Comentario al evangelio (22 de julio)

Profetas al servicio de la reconciliación

      Pensamos en los profetas como personas un poco crispadas, radicales. Su palabra la imaginamos siempre dura, llevándonos a decisiones extremas y dolorosas. Pero no es así. Los discípulos fueron enviados por Jesús a predicar el Reino de Dios, es decir, que todos los hombres y mujeres estamos llamados a formar parte de la familia de Dios, que todos somos de hecho ya hijos e hijas de Dios, que todos somos objeto del amor misericordioso y compasivo de Dios, más allá de las fronteras, de las culturas, de las lenguas e, incluso, de las religiones. Ése es el gran mensaje profético de Jesús. Eso es lo que nosotros, discípulos de Jesús en el siglo XXI debemos predicar. Somos profetas al servicio de la reconciliación y de la unión en el seno de la familia de Dios. No somos profetas de desgracias ni de divisiones, sino de encuentro y de fraternidad. 

      La primera y la segunda lectura iluminan este aspecto de nuestra misión. En la primera lectura, Dios se dirige a los líderes del pueblo. No han cuidado del rebaño, lo han dividido, lo han dispersado. Por eso, Dios anuncia que va a reunir a las ovejas dispersas, que va a poner a su frente a pastores que cuiden del rebaño, que lo mantengan unido. Termina la lectura con el anuncio de la llegada de un rey pastor que hará justicia al rebaño. Es la justicia de Dios que consiste en dar a cada uno no “lo suyo” sino todo lo que necesita para crecer, para realizarse, para desarrollar en plenitud este don inmenso que Dios mismo nos ha regalado que es la vida. Y la segunda lectura de la carta a los efesios habla de Cristo como el eje sobre el que se reconcilian los dos pueblos que estaban separados: el mundo judío y el mundo pagano. Era la gran división que se vivía en los tiempos de Jesús. Por una parte los que se sentían propietarios de las promesas de Dios, por otra los que estaban excluidos. Había incomprensión y enemistad entre los dos pueblos. Había una gran separación. La misma lectura afirma que Jesús ha reunido por su sacrificio los dos pueblos, ha derribado el muro que los separaba y que estaba hecho de odio, ha hecho las paces entre los dos, ha creado un nuevo pueblo, ha traído la paz. 

      Es Cristo el que reconcilia a los pueblos. El que atiende a todos lleno de compasión porque nos ve, al decir del Evangelio de hoy, como “ovejas sin pastor”. A nosotros nos corresponde continuar su misión y ser profetas al servicio de la reconciliación. En el mundo y en nuestra nación, en nuestro barrio y en nuestra familia. Cada vez que logramos que alguien se reconcilie, estamos siendo cristianos de verdad. Eso significa ser cristianos: ser creadores de perdón, de fraternidad, de reconciliación. 

Para la reflexión

      ¿Hay algún aspecto de tu vida que esté necesitado de reconciliación y perdón? Pon nombre y rostro a aquel con quien crees que te deberías reconciliar: esposo o esposa, hijo o hija, padre o madre. Y ahora piensa en algo concreto que puedas hacer para reconciliarte.

Fernando Torres, cmf

Domingo XVI de Tiempo Ordinario

Hoy es 22 de julio, domingo de la XVI semana de Tiempo Ordinario.

Hoy es un día para volver. Volver hacia Jesús, contarle y escucharle. Me sitúo junto a él. Inspiro su presencia y me entrego. En sus manos abandono todo lo que me agita y me altera. Me expongo a su palabra, que quiere hacer todo nuevo en mí. Maestro bueno, dejo en tus manos todo lo despistado, lo desorientado de mi camino. Tú estás dispuesta a enseñarme con calma. Tienes tiempo para mí.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 6, 30-34):

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.»

Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Esta escena, en pleno aire libre, me invita a ir más adentro. Y ahí, sentir una tensión. El tira y afloja entre los que buscan un sitio y son buscados por una multitud. Entre los que buscan un pastor y son encontrados por el corazón compasivo de Jesús.

Cuánto movimiento en este pequeño texto, ir, venir, marchar, comer, adelantarse, y en medio de todo se destaca una palabra y un gesto de Jesús. Vete a un sitio tranquilo a descansar. Deseo enseñarte con calma. Si me atrevo a aceptar, siento que en él todo encuentra su modo y orden. Su sentido.

Al dejar que Jesús me abrace son cu mirada y me enseñe con su palabra, pueden aflorar en mí mil preguntas. ¿A dónde voy yo con tanta prisa? ¿Qué lugar ocupa en mi jornada la oración y el silencio de calidad? ¿Quién encuentra en mí la calma que escucha y ayuda? Espero y dejo que se abra paso en mí la respuesta.

