II Vísperas – Domingo XVI del Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: HACEDOR DE LA LUZ: TÚ QUE CREASTE

Hacedor de la luz: tú que creaste
la que brilla en los días de este suelo,
y que, mediante sus primeros rayos,
diste principio al universo entero.

Tú que nos ordenaste llamar día
al tiempo entre la aurora y el ocaso,
ahora que la noche se aproxima
oye nuestra oración y nuestro llanto.

Que cargados con todas nuestras culpas
no perdamos el don de la otra vida,
al no pensar en nada duradero
y al continuar pecando todavía.

Haz que, evitando todo lo dañoso
y a cubierto de todo lo perverso,
empujemos las puertas celestiales
y arrebatemos el eterno premio.

Escucha nuestra voz, piadoso Padre,
que junto con tu Hijo Jesucristo
y con el Santo Espíritu Paráclito,
reinas y reinarás en todo siglo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Yo mismo te engendré entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo mismo te engendré entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Ant 2. Dichosos los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos serán saciados.

Salmo 111- FELICIDAD DEL JUSTO

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos serán saciados.

Ant 3. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a la asamblea de los innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino, al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

V. Nuestro Señor es grande y poderoso.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Su sabiduría no tiene medida.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Desde todas las aldeas, se dirigieron hacia Jesús; y él se movió a compasión, porque estaban como ovejas sin pastor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Desde todas las aldeas, se dirigieron hacia Jesús; y él se movió a compasión, porque estaban como ovejas sin pastor.

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien vienen todos los dones, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado desde donde sale el sol hasta el ocaso,
fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haz que seamos dóciles a la predicación de los apóstoles,
y sumisos a la fe verdadera.

Tú que amas la justicia,
haz justicia a los oprimidos.

Libera a los cautivos, abre los ojos al ciego,
endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que nuestros hermanos que duermen ya el sueño de la paz
lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:

Padre nuestro…

ORACION

Mira con misericordia a estos tus hijos, Señor, y multiplica tu gracia sobre nosotros, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y el amor, perseveremos en el fiel cumplimiento de tus mandamientos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Domingo XVI de Tiempo Ordinario

Para poder entender bien este Evangelio, es menester ponerlo en relación con los de los pasados Domingos. Recordaréis sin duda alguna que en el Evangelio que escuchábamos hace dos semanas, comenzaba Jesús su ministerio en Nazaret, en la población donde vivía. En el del pasado Domingo enviaba Jesús a sus discípulos a misionar, de dos en dos, enumerando las maravillas que acompañarían la fe de quienes creyeran en ellos. En el que hoy escuchamos vuelven los discípulos de su misión, visiblemente satisfechos de sus resultados y narrando a Jesús lo que han llevado a cabo. Más adelante, XVII próximo Domingo, dejaremos el Evangelio de Marcos para tomar, a lo largo de algunas semanas, el de Juan , y veremos a Jesús ejerciendo su misión pastoral alimentando a las muchedumbres de pan tanto material como de alimento espiritual.

En todo esto vemos el primer aspecto de la misión de Jesús y de sus Apóstoles. Misión ésta que consiste en alimentar a las muchedumbres de pan – tanto de pan material como del pan de la palabra. En la vida del mismo Jesús se da una alternancia de largas jornadas de predicación y de atención a todas las necesidades tanto físicas como espirituales de la muchedumbre, por una parte, y por otra, de largas horas pasadas, sobre todo a la noche, en la soledad, orando a su Padre. Hoy, cuando vuelven los discípulos de su larga misión, en el curso de la cual han predicado la Palabra, curado enfermos y expulsado demonios, les invita Jesús a pasar a la otra orilla, a un lugar solitario, apartado, para descansar un poco. No obstante harán la experiencia de que una vez que se han entregado a la misión ya no les es posible separarse de las necesidades de la muchedumbre. An de cargar con ellas en su soledad, incluso en su descanso.

Cuando Jesús va a la soledad, la muchedumbre le sigue. Pero allí, en el desierto, quienes le siguen reciben una palabra diferente y un pan diferente: la palabra y el pan que se desarrollan en el silencio y que nos unen a ese silencio primordial en el que todo ha sido creado. En este Evangelio se nos muestra Jesús como el nuevo Moisés, el último y verdadero pastor, que conduce a su pueblo a través del desierto hacia la experiencia mística de la oración solitaria, y lo alimenta en el camino con el maná nuevo.

Nosotros, monjes que hemos dejado” el mundo para “embarcarnos” hacia el desierto del monasterio, no podemos olvidar a nuestros hermanos y hermanas que tienen hambre del pan espiritual y material, y no debemos extrañarnos de que no pocas veces rodeen el lago para venir a unirse a nosotros allí donde acampamos. ¿No nos recuerda san hablo, el Apóstol de la Unidad, n la segunda lectura de esta mañana que Cristo ha venido para hacer Uno de nosotros, haciendo desaparecer no tan sólo las divisiones entre Judíos y Gentiles sino toda forma de división entre los hombres?

La predicación de Jesús se nos ha llegado en las lecturas que hemos escuchado. Entrando ahora en el misterio de la Eucaristía, pasemos juntos a la otra orilla, dejando tras de nosotros, al menos por un momento nuestros problemas y nuestras preocupaciones. Y entonces recibiremos el Maná que el nuevo Moisés ha reservado para nosotros.

