Vísperas – Lunes XVII del Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LIBRA MIS OJOS DE LA MUERTE.

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz, que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva,
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Haz que mi pie vaya ligero.
Da de tu pan y de tu vaso
al que te sigue, paso a paso,
por lo más duro del sendero.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo.
¡Tantos me dicen que estás muerto!
Y entre la sombra y el desierto
dame tu mano y ven conmigo. Amén

SALMODIA

Ant 1. El Señor se complace en los justos.

Salmo 10 – EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor se complace en los justos.

Ant 2. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Salmo 14 – ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Ant 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE   Col 1, 9b-11

Llegad a la plenitud en el conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así caminaréis según el Señor se merece y le agradaréis enteramente, dando fruto en toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios. Fortalecidos en toda fortaleza, según el poder de su gloria, podréis resistir y perseverar en todo con alegría.

RESPONSORIO BREVE

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Porque he pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Favorece a tu pueblo, Señor.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos:
para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
que encuentren en ti, Señor, su verdadera felicidad.

Muestra tu amor a los agonizantes:
que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó Cristo:

Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 30 de julio

Lectio: Lunes, 30 Julio, 2018
Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
¡Oh Dios!, protector de los que en ti esperan; sin ti nada es fuerte ni santo. Multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Mateo 13,31-35
Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.» Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el profeta:
Abriré con parábolas mi boca,
publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
 

3) Reflexión
• Estamos meditando el Sermón de las Parábolas, cuyo objetivo es revelar, por medio de comparaciones, el misterio del Reino de Dios presente en la vida del pueblo. El evangelio nos trae hoy dos pequeñas parábolas, del grano de mostaza y de la levadura. En ellas Jesús cuenta dos historias sacadas de la vida de cada día que servirán como medio de comparación para ayudar a la gente a descubrir el misterio del Reino. Al meditar estas dos historias, lo primero que hay que hacer no es querer descubrir lo que cada elemento de las historias nos quiere decir sobre el Reino. Lo primero que hay que hacer es mirar la historia en si misma como un todo y tratar de descubrir cuál es el punto central entorno al cual la historia fue construida, pues es este punto central lo que servirá como medio de comparación para revelar el Reino de Dios. Vamos a ver cuál es el punto central de las dos parábolas.

• Mato 13,31-32: La parábola del grano de mostaza. Jesús dice: «El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza“ y luego cuenta la historia: un grano bien pequeño es lanzado en el campo; pero aún siendo pequeño, crece, se hace mayor que las otras plantas y llega a atraer los pajarillos para que hagan en ellas sus nidos. Jesús no explica la historia. Aquí vale lo que dice en otra ocasión: “Quien tenga oídos para oír, que oiga” Es decir: “Es esto. ¡Ustedes han oído, y ahora traten de entender!” A nosotros nos toca descubrir lo que esta historia nos revela sobre el Reino de Dios presente en nuestras vidas. Así, por medio de esta historia del grano de mostaza, Jesús provoca nuestra fantasía, pues cada uno de nosotros entiende algo de siembra. Jesús espera que las personas, nosotros todos, comencemos a compartir lo que cada uno descubre. Comparto aquí tres puntos que descubrí sobre el Reino a partir de esta parábola: (a) Jesús dice: «El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza“. El Reino no es algo abstracto, ni es una idea. Es una presencia en medio de nosotros (Lc 17,21). ¿Cómo es esta presencia? Es como el grano de mostaza: presencia bien pequeña, humilde, que casi no se ve. Se trata de Jesús mismo, un pobre carpintero, andando por Galilea, hablando del Reino a la gente de las aldeas. El Reino de Dios no sigue los criterios de los grandes del mundo. Tiene otro modo de pensar y de proceder. (b) La parábola evoca una profecía de Ezequiel, en la que se dice que Dios hará brotar una pequeña rama de cedro y la plantará en las alturas de la montaña de Israel. Este pequeño brote de cedro: ” echará ramas y producirá frutos, y se convertirá en un magnífico cedro. Pájaros de todas clases anidarán en él, habitarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol humillado, hago secar al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré. (Ez 17,22-23). (c) El grano de mostaza, aún siendo pequeño, crece y suscita esperanza. Como el grano de mostaza, así el Reino tiene una fuerza interior y crece. ¿Crece cómo? Crece a través de la predicación de Jesús y de los discípulos y de las discípulas, en los poblados de la Galilea. Crece, hasta hoy, a través del testimonio de las comunidades y se vuelve buena noticia de Dios que irradia y atrae a la gente. La persona que llega cerca de la comunidad, se siente acogida, en casa, y hace en ella su nido, su morada. Al final, la parábola deja una pregunta en el aire: ¿quiénes son los pajarillos? La pregunta tendrá respuesta más adelante en el evangelio. El texto sugiere que se trata de los paganos que van a poder entrar en el Reino (Mt15,21-28).

• Mateo 13,33: La parábola de la levadura. La historia de la segunda parábola es ésta: una mujer mezcla un poco de levadura con tres medidas de harina, hasta que todo quede fermentado. De nuevo, Jesús no explica, sólo dice: «El Reino del Cielo es como la levadura…”. Como en la primera parábola, depende de nosotros el saber descubrir el significado para hoy. Comparto algunos puntos que he descubierto y que me hicieron pensar: (a) Lo que crece no es la levadura, sino la masa. (b) Se trata de una cosa bien casera, del trabajo de la mujer en casa. (c) La levadura tiene algo de podrido que se mezcla con la masa pura de la harina. (d) El objetivo es hacer ‘levitar’ la masa y no apenas una parte. (e) La levadura no tiene fin en si misma, sino que sirve para hacer crecer la masa.