Se me ofrece de nuevo el eco de esta palabra de vida. Ahora quiero acogerla desde la multitud de los que andan como ovejas sin pastor. Junto a ellos, como uno más, se me invita a sentir la compasión de Jesús por mí y a escuchar, descansadamente, el mensaje personal que hoy quiere enseñarme. Habla Señor, que yo te escucho.

Las cosas elementales

Gracias, Señor,
por las cosas elementales:
el rayo del sol
que no pregunta;
la sombra de caoba con los brazos extendidos;
la tarde que murió ayer detrás de la montaña
sin oficio de difuntos;
el agua que trabaja su pureza en lo hondo de la sierra;
el aire que limpia mis pulmones mientras duermo;
la tierra viva
generando en las raíces
los frutos y colores…
La mirada transparente como una puerta de cristal;
la mano que disuelve el hastío al estrecharse;
el cántico común
que abre la existencia al nosotros infinito…
la herencia de los siglos,
en el suero que me salva gota a gota,
en el hilo de cobre que trae luz a mi noche,
en el ojo insomne del radar en el espacio,
en la página del libro que sana mi ignorancia
y en los circuitos electrónicos
que me unen al instante
con todo el universo.

Benjamín González Buelta

En este momento final, cuento al Señor lo que he visto. Lo que ha movido mi corazón en este encuentro con su palabra. Los deseos que se han abierto camino y me dispongo a comenzar una semana nueva con la paz de su presencia y la urgencia de ser su testigo.

Que esta oración te pueda acompañar a lo largo de la semana, repitiendo en tu interior, una y otra vez este anhelo: haz que siempre vuelva a ti…, haz que siempre vuelva a ti…

Liturgia 22 de julio

XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa del Domingo (verde)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria, Credo. Prefacio dominical.

Leccionario: Vol. I

            • Jer 23, 1-6. Reuniré el resto de mis ovejas, y les pondré pastores.

            • Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.

            • Ef 2, 13-18. Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno.

            • Mc 6, 30-34. Andaban como ovejas que no tienen pastor.


Antífona de entrada          Sal 53, 6. 8

Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario dando gracias a tu nombre, que es bueno.

 

Oración colecta

MUÉSTRATE propicio con tus siervos, Señor,
y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos,
para que, encendidos de fe, esperanza y caridad,
perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Oración sobre las ofrendas

OH, Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único
los diferentes sacrificios de la ley antigua,
recibe la ofrenda de tus fieles siervos
y santifica estos dones como bendijiste los de Abel,
para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros
en alabanza de tu gloria,
beneficie a la salvación de todos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Antífona de comunión          Sal 110, 4-5
Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Él da alimento a los que lo temen.

     O bien:          Ap 3, 20
Mira, estoy a la puerta y llamo, dice el Señor. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

 

Oración después de la comunión

ASISTE, Señor, a tu pueblo
y haz que pasemos del antiguo pecado
a la vida nueva
los que hemos sido alimentados
con los sacramentos del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santa María Magdalena

SANTA MARIA MAGDALENA

(s. I)

María Magdalena irrumpe en el Evangelio y en la historia cuando entra, temblorosa pero resuelta, en Casa del fariseo Simón.

 La escena relatada por San Lucas (7,36-50) parte en dos vertientes la vida de esta mujer: antes y después de su encuentro con Jesús.

 De este episodio, que la liturgia nos propone en el Evangelio de su fiesta, hemos de arrancar para conocerla Delicadamente, el evangelista silencia en este lugar su nombre, pero en el capítulo siguiente nos habla de María Magdalena, de quien Jesús había arrojado siete demonios (Lc. 8,2).

 La semejanza íntima entre la María Magdalena nombrada por los cuatro evangelistas con la pecadora innominada que se arroja a los pies de Jesús en casa del fariseo justifican plenamente la identificación que la tradición cristiana y la liturgia hacen de estas dos figuras evangélicas.

 Recogiendo los datos necesarios para reconstruir «su pasado» hallamos que era una mujer pecadora que había en la ciudad(Lc. 7,37), que esta ciudad era Magdala, y que le fueron perdonados sus pecados porque había amado mucho (Lc. 7,47); luego antes de la escena en casa de Simón había conocido a Jesús, había sido transformada por El.

 Era Magdala una ciudad próspera. Recostada en la ribera del mar de Galilea, se había enriquecido con la industria de salazón de pescado. A esto había que añadir la riqueza de su suelo cruzado de corrientes, que le permitían el lujo de ceñirse de árboles.

María, ávida y hermosa, pasearía por aquellas calles su belleza aderezada de lino finísimo, de brazaletes y de collares. La admiración de los hombres y el tintineo de sus tobillos anillados, que suscitaban miradas de envidia y de deseo, le distraían la tristeza. Pero las horas de placer se le escapaban de las manos sin remedio, como las cuentas de un collar roto, dejándole insatisfecho el corazón.

Jesús iniciaba su vida pública eligiendo como centro de su predicación y sus milagros a la pequeña Galilea.