A. Veilleux

Jesucristo nos da la paz y el sosiego

1.- El reinado de la justicia y la salvación. El texto de Jeremías es un oráculo mesiánico que denuncia la ineptitud y corrupción de los reyes de Judá, pero al mismo tiempo anuncia la restauración de la dinastía de David. Dios eligió a David y «le sacó de los apriscos del rebaño; de andar tras las ovejas lo llevó a pastorear a su pueblo”. A diferencia de David, muchos de esos reyes han extraviado al pueblo en vez de encaminarlo. Nabucodonosor ha destronado a Jeconías y ha impuesto como rey a Sedecías. Aunque es de estirpe davídica, su legitimidad de hecho se apoya en el favor de Nabucodonosor. Jeremías anuncia la caída del débil rey y denuncia los abusos de los malos pastores. Dios cumplirá su promesa de modo nuevo y con una intervención personal. Primero salvará «el resto», o sea, la continuidad del pueblo de la alianza. Después, frente al sucesor ilegítimo. Dios suscita a David un «vástago legítimo», es decir, «justo». Ese vástago de David estará al servicio de la «justicia y el derecho», cosa que no ha cumplido Sedecías, y unificará Israel con Judá en un reino de paz. Frente al nombre impuesto por Nabucodonosor, que no responde a la realidad, el vástago llevará un nombre auténtico, aclamado por todo el pueblo: «El Señor es nuestra justicia». La repatriación prometida no es más que el anticipo y el anuncio de los tiempos mesiánicos en los que, al fin y de una forma imprevisible, todo llegaría a su cumplimiento en Jesús, el Hijo de David, el Buen Pastor. El Mesías será descendiente de David, será rey para establecer el reinado de la justicia y traer así la salvación.

2.- El Salmo que nos da paz. Merece la pena observar los rebaños de ovejas que pastan en nuestros campos. Retozan a placer, pacen a su gusto, descansan a la sombra. Nada de prisas, de agitación o de preocupaciones. Ni siquiera miran al pastor; saben que está allí, y eso les basta. Libres para disfrutar prados y fuentes. Alegres y despreocupadas, las ovejas no calculan ¿cuánto tiempo queda? ¿adónde iremos mañana? ¿bastarán las lluvias de ahora para los pastos del año que viene? Las ovejas no se preocupan, porque hay alguien que lo hace por ellas. Las ovejas viven de día en día, de hora en hora. Y en eso está la felicidad. Hemos recitado en el Salmo “El Señor es mi pastor”. Sólo con que yo llegue a creer eso, cambiará mi vida. Se irá la ansiedad, se disolverán mis complejos y volverá la paz a mis atribulados nervios. Vivir de día en día, de ‘hora en hora, porque él está ahí. El Señor de los pájaros del cielo y de los lirios del campo. El Pastor de sus ovejas. Si de veras creo en él, quedaré libre para gozar, amar y vivir. Libre para disfrutar de la vida. Cada instante es transparente, porque no está manchado con la preocupación del siguiente. El Pastor vigila, y eso me basta. Es bendición el creer en la providencia. Es bendición seguir las indicaciones del Espíritu en las sendas de la vida.

3.- Unidad en el amor. Estamos muy acostumbrados a los extremismos clasificatorios: buenos y malos, amigos y enemigos, progresistas y conservadores, nacionalistas y separatistas, etcétera. Algo parecido pasaba en la Iglesia primitiva: lo normal era pensar y actuar según la gran división religiosa: judíos y gentiles. La lectura de la carta a los Efesios viene a corregir nuestras apreciaciones y a darles su verdadera perspectiva cristiana. Al mundo hay que mirarlo desde la perspectiva del sacrificio salvador de Cristo. En su Sangre ya no hay ni cerca ni lejos, ni buenos ni malos, ni judío ni gentil; sino sólo un único pueblo de hermanos, unidos por la misma sangre de Cristo, por el mismo amor del Padre común. Cristo es nuestra paz y fuente de nuestra unidad. Nuestra celebración eucarística tendrá que significar una muerte a las divisiones internas y externas, y una vida nueva de unidad y amor.

4.- Necesitamos un pastor que nos llame. Jesús es Dios con nosotros y delante de nosotros, el único Pastor, el Buen Pastor que reúne a las ovejas descarriadas: «Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma». También hoy anda la gente desorientada, también hoy caminamos por el mundo como ovejas sin pastor. Cada vez tenemos más problemas y menos soluciones: ¿Qué debemos creer? ¿qué debemos hacer?; ¿a qué debemos atenernos y a quién podemos hacerle caso? El contraste de pareceres nos confunde, y vemos que ni tan siquiera los curas se ponen de acuerdo; ahora vivimos desamparados, y la pregunta nos acosa por todas partes. Esto nos da vértigo y nos produce angustia y desasosiego, porque no estamos acostumbrados a vivir a la intemperie de tantas opiniones y tan contradictorias. En esa situación es comprensible que algunos, quizás demasiados, sientan nostalgia de las viejas seguridades. Y esto es altamente peligroso para la verdadera libertad, porque el miedo y la angustia es el mejor caldo de cultivo de la demagogia. Muchos, no pudiendo aguantar por más tiempo la desorientación y la duda y no atreviéndose a buscar la verdadera seguridad en Dios, se pierden adhiriéndose de nuevo a cualquier pastor. Tengamos calma y escuchemos atentos al Señor que nos habla con calma. Cuando todas las verdades parecen cuestionables, cuando no hay quien encuentre el camino, cuando la vida se convierte en problema…, Jesús nos dice: «Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida».