• Mateo 13,34-35: Por qué Jesús habla en parábolas. Aquí, al final del Sermón de las Parábolas, Mateo trae una aclaración sobre el motivo que llevaba a Jesús a enseñar a la gente en forma de parábolas. El dice que era para que se cumpliera la profecía que dice: » Abriré con parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.». En realidad, el texto citado no es de un profeta, sino de un salmo (Sal 78,2). Para los primeros cristianos todo el Antiguo Testamento era una gran profecía que tenía que anunciar veladamente la venida del Mesías y la realización de las promesas de Dios. En Marcos 4,34-34, el motivo que llevaba a Jesús a enseñar a la gente por medio de parábolas era para adaptar el mensaje a la capacidad de la gente. Al ser ejemplos sacados de la vida de la gente, Jesús ayudaba a las personas a descubrir las cosas de Dios en lo cotidiano. La vida se volvía transparente. Jesús hacía percibir que lo extraordinario de Dios se esconde en las cosas ordinarias y comunes de la vida de cada día. La gente entendía así, de la vida. En las parábolas recibía una llave para abrirla y encontrar dentro de la vida las señales de Dios. Al final del Sermón de las Parábolas, en Mateo 13,52, como luego veremos, se va a dar otro motivo que lleva Jesús a enseñar por medio de parábolas.

4) Para la reflexión personal
• ¿Cuál es el punto de estas dos parábolas que más te gustó o que más te llamó la atención? ¿Por qué?
• ¿Cuál es la semilla que, sin que te hayas dado cuenta, creció en ti y en tu comunidad?
5) Oración final
Yo, en cambio, cantaré tu fuerza,
aclamaré tu lealtad por la mañana;
pues has sido un baluarte para mí,
un refugio el día de la angustia. (Sal 59,17)

Una nueva alianza

Oh Dios, tú no dejas de sembrar tu campo;
ya caliente el sol nuestra tierra
o la noche la cubra con su sombra,
la semilla hundida en el suelo
prepara una cosecha abundante
y da el ciento por uno.
El grano más pequeño, humilde y discreto,
se hace árbol majestuoso
en el que el hombre encuentra alimento y fuerza de vida.

Sí, lo creemos:
si el grano de trigo no muere,
queda solo;
si tu Hijo no hubiera sido enterrado en el tiempo de la siembra,
jamás habría madurado la cosecha que nos da el pan de vida.
Cristo es para nosotros el pan compartido, el vino nuevo
y la embriaguez de una eterna alegría.

Oh Dios, tú no has creado la vida
para verla sumergida en la muerte;
Jesucristo floreció de nuevo en la mañana de Pascua
y su Espíritu fecunda nuestros sarmientos.

Padre, te lo rogamos:
haz que tus obreros siembren abundantemente
la semilla de una cosecha siempre inesperada;
que trabajen al ritmo de tu infinita paciencia
y que no arranquen antes de tiempo
la cizaña que crece con el grano.
Que sean desinteresados y libres,
que den sin cálculo alguno
lo que gratuitamente de ti han recibido.
Recompensa su trabajo,
que reciban de ti
un salario más abundante
que el esfuerzo que han tenido que hacer.

Por tu Espíritu, sana nuestros corazones de piedra,
que tu semilla eche raíces
en los que escuchan tu Palabra.
Poda nuestros sarmientos,
para que madure tu fruto en vendimia de fiesta.
Que seamos colmados de alegría
en Jesús, primicia de un mundo nuevo.

30.- Enseñar y bautizar a todos

«Id, pues, y enseñad a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñándolas
a observar todas las cosas que os he mandado»
(Mt 28, 19-20).

Señor
Proclamaste tu divinidad una vez más antes de marcharte a los cielos, cuando dijiste:
—Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
¿Quién pudo decir tanto sin mentir en una sola palabra? Sólo tú, el «todopoderoso» en el cielo y en la tierra.
Entre nosotros tenemos el poder un día y lo perdemos al siguiente.
Un poder que siempre tenemos que conseguir desposeyendo a los otros del suyo.

Señor
Lo impresionante de tu poder es que nos lo quieras entregar sin merecimiento alguno de nuestra parte.
Es lo que significan tus palabras «y por tanto»: por esta razón, porque tú lo tienes, nos lo puedes y quieres comunicar.
Y nos comunicas —con un mandato imperativo— el poder de enseñar a todas las gentes. Enseñar lo que tú no has enseñado.
No a uno o a dos, sino a todos. 

Señor
los primeros apóstoles aceptaron tu mandato y en tu nombre enseñaron tu verdad por el mundo a todas las razas y pueblos que pudieron.
Ellos fueron los primeros, pero no tenían que ser los únicos.
Porque tus palabras iban dirigidas también a los que no pudieron oírlas de sus labios, pero pueden escucharlas hoy.
Estas palabras las pronunciaste para cada uno de nosotros, con la misma intención y con la misma fuerza de mandato.
Son como para todos los cristianos, pequeños o grandes, sean sacerdotes, religiosos o seglares.
De este siglo o de cualquier siglo. 

Señor
Esta es la vocación que nos das a los cristianos: enseñar la verdad del evangelio.
Y lo dices con una palabra especial: «Id», que nos indica una acción dinámica: salir, ponerse en marcha, andar, trasladarnos de un punto a otro.
No se puede enseñar a otro sin ir hacia el otro, ni esperando que venga a nosotros.
Tú quieres que los cristianos se muevan y busquen a sus discípulos. 

Señor
Tú quieres que nadie se quede sin conocer la verdad, lo mismo si está cerca, en casa, en el lugar de nuestro trabajo, que si está lejos y vive distante de nosotros.
Empezando por los que tú nos has puesto más cerca, por este trabajo que parece más ordinario y vulgar, porque también a éstos tendremos que «ir» a enseñarles, cuando no vienen a nosotros. 

Señor
Tú nos mandas enseñar a todos que tú eres el camino, la verdad y la vida.
Y cómo tenemos que andar por este camino. cómo tenemos que entender esta verdad y cómo podemos vivir esta vida.
Un camino, una verdad y una vida, aplicada a las necesidades y dificultades de cada hora y de cada día.
Porque tus enseñanzas hablan de realidad v no de teorías; hablan de biografías concretas no de vidas utópicas o hipotéticas. 

Señor
Tus enseñanzas iluminan nuestros caminos, dan el verdadero sentido del por qué de nuestras vidas y nos dan fuerzas para luchar frente a los obstáculos y frustraciones.
Ningún buen maestro puede enseñar otras alternativas mejor, ni otros caminos más rectos, ni otras verdades más fundamentales, ni otros ideales más nobles de vida.
Y, sin embargo, los maestros de la tierra solemos preferir antes que los tuyos, nuestros propios caminos, verdades y vidas. 

