Vísperas – Lunes XVI de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: YA NO TEMO, SEÑOR, LA TRISTEZA

Ya no temo, Señor, la tristeza,
ya no temo, Señor, la soledad;
porque eres, Señor, mi alegría,
tengo siempre tu amistad.

Ya no temo, Señor, a la noche,
ya no temo, Señor, la oscuridad;
porque brilla tu luz en las sombras,
ya no hay noche, tú eres luz.

Ya no temo, Señor, los fracasos,
ya no temo, Señor, la ingratitud;
porque el triunfo, Señor, en la vida,
tú lo tienes, tú lo das.

Ya no temo, Señor, los abismos,
ya no temo, Señor, la inmensidad;
porque eres, Señor, el camino
y la vida, la verdad. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Salmo 135 I – HIMNO A DIOS POR LAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN Y DEL ÉXODO.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Ant 2. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Salmo 135 II

El hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   1Ts 3, 12-13

Que el Señor os haga aumentar y rebosar en amor de unos con otros y con todos, así como os amamos nosotros, para que conservéis vuestros corazones intachables en santidad ante Dios, Padre nuestro, cuando venga nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.

RESPONSORIO BREVE

V. Suba, Señor, a ti mi oración.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

V. Como incienso en tu presencia.
R. A ti mi oración.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

PRECES

Llenos de confianza en el Señor Jesús que no abandona nunca a los que se acogen a él, invoquémosle diciendo:

Escúchanos, Señor, Dios nuestro.

Señor Jesucristo, tú eres nuestra luz; ilumina a tu Iglesia
para que proclame a todas las naciones el gran misterio de piedad manifestado en tu encarnación.

Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia,
y haz que con su palabra y su ejemplo edifiquen tu pueblo santo.

Tú que, por tu sangre, pacificaste el mundo,
aparta de nosotros el pecado de discordia y el azote de la guerra.

Ayuda, Señor, a los que uniste con la gracia del matrimonio,
para que su unión sea efectivamente signo del misterio de la Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede, por tu misericordia, a todos los difuntos el perdón de sus faltas,
para que sean contados entre tus elegidos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:

Padre nuestro…

ORACION

Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque el día ya se acaba; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra esperanza; así nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 23 de julio

Lectio: Lunes, 23 Julio, 2018
Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Mateo 12,38-42
Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver un signo hecho por ti.» Mas él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Un signo pide, y no se le dará otro signo que el signo del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón.
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos relata una discusión entre Jesús y las autoridades religiosas de la época. Esta vez son los doctores de la ley quienes piden a Jesús que haga una señal para ellos. Jesús había realizado ya muchas señales: había curado al leproso (Mt 8,1-4), al empleado del centurión (Mt 8,5-13), a la suegra de Pedro (Mt 8,14-15), a los enfermos y poseídos de la ciudad (Mt 8,16), había calmado la tempestad (Mt 8,23-27), había expulsado los demonios (Mt 8,28-34) y había hecho muchos otros milagros. La gente, viendo las señales, reconoció en Jesús al Siervo de Yahvé (Mt 8,17; 12,17-21). Pero los doctores y los fariseos no fueron capaces de percibir el significado de tantas señales que Jesús había realizado. Ellos querían algo diferente.
• Mateo 12,38: Los doctores y los fariseos piden una señal. Los fariseos llegan y dicen a Jesús: «Maestro, queremos ver una señal realizada por ti». Quieren que Jesús realice para ellos una señal, un milagro para que puedan examinar y verificar si Jesús es o no el enviado por Dios según lo imaginaban y esperaban. Quieren someterle a prueba. Quieren que Jesús se someta a sus criterios para que puedan enmarcarlo dentro del esquema de su mesianismo. No hay en ellos apertura para una posible conversión. No habían entendido nada de todo lo que Jesús había hecho.
• Mateo 12,39: La respuesta de Jesús: la señal de Jonás. Jesús no se somete a la petición de las autoridades religiosas, pues no hay sinceridad en su petición. «¡Generación malvada y adúltera! Un signo pide, y no se le dará otro signo que el signo del profeta Jonás¡”. Estas palabras profieren un juicio muy fuerte respecto a los doctores y a los fariseos. Evocan el oráculo de Oseas que denunciaba a la gente como esposa infiel y adúltera (Os 2,4). El evangelio de Marcos dice que Jesús, ante la petición de los fariseos, suelta un profundo suspiro (Mc 8,12), probablemente de disgusto y de tristeza ante una ceguera tan grande. Pues de nada sirve mostrar un cuadro bonito a aquel que no quiere abrir los ojos. ¡Quien cierra los ojos no puede ver! La única señal que se les dará es la señal de Jonás.
• Mateo 12,41: Aquí hay algo más que Jonás. Jesús apunta hacia el futuro: “Así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del cetáceo, así también el Hijo del Hombre pasará tres días y tres noches en el seno de la tierra”. Es decir, la única señal será la resurrección de Jesús, que se prolongará en la resurrección de sus seguidores. Esta es la señal que, en el futuro, se dará a los doctores y a los fariseos. Se confrontarán con el hecho de que Jesús, será por ellos condenado a muerte, y a una muerte de cruz, y Dios le resucitará y le seguirá resucitando de muchas maneras en los que creerán en él, por ejemplo, le resucitará en el testimonio de los apóstoles, “personas iletradas” que tuvieron el valor de enfrentarse a las autoridades anunciando la resurrección de Jesús (Hec 4,13). ¡Lo que convierte es el testimonio! No los milagros: “Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.”. La gente de Nínive se convirtió ante el testimonio de la predicación de Jonás y denunció la incredulidad de los doctores y de los fariseos. Pues “aquí hay algo más que Jonás”.
• Mateo 12,42: Aquí hay algo más que Salomón. La alusión a la conversión de la gente de Nínive se asocia y hace recordar el episodio de la Reina de Sabá: “La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón.». Esta evocación casi ocasional del episodio de la Reina de Sabá que reconoció la sabiduría de Salomón, muestra cómo se usaba la Biblia en aquel tiempo. Era por asociación. La regla principal de la interpretación era ésta: “La Biblia se explica por la Biblia”. Hasta hoy, ésta es una de las normas más importantes para la interpretación de la Biblia, sobre todo para la lectura orante de la Palabra de Dios.
4) Para la reflexión personal
• Convertirse es mudar no sólo de comportamiento moral, sino que también de ideas y de modo de pensar. Moralista es aquel que muda de comportamiento, pero guarda inalterable su manera de pensar. Yo, ¿cómo soy?
• Ante la actual renovación de la Iglesia, ¿soy el fariseo que pide una señal o soy como la gente que reconoce que éste es el camino que Dios quiere?
5) Oración final
Pues tu amor Señor es mejor que la vida,
por eso mis labios te alaban,
así quiero bendecirte en mi vida,
levantar mis manos en tu nombre. (Sal 63,4-5)