José María Martín OSA

Domingo XVI de Tiempo Ordinario

Lo primero que llama la atención en este relato es la preocupación de Jesús por el descanso de sus discípulos. Vienen de una misión que les había exigido trabajo y desplazamientos. Y lo que enseguida quiere Jesús es que se retiren con él a un sitio tranquilo, para un merecido reposo. Jesús era sencillamente humano. Y le gustaba todo lo que nos gusta a los humanos. Unas buenas vacaciones, un viaje de descanso, una convivencia agradable, es algo que todos deseamos. También lo desea Jesús.

Lo segundo que llama la atención es el uso del tiempo. En esto, casi todos somos muy celosos. Más ahora que en tiempos de Jesús. Y más en la sociedad industrial que en una sociedad rural. Las personas que viven en aldeas y trabajan en el campo, disponen de más tiempo para ellos que quienes viven sometidos a horarios y desplazamientos ajustados y agotadores. Por eso el tiempo se paga a precios de oro en no pocas profesiones y en las empresas. En contraste con todo esto, Jesús, en aquel tipo de vida y sociedad, no tenía tiempo ni para comer. Y cuando llegó al «sitio tranquilo», se encontró con nuevas gentes que le esperaban para quitarle su tiempo. Jesús no se inmuta. Y se pone a «enseñarles con calma», es decir, sin prisa…

Lo tercero que llama la atención es lo entrañable que era Jesús. La reacción suya, al encontrarse allí tal gentío, no fue inquietarse y menos aún impacientarse. Todo lo contrario. El texto dice que «se le conmovieron las entrañas». Decimos que una persona es «entrañable» cuando reacciona a partir de sus sentimientos más viscerales. Eso es lo que dice el relato, que le conmocionaron las tripas. Así era Jesús. Porque su sensibilidad no estaba puesta en sus vacaciones, sino en el desamparo de la pobre gente.

José María Castillo

22.- Dar a cada uno lo suyo

«¿Qué te parece: nos es licito pagar el
tributo al César o no?» (Mt 22, 17).

Señor
Tus enemigos veían que tus obras eran buenas. Hacías milagros, curabas a los enfermos, vivías haciendo el bien a todos y por todas partes. Si tus obras eran buenas, no podían decir que tú eras malo.
Pero ellos querían hacerte quedar mal ante el pueblo, fuese como fuese, porque tú no eras como ellos, los fariseos, y esto no podían perdonártelo nunca.
Así que planearon una nueva estrategia: cogerte por tus palabras. 

Señor
Tus enemigos buscaron un medio para lograr que tu palabra fuese contradictoria, que la lanzaras contra alguien, a ser posible contra alguna autoridad incuestionable, o alguna institución sagrada.
Así podrían manifestar triunfalmente al pueblo: «Veis, Jesucristo no es bueno, su palabra es falsa…» Vinieron, pues, con piel de cordero y entrañas de lobo a preguntarte zalameramente y tratando de disimular su trampa:
— Tú que siempre dices la verdad, tú que no cuidas de si las personas te aprueban o desaprueban, tú que eres independiente de todo y buscas sinceramente lo verdadero… contéstanos: «¿Nos es lícito pagar impuestos al César, sí o no?». 

Señor
Tú, ni entonces ni nunca, te turbaste; conocías mejor que ellos mismos su malicia y sus intenciones torcidas.
Sabías que sus espléndidos halagos en favor de la imparcialidad de tus criterios no eran nobles ni rectos.
Por esto les llamas hipócritas, tal vez uno de los defectos humanos que tú más has denunciado.
Y descubres luego su intento de cogerte en la respuesta, cualquiera que ésta hubiese sido. Tu primera respuesta —también en forma de pregunta— no debió gustarles nada: «¿Porqué me tentáis, hipócritas?».

Señor
Contigo no valen las astucias ni las falsificaciones del género que sean.
Eres llano y transparente; este es el trato que nos das y que quieres que te demos.
No te gustan las alabanzas ficticias ni políticas; te repugnan los que echan la piedra y esconden la mano.
Te molestan los que se disfrazan con aires de moralistas y te piden que te definas como maestro de lo lícito y de lo ilícito, cuando en su intención están muy lejos de desear cumplir sus obligaciones.
No te gustan los que aparentan tener una conciencia recta y sólo buscan encontrar una ley o una autoridad que justifique el obrar contra ella. 

Señor
También nosotros sabemos proceder muchas veces como los fariseos, con preguntas legalistas que esconden nuestra falta de sentido moral y el deseo de cumplir con honradez lo que es justo.
Tampoco nosotros buscamos una respuesta verdadera, sino la respuesta que se acomoda a lo que queremos hacer por propia voluntad. Todos, quien más quien menos, somos igualmente hipócritas en nuestra vida profesional y laboral, en nuestra vida familiar y en nuestra vida personal.
No nos interesa tu respuesta, tu verdad; sino nuestra pregunta y la respuesta, la «verdad», que nuestro egoísmo y nuestro orgullo nos hacen ver como más conveniente para nosotros. 