Señor
No han faltado, ni faltan en el mundo quienes quieren enseñar a otros.
Pero sí faltan quienes conozcan y quieran simplemente y totalmente repetir tus propias enseñanzas.
No faltan maestros, sino tus maestros. 

Señor
Para ser tus maestros necesitaremos volver a la escuela y aprender otra vez lo que nos enseñaron de niños.
Necesitaremos —como hace el maestro honrado que reconoce no saber bien su asignatura— estudiar con más profundidad antes de enseñar a los demás.
Tendremos que reconocer humildemente que no bastan unas pocas horas, ni unos pocos días, para conseguir este título.
Que su estudio abarca toda la vida y que tendremos que dedicarnos simultáneamente a aprender y a enseñar una y otra vez. 

Señor
Si el primer mandato tuyo era ser maestros y enseñar, el segundo fue bautizar.
Y vale también para todos, cualquiera que sea su estado, seglar o sacerdotal, cualquiera que sea su condición y su edad.
Porque no hablas sólo del bautismo formal, sacramental y solemne, sino de la acción de espiritualizar todo lo material, de la acción de cristianizar el mundo, de darle el nombre de criaturas o hijos del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo. 

Señor
Si hemos entendido bien tu segundo mandato al ordenarnos bautizar, querías que convirtiésemos todo lo malo en bueno, que dirigiéramos y lleváramos las almas a Dios.
Que devolviéramos la gracia de la vida divina a los que la han perdido por el pecado de apartarse de Dios.
Que recordásemos a todos que por naturaleza y creación, son obra de la trinidad divina, y están consagrados a Dios como hijos suyos. 

Señor
Si hemos entendido tus palabras, quieres que también bautizemos las cosas del mundo, para que sean instrumentos aptos en manos de los hombres, para servirte a ti.
Quieres además que bauticemos los acontecimientos diarios de la vida, los grandes y los pequeños, examinándolos a la luz de tu providencia, que los ordena y dispone. 

Señor
Haznos sentir a los cristianos este deseo y votación de bautizar a todos y a todo.
Que sepamos abrir los corazones a tu luz y a tu influjo.
Que te preparemos el camino de los hombres para que se encuentren cara a cara con tu verdad y con tu vida.

Miguel Beltrán

Gaudete et exsultate (Francisco I)

30. Los mismos recursos de distracción que invaden la vida actual nos llevan también a absolutizar el tiempo libre, en el cual podemos utilizar sin límites esos dispositivos que nos brindan entretenimiento o placeres efímeros[29]. Como consecuencia, es la propia misión la que se resiente, es el compromiso el que se debilita, es el servicio generoso y disponible el que comienza a retacearse. Eso desnaturaliza la experiencia espiritual. ¿Puede ser sano un fervor espiritual que conviva con una acedia en la acción evangelizadora o en el servicio a los otros?


[29] Es necesario distinguir esta distracción superficial, de una sana cultura del ocio, que nos abre al otro y a la realidad con un espíritu disponible y contemplativo.

Homilía (Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

NO SOLO PAN

1.- No basta el desarrollo.

«No de sólo el pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4; cfr. Deut 8, 3).

Recordemos hoy esta realidad fundamental. Y no lo vamos a recordar en vano. Hay mucha gente, también entre nosotros, que piensa que elevando al máximo la renta «per capita», subiendo sueldos, introduciendo a la masa media en la vorágine de la sociedad de consumo, dando la oportunidad, aunque sea a plazos, de tener piso, electrodomésticos y coche, con los largos fines de semana, ya estarán solucionados todos los problemas.

Existe el peligre de que el pueblo, saltando de alienación en alienación, se contente con esto. Frases como ésta: «¿cuándo hemos vivido como ahora?», se repite sin cesar. Es ese pueblo reservón, desconfiado, que solamente sabe ceder «su olla de carne» cuando le dan a cambio otra mayor (Ex 16, 2-4). Es la actitud que manifiestan los que se han hartado de pan: vuelven de nuevo con intenciones materialistas, con esa sed insaciable del «todos queremos más», que canta una letrilla muy arraigada. Pero Jesús no permite que se engañen: «Os lo aseguro, me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros» (Jn 6, 26).

Hay muchas otras esferas del hombre que hay que despertar y enriquecer. El bienestar material suficiente es la tierra abonada sobre la que se tiene que desarrollar y dar frutos esferas muy importantes de la personalidad individual y social. Si esto se descuida, el hombre fracasa. Sin pretender alcanzar un tono pesimista, sí quiero traeros a la memoria la situación de muchos países llamados altamente desarrollados. Pueblos prósperos que tienen un gran índice de suicidios y de delincuencia, sobre todo juvenil. La sociedad técnica y urbana produce unas desadaptaciones personales monstruosas. ¿Cuántos no viven de la filosofía de la desesperación, del absurdo, el vacío o el hastío? ¿Cómo no conocer que hay «un hambre y una sed» insaciables? (Jn 6, 35) Cuando se tiene el «pan» material suficiente, es necesario ampliar el horizonte y buscar un pan más definitivo. Hay que ser sensibles para descubrir «el signo» (Jn 6, 26), la llamada, la atracción hacia otras comidas más importantes y necesarias. El hombre es más que un estómago o que un consumidor. Y ni el estómago lleno, ni la acumulación de cosas, construyen al hombre.

 

2.- La salvación integral del hombre.

Jesús de Nazaret apela a algo más. El lo llama la fe. Esta fe es un trabajo nuevo: «trabajad no por alimento que perece, sino por el alimento que perdura» (Jn 6, 27). Hay realidades muy importantes que construyen el núcleo de nuestro ser personal. Este alimento nos lo descubre Cristo: «el que os dará el Hijo del hombre» (Jn 6, 27). Hay una nueva faceta del hombre, que supera el estar ahito de pan, y que Cristo ha vivido con plenitud en su vida. Esta vertiente es salvadora. «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis… Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jo 4, 31-34). «Te dio a comer el maná, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre» (Deut 8, 3).