Parábolas para una alianza nueva

Jeremías… Se recuerdan de él sus «jeremiadas», pero ¡no quisiera yo ver a nadie en su lugar! En su caso, yo habría regresado enseguida a Anatot para esconderme. Y además, Jeremías hizo algo más que lamentarse. Vivió los años sombríos que anunciaban el exilio y luchó contra los augures de falsas promesas, contra la idolatría, contra los falsos profetas que ocultaban la verdad para auparse a hombros del Poder. Su vida fue como una larga parábola para un tiempo de crisis. Jeremías comprendió que Dios no escaparía a la necesidad de concluir una nueva alianza con su pueblo, si quería salvar su obra; comprendió que sería una alianza del corazón, una ley grabada en la carne del hombre, un «Espíritu nuevo». Pues las últimas recaídas gloriosas de la majestad del Sinaí no eran ya más que cenizas; era necesario que Dios reavivase un fuego nuevo en el corazón de los hombres. Jeremías lo dijo, aun a riesgo de desmoralizar a los últimos supervivientes de una gloria efímera ya superada. ¡Era un riesgo inevitable!

La Iglesia que Jesús congrega pacientemente a partir de la vocación de los Doce no será distinta. Una Iglesia toda corazón y humildad. Una Iglesia en la que las parábolas son una especie de código legal. En suma, una Iglesia en la que las cosas más grandes se expresan por medio de las más pequeñas.

Un sembrador que siembra sin reparar en la clase de terreno, aun a riesgo de desperdiciar la semilla. Una mujer que hace crecer la masa con una pizca de levadura. Una multitud de hombres seducidos por Jesús en el desierto. Cinco panecillos para alimentarlos a todos. Un perrillo que recoge las migas. Una simiente minúscula que se convierte en un árbol inmenso. Una brizna de fe que puede mover montañas… ¿Conocéis todo esto? ¿Conocéis también la historia de la faja de lino de Jeremías, su visita a casa del alfarero, su estancia en el fondo del pozo? Montones de pequeñas historias…

Historias para formar la Iglesia. Pues, cuando el mundo empieza a derrumbarse y el exilio está próximo, la Iglesia no tiene una estrategia de guerra que proponer, sino una renovación de los corazones. Una nueva Alianza, basada en nuevos valores. Valores que deberán ser muy cotidianos.

En este aspecto, las parábolas son desconcertantes: expresan lo extraordinario en un tono completamente ordinario. Pero un tono ordinario visto desde el otro lado, el lado que Dios ve. El mundo es puesto al derechas en el momento justo en que todo se pone al revés. Pero pocos hombres están dispuestos a transformar así su espíritu. Es por eso por lo que la última parábola es siempre la del profeta condenado a muerte. ¡Muy ordinario también! Tan ordinario como Jeremías y Jesús.

Marcel Bastin

23.- Hay muchos modos de trabajar

«Un hombre tenia dos hijos, y llegando
al primero le dijo: Hijo, me voy;
trabaja en mi viña. Y respondiendo él le
dijo: No quiero. Mas después arrepintiós
y fue» (Mt 21, 28-29).

«Y llegando al otro, le dijo del mismo
modo. Y respondiendo él, le dijo: Voy,
señor. Mas no fue» (Mt 21, 30).

 

Señor
Tú nos has dado unos años de vida como un tesoro, que no debemos despreciar ni malgastar.
Pero muchos han perdido hoy ilusión por la vida y por lo que pueden hacer con ella. Para algunos la vida es una «mala posada», un lugar incómodo, que nada se parece a una casa feliz. 

Señor
Muchos se lamentan de que lo único que les da la vida es trabajo mal pagado, sin compensaciones satisfactorias.
Y por esto huyen de la vida y del trabajo, como de una carga demasiado pesada, como si fuese un castigo el tener que vivir y trabajar. 

Señor
Haznos comprender el valor del trabajo en la vida, lo que vale para ti una vida de trabajo. Ojalá pudiéramos mirarlos con los ojos con que tú los miras. 

Señor
Tú parece que nos invitas a no dejarnos llevar por la rutina, el aburrimiento, la inercia, la monotonía.
Tú quieres que nos preguntemos algunas cuestiones importantes: qué hago, por qué lo hago, para quién y cómo lo hago.
Su respuesta puede llegar a decirnos que no soy yo quien trabaja, sino sólo las manos, o los pies, o la máquina del cerebro que pusieron en mí.
Que dejé a un lado lo principal de mi yo: el corazón, la ilusión, la satisfacción, el espíritu. 

Señor
Que pueda descubrir que es algo mío, o nuestro, lo que hacemos, que no trabajamos para otros simplemente, sino para nosotros.
Veo que casi todos en este mundo trabajan para tener más, y muy pocos para ser más. Les interesan las cosas, poseerlas y usarlas o guardarlas.
No se preocupan de las personas, ni de su propia persona.
Por esto mientras trabajan no «miran» quienes están viviendo a su lado.
Ni se preguntan qué sienten o qué piensan dentro de sí. 

Señor
Para muchos trabajar es servir a papeles que se han de rellenar.
O a máquinas que se han convertido en nuestros jefes.
Por esto, estando rodeados de gente, cada uno está prácticamente solo en su trabajo. 

Señor
Enséñame a tomar con gusto mi trabajo.
A hacer cualquier trabajo usando como primera herramienta el corazón.
Que al tomar el lápiz o la pluma no me olvide de que a ellos van pegados mis sentimientos y mis pensamientos. 

Señor
Que el trabajo sea ante todo un diálogo conmigo mismo.
Una empresa que siempre necesita empezarse entre dos, dos que están siempre dentro de mí. Lo que siento, pienso y lo que quiero hacer. 