Señor
Te dijeron que eras maestro y quisiste darles una lección muy distinta de la que esperaban, por cierto.
Les mandaste traer una moneda, algo que no faltaría en ninguna de sus bolsas.
Y haciéndoles mirar la efigie y su inscripción, les hiciste de nuevo una segunda pregunta: «¿De quién es esta imagen?».
Ahora, en turno obligado de interpelados, tuvieron que confesar una primera verdad: «La imagen es del César». 

Señor
Tu conclusión, apoyada en sus mismas palabras, no pudo ser más breve y clara: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
La respuesta, que no esperaron ni deseaban oír, les dejó perplejos, y aún sabemos que maravillados.
Por esto tuvieron que callar y retirarse del lugar, sin poder argumentar nada ante el pueblo en contra de tu magisterio.
Les venciste, pero no pudiste convencer su corazón porque era duro y obstinado desde la raíz.
Tu lección quedó para los otros, los del pueblo, quizá mejor dispuestos a recibirla y aprenderla. 

Señor
Tú a los fariseos que te preguntaban por sus obligaciones, y a nosotros, que preguntamos por la nuestras, sigues contestando que «sí», que las tenemos, que son muchas.
Y no nos puedes decir, como desearíamos, que las dejemos de lado, que basta cumplirlas a medias, que no tienen tanta importancia.
No puedes quitarnos este peso, aunque quisieras.
Por esto vas recordándonos cada día estas obligaciones, algunas de orden temporal con la sociedad, con la autoridades civiles; otras de orden supratemporal y religioso con Dios. 

Señor
Cada uno sabrá qué obligaciones cumple en la vida y cómo las cumple, si unas bien y otras mal, o si ninguna del todo bien, o del todo mal.
No podemos evadirnos de esta realidad: la vida nos emplaza para mil deberes y obligaciones. Y hacernos preguntas en este sentido y contestarlas con sinceridad es para los hombres de ayer y para los hombres de hoy. 

Señor
Que lleguemos a concretar en el «aquí» y «ahora» todas nuestras responsabilidades, donde quiera que estés.
Que demos al negocio, al trabajo de cada día, todo el tiempo, esfuerzo, sacrificio, estima y cariño que requieran.
Que sepamos dar al trabajador, al empresario, a la esposa, al esposo, a la familia, a los amigos, lo que tienen derecho a tener, lo que es suyo y no nuestro, lo que un día nos comprometimos a dar. 

Señor
Ayúdanos a cumplir como esclavos forzados, sino con un corazón amoroso, un corazón contento, que pone gusto en lo que hace.
Ayúdanos a evitar las quejas, el mal humor del que siempre piensa que le explotan cuando le exigen dar lo que puede y debe dar. Ayúdanos a cumplir las obligaciones con más orden en todo para tener así más paz interior y exterior.
Que no estemos satisfechos hasta saber que con nuestra vida te agradamos a ti, cumpliendo con nuestro deber.
Dando a cada uno y a cada cosa lo que es suyo.

Miguel Beltrán

Gaudete et exsultate (Francisco I)

22. Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona[26].


[26] Cf. Hans U. von Balthasar, “Teología y santidad”, en Communio 6 (1987), 486-493.

Lectio Divina – 22 de julio

Lectio: Domingo, 22 Julio, 2018

Jesús tiene compasión de la gente
El banquete de la vida – Jesús invita a compartir
Marcos 6,30-34

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

El texto que meditaremos en este 16º Domingo del Tiempo Ordinario es breve. Sólo cinco versículos. A primera vista, estas pocas líneas parecen ser una breve introducción al milagro de la multiplicación de los panes en el desierto. (Mc 6,34-44). Pero si la Liturgia de este domingo ha separado del resto y subrayado estos cinco versículos, quiere decir que recogen algo muy importante que quizás no se notaría si sirviesen sólo para introducir el milagro de la multiplicación de los panes.
En efecto, estos cinco versículos revelan una característica de Jesús que siempre ha llamado la atención y sigue llamando: su preocupación por la salud y formación de los discípulos, su humanidad acogedora hacia la gente pobre de Galilea, su ternura hacia las personas. Si la Iglesia, por medio de la liturgia del domingo, nos invita a reflexionar sobre estos aspectos de las actividades de Jesús es para animarnos a prolongar esta misma conducta de Jesús en nuestra relación con los otros. Durante su lectura prestaremos atención a los mínimos detalles del comportamiento de Jesús hacia los otros.

b) Una división del texto para ayudarnos en su lectura:

Marcos 6,30: Revisión de la obra apostólica
Marcos 6,31-32: Preocupación de Jesús por el descanso de los discípulos
Marcos 6,33: La gente tiene otros criterios y sigue a Jesús
Marcos 6,34: Movido a compasión, Jesús cambia su plan y acoge a la gente

c) El texto:

Marcos 6,30-3430 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. 31 Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. 32 Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. 33Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. 34 Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el aspecto del comportamiento de Jesús que más te ha gustado y que ha despertado la admiración de la gente en tiempos de Jesús?
b) La preocupación de Jesús por los discípulos y la preocupación por acoger bien a la gente: las dos son importantes. ¿Cuál de las dos prevalece en el comportamiento de Jesús?
c) Compara el comportamiento de Jesús con el comportamiento del Buen Pastor del Salmo 23. ¿Qué es lo que más asombra?
d) El comportamiento de nuestra comunidad ¿es el mismo que el de Jesús?