Un día cualquiera llegó hasta Magdala el rumor. Iba creciendo como la brisa vespertina que riza apenas la superficie de! lago para estallar al fin en ola sobre la orilla.

—¡Ha aparecido un Profeta! Se rodea de discípulos. ¡Anuncia el reino de Dios y dice que está dentro de nosotros! Viene hacia Magdala… ¡Ya llega!… Está aquí. ¡El Profeta!

Se dejó arrastrar por un grupo que corría. Fue sólo un instante. Divisó su estatura destacada. Más cerca pudo distinguir sus rasgos. Le agradaron. Eran regulares y firmes, pero…, ¿y sus ojos? No podía verlos. Fue sólo un instante. Él, al pasar, la miró. Hubiera querido retenerle, pero Él seguía ya su camino.

No podía María olvidar los ojos del Profeta. ¿Qué había en aquellos ojos? ¿Reproche? Sí, reproche; pero también compasión, una compasión inmensa. La vida se le hizo insoportable. Cada pecado grababa más hondo en su recuerdo aquella mirada. Le dijeron que Cafarnaúm era su residencia más frecuente.

La tarde estaba ahíta de polvo y la ciudad parecía desierta; pronto descubrió un apiñado enjambre frente a una casa del barrio de los pescadores. Magdalena tardó horas en ir ganando puestos pacientemente hasta llegar al umbral en que Jesús inagotablemente se inclinaba sobre las necesidades de todos. Le golpeaba apresuradamente el corazón. Se había cubierto con un velo tupido que ocultaba por entero su vestido rico, sus cabellos. ¿Qué le pediría ella al Profeta? Nada. Realmente. no tenía nada que pedirle. Ni sabía ahora por qué había venido.

De pronto se produjo un gran revuelo. Alguien por la parte posterior de la casa había logrado levantar la techumbre y en este momento, ante un murmullo expectante, descolgaban una camilla con un hombre totalmente rígido e inmóvil (Mc. 2, 1-2; Mt. 9, 1-18; Lc. 5, 17-26).

Los escribas y personas importantes que rodeaban a Jesús se apartaron, y quedó el hombre tendido en el centro de la habitación delante de Él. El enfermo, intensamente pálido, imploraba con los ojos. Jesús le miró largamente —se hizo un silencio total—; después, posando una mano sobre su frente, dijo en tono solemne:

Hijo, ten confianza; perdonados te son tus pecados.

Magdalena, en la misma puerta, tembló: ¡sus pecados!

Hubo un instante de sorpresa y desencanto. Miradas de reprobación de los escribas. Pareció que uno de ellos iba a hablar, pero Jesús le tomó la palabra.

—¿Por qué os escandalizáis de que yo perdone los pecados? Pensáis, sin duda, que sólo Dios puede hacerlo… Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad de perdonar los pecados, a ti lo digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

María comprendió entonces la profundidad de la mirada compasiva de Jesús. Creyó que Él, con su poder divino, había taladrado su conciencia y que la había visto a ella, manchada de lujuria, de envidia, de codicia. De repente, aquellas palabras de Jesús anteponiendo el perdón de los pecados a la salud del cuerpo, la habían colocado frente a sí misma. Todo su orgullo de mujer hambrienta de halagos se rebelaba. No podía soportar el pensamiento de su propio espectáculo. Sentía asco de su vida y juntamente una rebeldía indomable que le impedía reconocerse indigna, despreciable, merecedora de la infinita compasión de Jesús.

El remordimiento es amargo cuando el amor no lo ha transformado aún en contrición. Es como una losa que nos oprime, amenazando aplastarnos para siempre; como una serpiente que se revuelve en el alma.

Lentamente, por debajo del orgullo encabritado, y a medida que éste se amansaba, la gracia iba abriéndose paso. A la rebeldía sucedía la esperanza que habían dejado prendida en su alma aquellas palabras dirigidas al paralítico: Hijo, ten confianza; tus pecados te son perdonados. Ella también podía ser perdonada.

Sus pecados le pesaban ahora como una cadena insoportable. Pero las cadenas atan a la tierra. Ella, para liberarse, tenía que romperlas, y se sentía sin fuerzas, impotente. En esta agonía que le deshace el alma, porque ya no quiere pecar y peca, busca de nuevo a Jesús.

Ahora Él enseña en el Monte. Entre Caná y Cafarnaúm, en la ladera del Poniente, que conserva fresca la hierba hasta el centro del verano. La muchedumbre que le rodea es compacta. No logra acercarse al Maestro, pero le escucha:

—Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos también alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Y estas palabras abren su alma a un deseo acuciante de bondad y de bien.

Como el aliento del amanecer despertando a las palmeras del desierto, como el primer vuelo de un pájaro recién nacido, aletea en su corazón un amor nuevo, un amor puro que le empuja sin violencias hacia aquella verdad, hacia aquel bien vislumbrado que se personifica en Jesús.