Señor
Que me aficione y encuentre satisfacción en un trabajo bien hecho, empezado y continuado a conciencia.
Aunque nadie lo vea, aunque nadie lo agradezca, aunque nadie lo premie o lo alabe.

Señor
Que no busque hacer más, sino hacer mejor lo que hago.
Que no me guíe el criterio de la cantidad, sino el de la calidad.
Que no tenga mentalidad de productor de bienes de bajo precio, que se consumen en un día y no sirven para el día siguiente. 

Señor
Que tenga muy en cuenta las consecuencias de un trabajo mal hecho.
Un trabajo descuidado, mal empezado o a medio terminar, es lo contrario de poner todo el cuidado para que salga bien. Y aunque me diga lo contrario, nadie —yo el primero— estará contento con él. 

Señor
No dejes que me sume al batallón de los pesimistas que creen que no es posible hoy trabajar con gusto.
O que no depende de ellos mejorar su situación de trabajo.
Todos ellos sólo esperan que los otros vengan a arreglar sus problemas.
Creen que con «otro» trabajo, elegido por ellos mismos, todo cambiaría; y no siempre es así. Preferimos disculparnos cargando sobre las espaldas de otros lo que sólo depende de cada uno. 

Señor
Veo que depende de mí, el «modo» de trabajar, sea cual sea el tipo de trabajo.
Que depende de mí, trabajar más «desde dentro», aprovechando al máximo mis posibilidades.
Depende de mí el que mi trabajo sea más personal, único, con la marca de quien lo hace.

Miguel Beltrán

Gaudete et exsultate (Francisco I)

23. Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy.

Homilía – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

DAR DE COMER

 

1.- La Eucaristía, sacramento del pan compartido.

Estamos reunidos para celebrar la Eucaristía. Los signos de este sacramento son el pan y el vino; consiste en una comida y bebida fraternales, celebradas con gozo y con acción de gracias. La Eucaristía es el Sacramento del Cuerpo del Señor y de su Sangre, entregado y derramada por amor de todos. Comemos y bebemos su Cuerpo y su Sangre, como garantía de nuestra comunión con El y como signo de nuestra comunión fraternal. Lo que hacemos en la Eucaristía, debe ir garantizado con lo que hacemos en la vida. Compartimos lo que tenemos con los demás, hasta nuestra propia comida, si es que lo necesitaran.

No hablemos en hipótesis. Participar de nuestra comida lo necesita mucha gente. No sólo tienen necesidad de nuestro amor, de nuestro servicio, de que nos demos un alimento cultural. Hay gente que no tiene para vivir, en el sentido más material de la palabra. «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen de sustento diario y alguno de vosotros le dice: Id en paz, calentaos y hartaros, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (Sant 2, 15). Compartimos el pan eucarístico los que con nuestra vida impedimos que mucha gente no tenga un pedazo de pan para llevarse a la boca. ¿Se parece en algo esta Eucaristía nuestra al milagro de la multiplicación de los panes?

Rezaremos dentro de pocos minutos en el Padrenuestro «el pan nuestro de cada día dánosle hoy». Queremos abundante pan para nosotros. Escatimamos el pan que los demás tienen que llevarse a la mesa. Somos generosos para nosotros, tacaños para los demás. Nosotros necesitamos mucho, los demás casi nada. Somos capaces de criticar a los pobres porque van a la taberna, al fútbol o al cine. ¿Quién sabe si lo hacen para distraer el hambre? ¡Qué pocas garantías tenemos de ser juzgados benévolamente por Dios! «Malditos…, tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…, cuanto dejasteis de hacer con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacer- lo» (Mt 25, 41.42.45). Poseemos fincas, pisos, nos aprovechamos de la especulación del suelo, construimos con trampa, robamos el pan, el vestido, la casa, el dinero, la producción de los pobres y seguimos pidiendo a Dios con una desvergüenza insultante: «el pan nuestro de cada día».

 

2.- Jesús da de comer.

Cristo viene a dar de comer a los pobres. Proporciona un alimento total. «Les enseñaba el Reino de Dios» (Mc 6, 34), pero también les daba de comer. El que no come no puede pensar. En contraposición a Cristo nuestra sociedad come, progresa y se desarrolla a costa de la gran muchedumbre de explotados.

Hoy, como en tiempos de Cristo, el número de los pobres se confunde con las estadísticas de los que forman la masa del pueblo. Jesús se hace solidario del hambre de la gente. Nosotros no. No os podéis imaginar lo que es no tener para comprar, que no llegue el sueldo, que haya que dejar a cuenta lo poco que la familia necesite para llevarse a la boca. Miles de trabajadores, aun laborando doce horas, se encuentran en esta situación. Los precios suben y los salarios no llegan ni para cubrir las necesidades mínimas vitales.

La situación es grave y urgente. No podemos seguir manteniendo a nuestros hermanos en ayunas. Es más importante el hambre que la moralidad; sin hombre no hay moral La inmoralidad fundamental es la injusticia. Más importante el hambre, que la reforma de la Iglesia.

Al revés que Cristo, nuestra sociedad se desarrolla a costa de los pobres. El progreso que vivimos se ha realizado, en gran parte, por el gran ejemplo de laboriosidad del pueblo y la desgarrada aventura obligatoria de los emigrantes al extranjero. Pero en todas las coyunturas de nuestra sociedad, todo gravita sobre las espaldas de los pobres. Si hay que repartir las ganancias se las llevan los accionistas; si hay devaluación, o inflacción, o quiebra, lo pagan los trabajadores. Es inconcebible que sólo participen del fracaso los pobres, mientras los ricos tienen las espaldas guardadas y salidas abundantes para quedarse a salvo.

 

3.- Hace lo imposible para solucionar la miseria.

Cristo hace lo imposible por dar de comer a los hambrientos. A pesar de que se encuentra con muchas dificultades. No hay donde comprar tanto pan; además, falta dinero. Solamente hay una persona que tiene cinco panes y dos peces. Jesús hace un esfuerzo sobrehumano y da de comer. Se dice que la situación de pobreza del mundo se solucionaría con una distribución equitativa de la renta. Muchos no tienen nada, porque pocos lo poseen todo. ¿Cómo hacer el milagro de que surja una sociedad bien organizada? Lo fundamental es tener buena voluntad, eficaz, de querer repartir los cinco panes que se tienen. El egoísmo impide que repartamos lo que hay, sea poco o sea mucho. El problema reside en que el que más tiene, más le cuesta repartir. Pero habrá que ayudar a que la sociedad se reorganice de tal manera que sea más fácil una justa distribución de las riquezas.

