del rey, está al servicio del poderoso (un servicio que implica la renuncia a la libertad personal y que normalmente se premia con generosidad; se trata, más que de servicio, de servilismo); tutela el orden en el santuario para eliminar voces incómodas que perturban tanto la tranquilidad del soberano como los negocios.

El profeta no tiene intereses personales que defender, no reivindica ni puestos ni distinciones. No procede ni de las escuelas ni de las academias, es un irregular salido de quién sabe dónde. No tiene una profesión y no pertenece a una corporación («no soy profeta ni hijo de profeta…»). Amós no mira a nadie a la cara porque tiene que obedecer únicamente a la palabra de Dios.

No es cuestión de «ganarse el pan» —como piensa el sacerdote custodio del santuario— sino de no traicionar la misión que el Señor le ha confiado.

Amós aparece como un individuo de quien el Señor se ha adueñado.

El sacerdote, por el contrario, es un peón en manos de otros, que lo manejan a voluntad. El está preocupado por mantener el puesto y los consiguientes privilegios, y quizás conseguir alguna promoción, ganada con silencios cómplices o con palabras agradecidas «arriba», por lo que su empeño principal consiste en agradar al rey.

A Amós se le considera un extraño, un intruso, uno que no respeta la jurisdicción territorial, y declarado «persona no grata», consiguientemente expulsado sin miramientos a su tierra de Judá.

El sacerdote-funcionario, por el contrario, está perfectamente integrado en el sistema. El rey o el poderoso de turno se lo anexiona fácilmente y dispone de él a su gusto.

Son dos posturas, dos mentalidades que jamás hallarán un punto de encuentro. La postura del profeta y la del funcionario de lo sagrado resultan inconciliables.

Entre el lenguaje rudo, selvático, de Amós y el diplomático (con veteados de hipocresía y un subfondo de amenaza y de chantaje) de Amasías existe un contraste estridente.

En una palabra, los dos chocarán siempre.

El recinto protegido

Y después está —como ha subrayado el predicador— «la tutela del recinto».

«Vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en ‘casa de Dios’, porque es el santuario real, el templo del país».

¡Cuántos lugares protegidos en los que la palabra de Dios, especialmente cuando molesta, y molesta casi siempre, no debería entrar! Que el profeta descargue sus rayos, si no puede por menos, fuera del recinto, pero que no se atreva a hacer resonar su voz insolente entre los muros, acolchados, del palacio. En el balcón de palacio se asoma uno para admirar los fuegos artificiales, pero se cierran precipitadamente las ventanas apenas el cielo amenaza con relámpagos de tormenta o si se levantan desde abajo voces no precisamente de aclamación.

La crítica se acepta, a condición de que tenga como blanco a los enemigos y a los extraños. Pero se impide con todos los medios, cuando se dirige al interior de la Iglesia.

No hay que molestar el sueño, las digestiones tranquilas, el desarrollo de las funciones y de los negocios. No se le ocurra a nadie meter la nariz en el mercado, en las oficinas y en los pasillos en donde se desarrollan las grandes maniobras, bajo la cobertura del honor debido a Dios. No se le ocurra a nadie aguar el espectáculo. No se le ocurra a nadie tocar temas candentes como el dinero, ciertos nombramientos, los apoyos equívocos, las complicidades con la injusticia, las compañías discutidas y discutibles.

Por otra parte, es necesario reconocer que hay en circulación profetas, muy apreciados, que sorprendentemente se sienten afectados por la afasia cuando se trataría de denunciar los abusos, las incoherencias y las perversiones del poder cuando afectan a personajes importantes o de quienes se tiene su protección. O también se hacen, vergonzosamente, portavoces espontáneos, sus megáfonos de confianza. En una palabra: la voz del amo (que no es Dios).

Amós se revela incontrolable, no domesticable. Deja entender que para la palabra no existen recintos protegidos, zonas de exclusión. La palabra de Dios tiene que penetrar por todas partes, sin miramientos para nadie. Todos han de someterse a su juicio implacable.

Eso dijo nuestro párroco, con una franqueza admirable. Y yo lo suscribo. Pero no sin añadir que cada uno de nosotros desearía garantizarse un pequeño recinto, de donde quede excluido el acceso a la palabra de Dios, que tiene tendencia a ser excesivamente «invasora».

Hay sectores en nuestra vida que quisiéramos sustraer a las instrucciones de esa palabra, peligrosa y fastidiosa. «Ve y refúgiate…», también lo decimos nosotros. Hay tantos sitios «inocuos» en que puede moverse a su gusto. Pero en esos asuntos reservados pretenderíamos que no entrase.

Sin embargo, la palabra, quién sabe por qué, se empeña en penetrar precisamente en esos «espacios sagrados» (quiero decir consagrados a nuestras comodidades intocables y a nuestros intereses también intocables) de los que intentaríamos mantenerla prudentemente alejada.