Sólo Él podía saciar los verdaderos deseos de su corazón.

Como la esposa del Cantarella quiere buscar al amado por calles y por plazas e increpar a los centinelas de la ciudad: «¿No habéis visto al amado de mi alma?»

Supo que estaba en casa de Simón. Entró muy de prisa, apretando fuertemente su frasco de perfume. Hubiera querido pasar desapercibida, pero no fue posible. Casi la echaron para atrás las miradas de escándalo y de desprecio. No importaba. Se lo merecía. Su orgullo se había fundido porque había triunfado el amor.

Le vio y se arrojó a sus pies. Quiso decirle su arrepentimiento, suplicar su perdón. Pero no pudo. Se le ahogaron en lágrimas las palabras. Sólo supo besarlos y llorar, no sabía si de amor o de dolor. Él comprendía.

Derramó sobre sus pies el perfume. Quería darle esta muestra de gratitud; pero… ¡qué poco era aquello! Se soltó en gesto rápido las trenzas. Eran algo muy suyo, algo que ella había cuidado con esmero como a su gala preferida, justo era emplearlas ahora en enjugarle a Él los pies.

Ahí seguía, ajena a la irritación circundante cuando habló Jesús:

Simón, quiero decirte una cosa.

Dila, Maestro.

Un acreedor tenía dos deudores

Aludida por Él, María se estremeció desde sus plantas escuchando aturdida la defensa que ¡de ella! hacía el Maestro.

Lentamente irguió la cabeza y se atrevió, al fin, a mirarle.

Mujer, perdonados te son tus pecados

Movió ella los labios sin lograr emitir ningún sonido

Tu fe te ha salvado, vete en paz(Lc. 7,36-50),

 Las palabras del Señor fueron eficaces en su alma, que quedó inundada de paz.

 ¡Oh hijas de Jerusalén!, conjúroos por las cabras y por los ciervos de los campos que no despertéis ni desveléis a mi amada(Cant. 3,5).

 María, renovada y libre, se une al grupo de mujeres que asisten a Jesús. En adelante su vida aparece íntimamente trenzada con los principales acontecimientos de la vida de Cristo: vicisitudes de su ministerio mesiánico, pasión y muerte, resurrección.

 Y aconteció luego que recorrió Él una tras otra las ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios. Con Él iban los doce y algunas mujeres… María, la llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, y Juana, la mujer de Cuza…, y otras muchas que le servían con sus haberes(Lc. 8,1-3).

 Seguir a Jesús, servirle, pudo parecer a Magdalena una felicidad indecible. Pronto comprobó que estaba sembrado de sacrificios. Pero amaba. Amaba con sinceridad, tenía una deuda que pagar y siguió adelante.

 La vida pública del Señor cosechó algo más que éxitos.

 A los pocos días de iniciar el peregrinaje en su seguimiento estuvieron a punto de lapidarle en Nazaret (Mc. 6,16; Mt. 13,53-58). El entusiasmo que produjo la multiplicación de los panes se trocó en desvío cuando Jesús prometió a su auditorio que Él les daría a comer su carne y a beber su sangre. María no entendía nada, pero no podía dejar de creer en Él. ¿No estaban todos ellos a cada paso comprobando su poder divino? ¿Cómo podían dudar? ¿No palpaban en si mismos una transformación inexplicable a su solo contacto? ¡Ah! Ella no tenía derecho a dudar. ¡Había experimentado tan ciertamente que era Él y sólo Él quien la había curado atrayéndola tan suave pero tan fuertemente hasta arrancarla del pecado!

 Menos mal que aquel día Simón, en un arranque, había sabido interpretar lo que ella misma sentía.

 —No, Señor, nosotros no te dejaremos. ¿Adónde iríamos? ¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna! (lo. 6,60-70).

Galilea, Fenicia, Decápolis, Judea. En Judea el ambiente era hostil, preñado de peligros. Pero ella no tenía miedo. Tampoco comprendió entonces por qué algunos discípulos tenían miedo.

Hasta que… Parecía imposible. Imposible. Habían vuelto a Jerusalén para la Pascua. Se precipitaron los acontecimientos. Ella no lo había creído, a pesar de los rumores, a pesar de las amenazas, y el golpe la anonadó.

¡Habían prendido al Maestro! (Mt. 26; Mc. 14; Lc. 22. lo. 18).

Habían prendido al Maestro de noche, mientras ella dormía. ¿Cómo era posible que durmiera? Y ahora —estaba amaneciendo— le acababan de llevar a Pilato después que el sanhedrín hubo decretado su muerte (Mt. 27; Mc. 15: Lc. 23).

Alzaron la cruz.

María se quedó helada de horror. No podía ser Él. No podía serlo. Sus ojos —aquellos ojos— estaban turbios de sangre. Su cuerpo, como un gusano retorcido y lívido.