5. Para aquéllos que quisieran profundizar más en el tema

a) El contexto que ilumina el texto:

i) El capítulo 6º de Marcos muestra un enorme contraste. Por un lado Marcos habla del banquete de la muerte, promovido por Herodes con los grandes de Galilea, en el palacio de la capital, durante el cuál será asesinado Juan el Bautista (Mc 6,17-29). Por otro lado, el banquete de la vida, promovido por Jesús para la gente de Galilea, muerta de hambre en el desierto, para que no perecieran en el camino (Mc 6,35-44). Los cinco versículos de la lectura de este domingo (Mc 6,30-34) están colocados exactamente entre estos dos banquetes
ii) Estos cinco versículos ponen de relieve dos cosas:
– ofrecen un retrato de Jesús formador de los discípulos;
– indican que anunciar la Buena Nueva de Jesús no es sólo una cuestión de doctrina, sino sobre todo de acogida, de bondad, de ternura, de disponibilidad, de revelación del amor de Dios.

b) Comentario del texto:

Marcos 6,30-34: La cogida dada a los discípulos
Estos versículos indican que Jesús formaba nuevos leaders . Comprometía a los discípulos en la misión y solía de pronto llevarlos a un lugar más tranquilo para poder descansar y hacer una revisión (cf Lc 10,17-20). Se preocupaba de su alimentación y de su descanso, porque el trabajo de la misión era tal, que no tenían tiempo para comer cf (Jn 21,9-13)

Marcos 6,33-34: Movido a compasión, Jesús cambia su plan y acoge a la gente
La gente se dio cuenta que Jesús se ha ido a la otra orilla del lago y lo siguió. Cuando Jesús, descendiendo de la barca, vio aquella muchedumbre, renunció al descanso y comenzó a enseñar. Aquí aparece el abandono de la gente. Jesús queda conmovido, “porque eran como ovejas sin pastor”. Quien lea estas palabras recordará el salmo del Buen Pastor (Sl 23). Cuando Jesús cae en la cuenta de que la gente no tiene pastor, comienza Él a serlo. Guía a la multitud en el desierto de la vida, y la muchedumbre podía cantar así: “¡El Señor es mi Pastor! ¡Nada me falta!”

c) Ampliando conocimientos

● Un retrato de Jesús, formador

“Seguir” era el término que formaba parte del sistema educativo de la época. Se usaba para indicar la relación entre el discípulo y el maestro. La relación maestro-discípulo es diferente de la de profesor-alumno. Los alumnos asisten a las clases del profesor sobre una determinada materia. Los discípulos “siguen” al maestro y viven con él. Y es precisamente en esta “convivencia” de tres años con Jesús en la que los discípulos recibieron su formación.

Jesús, el Maestro, es el eje, el centro y el modelo de la formación. En sus comportamientos es una prueba del Reino, encarna el amor de Dios y lo revela (Mc 6,1; Mt 10,30-31; Lc 15,11-32). Muchos pequeños gestos reflejan este testimonio de vida con el que Jesús indicaba su presencia en la vida de sus discípulos, preparándolos a la vida y a la misión. Era su modo de dar una forma humana a la experiencia que Él mismo había tenido con el Padre:
* los compromete en la misión (Mc 6,7; Lc 9,1-2;10,1)
* a su vez, la repasa con ellos (Lc 10,17-20)
* los corrige cuando yerran o cuando quieren ser los primeros (Mc 10,13-15; Lc 9,46-48)
* espera el momento oportuno para corregirlos (Mc 9,33-35)
* les ayuda a discernir (Mc 9,28-29)
* los interpela cuando son lentos (Mc 4,13; 8,14-21)
* los prepara para el conflicto (Jn 16,33; Mt 10,17-25)
* les manda observar y analizar la realidad (Mc 8,27-29; Jn 4,35; Mt 16,1-3)
* reflexiona con ellos sobre cuestiones del momento (Lc 13,1-5)
* pone ante sus ojos las necesidades de la muchedumbre (Jn 6,5)
* corrige la mentalidad de venganza (Lc 9,54-55)
* enseña que las necesidades de la gente están sobre las prescripciones rituales (Mt 12,7.12)
* lucha contra la mentalidad que considera la enfermedad como un castigo de Dios (Jn 9,2-3)
* pasa el tiempo solo con ellos para poderlos instruir (Mc 4,34; 7,17; 9,30-31; 10,10; 13,3)
* sabe escuchar, aun cuando el diálogo es difícil (Jn 4,7-42)
* les ayuda a aceptarse (Lc 22,32)
* es exigente y les pide que dejen todo por Él (Mc 10,17-31)
* es severo con la hipocresía (Lc 11,37-53)
* da más preguntas que respuestas (Mc 8,17-21)
* es seguro y no se deja desviar del camino (Mc 8,33; Lc 9,54-55).