Me voy a atrever a decirlo. Ya sé que no se estila. Pero esta es mi fe. En el horizonte del hombre está Dios. Por encima del pan. El mismo pan que se recibe es signo de la preocupación de Dios. «Es el pan que el Señor os da de comer» (Ex 16, 15). Dios, comunicado al mundo por su Palabra, es nuestro verdadero pan. El sentido del mundo, el destino del hombre, la fuerza de la existencia se arraigan en el mismo Dios, como fuente de vida. Todos tenemos que descubrir esta realidad. Si borramos a Dios del horizonte, nuestras ollas podrán estar llenas de carne, pero nosotros estaremos hambrientos.

Dios, nos ha manifestado el proyecto de lo que es ser hombre, en Jesucristo. No hay hombre que no busque el pan imperecedero. Todos pedimos: «Señor, danos siempre este pan» (Jn 6, 34). Este pan no es otro que el decidirse a vivir por el estilo de la vida de Cristo, injertándose en su mismo misterio. «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará más hambre y el que cree en mí no pasará más sed» (Jn 6, 35). Jesús es el camino de nuestra realización personal, el que cree en El ha acertado, ha encontrado la fuente de aguas vivas (Jn 7, 38). Es el estilo del hombre nuevo.

Pero, «¿cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?» (Jn 6, 28). Creyendo en Jesús. Sabiendo que la fe es una exigencia de realización personal, sin desentender ninguno de los aspectos. Un hombre realizado en la dimensión de la fe. El hombre no se contenta con el pan material, sino que se abre también al pan del espíritu. La cultura, la formación personal, la relación seria con los demás, el servicio desinteresado, la prestación personal: el desarrollo del espíritu creativo. No nos interesa el pan del ocio, si sólo nos sirve sino para perder el tiempo y aburrirnos. El hombre creyente no se contenta con el pan individual, sino que está preocupado por la comunidad en la que vive y de la que es miembro con derechos y obligaciones. Los problemas sociales, el sistema económico, la organización política, no son indiferentes. No sólo el pan material, sino también el pan de la Asociación, de la decisión responsable, de la participación.

Jesús de Nazaret, nos abre las perspectivas de un hombre realizado según el plan de Dios. Este pan de vida lo celebramos en la Eucaristía. Pero, ¿acaso hay en nosotros alguna inquietud mayor que la de acumular el pan material? ¿No estamos hambrientos, necesitados, de descubrir un pan más fundamental? «Yo soy el pan de vida» (Jn 6, 35).

Jesús Burgaleta

Jn 6, 24-35 (Evangelio Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

El pasado Domingo Juan nos contó cómo Jesús alimentó a la multitud con cinco panes y dos peces, en la “otra” orilla del Lago de Tiberíades (cf. Jn 6,1-15). Al “caer la tarde” de ese día, Jesús y los discípulos volvieron a Cafarnaún (cf. Jn 6,16-21).

El episodio que el Evangelio de hoy nos presenta nos sitúa en Cafarnaún, al “día siguiente” del episodio de la multiplicación de los panes y de los peces.

Esa mañana, la multitud que había sido alimentada por los panes y por los peces multiplicados y que aún estaba al “otro lado” del algo, se dio cuenta de que Jesús había regresado a Cafarnaún y se dirigió a su encuentro.

La multitud encontró a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, una ciudad situada en la orilla occidental del Lago y alrededor de la cual se desarrolló una parte significativa de la actividad de Jesús en Galilea.

Frente a la multitud, Jesús proclama un discurso (cf. Jn 6, 22-59) que explica el sentido del gesto precedente (la multiplicación de los panes y de los peces).

La escena inicial (v. 24) parece sugerir, a primera vista, que la predicación de Jesús alcanzó un éxito total: la multitud está entusiasmada, busca a Jesús con afán de seguirle a donde vaya.

Aparentemente, la misión de Jesús no podía ir mejor. Con todo, Jesús percibe enseguida que la multitud está errada y que lo busca por razones equivocadas.

En verdad, la multiplicación de los panes y de los peces pretendió ser, por parte de Jesús, una lección sobre el amor, el compartir y el servicio; pero la multitud no entendió el significado profundo del gesto, se quedó en las apariencias y sólo percibió que Jesús podía ofrecerle, de forma gratuita, pan en abundancia. Así, el hecho de que la multitud busque a Jesús y vaya a su encuentro, no significa que se haya adherido a su propuesta; significa, solamente, que ha visto en Jesús un modo fácil y barato de resolver sus problemas materiales.

En verdad, el gesto de repartir entre la multitud los panes y los peces generó un peligroso equívoco. Jesús se da cuenta de que es necesario deshacer, cuanto antes, ese malentendido. Por eso, ni siquiera responde a la pregunta inicial que le hacen (“maestro, ¿cuándo has llegado aquí?”, v. 25); sino que, en cuanto se encuentra ante la multitud, intenta aclarar bien las cosas.

Las palabras que Jesús dirige a aquellos que le buscan, sitúan el problema de la siguiente forma: ellos no buscan a Jesús, sino que buscan la solución de sus problemas materiales (v. 26). Se trata de una búsqueda interesada y egoísta, que es absolutamente contraria al mensaje que Jesús quiso transmitirles.

Después de identificar el problema, Jesús les deja un aviso: es necesario esforzarse por conseguir, no sólo el alimento que sacia el hambre física, sino sobretodo el alimento que sacia el hambre de vida que todo hombre siente.

La multitud, al buscar solamente el alimento material, está olvidando lo esencial, el alimento que da la vida definitiva. Ese alimento que da la vida eterna, es el mismo Jesús quien lo trae (v. 27).

¿Qué hay que hacer para recibir ese pan?, se pregunta la multitud (v. 28). La respuesta de Jesús es clara: es necesario unirse a Jesús y a su proyecto (v. 28).