—¡Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz!(Mt. 27,40).

¿Bajaría? ¿Por qué no se desclavaba? Podía hacerlo. Estaba segura. ¿Por qué no lo hacia? ¿Por qué?

Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen(Lc. 23,34).

Sí, era Jesús. Este era Jesús. Perdonando, siempre perdonando. ¿Cómo era posible que Él, tan bueno … acabase así? Él no lo merecía, ella sí. Lo hubiese merecido, pero Él …

Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.

Miró a lo alto. Esta voz parecía venir de uno de los malhechores crucificados junto al Maestro. Ahora Jesús le miraba y parecía querer hablarle:

Yo te lo digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso(Le. 23, 42-43).

¡Con qué facilidad perdonaba Jesús! ¡Con qué facilidad la había perdonado a ella! ¡Con qué facilidad perdonaba ahora a este malhechor! ¿No sería que Jesús sufría para tener derecho a perdonar?

Le daba vértigo el misterio que se abría a su entendimiento como una sima.

La justicia de Dios —ella lo había sabido siempre— era inexorable. Necesariamente inexorable. Y Jesús perdonaba tan fácilmente.

Miró a Jesús. Tuvo valor para mirar de nuevo a Jesús.

¡Ese era el precio del pecado! Ese jirón blanco y retorcido surcado de sangre. ¡De nuestros fáciles pecados!

Su angustia, su desesperación primera había cedido a un dolor hondo, anonadado, que no podía contener.

Una mano amiga se posó sobre su brazo. Era la Madre de Jesús… Se miraron. Tuvo vergüenza de haber exteriorizado con tanta vehemencia su dolor, pues… ¿podría haber dolor comparable al suyo?

La Madre también lloraba, pero sosegadamente, como la lluvia mansa que fecunda la tierra.

Jesús tenía que morir. Moriría. ¡Qué amor el suyo! Iba a morir por sus pecados.

Cuando el corazón sufre nos parece que el tiempo se detiene para oprimirnos. Es una ilusión. Nos oprime la pena, pero el tiempo pasa. Y pasaron aquellas horas para los amigos de Jesús desde que Él quedó encerrado en el sepulcro dejándoles sumidos en una inercia llena de estupor.

La sensibilidad de Magdalena, deshecha por el horror del suplicio, reproducía a cada instante la imagen de las llagas, los clavos, las espinas, la sangre de Cristo.

Se revolvía sin poder ni querer escapar del atroz recuerdo ni de la certeza de que Jesús había muerto por sus pecados. Le parecía sentir la sangre de Cristo chorreando sobre su alma para dejarla blanca, sin mancha. ¿No había dicho el profeta: Aunque vuestros pecados os hayan teñido como la grana, quedarán vuestras almas blancas como la nieve, y aunque fuesen teñidas de encarnado como el bermellón se volverán del color de la lana más blanca?(Is. 1,18).

Su único consuelo era prometerse a sí misma que moriría con Él.

Esto haría: En cuanto terminase el descanso sabático correría al sepulcro y permanecería allí hasta morir. Junto al cuerpo de Jesús, sin separarse de Él.

Los dedos del alba hilaban tenuemente el amanecer más hermoso que ella hubiera presenciado jamás. Toda la fragancia de la primavera parecía emerger de la tierra saliendo al encuentro del pequeño grupo de mujeres. Sus siluetas se confundían con la luz difusa del camino que conducía al sepulcro. Una brisa fresquísima oreaba sus mantos.

María no podía reprimir sus apresurados latidos cuando divisaron el sepulcro a lo lejos. Mas… ¿qué era aquello? La piedra estaba corrida.

¡Había sido violada la sepultura! (Mc. 16,4; lo. 20,1).

Despavorida desanda Magdalena el camino, corriendo hasta quedar sin aliento para avisar a los discípulos. ¡Han robado el cuerpo del Maestro!

Pedro y Juan corren también (lo. 20,2-4). Ella, muy rezagada esta vez, alocada y exhausta, llega de nuevo y encuentra el lugar solitario.

Se postra llorando junto al sepulcro vacío.

No puede resignarse a perder el cuerpo de Jesús. No le queda otra señal tangible de su existencia. Necesita palpar de nuevo esta prueba inequívoca de que los últimos meses de su vida no han sido un sueño.

¿Un sueño? ¿Estará soñando ahora?

Tocada por una intuición se asoma toda por la oquedad negra transpirada de frescor de la cueva. En el interior divisa dos sombras blancas.

Mujer, ¿por qué lloras?

Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

Se siente dispuesta a buscarlo, a rescatarlo como sea. No puede discurrir. Sólo sabe que quiere el cuerpo de Jesús, que necesita el cuerpo de Jesús para morir a su lado como un perro fiel.