Cristo, al dar de comer, arriesga mucho. El pueblo le quiere hacer rey: «Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo Rey, se retiró» (Jn 6, 15). Esta acción de Jesús provoca las iras de los dirigentes del pueblo. Será acusado de que intenta hacerse Rey y levantarse contra el César (Jn 18, 33; Lc 23, 5). Si el César estuviera al servicio del pueblo, ¿cómo podría ponerse en contra de los que ayudan a comer al pueblo?

La salvación cristiana es también una salvación social. Hemos descuidado demasiado este aspecto, preocupándonos candorosamente del cielo. En realidad, no alcanzamos el Reino de Dios si no realizamos un esfuerzo generoso en favor de los demás en la tierra. No se puede pensar que podrán sentarse en el banquete mesiánico ni los esclavos, resignados cobardemente con su situación, ni los esclavizadores. La salvación debe animar a realizar esta liberación necesaria si queremos llegar a ser miembros del Reino de Dios.

 

Jesús Burgaleta

Jn 6, 1-15 (Evangelio Domingo XVII de Tiempo Ordinario)

La liturgia nos propone hoy (y durante algunos domingos más) la lectura del capítulo 6 del Evangelio según Juan, la catequesis sobre Jesús, Pan de vida.

En la primera parte del Evangelio (cf. Jn 4,1-19,42), Juan presenta la actividad de Jesús en el sentido de crear y dar vida al hombre, de forma que surja un Hombre Nuevo, liberado del egoísmo y del pecado, animado por el Espíritu, capaz de seguir a Jesús y de vivir en la misma dinámica de Jesús, esto es, en el amor al Padre y a los hermanos.

Esta primera parte, se divide en dos “libros”, el “Libro de los Signos” (cf. Jn 4,1- 11,56) y el “Libro de la Hora” (cf. Jn 12,1-19,42).

En el “Libro de los Signos” (cf. Jn 4,1-11,56), el autor del Cuarto Evangelio expone, recorriendo los símbolos significativos (el “agua”, cf. Jn 4,1-5,47; el “pan”, cf.Jn 6,1-7,53; la “luz”, cf. Jn 8,12-9,41; el “pastor, cf.Jn 10,1-42; la “resurrección”, cf. Jn 11,1-56), su catequesis sobre la acción de Jesús en favor del hombre. Jesús es presentado como la propuesta de vida verdadera que el hombre está invitado a acoger y a asimilar.

En el capítulo 6, que hoy comenzamos a leer, Juan presenta a Jesús como el Pan que sacia el hambre de vida que el hombre siente (cf. Jn 6,1-7,53). El episodio narrado hoy (cf. Jn 6, 1 – 15) se sitúa geográficamente “en la otra orilla” del Lago de Tiberíades (en el capítulo anterior, Jesús estaba en Jerusalén, en el centro de la institución judía; ahora, sin transición, aparece en Galilea, atravesando el “mar” hasta el otro lado).

En términos cronológicos, Juan señala que estaba próxima la Pascua, la fiesta más importante del calendario religioso judío, que celebraba la liberación del Pueblo de Dios de la opresión de Egipto.

Una lectura, incluso superficial, del texto que se nos propone muestra algunos paralelos interesantes entre la escena de la multiplicación de los panes y la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, con Jesús en el papel de Moisés, el libertador.

El hecho nos da una clave de lectura para entender esta catequesis: Juan quiere presentar la acción de Jesús como una acción liberadora que hace pasar al Pueblo de la tierra de la esclavitud hacia la tierra de la libertad.

La catequesis que Juan nos presenta va a desarrollarse en varios pasos:
1. Comienza con una referencia al “paso del mar” (que, en realidad, es un lago); esa referencia puede aludir al paso del Mar Rojo por Moisés con el Pueblo, liberado de Egipto (cf. Ex 14-15-31). El objetivo final de Jesús es, por tanto, hacer pasar al Pueblo

que le acompaña desde la tierra de la esclavitud hasta la tierra de la libertad.

2. Como sucede con Moisés, con Jesús va una gran multitud. La multitud que acompaña a Jesús, quiere “ver los signos que él realizaba con los enfermos” (v. 2). El término griego aquí utilizado (“asthenês”, “enfermos”) designa, en general, a alguien que está en una situación de gran debilidad.

La multitud sigue a Jesús, pues quiere ver los signos que él hace y que representan la liberación del hombre de su debilidad y fragilidad. Es un Pueblo marcado por la opresión, que quiere experimentar la liberación. Enseguida percibirán que sólo Jesús, el libertador, conseguirá ayudarles a superar su condición de miseria y de esclavitud.

3. Jesús, dice nuestro texto, subió a “un monte” (v. 3). La referencia al “monte”, nos lleva al contexto de la Alianza del Sinaí y al monte donde Dios ofreció al Pueblo, a través de Moisés, los mandamientos.
Decir que Jesús subió al “monte”, significa decir que a través de Jesús se va a realizar la nueva Alianza entre Dios y ese Pueblo de gente libre que, con Jesús, “atravesó el mar” en dirección a la tierra de la libertad.

4. La referencia a la Pascua que estaba próxima (v. 4), sería una referencia inútil, si no estuviéramos en el contexto de la liberación del Pueblo de la esclavitud. En la época de Jesús, la Pascua era la fiesta de la liberación y de la constitución del Pueblo de Dios; pero era, también, la fiesta que anunciaba ese tiempo futuro en el que el Mesías iba a liberar definitivamente al Pueblo de Dios. En este momento, el Pueblo debía subir a Jerusalén para, en “el monte” del Templo, celebrar la liberación; en contrapartida, la multitud sigue a Jesús hacia otro “monte”, del otro lado del mar. El Pueblo comienza a liberarse del yugo de las instituciones judías y a percibir que es en Jesús donde se van a inaugurar los tiempos nuevos de libertad y de paz.