En la escena de la multiplicación de los panes, la multitud no se adhirió al proyecto de Jesús (que hablaba de amor, de compartir, de servicio) únicamente corrió tras del profeta milagrero que distribuía pan y peces gratuitamente y en abundancia. Pero, para recibir el alimento que da vida eterna y definitiva, es necesario, que la multitud acoja las propuestas de Jesús y acepte vivir en el amor que se hace don, en el compartir de aquello que se tiene con los hermanos, en el servicio sencillo y humilde a los otros hombres. Es acogiendo e interiorizando ese “pan” como se adquiere la vida que no acaba nunca.

Los interlocutores de Jesús no están, sin embargo, convencidos de que ese “pan” garantice la vida definitiva. Les cuesta aceptar que la vida eterna sea fruto del amor, del servicio, del compartir.

¿Qué es lo que nos garantiza, preguntan ellos, que ese sea un camino verdadero hacia la vida definitiva (v. 30)? ¿Cuál es la prueba de que la realización plena del hombre pasa por la donación de la propia vida a los demás? ¿Por qué Jesús no realiza un gesto espectacular, como Moisés, que haga llover del cielo maná, no sólo para cinco mil personas, sino para todo el Pueblo de forma continuada, para probar que la propuesta que les hace es verdaderamente una propuesta generadora de vida (v. 31)?

Jesús responde: el maná fue un don de Dios para saciar el hambre material de su Pueblo; pero el maná no es ese “pan” que sacia el hambre de vida eterna del hombre. Sólo Dios da a los hombres, de forma continua, la vida eterna; y ese don del Padre no vino a los hombres a través de Moisés, sino a través de Jesús (vv. 32-33). Por tanto, lo importante no es realizar gestos espectaculares, que deslumbren e impresionen pero no cambien nada; sino que es acoger la propuesta que Jesús hace y vivirla en los gestos sencillos de todos los días.

La última frase de nuestro texto identifica al mismo Jesús, ya no con el “portador” del pan, sino como el mismo pan que Dios quiere ofrecer a su Pueblo para saciar el hambre y la sed de vida (v. 35).

“Comerlo” será escuchar su Palabra, acoger su propuesta, asimilar sus valores, interiorizar su proyecto de vida, hacer de la vida (como Jesús hace) un don total de amor a los hermanos.

Siguiendo a Jesús, acogiendo su propuesta en el corazón y dejando que se transforme en gestos concretos de amor, de compartir, de servicio, el hombre encontrará esa “calidad” de vida que le lleve a su realización plena, a la vida eterna.

El camino que recorremos en esta tierra, es siempre un camino marcado por la búsqueda de nuestra realización, de nuestra felicidad, de una vida plena y verdadera. Tenemos hambre de vida, de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de esperanza, de trascendencia y procuramos, de mil formas, saciar esa hambre; pero continuamos siempre insatisfechos, tropezando con nuestra finitud, en respuestas parciales, en tentativas fallidas de realización, en esquemas equívocos, en falsas expectativas de felicidad y de realización, en valores efímeros, en propuestas que parecen seductoras pero que sólo generan esclavitud y dependencia.

En verdad, el dinero, el poder, la realización profesional, el éxito, el reconocimiento social, los placeres, los amigos son valores efímeros que no llegan a “llenar” totalmente nuestra vida y a darle un sentido pleno.
¿Cómo podemos “llenar” nuestra vida y darle pleno significado?

¿Dónde encontramos el “pan” que sacia nuestra hambre de vida?

Jesús de Nazaret es el “pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo”. Es esta la cuestión central que el Evangelio de este Domingo nos propone. Es en Jesús y a través de Jesús como Dios sacia el hambre y la sed de todos los hombres y les ofrece la vida en plenitud.

Esto nos lleva a las siguientes cuestiones: ¿qué lugar es el que ocupa Jesús en nuestra vida? ¿Él es, verdaderamente, la coordenada fundamental alrededor de la cual construimos nuestra existencia?
¿Para nosotros, Jesús es una figura del pasado (aunque haya sido un hombre excepcional) que la historia absorbió y digirió, o es el Dios que continúa vivo y caminando a nuestro lado, ofreciéndonos vida en plenitud?

¿Él es “una más” de nuestras referencias (junto a tantas otras) o nuestra referencia fundamental?

¿Es alguien a quien adoramos, con respeto y a distancia, o el hermano que nos indica el camino, que nos propone valores, que condiciona nuestra actitud frente a Dios, frente a los hermanos y frente al mundo?

¿Qué es preciso hacer para tener acceso a ese “pan de Dios que baja del cielo para dar la vida al mundo”? De acuerdo con el Evangelio de este Domingo, la repuesta es clara: es preciso adherirse (“creer”) a Jesús, el “pan” que el Padre envió al mundo para saciar el hambre de los hombres.

Unirse a Jesús es escuchar su llamada, acoger su Palabra, asumir e interiorizar sus valores, seguirle por el camino del amor, del compartir, del servicio, de la entrega de la vida a Dios y a los hermanos.

Se trata de una adhesión que debe ser consecuente y traducirse en obras concretas. No con declaraciones de buenas intenciones, o actos institucionales que nos hacen constar en los libros de registro de nuestra parroquia; adherirse a Jesús es asumir su estilo de vida y hacer de la propia vida un don de amor, hasta la muerte.

En el Evangelio de este Domingo, Jesús se muestra profundamente incomodado cuando constata que la multitud le busca por razones erradas y, sin preámbulos, se prepara a deshacer los equívocos. Él no quiere, de ninguna forma, que las personas le sigan engañados. Hay, aquí, una invitación implícita para que repensemos las razones por las que nos unimos a Cristo.

Es un error recibir el Bautismo porque es una tradición de nuestra cultura; es un error celebrar el matrimonio en la Iglesia porque, así, la ceremonia es más espectacular y proporciona fotografías más bonitas; es un error asumir tareas en la comunidad cristiana para autopromocionarnos o para resolver nuestros problemas familiares; es un error recibir el sacramento del Orden porque el sacerdocio nos proporciona una vida cómoda y tranquila; es un error que practiquemos ciertos actos de piedad para que Jesús nos recompense, nos libre de desgracias, nos pague resolviendo algunas de nuestras necesidades.

Nuestra adhesión a Jesús debe partir de una profunda convicción de que sólo él es el “pan” que nos da vida.