Se vuelve y tropieza su vista con una figura erguida. Le hiere el sol en contraste con la obscuridad del sepulcro. Deslumbrada, sólo sabe echarse a llorar de nuevo.

Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?

Señor, si tú lo has llevado de aquí dime en dónde lo has puesto, que yo me lo llevaré.

—¡María!

Y cae a sus plantas, vencida por esta sola palabra que estalla en su conciencia como una cascada de luz. La realidad de Jesús resucitado se revela a su alma más aún que a sus ojos atónitos.

Nunca sabrá traducir esta revelación inefable de Jesús. Su divinidad, su amor sin límites. ¿Fue un siglo o fue un instante? Como un eco lejano suena en su recuerdo: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios». Él la había limpiado con su sangre y por eso ve… Sólo al quebrarse el hilo de aquel íntimo encuentro pudo ella balbucir, a la par que alargaba sus brazos para abrazar los pies del Señor:

¡Raboni!

Pero Jesús la detiene suavemente:

No me toques

Había dejado besar y ungir sus pies por la pecadora arrepentida que se llegaba a Él por primera vez. Pero ahora se ha dado a conocer a aquella alma en su espíritu, y esta gracia exige una respuesta de fe sin aledaños sensibles.

Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios… (lo. 20,11-18; Mc. 16,9-11).

No quería Jesús que Magdalena muriese doliente y abatida… Lo que exigía de su amor era una postura de fe y de obediencia.

«Y fue María Magdalena…»

La brisa del amanecer se ha detenido ante el triunfo del sol que corre como un gigante su camino.

Los evangelistas no vuelven a nombrarla, pero nos es fácil descubrir su silueta entre las fieles mujeres que presenciaron el último adiós del Maestro ascendiendo entre nubes.

¿Después? Una abundante tradición la lleva al desierto y hasta la hace arribar con la diáspora judía en las playas de Marsella.

Nosotros que la hemos visto palpitar en las páginas del Evangelio preferimos dejar que se oculte con ÉI a nuestros ojos. No nos hace falta más.

María Magdalena será siempre en el santoral romano el prototipo de la mujer que, habiendo pecado, se convierte en un rendimiento total al amor divino.

La gracia de la conversión es con frecuencia así: un toque discreto, una invitación, una mirada. De nuestra respuesta depende un escalonamiento sucesivo de gracias que nos lleven hasta la santidad.

A través del texto evangélico hemos seguido este proceso en María, la pecadora. Ella fue fiel en cada etapa.

A la gracia de la conversión que se operó en ella, sin duda alguna, por la predicación y los milagros de Jesús, María responde con la confesión humillante de su culpa en casa de Simón.

Después del perdón se consagra totalmente al servicio del Maestro y le sigue hasta la cruz como no fueron capaces de seguirle los discípulos.

Muerto no le abandona. Quiere rescatar su cuerpo… ni siquiera ve su impotencia para hacerlo, ni los peligros que entraña su deseo. Jesús recompensa su fidelidad con la gracia inmensa de su primera aparición.

A partir de este momento se inicia en aquella alma una fase de madurez que hemos creído ver en la frase de Jesús: No me toques.

La fe en la soledad y la constancia del servicio en una vida olvidada de reparación, como de quien ha visto morir a Jesús por ella, la conducen a los altares.

La Iglesia la propone en el día de hoy para ejemplo nuestro.

 

MARÍA LUISA LUCA DE TENA Y DE BRUNET

Laudes – Domingo XVI del Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Pueblo del Señor, rebaño que él guía, bendice a tu Dios. Aleluya.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Pueblo del Señor, rebaño que él guía, bendice a tu Dios. Aleluya.

Himno: ES LA PASCUA REAL, NO YA LA SOMBRA.

Es la Pascua real, no ya la sombra,
la verdadera pascua del Señor;
la sangre del pasado es solo un signo,
la mera imagen de la gran unción.

En verdad, tú, Jesús, nos protegiste
con tus sangrientas manos paternales;
envolviendo en tus alas nuestras almas,
la verdadera alianza tú sellaste.

Y, en tu triunfo, llevaste a nuestra carne
reconciliada con tu Padre eterno;
y, desde arriba, vienes a llevarnos
a la danza festiva de tu cielo.

Oh gozo universal, Dios se hizo hombre
para unir a los hombres con su Dios;
se rompen las cadenas del infierno,
y en los labios renace la canción.

Cristo, Rey eterno, te pedimos
que guardes con tus manos a tu Iglesia,
que protejas y ayudes a tu pueblo
y que venzas con él a las tinieblas. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Aleluya.

Salmo 117 – HIMNO DE ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.

En el peligro grité al Señor,
y me escuchó, poniéndome a salvo.

El Señor está conmigo: no temo;
¿qué podrá hacerme el hombre?
El Señor está conmigo y me auxilia,
veré la derrota de mis adversarios.

Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que confiar en los magnates.