He aquí un retrato de Jesús formador. La formación del “seguimiento de Jesús” no era en primer lugar la transmisión de verdades para aprenderlas de memoria, sino una comunicación de la nueva experiencia de Dios y de la vida que irradiaba de Jesús a los discípulos. La comunidad que se formaba alrededor de Jesús era la expresión de esta nueva experiencia. La formación llevaba a las personas a tener otros ojos, otras formas de conducirse. Hacía nacer en ellos un nuevo conocimiento en cuanto a la misión y de ellos mismos. Obraba de modo que se pusieran al lado de los marginados. Producía, en algunos, la “conversión” por haber aceptado la Buena Nueva (Mc 1,15).

● Cómo Jesús anuncia la Buena Nueva a la muchedumbre

El hecho de que Juan estuviera preso obliga a Jesús a regresar y comenzar el anuncio de la Buena Nueva. ¡Fue un comienzo explosivo y creativo! Jesús recorre toda la Galilea: aldeas, pueblos, ciudades (Mc 1,39). Visita las comunidades. Incluso cambia de residencia y va a vivir a Cafarnaún (Mc 1,21; 2,1), ciudad que está en la encrucijada de varios caminos, y esto le facilitaba la divulgación del mensaje. Casi nunca se para, está siempre en camino. Los discípulos van con Él, por dondequiera que vaya. En las praderas, a lo largo de los caminos, en la montaña, en el desierto, en barca, en la sinagoga, en las casas. ¡Con mucho entusiasmo!

Jesús ayuda a la gente sirviendo de muchas maneras: arroja los espíritus inmundos (Mc 1,39), cura los enfermos y los que son maltratados (Mc 11,34), purifica a los marginados a causa de la impureza (Mc 1,40-45), acoge a los marginados y confraterniza con ellos (Mc 2,15). Anuncia, llama y convoca. Atrae, consuela ayuda. Es una pasión que se revela. Pasión por el Padre y por la gente pobre y abandonada de su tierra. Allí donde encuentra gente que lo escucha, habla y transmite la Buena Noticia. En cualquier lugar que sea.

¡En Jesús, todo es revelación que le sale desde dentro! Él mismo es la prueba, el testigo viviente del Reino. En Él aparece lo que sucederá cuando una persona deja reinar a Dios, deja que Dios guíe su vida. En su manera de vivir y obrar junto a los otros, Jesús revela lo que Dios tenía en mente, cuando llamaba en el tiempo a Abrahán y a Moisés. ¡Jesús transformó la nostalgia en esperanza! De pronto la gente entendió: “¡Esto era lo que Dios quería para su pueblo!”

Y este fue el comienzo del anuncio de la Buena Nueva del Reino que se divulgaba rápidamente en las aldeas de Galilea. De forma pequeña como una semilla que después crece llegando a convertirse en un gran árbol, donde la gente podía reponerse (Mc 4,31-32). Y la gente se encargaba de difundir la noticia.

La gente de Galilea quedaba impresionada del modo de enseñar de Jesús . “¡Un nuevo modo de enseñar!¡Dado con autoridad! ¡Diverso del de los escribas!” (Mc 1,22.27). Lo que más Jesús hacía era enseñar (Mc 2,13; 4,1-2;6,34) Y lo que solía hacer (Mc 10,1). Más de quince veces el evangelio de Marcos dice que Jesús enseñaba. Pero Marcos no dice casi nunca lo que enseñaba. ¿Quizás no le interesa el contenido? ¡Depende de lo que la gente entienda por contenido! Enseñar, no quiere decir sólo enseñar verdades nuevas de modo que la gente se las aprenda de memoria. El contenido que Jesús dará no sólo se ve en las palabras, sino en los gestos y en el modo en que entra en relación con las personas. El contenido no está nunca separado de la persona que lo comunica. Jesús era una persona acogedora (Mc 6,34). Amaba a la gente. La bondad y el amor que se transparentaba en sus palabras formaban parte del contenido. Constituyen su temperamento. Un contenido bueno, pero sin bondad es como un líquido derramado. Marcos define el contenido de la enseñanza de Jesús como “Buena Noticia de Dios” (Mc 1,14). La Buena Nueva que Jesús proclama viene de Dios y revela algo sobre Dios. En todo lo que Dios dice y hace, se reflejan trazos del rostro de Dios. Refleja la experiencia que Él mismo tiene de Dios, la experiencia del Padre. Revelar a Dios como Padre es la fuente, el contenido y el fin de la Buena Noticia de Dios.

6. Orar con el Salmo 23 (22)

Yahvé es mi pastor

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

¡Venid a un sitio tranquilo!

1.- ¡AY DE LOS MALOS PASTORES! –Queramos o no, el hombre tiene mucho de borrego. Porque de borrego es dejarse llevar por donde quieren los demás, formar rebaño, cuando no piara; caminar sin pensar a dónde, yendo detrás de los que van delante. Dice un refrán popular cargado de filosofía: «¿Dónde va Vicente? Donde va la gente». Y así vemos muchedumbres que aplauden o silban sin pararse a pensar, sin discernir, sin plantearse, de modo general, si vale la pena el hacer una cosa u otra.

Por eso los que hacen cabeza tienen una grave responsabilidad. Sus decisiones tienen una repercusión insospechada, unas consecuencias inauditas. Pueden conducir a los pueblos a la paz o a la guerra, a la prosperidad o a la pobreza, a la vida de gracia o al pecado, a la tranquilidad o a la desesperación.