El rechazo de Jesús a realizar gestos espectaculares (como hacer que caiga maná del cielo), muestra que, normalmente, Dios no viene al encuentro del hombre para ofrecerle su vida en gestos portentosos, que dejan a toda el mundo asombrado y que testimonian, de forma inequívoca, su presencia en el mundo; Dios actúa en la vida del hombre de forma discreta, pero duradera; Dios viene, todos los días, al encuentro del hombre, sin forzar y sin imponer, invitándole a escuchar la Palabra de Jesús, proponiéndole su adhesión a Jesús y a su proyecto, mostrándole los caminos del amor, del compartir, del servicio. Conviene que nos familiaricemos con los métodos de Dios, para que consigamos percibir y encontrar el camino de nuestra vida.

Ef 4, 17. 20-24 (2ª lectura Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

Continuamos leyendo la Carta a los Efesios, esa “carta circular” que Pablo escribe cuando está en prisión (¿en Roma, durante los años 61-63?) y que envía a varias comunidades cristianas de la parte occidental de Asia Menor.

Es una carta (ya lo dijimos antes) en la que Pablo presenta, de forma muy serena y reflexionada, una teología madurada, completa, bien elaborada, sobre las exigencias de la vida nueva en Cristo.

La sección de la Carta a los Efesios que va de 4,1 a 6,20 (ya lo dijimos también el pasado Domingo), es un texto parenético, que tiene por objeto principal exhortar a los cristianos a que vivan de forma coherente con su bautismo y con su compromiso con Cristo.

Después de invitar a los creyentes a vivir en unidad de amor (cfr. Ef 4,1-6) y de presentarles una reflexión sobre la comunidad, Cuerpo de Cristo formado por muchos miembros (cf. Ef 4,7-5,14). El texto que se nos propone hoy como segunda lectura, forma parte de esa exhortación.

Nuestro texto es, fundamentalmente, una invitación, hecha con la vehemencia que Pablo usaba siempre en sus exhortaciones, a dejar la vida antigua y los esquemas del pasado, para abrazar definitivamente la vida nueva que Cristo vino a proponernos.

Pablo utiliza sus expresiones opuestas para definir la realidad del hombre antes del encuentro con Cristo y después del encuentro con Cristo.

El hombre que aún no se ha adherido a Cristo es, para Pablo, el hombre viejo, cuya vida está marcada por la mediocridad, por la futilidad (v. 17), por la corrupción, por la esclavitud a los “deseos seductores” (v. 22).

El hombre que ya ha encontrado a Cristo y que se adhiere a su propuesta, es el hombre nuevo, que vive en la verdad (v. 21), en la justicia y en la santidad verdaderas (v. 24).

El Bautismo, el momento de la adhesión a Cristo, es el momento decisivo de la transformación del hombre viejo en hombre nuevo. El propio rito del bautismo (el sumergirse en agua significa el morir a la vida antigua del pecado; el salir del agua significa el nacimiento de un nuevo hombre, purificado del egoísmo, del orgullo, de la autosuficiencia, del pecado) sugiere la transformación y la resurrección del hombre a una vida nueva, la vida en Cristo. A partir de ahí, el hombre debería adoptar una nueva manera de pensar y de sentir, consecuencia de su compromiso con Cristo y con la propuesta de vida que Cristo vino a presentar.

Con todo, incluso después de haber optado por Cristo, el hombre continúa marcado por su condición de debilidad y fragilidad. Esa condición hace que, algunas veces, sienta la tentación de regresar al hombre viejo del egoísmo, del orgullo, del pecado.

El creyente, animado por el Espíritu es, por tanto, llamado a renovar cada día su adhesión a Cristo y a construir su existencia de forma coherente con los compromisos que asumió el día de su Bautismo.

El hombre nuevo no es una realidad adquirida de una vez para siempre, en el día en que se optó por Cristo, sino que es una realidad haciéndose continuamente, que exige un trabajo continuo y una constante renovación.

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta.

La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad.

El encuentro con Cristo debe significar, para cualquier hombre, un cambio radical, una forma completamente diferente de situarse frente a Dios, frente a los hermanos, frente a uno mismo y frente al mundo.

También nosotros debemos tomar conciencia de que al encontramos con Cristo, fuimos llamados por él, nos adherimos a su propuesta y asumimos con él un compromiso. El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo.

Pablo invita insistentemente a los creyentes a dejar la vida del hombre viejo.

El hombre viejo es el hombre dominado por el egoísmo, por el orgullo, que vive con el corazón cerrado a Dios y a los hermanos, que vive instalado en esquemas de opresión y de injusticia, que gasta la vida corriendo detrás de los dioses falsos (el dinero, el poder, el éxito, la moda…), que se deja dominar por la codicia, por la corrupción, por la concupiscencia, por la ira, por la maldad y que rechaza la propuesta liberadora que Dios le presenta.

Probablemente, no nos descubrimos del todo en este cuadro; pero ¿no tenemos momentos en los que construimos nuestra vida al margen de las propuestas de Dios y en los que olvidamos los valores de Dios para abrazar otros valores que nos esclavizan?

Pablo apela a que los creyentes vivan la vida del hombre nuevo.

El hombre nuevo es el hombre que está siempre atento a las propuestas de Dios, que acepta formar parte de la familia de Dios, que no se conforma con la maldad, la injusticia, la explotación, la opresión, que intenta vivir en la verdad, en el amor, en la justicia, en el compartir, en el servicio, que practica las obras de bondad, de misericordia, de humildad, que día a día da testimonio, con alegría y sencillez, de los valores de Dios.
¿Es este mi “proyecto” de vida?
¿Mis gestos y actitudes de cada día manifiestan la realidad de un hombre nuevo, que vive en comunión con Dios y en el amor a los hermanos?

Todos nosotros, en el día de nuestro Bautismo, optamos por el hombre nuevo.

Es necesario, sin embargo, que tomemos conciencia de que la construcción del hombre nuevo nunca es un proceso acabado.