La suerte de disponer de medios escasos

Jesús envía a los apóstoles en misión, desprovistos de (casi) todo. Sin apoyos, privados de protecciones, con medios pequeños y modestos, con equipamiento reducido a lo esencial. Y, naturalmente, contando con la eventualidad —no precisamente remota— del fracaso y del rechazo.

Una misión que ha de desarrollarse en un estilo de pobreza, inseguridad, precariedad. El cura ha resumido todo con una conclusión fulminante: medios excesivamente imponentes, estructuras llamativas, programaciones grandiosas y altisonantes, privilegios, garantías de todo género, holgura, lejos de ser un servicio al Reino, terminan por reducir las posibilidades de la gracia.

Las privaciones y las restricciones económicas deberían constituir nuestro tesoro más precioso, y que habría que defender con uñas y dientes.

Me resulta difícil imaginar a Amós asegurándose un apartamento confortable en los locales del santuario, y yendo al rey para mendigar una colocación decorosa, o tratando de garantizarse un espacio de libertad (vigilada), y acaso recibiendo alguna ayuda para sus obras…

A. Pronzato

Actores secundarios

Cuando se entregan premios de cine o teatro, una de las categorías es la de actor o actriz secundarios. Se refiere al actor cuyo papel puede tener cierta relevancia, pero sin alcanzar la categoría del protagonista. A veces representa una trama secundaria respecto a la acción principal, pero lo más común es que su función sea la de ayudar a que el protagonista destaque. Sin embargo, esto no significa que el actor secundario no sea importante: a menudo los personajes secundarios son fundamentales para el argumento, y sin ellos no podría desarrollarse la trama de la obra.

La Palabra de Dios en este domingo nos hace una llamada a ser “actores secundarios” en la principal obra de nuestra vida cristiana, que es la misión evangelizadora. El protagonista es Dios, Él es quien inicia la acción, desde el comienzo de la Creación. Pero también desde el principio quiso contar con hombres y mujeres que, con sus palabras y obras, hiciesen posible la “obra” que es su Plan de Salvación. Así, en la 1ª lectura hemos escuchado el testimonio del profeta Amós: El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”.

Y ese protagonismo de Dios adquiere un rostro y un cuerpo al encarnarse. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, aparece como el actor principal del Plan de Salvación de Dios, como nos recuerda el evangelista San Marcos: Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios (1, 14). Pero aunque Él sea el protagonista, desde el principio quiso estar acompañado de otros “actores secundarios”, y por eso fue llamando a sus discípulos y los fue instruyendo.

Hoy nosotros somos los “actores secundarios” de esta etapa de la obra del plan de salvación, y para llevar a cabo nuestra acción del mejor modo, debemos contrastarnos con los primeros discípulos.

Jesús no quiso que sus discípulos fueran sólo “figurantes”, quiso que fueran “actores”, aunque secundarios”, y que participaran también de su misión evangelizadora. Por eso, como hemos escuchado, los fue enviando de dos en dos; tampoco nosotros podemos contentarnos con ser “figurantes”, miembros pasivos de la Iglesia que se limitan a “cumplir”: hemos de ser actores.

Jesús los envió dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Aunque los discípulos tengan cierta “autoridad”, el hecho de ser “enviados” indica que no actúan en nombre propio: van en nombre de Jesús, el protagonista principal. Nosotros, como miembros de la Iglesia, debemos recordar siempre que tampoco actuamos en nombre propio: no nos anunciamos a nosotros mismos, sino al Señor.

Jesús también les indica cuál ha de ser su “vestuario”: Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja, que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Nosotros debemos tener presente que, para desempeñar la obra evangelizadora, no hace falta un gran equipamiento material, porque lo principal es la actitud de disponibilidad, representada por el bastón y las sandalias, y nuestro testimonio personal de vida iluminada y guiada por la fe.

Y Jesús también les dio un “guion”, para que sepan cómo han de desempeñar su “papel”. No han de ser actores que sólo sepan “repetir el texto de memoria”, tienen libertad de actuación, pero deben tener claras unas actitudes básicas como enviados suyos: Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Los “actores secundarios” debemos comprometernos con seriedad y desempeñar nuestro papel hasta el final, no debemos ir cambiando de una cosa a otra sin motivo.

Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies. Tampoco debemos obligar a nadie a escuchar nuestro mensaje: el Evangelio se propone, no se impone, y hay que respetar la libertad del “público” para aceptarlo o rechazarlo. 

Como miembro de la Iglesia, ¿me siento “actor” o “figurante”? ¿Acepto que soy “secundario”, o en ocasiones me convierto en “protagonista”? ¿Sigo el “guion” evangélico, doy buen testimonio?

Todos estamos llamados a participar como actores secundarios en la gran obra de salvación de Dios. Como en el caso de Amós, no hacen falta cualidades especiales: No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. Sea cual sea el “escenario” de nuestra vida, respondamos al Señor con disponibilidad, para que pueda desarrollarse la obra de la misión evangelizadora.