Todos los pueblos me rodeaban,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban cerrando el cerco,
en el nombre del Señor los rechacé;
me rodeaban como avispas,
ardiendo como fuego en las zarzas,
en el nombre del Señor los rechacé.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.

Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos:
«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa.»

No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte.

Abridme las puertas del triunfo,
y entraré para dar gracias al Señor.

Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.

Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.

Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.

Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios: él nos ilumina.

Ordenad una procesión con ramos
hasta los ángulos del altar.

Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Aleluya.

Ant 2. Aleluya. Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor. Aleluya.

Cántico: QUE LA CREACIÓN ENTERA ALABE AL SEÑOR Dn 3, 52-57

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito tu nombre, Santo y glorioso:
a él gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres sobre el trono de tu reino:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos:
a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres en la bóveda del cielo:
a ti honor y alabanza por los siglos.

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor. Aleluya.

Ant 3. Todo ser que alienta, alabe al Señor. Aleluya.

Salmo 150 – ALABAD AL SEÑOR.

Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su augusto firmamento.

Alabadlo por sus obras magníficas,
alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo tocando trompetas,
alabadlo con arpas y cítaras,

Alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas,

alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.

Todo ser que alienta, alabe al Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todo ser que alienta, alabe al Señor. Aleluya.

LECTURA BREVE   2Tm 2, 8. 11-13

Acuérdate de Cristo Jesús, del linaje de David, que vive resucitado de entre los muertos. Verdadera es la sentencia que dice: Si hemos muerto con él, viviremos también con él. Si tenemos constancia en el sufrir, reinaremos también con él; si rehusamos reconocerle, también él nos rechazará; si le somos infieles, él permanece fiel; no puede él desmentirse a sí mismo.

RESPONSORIO BREVE

V. Te damos gracias, ¡oh Dios!, invocando tu nombre.
R. Te damos gracias, ¡oh Dios!, invocando tu nombre.

V. Pregonando tus maravillas.
R. Invocando tu nombre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Te damos gracias, ¡oh Dios!, invocando tu nombre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Volvieron a reunirse los apóstoles con Jesús y le refirieron todo lo que habían hecho y enseñado.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Volvieron a reunirse los apóstoles con Jesús y le refirieron todo lo que habían hecho y enseñado.

PRECES

Dios nos ama y sabe lo que nos hace falta; invoquémosle, pues, diciendo:

Te bendecimos y en ti confiamos, Señor.

Te alabamos, Dios todopoderoso, Rey del universo, porque a nosotros, injustos y pecadores, nos has llamado al conocimiento de la verdad;
haz que te sirvamos con santidad y justicia.

Vuélvete hacia nosotros, Señor, tú que has querido abrirnos la puerta de tu misericordia,
y haz que nunca nos apartemos del camino que lleva a la vida.

Ya que hoy celebramos la resurrección del Hijo de tu amor,
haz que este día transcurra lleno de gozo espiritual.

Da, Señor, a tus fieles el espíritu de oración y de alabanza,
para que en toda ocasión te demos gracias.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Movidos ahora todos por el mismo Espíritu que nos da Cristo resucitado acudamos a Dios, de quien somos verdaderos hijos, diciendo:

Padre nuestro…

ORACION

Mira con misericordia a estos tus hijos, Señor, y multiplica tu gracia sobre nosotros, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y el amor, perseveremos en el fiel cumplimiento de tus mandamientos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – Domingo XVI del Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Pueblo del Señor, rebaño que él guía, bendice a tu Dios. Aleluya.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: QUE DOBLEN LAS CAMPANAS JUBILOSAS

Que doblen las campanas jubilosas,
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.

Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.

Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida:
no temáis, con vosotros él está.

Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.

Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.

SALMODIA

Ant 1. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Salmo 23 – ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
El la fundó sobre los mares,
El la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.

Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles,
levantaos, puertas antiguas:
va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Ant 2. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.

Salmo 65 I – HIMNO PARA UN SACRIFICO DE ACCIÓN DE GRACIAS

Aclama al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos se rinden!»

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.

¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:

sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.

Ant 3. Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

Salmo 65 II

Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.

Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.

Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

V. La palabra de Dios es viva y eficaz.
R. Más penetrante que espada de doble filo.

PRIMERA LECTURA

Del libro de Job 11, 1-20

SOFAR EXPONE LA TESIS COMÚN SOBRE LA RETRIBUCIÓN

Sofar de Naamat tomó la palabra y dijo:

«¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener razón el charlatán? ¿Hará callar a otros tu locuacidad?, ¿te burlarás sin que nadie te confunda?

Tú has dicho: «Mi doctrina es limpia, soy puro ante tus ojos.» Pero que Dios te hable, que abra los labios para responderte, y te enseñará secretos de sabiduría, retorcerá tus argucias, y sabrás que aun te ha perdonado buena parte de tus culpas.