5. La multitud que sigue a Jesús, tiene hambre y no tiene qué comer (v. 5-6). La referencia nos lleva, otra vez, al Éxodo, al desierto, cuando el Pueblo que caminaba hacia la tierra de la libertad, sintió hambre. Entonces fue Dios quien respondió a las necesidades del Pueblo y le dio comida en abundancia; aquí, es Jesús quien se apercibe de las necesidades de la multitud e intenta remediarlas. Él muestra, así, el rostro del Dios del amor y de la bondad, siempre atento a las necesidades de su Pueblo.

6. ¿Cuál es la solución que Jesús va a dar para solucionar el “hambre” de la multitud? En la búsqueda de la solución, Jesús implica a la comunidad de los discípulos (“¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?”, v. 5).
La comunidad de Jesús (en la que naturalmente Jesús se incluye), tiene que sentirse responsable por el “hambre” de los hombres y tiene que sentir que su responsabilidad y misión es saciar esa “hambre”.

Juan señala que Jesús presenta la cuestión a los discípulos (representados por Felipe) para “tantearlos” (v. 6). El problema puede ser presentado de la siguiente forma: ¿cómo ha de resolver el hambre del mundo la comunidad de los discípulos, formados en la escuela y en los valores de Jesús? ¿Apelando al sistema económico vigente, que se basa en el egoísmo y en el poder del dinero y sitúa los bienes en manos de unos pocos, generando una lógica de opresión, de dependencia y de necesidad?

¿Será este el sistema de ese mundo nuevo y libre que Jesús desea instituir?
¿Los discípulos de Jesús, se alinearán con ese sistema opresor, basado en la compra, en la venta y en el lucro o percibirán que Jesús tiene una respuesta nueva que hacer, generadora de liberación y de vida en abundancia para todos?

7. Felipe muestra la imposibilidad para resolver el problema, dentro del esquema económico vigente. “Doscientos denarios no bastarían para dar un pedazo de pan a cada uno” (v. 7). Un denario equivalía al salario base de un día de trabajo; así, ni el dinero de más de medio año de trabajo daría para resolver el problema. En otras palabras: confiando en el sistema instituido (el de la compra-venta, que supone el sistema económico regido por el lucro egoísta), es imposible resolver el problema de la necesidad de los hambrientos. La comunidad de Jesús está invitada, por tanto, a abandonar este sistema y a encontrar otros.

8. Andrés, sin embargo, vislumbra una solución diferente (v. 8-9). Este apóstol representa, en la comunidad de Jesús, a aquellos que se adhieren a Jesús de forma convencida, que tienen una gran intimidad con Jesús y que, por tanto, son más conscientes de las propuestas de Jesús. No obstante, Andrés no está muy convencido de los resultados (“¿qué es eso para tanta gente?”). Sería bueno, considera Andrés, encontrar otro sistema diferente del sistema explotador; pero eso no es fácil. Jesús va, precisamente, a probar que es posible encontrar otro sistema que reparta vida y que elimine la lógica de la explotación.

9. La figura del “niño”, que apenas aparece en la escena de la multiplicación de los panes en la versión de Juan, es una figura no necesaria desde el punto de vista de la narración: para el resultado final, daba igual que el dueño de los panes y de los peces fuese un niño o un adulto. Siendo así, ¿por qué Juan insiste en hablar de un niño? Porque la figura del “niño” es muy significativa: ya sea por la edad, ya por la condición, es un “débil”, física y socialmente. Representa la debilidad de la comunidad de Jesús para resolver las grandes carencias del mundo. La palabra griega utilizada por Juan para hablar del niño indica simultáneamente a un “niño” y a un “siervo”: la comunidad, representada en ese “niño”, se presenta delante del mundo como un grupo socialmente humilde, sin pretensión alguna de poder y de dominio, dedicado al servicio de los hombres. Es esa comunidad de sencillos y humildes, vocacionada para el servicio, la que está llamada a resolver la cuestión de la necesidad de los pobres y a instaurar un nuevo sistema liberador. ¿Cuál es ese sistema?

10. Los números “cinco” (“panes”) y “dos” (“peces”), tampoco aparecen por casualidad: su suma da “siete”, el número que significa totalidad. Por lo tanto: es compartiendo en totalidad lo que la comunidad posee, como se responde a la carencia de los hombres. Es una totalidad fraccionada y diversificada; pero que, puesta al servicio de los hermanos, sacia el hambre del mundo.

11. Sobre los alimentos aportados por la comunidad, Jesús pronuncia una “acción de Gracias” (v. 11). El “dar gracias” significa reconocer que los bienes son dones que vienen de Dios. Ahora, reconocer que los bienes vienen de Dios, significa desvincularlos de su poseedor humano, para reconocer que son un don gratuito que Dios ofrece a los hombres; y Dios no ofrece a unos y no a otros.

“Dar gracias” es reconocer que los bienes recibidos pertenecen a todos y que quien los posea es solamente un administrador encargado de ponerlos a disposición de todos los hermanos, con la misma gratuidad con la que los recibió. Los bienes son, así, liberados de la posesión exclusiva de algunos, para ser don de Dios para todos los hombres. Es ese el sistema que Dios quiere instaurar en el mundo; y la comunidad cristiana está llamada a testimoniar esta lógica.

12. Una vez saciado el hambre del mundo, a través de esos bienes que la comunidad recibe de Dios y que pone al servicio de todos los hombres, los discípulos están llamados a otras tareas. Hay sobras que no se pueden perder, sino que deben ser el principio de otras abundancias. Es preciso multiplicar incesantemente el amor y el pan. Y la comunidad, una vez percibido el proyecto de Jesús, debe utilizar lo que tiene para continuar ofreciendo la vida a los hombres.

La referencia a los doce cestos recogidos por los discípulos, puede ser una alusión a Israel (las doce tribus): si la comunidad de los discípulos sabe compartir aquello que ha recibido de Dios, puede satisfacer el hambre de todo el Pueblo (v. 12-13).

13. Algunos de los que fueron testigos de la multiplicación de los panes y de los peces, tiene conciencia de que Jesús es el Mesías que había de venir para dar a su Pueblo la vida en abundancia y quieren hacerle rey (v. 14-15). Jesús no acepta. Él no ha venido a resolver los problemas del mundo instalado en un sistema de autoridad y de poder; sino que vino a invitar a los hombres a vivir en la lógica del compartir y de la solidaridad, que se hace don y servicio humilde a los hermanos. Esa es la forma como él se propone, con la colaboración de los discípulos, eliminar el sistema opresor, responsable del hambre y de la miseria.