De ahí que Dios clama con voz fuerte y con acento amenazador contra los malos pastores, los que dividen, los que alejan a las ovejas del buen camino, los que son ocasión de pecado para otros, los que se comen la carne o roban la lana del rebaño. ¡Ay de vosotros, malos pastores!, ¡día llegará en que rindáis cuenta de vuestro egoísmo, de vuestra ambición, de vuestra sensualidad, de vuestra soberbia, de vuestras mentiras!

Tu voz, Señor, nos llena el alma de esperanza en medio de este ir y venir, de este desconcierto que nos aturde. Tus palabras serenan las aguas turbulentas de nuestra vida. Queremos oírte, escucharte, seguirte. Ser tus ovejas, las que conocen el timbre de tu voz. Por esto queremos ser de la verdad, odiar la mentira, ser sinceros, humildes para reconocer nuestra miseria y refugiarnos en tu infinita bondad.

De todos los países reunirás tu rebaño. Ese rebaño que anda por todos los caminos de la tierra sin un rumbo fijo, cansino y doliente. Haznos ovejas de tu grey, condúcenos a tu redil, ese que sólo tiene un pastor. El Buen pastor que busca el bien de las ovejas, el que da la vida por los suyos y la muerte. El que nos da la resurrección, la gloria sin fin.

Tu voz sigue resonando en el fondo de nuestro corazón asustado: «Las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá. Mirad que llegan días -oráculo de Yahvé- en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro…». Sigue, Señor, sigue hablándonos al corazón, llenando de luz nuestra vida en sombras.

2.- LAS VACACIONES DE CRISTO. – Nos habla hoy el Evangelio del descanso de Jesús y sus discípulos. Enmarque propicio para el tiempo de vacaciones que muchos viven durante los días del verano. «Venid vosotros solos –dice a sus apóstoles– a un sitio tranquilo para descansar un poco». Eran tantos los que iban y venían que ni tiempo les quedaba para comer. Este hecho justifica por sí mismo unas buenas vacaciones, necesarias para recuperar fuerzas, para enriquecerse con otras actividades que distraigan y entretengan.

Porque eso sí, las vacaciones no pueden ser una ocasión para la pereza y la ociosidad. Hay que pensar que el tiempo que nos da Dios siempre es poco y hay que aprovecharlo lo mejor que podamos. Por eso no se trata de no hacer nada, sino de hacer otra cosa. Ante todo, al tener más tiempo libre, un cristiano ha de pensar un poco más que de ordinario en cultivar su espíritu, en fomentar la vida interior, en acercarse más a Dios.

Ha de considerarse también que las vacaciones son una buena ocasión para dedicar más tiempo a los demás, en especial a la familia, a los amigos. Y luego desarrollar esas otras actividades que contribuyen a relajar nuestro cuerpo y nuestro espíritu: la práctica de nuestro deporte favorito, la lectura de un buen libro, la audición tranquila de la música que nos gusta, etc.

Cuántas cosas se pueden, y se deben hacer en vacaciones. Lo que de ninguna forma puede ocurrirnos, es que nos aburramos. Eso denotaría una pobreza lamentable de imaginación. Por último, recordemos que somos hijos de Dios y portarnos como tales no admite interrupción. Es decir, para ser honrados y honestos, no hay vacaciones. Nuestra condición de cristianos ha de ser algo inherente y constante en nosotros mismos.

Antonio García-Moreno

La culpa la tienen los curas

En varias ocasiones, al comentar la situación de alguna parroquia, o de la Iglesia en general, acaba surgiendo un comentario: “La culpa la tienen los curas”, porque “no han explicado las cosas antes”; “se creen los dueños de la parroquia y no cuentan con los laicos”; “están anticuados”; “nunca tienen tiempo”; “no tienen ganas de trabajar”. No se puede negar que lamentablemente algunas de estas afirmaciones son ciertas, pero tampoco hay que olvidar que muchas veces las críticas se producen simplemente porque el cura no actúa como quiere la gente; y en muchísimas ocasiones las iniciativas que el cura propone no encuentran respuesta ni apoyo en los laicos.

La 1ª lectura ha enviado un aviso muy claro a quienes no cumplen debidamente su ministerio sacerdotal: Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño… yo os tomaré cuentas. Cada cura debe ser responsable de sus acciones y omisiones, ante Dios y ante su comunidad. Pero no caigamos en la crítica fácil ni en echar toda la culpa a los curas. Estamos viviendo un cambio de época y eso, por supuesto, afecta también a los sacerdotes y a su trabajo pastoral.

En el documento de trabajo del Proceso de Reencuentro Sacerdotal que se está llevando a cabo en la Diócesis de Valencia se hace referencia a la sensación de fracaso que se da en muchos de nosotros en relación con nuestra actividad ministerial. Muchos sacerdotes tienen la sensación de que todo su trabajo no da fruto y de que, al final, nada funciona. Es una experiencia muy común, más de lo que la gente se cree: el cura, por su vocación, procura llevar adelante con empuje y esperanza los diversos aspectos que componen la pastoral, tratando de llegar a todo, a menudo literalmente sin encontrar tiempo ni para comer, y muchas veces esto acarrea unas consecuencias que son recogidas en el Mensaje de este año con motivo de la Jornada por la Santificación del Clero: La alegría y el celo del ministerio apostólico, tal vez llevado adelante durante años y en situaciones no siempre fáciles, pueden dar paso al cansancio o al desaliento, haciendo que avance el desierto interior de la aridez envolviendo nuestra vida sacerdotal en la sombra de la tristeza. Y aunque no sea justificable, no es de extrañar que, desengañado, acabe limitándose a “cumplir”, sin intentar nada más, quedando sumidos en una “acedia paralizante”, como dice el Papa Francisco (EG 81).