¿Pretendes sondear el abismo de Dios o alcanzar los límites del Todopoderoso? Es la cumbre del cielo: ¿qué vas a hacer tú?, es más hondo que el abismo: ¿qué sabes tú?, es más largo que la tierra y más ancho que el mar.

Si se presenta y encarcela y cita a juicio, ¿quién se lo puede impedir? El conoce a los hombres falsos, ve su maldad y la penetra. Cuando un asno salvaje se domestique, el mentecato cobrará sentido.

Si diriges tu corazón a Dios y extiendes las manos hacia él, si alejas de tu mano la maldad y no alojas en tu tienda la injusticia, podrás alzar la frente sin mancilla; acosado, no sentirás miedo, olvidarás tus desgracias, o las recordarás como agua que pasó; tu vida resurgirá como un mediodía, tus tinieblas serán como la aurora; tendrás seguridad en la esperanza, te recogerás y te acostarás tranquilo, dormirás sin sobresaltos y muchos buscarán tu favor. Pero a los malvados se les ciegan los ojos, no encuentran refugio, su esperanza es sólo un suspiro.»

RESPONSORIO    2Co 4, 8-9. 10

R. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; nos ponen en aprietos, mas no desesperamos de encontrar salida; * somos acosados, mas no aniquilados.
V. Llevamos siempre en nosotros por todas partes los sufrimientos mortales de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros.
R. Somos acosados, mas no aniquilados.

SEGUNDA LECTURA

Comienza la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios
(Cap. 1, 1–5, 2: Funk 1, 191-195)

ES NECESARIO NO SOLO LLAMARSE CRISTIANOS, SINO SERLO EN REALIDAD

Ignacio por sobrenombre Teóforo es decir Portador de Dios, a la Iglesia de Magnesia del Meandro, a la bendecida en la gracia de Dios Padre por Jesucristo, nuestro Salvador: mi saludo en él y mis votos por su más grande alegría en Dios Padre y en Jesucristo.

Después de enterarme del orden perfecto de vuestra caridad según Dios, me he determinado, con regocijo mío, a tener en la fe en Jesucristo esta conversación con vosotros. Habiéndose dignado el Señor honrarme con un nombre en extremo glorioso, voy entonando en estas cadenas que llevo por doquier un himno de alabanza a las Iglesias, a las que deseo la unión con la carne y el espíritu de Jesucristo, que es nuestra vida para siempre, una unión en la fe y en la caridad, a la que nada puede preferirse, y la unión con Jesús y con el Padre; en él resistimos y logramos escapar de toda malignidad del príncipe de este mundo, y así alcanzaremos a Dios.

Tuve la suerte de veros a todos vosotros en la persona de Damas, vuestro obispo, digno de Dios, y en la persona de vuestros dignos presbíteros Baso y Apolonio, así como del diácono Soción, consiervo mío, de cuya compañía ojalá me fuera dado gozar, pues se somete a su obispo como a la gracia de Dios, y al colegio de ancianos como a la ley de Jesucristo.

Es necesario que no tengáis en menos la poca edad de vuestro obispo, sino que mirando en él el poder de Dios Padre le tributéis toda reverencia. Así he sabido que vuestros santos ancianos no menosprecian su juvenil condición, que salta a la vista, sino que, como prudentes en Dios, le son obedientes, o por mejor decir, no a él, sino al Padre de Jesucristo, que es el obispo o supervisor de todos. Así pues, para honor de aquel que nos ha amado, es conveniente obedecer sin ningún género de fingimiento, porque no es a este o a aquel obispo que vemos a quien se trataría de engañar, sino que el engaño iría dirigido contra el obispo invisible; es decir, en este caso, ya no es contra un hombre mortal, sino contra Dios, a quien aun lo escondido está patente.

Es pues necesario no sólo llamarse cristianos, sino serlo en realidad; pues hay algunos que reconocen ciertamente al obispo su título de vigilante o supervisor, pero luego lo hacen todo a sus espaldas. Los tales no me parece a mí que tengan buena conciencia, pues no están firmemente reunidos con la grey, conforme al mandamiento.

Ahora bien, las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, que llevan cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo, y los que han permanecido fieles por la caridad, el cuño de Dios Padre grabado por Jesucristo. Y si no estamos dispuestos a morir por él, para imitar su pasión, tampoco tendremos su vida en nosotros.

RESPONSORIO    1Tm 4, 12. 16. 15

R. Sé modelo para los fieles en las palabras y en el trato, en la caridad, en la fe y en la pureza de vida. * Obrando así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.
V. Pon interés en estas cosas, ocúpate de ellas, de modo que tus progresos sean manifiestos a todos.
R. Obrando así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.

Himno: SEÑOR, DIOS ETERNO

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

OREMOS,
Mira con misericordia a estos tus hijos, Señor, y multiplica tu gracia sobre nosotros, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y el amor, perseveremos en el fiel cumplimiento de tus mandamientos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.