El mundo nuevo que Jesús vino a proponer, no se asienta en una lógica de poder y autoridad, sino en el servicio sencillo y humilde que lleva a compartir la vida con los hermanos.

La perícopa que hoy se nos propone pretende, pues, presentar el proyecto de Dios realizado en Jesús como un proyecto de liberación, que ha de eliminar la opresión e instaurar un mundo de hombres libres, liberados del egoísmo y capaces de amar y de compartir. Frente al sistema que se basa en el lucro y en la explotación, Jesús propone una nueva actitud. Es necesario, dice Jesús, sustituir el egoísmo por el amor y el compartir. La comunidad de Jesús tiene la función de descubrir esta lógica, de acogerla y de proponerla al mundo. Tiene que aprender que los bienes son un don de Dios, destinados a todos. Procediendo de esa forma, está llamada a instaurar un nuevo sistema y a liberar a todos de esos condicionantes egoístas que generan injusticia, necesidad, carencia, debilidad y sufrimiento. Quien quiera acompañar a Jesús por este camino, pasará con seguridad de la esclavitud del lucro a la libertad del compartir, del servicio, del amor a los hermanos.

Jesús es el Dios que se revistió de nuestra humanidad y vino a nuestro encuentro para revelarnos su amor. Su proyecto, que él concretizó en cada palabra y en cada gesto recorriendo, con sus discípulos, los pueblos y aldeas de Palestina, consiste en liberar a los hombres de todo aquello que los oprime y les roba la vida.

Nuestro texto muestra a Jesús atento a las necesidades de la multitud, empeñado en saciar el hambre de vida de los hombres, preocupado por señalarles el camino que lleva de la esclavitud a la libertad. La actitud de Jesús es, para nosotros, una expresión clara del amor y de la bondad de un Dios siempre atento a las necesidades de su Pueblo. Nos garantiza que, a lo largo del camino de la vida, Dios va a nuestro lado, atento a nuestros dramas y miserias, empeñado en satisfacer nuestras necesidades, preocupado por darnos el “pan” que sacia nuestra hambre de vida. A nosotros nos corresponde abrir el corazón a su amor y acoger las propuestas que él nos hace.

El “hambre” de pan que la multitud siente y que Jesús quiere saciar, es un símbolo del hambre de vida que hace sufrir a tantos de nuestros hermanos. Los que tienen “hambre”, son aquellos que son explotados e injustamente tratados y que no consiguen liberarse; son los que viven en soledad, sin familia, sin amigos y sin amor; son los que tienen que dejar su tierra y enfrentarse a una cultura, a una lengua, a un ambiente extraños para poder ofrecer condiciones de subsistencia a su familia; son los marginados, abandonados, segregados por causa del color de su piel, por causa de su estatus social o económico, o por no tener acceso a la educación y a los bienes culturales de los que la mayoría disfruta; son los niños víctimas de la violencia y de la explotación; son las víctimas de la economía globalizada, cuya vida danza al son de los intereses de las multinacionales; son las víctimas del imperialismo y de los intereses de los grandes del mundo. A esos y a todos los otros que tienen “hambre” de vida y de felicidad, es a los que se dirige la propuesta de Jesús.

En este Evangelio, Jesús se dirige a sus discípulos y les dice: “dadles vosotros mismos de comer”. Los discípulos de Jesús están invitados a continuar la misión de Jesús y a distribuirles el “pan” que sacia el hambre de vida, de justicia, de libertad, de esperanza, de felicidad que los hombres padecen. Después de esto, ningún discípulo de Jesús puede mirar con tranquilidad a sus hermanos con “hambre” y decir que no tiene nada que ver con eso.

Los discípulos de Jesús están invitados a responsabilizarse de esa “hambre” de los hombres y a hacer todo lo que esté en su mano para devolver la vida y la esperanza a todos aquellos que viven en la miseria, en el sufrimiento, en la desesperación.

En nuestro Evangelio, los discípulos constatan que, recurriendo al sistema económico vigente, es imposible resolver el “hambre” de los necesitados.
El sistema capitalista vigente, que, a lo máximo, distribuye a cuenta gotas las migajas de la riqueza para adormecer la rebelión de los explotados, será siempre un sistema que se apoya en la lógica egoísta del lucro y que sólo crea más opresión, más dependencia, más necesidad.

Los discípulos de Jesús tienen que encontrar otros caminos y proponer al mundo que adopte otros sistemas. ¿Cuáles?

Jesús propone algo realmente nuevo: propone la lógica del compartir. Los discípulos de Jesús están invitados a reconocer que los bienes son un don de Dios para todos los hombres y que pertenecen a todos; están invitados a quebrar la lógica del acaparamiento egoísta de los bienes y a poner los dones de Dios al servicio de todos. Como resultado, no se obtiene solamente saciar el hambre de los que lo tienen, sino unas nuevas relaciones fraternas entre los que dan y los que reciben, hechas de reconocimiento y armonía que enriquece a ambos y que es el fundamento de un nuevo orden, de unas nuevas relaciones entre los hombres.

Esta es la propuesta de Dios; y es a esto a lo que los discípulos están llamados a dar testimonio.

Los discípulos de Jesús no pueden, sin embargo, dirigirse a los necesitados mirándoles “desde arriba”, instalados en sus esquemas de poder y de autoridad, utilizando la caridad como instrumento de apoyo a sus proyectos personales, o exigiendo algo a cambio. Los discípulos de Jesús deben ser un grupo humilde (el “niño” del Evangelio), sin pretensión alguna de poder o dominio, y solamente preocupados en servir a los hermanos con “hambre”.

El resultado de la propuesta de Jesús es una humanidad totalmente libre de la esclavitud de los bienes. Los necesitados, se convertirán en personas libres porque ya tienen lo necesario para vivir una vida digna y humana; los que reparten los bienes, se liberarán de la lógica egoísta de los bienes y de la esclavitud del dinero y descubrirán la libertad del amor y del servicio.

Al final, los discípulos fueron invitados a recoger los restos, que deberían servir para otras “multiplicaciones”.
La tarea de los discípulos de Jesús es una tarea nunca acabada, que deberá reiniciarse en cualquier tiempo y en cualquier lugar donde haya un hermano “con hambre”.