Este Mensaje propone algunas pistas para superar ese “desierto interior” que afecta no sólo al cura, sino también a la comunidad parroquial, Asociación, etc. a la que ha sido enviado, que terminan andando como ovejas sin pastor. Por eso, pensemos en ambas partes al reflexionar estos puntos.

Si permanecemos siempre centrados en las cosas que hacer, corremos el peligro de ser absorbidos por las obligaciones diarias, y así, acumular fatigas y frustraciones que podrían ser letales. Tenemos necesidad, por el contrario, de sumergirnos cada día en el amor de Dios, especialmente por medio de la oración. Esta realidad no supone escapar de las obligaciones pastorales y de los desafíos diarios que se nos presentan, sino más bien pretende recordarnos que Jesús es el centro del ministerio sacerdotal. La vida sacerdotal no es un programa donde todo ha sido ya estructurado por adelantado o un oficio burocrático a desarrollar según un esquema preestablecido; al contrario, es la experiencia viva de una relación cotidiana con el Señor.

Si soy cura: ¿He caído en la comodidad, en la acedia? ¿Por qué? ¿Cuento con los laicos o me sirvo de ellos? ¿Mi agenda está tan llena que no me queda tiempo ni para orar? ¿Realmente todas esas actividades son prioritarias? ¿Cuánto hace que no me “encuentro” con calma con el Señor?

Y si soy laico: ¿Echo la culpa a los curas? ¿Respeto que el cura necesite su tiempo de oración, o le exijo que esté presente en todo y en todas partes, cuando a mí o a mi grupo o equipo le conviene? ¿Valoro el trabajo, a menudo oculto, del cura? ¿Respondo a las iniciativas que el cura propone?

Es verdad que hay malos pastores, y todo el Pueblo de Dios sufre; pero también hay buenos pastores que sufren, ante la pasividad e indiferencia de sus feligreses. No es cuestión de buscar culpables, sino de pedir al Señor que sus sacerdotes, buenos y malos, recuperen la confianza y empuje por el ministerio recibido, porque la fascinación del encuentro con el Señor debe encarnarse en un empeño de vida al servicio del Pueblo de Dios, el cual, caminando a menudo por el valle oscuro de las fatigas, de los sufrimientos y del pecado, necesita de Pastores luminosos y resplandecientes para que aquéllos a quienes son enviados por el Señor no tengan que terminar andando como ovejas sin pastor.

El arte de la vacación

Hacer unas buenas vacaciones es un arte. Algunos piensan que basta con organizarse de manera inteligente para obtener toda esa clase de disfrute y diversión. No es lo más acertado. Pocas cosas hay más penosas que ver a las personas llegar de vacaciones con el espíritu maltrecho y el cuerpo más cansado que nunca por el ritmo alocado del verano. Se pueden vivir unas vacaciones placenteras que, al mismo tiempo, mejoren nuestra calidad de vida.

Durante las vacaciones, el centro de gravedad se desplaza del trabajo al aire libre. Hacer vacaciones es, sobre todo, liberarse de la dependencia y sujeción del trabajo para vivir en la distensión y el descanso. Algunos, al parecer, necesitan continuar de alguna manera su trabajo y no se sienten cómodos sin realizar alguna actividad de carácter utilitario. Es un error. El trabajo es importante, pero no agota el sentido de nuestra existencia ni pone de manifiesto su dimensión más fundamental y esperanzadora. La persona ha de aprender a vivir de manera gratuita y libre disfrutando del descanso, la convivencia tranquila y el contacto gozoso con la naturaleza.

El tiempo empleado en «no hacer nada» no es un tiempo perdido, pero el descanso es algo más que la simple inactividad. Este distanciamiento veraniego nos puede ayudar a encontrarnos con nosotros mismos, obtener una visión más clara de la trayectoria de nuestra vida e incluso captar errores y desaciertos que necesitan ser corregidos.

Las vacaciones ofrecen, por lo general, la posibilidad de vivir de manera más libre y creativa, pero es, precisamente, esta libertad y falta de rutina diaria la que puede crear problemas. Algunos no saben como «matar el tiempo», otros necesitan programar todas sus actividades. El arte está en vivir creativamente disfrutando del cuerpo y del espíritu, de la naturaleza y de los amigos, de la música y del arte, de la fiesta y de la oración.

Hay muchas maneras de escuchar la llamada de Jesús: «Venid a un sitio tranquilo a descansar un poco». No hemos de olvidar, sin embargo, que quien no ama nada ni a nadie no puede descansar y alegrarse, por mucho que lo intente. «Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas» decía san Juan Crisóstomo, «donde el amor despierta el gozo, allí hay fiesta».

José Antonio Pagola