La monotonía, el cansancio, los problemas de la vida, las influencias del mundo, nuestra pereza y nuestra comodidad nos llevan, muchas veces, a instalarnos en la mediocridad, en las “medias tintas”, en la no-exigencia, en la acomodación; entonces, el hombre viejo acecha en cada esquina y nos apresa.

Necesitamos tener conciencia de que en cada minuto que pasa todo comienza de nuevo; necesitamos renovar continuamente nuestras opciones y nuestro compromiso, en atención constante a la llamada de Dios. El cristiano no cruza los brazos considerando que ya ha alcanzado un nivel satisfactorio de perfección; sino que está siempre en una actitud de vigilancia y de conversión, para poder responder adecuadamente, en cada momento, a los retos siempre nuevos de Dios.

Ex 16, 2-4. 12-15 (1ª lectura Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

La sección de Ex 15,22-18,27 desarrolla una de los grandes temas del Pentateuco: la marcha por el desierto. Aquí estamos, todavía, en la primera etapa de esa marcha, la que va desde el paso del mar hasta el Sinaí.

Tres de los episodios presentados en esta sección, tratan el tema de la murmuración del Pueblo (cf. Ex 15,22-27; 16,1-21; 17,1-7).

El esquema es sencillo y siempre el mismo: el Pueblo desconfía y murmura ante las dificultades, se subleva contra Moisés y llega a echar en cara a Dios por las incomodidades del camino; cuando están a punto de sufrir el castigo por su rebelión, Moisés intercede ante Yahvé y el Señor perdona el pecado del Pueblo; finalmente, a pesar del pecado, Yahvé concede al Pueblo los bienes de los que éste siente necesidad.

Los relatos se presentan siempre de una forma dramática, creciendo en intensidad hasta el desenlace final, que se presenta siempre en forma de una intervención prodigiosa de Dios en beneficio de su Pueblo.

Probablemente, estos relatos tienen en su base elementos de carácter histórico (dificultades reales sentidas por los hebreos que salieron de Egipto con Moisés, en su camino hacia la Tierra Prometida, a través del desierto del Sinaí) y que quedaron en la memoria colectiva del Pueblo; sin embargo, los catequistas bíblicos están más interesados en hacer una catequesis que en presentar un reportaje periodístico del viaje (el episodio mezcla una catequesis “yahvista”, del siglo X antes de Cristo, con una catequesis “sacerdotal”, del siglo VI antes de Cristo).

La catequesis presentada pretende siempre prevenir al Pueblo contra la tentación de buscar refugio y seguridad fuera de Yahvé. Aquí, Israel habla de regresar a Egipto, donde eran esclavos, pero tenían pan y carne en abundancia: Egipto representa la tentación que el Pueblo sintió, en tantas situaciones de su historia, de volver atrás, de abandonar los valores y la vida de Dios, de instalarse cómodamente en esquemas al margen de Dios. El catequista yahvista asegura a su Pueblo que Dios lo acompaña siempre a lo largo de su caminar y que sólo él ofrece a Israel vida en abundancia.

El episodio que hoy se nos propone, el episodio de las codornices y del maná, está situado en el desierto de Sin, “que está entre Elim y el Sinaí, en el decimoquinto día del segundo mes después de la salida de la tierra de Egipto” (Ex 16,1). El desierto de Sin se extiende desde Jadesh-Barnea hacia el occidente.

La historia de las codornices tiene por base un fenómeno que se observa, a veces, en la Península del Sinaí: la migración en masa de codornices que, después de atravesar el mar, llegan al Sinaí muy cansadas del viaje, y se posan junto a las tiendas de los beduinos dejándose prender con facilidad.

La historia del maná debe tener por base a un arbusto (“tamarix mannifera”) existente en ciertas zonas del Sinaí que, después de ser picado por un insecto, segrega una sustancia resinosa y espesa que luego se coagula; lo beduinos recogen, todavía hoy, esa sustancia (que llaman “man”), la derriten al calor del sol y la extienden sobre el pan.

Va a ser con estos elementos, elementos que el Pueblo conoció y que le impresionaron, como después de la marcha por el desierto, los catequistas bíblicos van a “amasar” la catequesis que nos transmiten en el texto que se nos propone.

El episodio comienza con la murmuración del Pueblo “contra Moisés y contra Aarón” (v. 2). Por extraño que parezca, Israel siente añoranza del tiempo que pasó en Egipto pues, a pesar de la esclavitud, se sentaban “junto a la olla de carne y comían pan hasta hartarse” (v. 3).

A lo largo del camino, aparecen las limitaciones y las deficiencias de un grupo humano que todavía tiene mentalidad de esclavo, demasiado “verde” y sin madurar, atado a mezquindades, al egoísmo, a la comodidad, que prefiere la esclavitud a la libertad.

Por otro lado, es un Pueblo que aún no ha aprendido a confiar en su Dios, a seguirlo con los ojos cerrados, a responder sin dudas a sus propuestas, a seguirle incondicionalmente por el camino de la fe.

La respuesta de Dios es “hacer llover pan del cielo” (v. 4) y dar al Pueblo carne en abundancia (v. 12).

El objetivo de Dios es, no sólo satisfacer las necesidades materiales del Pueblo, sino también revelarse como el Dios de la bondad y del amor, que cuida de su Pueblo, que está siempre a su lado a lo largo de su caminar, que milagrosamente da a Israel la posibilidad de satisfacer sus necesidades más básicas y de vencer a las fuerzas de la muerte que se ocultan en las arenas del desierto.

De esa forma, el Pueblo puede hacer una experiencia de encuentro y de comunión con Dios, que se traducirá en confianza, en amor, en entrega. El cuidado, la solicitud y el amor de Dios experimentados en esta “crisis”, no sólo ayudarán al Pueblo a sobrevivir, sino que le permitirán, también, superar mentalidades estrechas y egoístas, ayudándole a ver más allá, a alargar los horizontes, convertirse en adulto, más consciente, más responsable y más santo.

Israel aprende, así, a confiar en Dios, a ponerse en sus manos, a no dudar de su amor y fidelidad. Israel aprende, en este proceso, que Yahvé es la roca segura en la que se puede poner la confianza en las crisis y dramas de la vida.