Ef 4, 1-6 (2ª Lectura Domingo XVII de Tiempo Ordinario)

La Carta a los Efesios (que hemos venido reflexionando y cuyo texto va a continuar acompañándonos en los próximos domingos) parece ser una “carta circular”, enviada a varias comunidades cristianas de la parte occidental de Asia Menor, incluidos los cristianos de Éfeso.

Es considerada una “carta de cautividad”, escrita por Pablo en prisión (los que aceptan la autoría paulina de esta carta discuten cual es el lugar donde Pablo está preso, en este momento; la mayoría une la carta a la cautividad de Pablo en Roma entre el 61 y el 63).

De cualquier forma, es un texto bien trabajado, que presenta una catequesis sólida y bien elaborada. Podría ser un texto de la fase “madura” de Pablo. Algunos autores consideran la Carta a los Efesios como una especie de síntesis del pensamiento paulino.

El texto que hoy se nos propone como segunda lectura, es el inicio de la parte moral y parenética de la carta (cf. Ef 4,1-6,20). Tenemos, aquí, una especie de “exhortación a los bautizados”, en la cual Pablo reflexiona largamente sobre la edificación y el crecimiento del “Cuerpo de Cristo”.

En términos siempre bastante concretos, Pablo da pistas a los cristianos acerca de la forma como deben vivir sus compromisos con Cristo, de forma que lleguen a ser Hombres Nuevos.

Nuestro texto comienza con una referencia al hecho de que Pablo esté preso. La condición de prisionero por causa de Jesús y del Evangelio, da un peso especial a las recomendaciones del apóstol: son las palabras de alguien que lleva tan en serio la propuesta de Jesús, que es capaz de sufrir y de arriesgar la vida por ella.

En la perspectiva de Pablo, la vida nueva exige, en primer lugar, que los creyentes vivan unidos en Cristo. Ahora, hay comportamientos y actitudes que son condición necesaria para que esa unidad se vuelva efectiva (vv. 2-3).

Antes de nada, Pablo se refiere a la humildad, pues sólo ella permite superar el egoísmo, el orgullo, la autosuficiencia que separan a los hermanos y que levantan entre ellos barreras de división; después, Pablo habla de la mansedumbre, hermana de la humildad, y cualidad que derrumba las barreras contra la comunión; Pablo habla, también, de la paciencia, que permite ser tolerante y comprensivo con las faltas de los hermanos y que permite también entender y aceptar las diferentes maneras de ser y de actuar.

En resumen, se trata, fundamentalmente, de hacer que la caridad presida las relaciones que establecemos con los otros; el amor debe ser siempre el soporte de nuestras relaciones humanas. La unidad es un don de Dios; pero, su efectividad, depende de la contribución y del esfuerzo de cada hermano.

En la segunda parte de nuestro texto, Pablo presenta un conjunto de elementos que fundamentan la obligatoriedad de la unidad de los creyentes: hay “un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza” en la vida de todos los creyentes que han sido llamados; hay “un Señor, una fe, un bautismo; un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo” (vv. 4-6). La mención del Padre, del Hijo y del Espíritu, en este contexto, sugiere que la Trinidad es la fuente última y el modelo de la unidad que los cristianos deben vivir, en su experiencia de camino comunitario.

La Iglesia es un “cuerpo”, el “Cuerpo de Cristo”. Naturalmente, ese “cuerpo” está formado por muchos miembros, todos ellos distintos; pero todos ellos dependen de Cristo (la “cabeza” de ese “cuerpo”) y reciben de él la misma vida. Forman, por tanto, una unidad.

Tienen el mismo Padre (Dios), tienen un proyecto común (el proyecto de Jesús), tiene el mismo proyecto (formar parte de la familia de Dios y encontrar la vida en plenitud), caminan en la misma dirección animados por el mismo Espíritu, tienen la misma misión (dar testimonio en el mundo del proyecto de amor que Dios tiene para los hombres).

En este esquema, no tienen ningún sentido las divisiones, las envidias, las rivalidades, los celos, los odios, las divergencias que, tantas veces, dividen a los hermanos de una misma comunidad. Cuando los hermanos no se esfuerzan por caminar unidos, probablemente aún no han descubierto los fundamentos de su fe.

¿Mi comunidad (cristiana o religiosa) es una comunidad que camina unida y solidaria, compartiendo vida y amor, a pesar de las diferencias legítimas de sus miembros?
En términos personales, ¿me siento constructor de unidad, o un factor de división?

Para que la unidad sea posible, Pablo recomienda a los destinatarios de la Carta a los Efesios la humildad, la mansedumbre y la paciencia. Son actitudes que no casan con esquemas de egoísmo, de orgullo, de autosuficiencia, de prejuicios en relación con los hermanos.

¿Cómo me sitúo yo frente a los otros? ¿Mi relación con los hermanos está marcada por el egoísmo o por la disponibilidad para servir y compartir?
¿Procuro estar atento a las necesidades de los otros e ir a su encuentro, o levanto muros de orgullo y de autosuficiencia que impiden la relación, la comunión, la comunicación? ¿Estoy abierto a las diferencias y dispuesto a dialogar, o vivo encerrado en mis prejuicios, catalogando y marginando a aquellos que no concuerdan conmigo.

La Iglesia es una unidad; pero es, también, una comunidad de personas muy diferentes, en términos de raza, de cultura, de lengua, de condición social o económica, de maneras de ser. Las diferencias legítimas no deben, nunca, ser vistas como algo negativo, sino como una riqueza para la vida de la comunidad; no deben llevar al conflicto y a la división, sino a una unidad cada vez más estrecha construida en el respeto y en la tolerancia. La diversidad es un valor, que no puede ni debe anular la unidad y el amor de los hermanos.

Re 4, 42-44 (1ª lectura Domingo XVII de Tiempo Ordinario)

Las tradiciones proféticas sobre Elías y Eliseo (los “ciclos” de Elías y Eliseo) ocupan un espacio significativo del Libro de los Reyes (cf. 1 Re 17,1-21,29; 2 Re 1,1-13,21).

Se refieren a un período bastante conflictivo, en términos políticos y en términos religiosos, de la vida del Reino del Norte (Israel).

Elías ejerce su misión profética durante los reinados de Acab (874-853 antes de Cristo) y el de Azarías (853-852); Eliseo, ofrece su testimonio profético durante los reinados de Jorao (853-842 antes de Cristo), de Jeú (842-813) y de Joacaz (813-797).

