31.- Mirar al cielo y trabajar en la tierra

«…Mientras los bendecía se separó de ellos,
y era llevado al cielo» (Lc 24, 51).

Señor
Enséñanos a mirar tu ascensión al cielo, como se mira al maestro que nos va abriendo y señalando el camino que hemos de seguir.
Tú habías terminado ya toda tu obra, podías muy bien decir que habías cumplido la voluntad del Padre acerca de ti.
Tenías que marcharte y volver a la derecha del Padre y querías dejarnos muy clara la ruta para ir al cielo. 

Señor
Nos has dicho que la vida eterna está en conocer al Padre y en conocerte a ti, el enviado del Padre.
Desde este conocimiento se puede entender todo lo demás, nuestra vida y la vida de todos los hombres.
Sobre todo se puede entender para qué estamos en este mundo, quiénes somos y qué tenemos que hacer.
Pero sin mirar la vida eterna, a nuestro Dios y a su enviado, no podemos entender la vida temporal, nuestra vida mortal de cada día. 

Señor
Esta parece ser siempre tu lección: mirad arriba primero, para poder ver con sentido la vida de abajo.
Muchos fallamos en la primera parte y, en con- secuencia, también en la segunda.
Algunos —muy pocos, por cierto— se quedan mirando toda la vida hacia arriba, y otros —muchos más— se pasan la vida boca abajo, pegada su vista al suelo.
Pero contados son los que saben mirar arriba y abajo a la vez.

Señor
Enséñanos a alternar la vida de contemplación —arriba— con la vida de trabajo —abajo—. A los apóstoles no les dejaste vivir siempre contemplando tu subida a los cielos, el día de la ascensión.
Les habías dejado mucho que hacer aún antes de volver al Padre, y lo mismo quieres de nosotros.
Por esto «los apóstoles se volvieron» a Jerusalén, y por esto nosotros hemos de volver al trabajo de la ciudad o del campo. 

Señor
Volver a lo de siempre, a lo cotidiano, a encontrar a los que conviven con nosotros, y estar con ellos en el trabajo o en casa es a veces muy poco agradable y es siempre penoso.
Y nos viene pronto la tentación de abandonar el campo a medio arar o a medio cosechar. Nos faltan los ánimos al primer contratiempo. También eran así tus primeros apóstoles. 

Señor
Ojalá, como ellos, también nosotros supiéramos buscar las fuerzas dentro de nuestro corazón y en la compañía de buenos amigos. Los apóstoles, al volver a su casa, necesitaron juntos el silencio de la oración para conocer desde el fondo del corazón lo que tenían que hacer.
La Virgen María estaba también con ellos. 

Señor
Haz que nuestro corazón se acostumbre a pensar en silencio y ante la mirada de tu corazón. Para recordar tus ejemplos, tus palabras y tus sentimientos.
Para ver que te interesa nuestra vida y nuestros problemas.
Para entender mejor el sentido de la vida, el sentido del trabajo, el sentido del dolor y de la contradicción. 

Señor
Ayúdanos a fortalecernos en la soledad de la oración.
Que nos vaciemos poco a poco de excesos de comodidad, egoísmo, miedo, envidias, resentimientos.
Que salgamos de la oración más decididos a ocupar nuestro puesto en la vida, con el ideal de trabajar más y mejor porque es el camino para salvarnos y para salvar a los demás. 

Señor
Que nuestro corazón sienta agradecimiento por el don de la vida que nos das; y sienta la responsabilidad de hacer algo —ojalá mucho— para bien de los otros.
Que sepamos compartir los sufrimientos de la gente, llevándoles la alegría del que tiene fe y espera siempre de ti.
Que lo bueno y lo malo, lo agradable y lo desagradable, las alegrías y las tristezas, sepamos vivirlas contigo, compartiendo todo, en espíritu de familia. 

Señor
Enséñanos a aprender, como enseñaste un día al Apóstol de las gentes.
El nos remitió a ti cuando dijo: «Que el Señor, el Dios Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé a vosotros espíritu de sabiduría, que os dé El a conocer y a saber». 

Señor
Danos la sabiduría que es el conocimiento de lo fundamental, de lo principal, de lo eterno. Danos lo que el mismo Apóstol nos hacía pedirte: «Espíritu de revelación».
Para llegar a conocer lo que está velado, lo que está oculto.
Con san Pablo te pedimos que nos «ilumines los ojos del corazón».
Porque aunque nuestro corazón tenga ojos, si tú no los iluminas, nuestro corazón no ve nada. 

Señor
Nuestro corazón está más inclinado a ver lo que le causa tristeza que lo que le puede causar alegría y gozo.
Nuestro corazón sólo ve las sombras de la tierra, no las luces que se filtran del cielo.
Y por esto el corazón de los hombres siente más la desilusión que la esperanza. 

Señor
Tú quieres hacernos ver y comprender la «esperanza a la que nos llamas».
Que no es cualquier esperanza de felicidad o de bien en este mundo.
Sino la esperanza de recibir la felicidad de ti y de tu mano; no por nosotros o de nuestra mano. La esperanza de vivir del cielo ya en la tierra, de recibir «la riqueza de la gloria que das en herencia a los santos». 

Señor
Al subir tú a los cielos, quisiste señalarnos un camino: el de la tierra al cielo, como el único camino.
Quizá el mensaje, la lección de Jesucristo el día de su ascensión sea esto: mirar más arriba, mirar más hacia el futuro desde la esperanza, desde el corazón iluminado por la fe.
Y así cobrar fuerzas para trabajar en la tierra.

Miguel Beltrán