El hecho de que se diga que Dios daba al Pueblo únicamente la cantidad de maná necesaria “para cada día” (v. 4), es una bonita lección sobre el desprendimiento y la confianza en Dios. Enseña al Pueblo a no acumular bienes, a no vivir para el “tener”, a liberar el corazón de la ganancia y del deseo de poseer siempre más, a no vivir angustiado por el futuro y por el día de mañana; enseña, también, a confiar en Dios, a entregarse serenamente en sus manos, a verlo como la verdadera fuente de vida.

Más de una vez, la Palabra de Dios que se nos propone nos muestra la preocupación de Dios por ofrecer a su Pueblo, con solicitud y amor, el alimento que da vida. La acción de Dios no se dirige, solamente, a satisfacer el hambre física de su Pueblo, sino que también pretende (y principalmente), ayudar al Pueblo a crecer, a madurar, a superar mentalidades estrechas y egoístas, a salir de su cerrazón y a tomar conciencia de otros valores. Para Dios, “alimentar” al Pueblo es ayudarle a descubrir los caminos que conducen a la felicidad y a la vida verdadera.

El Dios en quien nosotros creemos, es el mismo Dios que, en el desierto, ofreció a Israel la posibilidad de liberarse de su mentalidad de esclavo y de descubrir el camino hacia la vida nueva de la libertad y de la felicidad. Él va con nosotros a lo largo de nuestro caminar por el desierto de la vida, conoce nuestras necesidades y nuestros límites, percibe nuestra tendencia hacia el egoísmo y hacia la comodidad y, cada día, nos muestra caminos nuevos, invitándonos a ir más allá, mostrándonos cómo podemos llegar a la tierra de la libertad y de la vida verdadera.

Este texto nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días; invitándonos, también, a escuchar a ese Dios, a aceptar las propuestas de vida que él hace y a confiar incondicionalmente en él.

La “añoranza” que los israelitas sienten de Egipto donde estaban “sentados juntos a las ollas de carne” y tenían “pan hasta hartarse”, revela la realidad de un Pueblo acomodado en la esclavitud, instalado tranquilamente en una vida sin perspectivas y sin salida, incapaz de arriesgar, de enfrentarse a la novedad, de aspirar a más, de aceptar la libertad que se construye en la lucha y en el riesgo. Esta mentalidad de esclavitud continúa, muy viva, en nuestro mundo.

Es la mentalidad de aquellos que viven obcecados por el “tener” y que son capaces de renunciar a su dignidad por acumular bienes materiales;
y es la mentalidad de aquellos que cambian valores importantes por los “cinco minutos de fama” y de exposición mediática;

es la mentalidad de aquellos que tienen como único objetivo en la vida la satisfacción de sus necesidades más básicas;

es la mentalidad de aquellos que se instalan en sus esquemas cómodos, en sus prejuicios y rechazan ir más allá, dejarse interpelar por la novedad y por los desafíos de Dios; es la mentalidad de aquellos que viven volcados hacia el pasado, que lo idealizan, rechazando enfrentarse a los retos de la historia y descubrir lo que hay de positivo y de desafiante en los tiempos nuevos;

es la mentalidad de aquellos que se resignan en la mediocridad y que no hacen ningún esfuerzo para que su vida tenga sentido.

La Palabra de Dios que nos es propuesta hoy nos dice: nuestro Dios no se conforma con la resignación, la comodidad, la instalación, la mediocridad que hacen de nosotros esclavos y que nos impiden llegar a la vida verdadera, plenamente vivida y asumida; él viene a nuestro encuentro, desafiándonos para ir más allá, señalándonos caminos, invitándonos a crecer y a dar pasos firmes y seguros en la dirección de la libertad y de la vida nueva. Y, durante el camino, nunca estaremos solos, pues él va a nuestro lado.

La idea de que Dios da a su Pueblo, día a día, el pan necesario para la subsistencia, (prohibiendo “acumular” más de lo necesario para cada día), pretende ayudar al Pueblo a liberarse de la tentación del “tener”, de la ganancia, de la ambición desmedida.

Es una invitación, también a nosotros, a no dejarnos dominar por el deseo descontrolado de poseer bienes, a liberarnos el corazón de la ganancia que nos hace esclavos de las cosas materiales, a que no vivamos obcecados y angustiados por el futuro, para que no pongamos en la cuenta bancaria nuestra seguridad y nuestra esperanza.

Sólo Dios es nuestra seguridad, sólo en él debemos confiar, pues sólo él (y no los bienes materiales) nos libera y nos lleva al encuentro de la vida definitiva.

Comentario al evangelio (30 de julio)

A la vista de los hechos, la gente podía objetar a Jesús: «¿Y eso es el Reino de Dios? ¿Cuatro o cuarenta curaciones, otros cuatro o cuarenta exorcismos, cuatro o cuarenta seguidores y seguidoras, cuatro o cuarenta historias y dichos? Nosotros esperábamos un Hijo del hombre que, de modo fulgurante, instaurara su soberanía de Oriente a Occidente. Eso sí que sería el Reino de Dios, que repele al adversario del Altísimo y aniquila todo mal, injusticia y sufrimiento. El Reino que anuncias es un manto que le queda demasiado grande a tu breve puñado de hechos».

Jesús responde contando historias. Porque su mirada conoce la promesa de las cosas: la promesa de un grano de mostaza, la de un puñado de levadura, la de estas señales menudas que parecen cantidades despreciables y que, sin embargo, alojan en sí un asombroso potencial de vida que nadie puede represar.

Con estos relatos nos educa la mirada, quizá lista para dejarse seducir por lo espectacular y apabullante, por lo que deslumbra, y quizá descuidada y algo obtusa para percibir el brillo de los milagros diarios de la vida y el milagro de los gestos diarios de la fe. El hechizo mismo que puede producir un espectáculo humano (por ejemplo, en el circo) no debe hacer olvidar que esa exhibición se ha forjado en el ejercicio cotidiano de personas entregadas apasionadamente a su oficio. La pasión de Jesús por el Reino definitivo y pleno de Dios se desgranaba en actos y señales que iluminaban y conmovían a los que tenían ojos para ver. Pidamos y eduquemos esa mirada.