Los reyes de Israel procuraron siempre establecer relaciones comerciales, económicas, políticas y militares con los pueblos vecinos. Esa apertura de fronteras tuvo, sin embargo, sus costes en términos de fidelidad a Yahvé y a la Alianza, una vez que los cultos a los dioses extranjeros entraban en el país y ocupaban un lugar significativo en la vida y en el corazón de los israelitas.

Es una época de sincretismo religioso, en la que la religión yahvista es, con la complacencia y hasta con el apoyo declarado de los reyes de Israel, postergada en favor de los cultos de Baal y de Astarté.

En términos sociales, es una época en la que se multiplican las injusticias contra los pobres y las arbitrariedades contra los débiles. Todo esto presenta un cuadro de graves infidelidades contra Dios y contra la Alanza.

Es contra todo esto contra lo que se sublevan Elías y Eliseo.

Elías aparece como el representante de esos israelitas fieles a los valores religiosos tradicionales, que rechazaban la coexistencia de Yahvé y de Baal en el horizonte de la fe de Israel; y la lucha de Elías será continuada por sus discípulos, y, entre ellos, por Eliseo.

Parece que Eliseo, el profeta o actor principal de la primera lectura de este Domingo, formaba parte de una comunidad de “hijos de profetas” (los “benê nebi’in”,cf. Re 2,3;4,1). Se trata de una comunidad de hombres que vivían pobremente (cf. 2 Re 4,1-7) y que eran seguidores incondicionales de Yahvé. El Pueblo les consultaba regularmente y buscaba en ellos apoyo contra los abusos de los poderosos.

Eliseo es presentado muchas veces, en las historias narradas en el “ciclo de Eliseo” (cf. 2 Re 2; 3,4-27; 4,1-8,15; 9,1-10; 13,14-21), como el profeta “de los milagros”, cuyas acciones muestran la presencia de la fuerza y de la vida de Dios en medio de su Pueblo. Otras veces, Eliseo es el profeta de la intervención política; su acción en este campo sobrepasa incluso las fronteras físicas de Israel y llega a Damasco (cf. 2 Re 8,7- 15).

El texto que se nos propone como primera lectura cuenta que un hombre de Baal-Shalista trajo a Eliseo el “pan de las primicias”: veinte panes de cebada y trigo nuevo en un saco.

De acuerdo con Lev 23,20 el pan de las primicias debía ser presentado ante el Señor y consagrado a Yahvé, aunque después revertiese en beneficio del sacerdote. Debe ser esta costumbre la que está subyacente al episodio de la entrega de los panes a Eliseo.

Eliseo, sin embargo, no conservó los dones para sí, sino que mandó repartirlos entre las personas que rodeaban al profeta.

El “siervo” del profeta no creía que los alimentos ofrecidos llegasen para cien personas; sin embargo, llegaron y todavía sobraron.

Estamos, aquí, ante una sucesión de gestos que revelan generosidad y voluntad de compartir: del hombre que lleva los dones al profeta y del profeta que no los guarda para sí, sino que los manda repartir entre las personas que lo rodean.

La descripción de una milagrosa multiplicación de panes de cebada y de granos de trigo sugiere que, cuando el hombre es capaz de salir de su egoísmo y tiene disponibilidad para compartir los dones recibidos de Dios, esos dones llegan para todos y todavía sobran.

La generosidad, el compartir, la solidaridad, no empobrecen, sino que son generadoras de vida y de vida en ambulancia.

Este relato suministrará a los autores neotestamentarios el modelo literario en el que se inspirarán para presentar los relatos evangélicos de las multiplicaciones de los panes (cf. Mc 6,34-44; 8,1-10; Mt 14,13-21; 15,32-38; Lc 9,10-17).

El “profeta” es un hombre llamado por Dios, es enviado a ser el rostro de Dios en medio del mundo. En las palabras y en los gestos del “profeta”, es Dios quien se manifiesta a los hombres y quien les indica su voluntad y sus propuestas.
En el gesto de repartir el pan para saciar el hambre de las personas, el “profeta” manifiesta la eterna preocupación de Dios por el “hambre” del mundo (hambre de pan, hambre de libertad, hambre de dignidad, hambre de realización plena, hambre de amor, hambre de paz…) y su voluntad de dar a los hombres vida en abundancia. No tengamos dudas: Dios se preocupa, todos los días, en ofrecer a sus hijos vida en abundancia.

Es Dios quien nos da, día a día, el pan que sacia nuestra hambre de vida.

¿Cómo actúa Dios para saciar el hambre de vida de los hombres?
¿Lo realiza haciendo llover del cielo, milagrosamente, el “pan” que el hombre necesita?
Nuestra primera lectura sugiere que Dios actúa de forma más sencilla y más normal. A través de la generosidad y del compartir de los hombres (primero del hombre que decide ofrecer el fruto de su trabajo; después, del profeta que manda distribuir el alimento) es como el “pan” llega a los necesitados. Normalmente, Dios se sirve de los hombres para intervenir en el mundo y para hacer llegar al mundo sus dones.
Muchas veces soñamos con gestos espectaculares de Dios y vivimos con los ojos fijos en el cielo a la espera de que Dios se digne intervenir en el mundo; y acabamos por no percibir que Dios ya vino a nuestro encuentro y que él se manifiesta en la acción generosa de tantos hombres y mujeres que practican, sin publicidad, gestos de compartir, de solidaridad, de donación, de entrega.
Es necesario que aprendamos a captar la presencia y el amor de Dios en esos gestos sencillos que todos los días testimoniamos y que ayudan a construir un mundo más justo, más fraterno y más solidario.

Al mostrar que es a través de esas acciones de los hombres como Dios sacia el hambre del mundo, nuestro texto nos invita al compromiso.
Dios necesita de nosotros, de nuestra generosidad y bondad, para ir al encuentro de nuestros hermanos necesitados y para ofrecerles vida en abundancia.

Nosotros, los creyentes, estamos llamados a ser, como el profeta Eliseo, testigos de ese Dios que quiere compartir con los hombres su “pan”; y ese “pan” de Dios debe derramarse sobre nuestros hermanos con nuestros gestos de compartir, de generosidad, de solidaridad, de amor sin límites.