22.- Dar a cada uno lo suyo

«¿Qué te parece: nos es licito pagar el
tributo al César o no?» (Mt 22, 17).

Señor
Tus enemigos veían que tus obras eran buenas. Hacías milagros, curabas a los enfermos, vivías haciendo el bien a todos y por todas partes. Si tus obras eran buenas, no podían decir que tú eras malo.
Pero ellos querían hacerte quedar mal ante el pueblo, fuese como fuese, porque tú no eras como ellos, los fariseos, y esto no podían perdonártelo nunca.
Así que planearon una nueva estrategia: cogerte por tus palabras. 

Señor
Tus enemigos buscaron un medio para lograr que tu palabra fuese contradictoria, que la lanzaras contra alguien, a ser posible contra alguna autoridad incuestionable, o alguna institución sagrada.
Así podrían manifestar triunfalmente al pueblo: «Veis, Jesucristo no es bueno, su palabra es falsa…» Vinieron, pues, con piel de cordero y entrañas de lobo a preguntarte zalameramente y tratando de disimular su trampa:
— Tú que siempre dices la verdad, tú que no cuidas de si las personas te aprueban o desaprueban, tú que eres independiente de todo y buscas sinceramente lo verdadero… contéstanos: «¿Nos es lícito pagar impuestos al César, sí o no?». 

Señor
Tú, ni entonces ni nunca, te turbaste; conocías mejor que ellos mismos su malicia y sus intenciones torcidas.
Sabías que sus espléndidos halagos en favor de la imparcialidad de tus criterios no eran nobles ni rectos.
Por esto les llamas hipócritas, tal vez uno de los defectos humanos que tú más has denunciado.
Y descubres luego su intento de cogerte en la respuesta, cualquiera que ésta hubiese sido. Tu primera respuesta —también en forma de pregunta— no debió gustarles nada: «¿Porqué me tentáis, hipócritas?».

Señor
Contigo no valen las astucias ni las falsificaciones del género que sean.
Eres llano y transparente; este es el trato que nos das y que quieres que te demos.
No te gustan las alabanzas ficticias ni políticas; te repugnan los que echan la piedra y esconden la mano.
Te molestan los que se disfrazan con aires de moralistas y te piden que te definas como maestro de lo lícito y de lo ilícito, cuando en su intención están muy lejos de desear cumplir sus obligaciones.
No te gustan los que aparentan tener una conciencia recta y sólo buscan encontrar una ley o una autoridad que justifique el obrar contra ella. 

Señor
También nosotros sabemos proceder muchas veces como los fariseos, con preguntas legalistas que esconden nuestra falta de sentido moral y el deseo de cumplir con honradez lo que es justo.
Tampoco nosotros buscamos una respuesta verdadera, sino la respuesta que se acomoda a lo que queremos hacer por propia voluntad. Todos, quien más quien menos, somos igualmente hipócritas en nuestra vida profesional y laboral, en nuestra vida familiar y en nuestra vida personal.
No nos interesa tu respuesta, tu verdad; sino nuestra pregunta y la respuesta, la «verdad», que nuestro egoísmo y nuestro orgullo nos hacen ver como más conveniente para nosotros. 

Señor
Te dijeron que eras maestro y quisiste darles una lección muy distinta de la que esperaban, por cierto.
Les mandaste traer una moneda, algo que no faltaría en ninguna de sus bolsas.
Y haciéndoles mirar la efigie y su inscripción, les hiciste de nuevo una segunda pregunta: «¿De quién es esta imagen?».
Ahora, en turno obligado de interpelados, tuvieron que confesar una primera verdad: «La imagen es del César». 

Señor
Tu conclusión, apoyada en sus mismas palabras, no pudo ser más breve y clara: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
La respuesta, que no esperaron ni deseaban oír, les dejó perplejos, y aún sabemos que maravillados.
Por esto tuvieron que callar y retirarse del lugar, sin poder argumentar nada ante el pueblo en contra de tu magisterio.
Les venciste, pero no pudiste convencer su corazón porque era duro y obstinado desde la raíz.
Tu lección quedó para los otros, los del pueblo, quizá mejor dispuestos a recibirla y aprenderla. 

Señor
Tú a los fariseos que te preguntaban por sus obligaciones, y a nosotros, que preguntamos por la nuestras, sigues contestando que «sí», que las tenemos, que son muchas.
Y no nos puedes decir, como desearíamos, que las dejemos de lado, que basta cumplirlas a medias, que no tienen tanta importancia.
No puedes quitarnos este peso, aunque quisieras.
Por esto vas recordándonos cada día estas obligaciones, algunas de orden temporal con la sociedad, con la autoridades civiles; otras de orden supratemporal y religioso con Dios. 

Señor
Cada uno sabrá qué obligaciones cumple en la vida y cómo las cumple, si unas bien y otras mal, o si ninguna del todo bien, o del todo mal.
No podemos evadirnos de esta realidad: la vida nos emplaza para mil deberes y obligaciones. Y hacernos preguntas en este sentido y contestarlas con sinceridad es para los hombres de ayer y para los hombres de hoy. 

Señor
Que lleguemos a concretar en el «aquí» y «ahora» todas nuestras responsabilidades, donde quiera que estés.
Que demos al negocio, al trabajo de cada día, todo el tiempo, esfuerzo, sacrificio, estima y cariño que requieran.
Que sepamos dar al trabajador, al empresario, a la esposa, al esposo, a la familia, a los amigos, lo que tienen derecho a tener, lo que es suyo y no nuestro, lo que un día nos comprometimos a dar. 

Señor
Ayúdanos a cumplir como esclavos forzados, sino con un corazón amoroso, un corazón contento, que pone gusto en lo que hace.
Ayúdanos a evitar las quejas, el mal humor del que siempre piensa que le explotan cuando le exigen dar lo que puede y debe dar. Ayúdanos a cumplir las obligaciones con más orden en todo para tener así más paz interior y exterior.
Que no estemos satisfechos hasta saber que con nuestra vida te agradamos a ti, cumpliendo con nuestro deber.
Dando a cada uno y a cada cosa lo que es suyo.

Miguel Beltrán