Domingo XVIII de Tiempo Ordinario

Es relativamente frecuente que las enseñanzas de Jesús sean mal interpretadas. Le sucedió allá en Palestina cuando las propuso por primera vez y, por desgracia, lo siguen siendo en nuestro tiempo, y por las mismas razones.

El domingo pasado veíamos cuanta era la dificultad para que entendamos cómo es el Dios predicado por Jesús, y lo fácilmente que los hombres caemos en la tentación de “elaborarlo” conforme a nuestras ideas y no a los datos revelados por Jesús.

Unas veces es la soberbia la causante de este fenómeno. Un caso típico lo tenemos en el episodio de Jesús con los fariseos a la puerta del Templo. (Jn. 2,19-21). Jesús intentando que comprendieran que en Él se cumplían las Escrituras les dijo: “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”

Los judíos llenos de soberbia le contestaron: ¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo, y tú lo vas a levantar en tres días?

¡Jesús! ¿Cómo pretendes enseñarles nada a aquellos doctores que lo sabían todo? ¡Qué ocurrencia!

La soberbia les impide preguntar y aprender algo nuevo. ¡Ya lo saben todo!

Otras veces los causantes del error son “las ideas preconcebidas”. Un caso significativo es el que tiene lugar cuando Jesús les habla de la Eucaristía. El prejuicio de que siendo el hijo de José no podía ser el Mesías enviado por Dios, les impidió entender el sentido profundo de sus palabras. La máxima expresión de su voluntaria ceguera fue su comportamiento cuando les dijo que había que comer su cuerpo y beber su sangre. Incapaces de realizar el más mínimo esfuerzo mental por entender qué es lo que quería decir, le abandonan escandalizados. Con una mente abierta, desprovista de prejuicios que los determinara a pensar en una única dirección, le hubieran preguntado sobre el sentido de sus palabras. Hubiera sido lo lógico, pero la lógica y los prejuicios caminan muy pocas veces juntos.

En otras ocasiones, es la ingenuidad la causante de la tergiversación. Es el caso de la samaritana. El diálogo es precioso. (Jn. 4, 1-26)

“Jesús le dijo: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”.

La samaritana encantada le dice: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir a sacarla”

La pobre, en su ingenuidad, piensa que Jesús le ofrece un agua que le librará de tener que ir diariamente a buscarla al pozo. No ve más allá de la comodidad del cuerpo, cuando Jesús le está ofreciendo un agua muy distinta. No pocas veces la desviación viene provocada por una idea infantil de lo que supone el verdadero seguimiento de Jesús. Esto aparece claramente en el caso de los seguidores como consecuencia de la multiplicación de los panes y los peces. Les dijo Jesús: “En verdad, en verdad os digo: me buscáis, no porque hayáis visto señales, sino porque habéis comido de los panes” (Jn.6,26) . Eso era todo lo que habían entendido de la acción de Jesús.

Si nosotros no queremos caer en el mismo error de interpretar mal lo que nos dice la Revelación, hemos de eliminar las causas que lo motivan: la soberbia, los prejuicios, la ingenuidad y la simpleza.

En segundo lugar hemos de excitar la mente para que esté en actitud de investigar en aquellos contenidos que Dios quiere comunicarnos.

El cristiano, como persona madura que debe ser, no puede permitirse el lujo de andar merodeando por las ramas sin esforzarse en entrar en el meollo de las cosas; en este caso concreto, de la revelación. Se necesita un cierto esfuerzo mental para calar hondamente en la riqueza de lo revelado, de modo y manera, que una vez rectamente comprendido, pueda ser el motor de los comportamientos.

En tercer lugar es preciso despertar el estado de ánimo imprescindible para conectar con Dios: la humildad y la sencillez. Lo dijo expresamente Jesús: “Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos (Mt. 11,25) La sencillez y la humildad son los canales por los que nos conectamos con Dios y Él con nosotros.

Eliminados los obstáculos, dispuesta la mente a investigar con seriedad y en actitud de humildad estamos bien dispuestos para acercamos a Jesús y preguntarle sobre sus asombrosas palabras: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” [Tercera lectura (Jn. 6,24-35)]

Jesús, ¿de qué sed y de qué hambre nos hablas? ¿Qué sed es la que Tú quitas y qué hambre es la que Tú sacias? ¿Qué es lo que has querido decirnos?

Evidentemente Jesús no se está refiriendo en este momento al hambre y sed biológicas. Por supuesto que la tuvo en cuenta y la remedió cuantas veces estuvo en su mano, como nos informan los Evangelistas en sus narraciones, pero no fue esa la razón de su presencia entre nosotros. Lo que le motivó a encarnarse fue el hambre y sed de destino que padecía la humanidad, la inseguridad en el caminar, la carencia de referente sólido a dónde mirar.

El hambre y la sed que Jesús vino a quitarnos es aquella que aparece por el desconocimiento del sentido de la existencia humana. Por eso como remedio a la desorientación existencial; la producida por el no saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos ni qué hacemos mientras tanto, nos la remedió con su oferta de ser “El Buen Pastor” que guía a sus ovejas por caminos seguros. (Mt. 9,36)

Frente a la incertidumbre de no tener un claro itinerario por la vida, expuestos a perdernos en sus muchos vericuetos, Él se ofrece como nuestro camino verdad y vida” (Jn. 14,6)

Frente a la náusea provocada por la posibilidad de caminar bajo un cielo vacío hacia la nada, convirtiendo la vida en una pasión inútil, nos ofrece su mano para conducirnos a un destino eterno. “Vendré y os tomaré conmigo para que donde yo estoy estéis también vosotros”. (Jn. 14,3)

La incertidumbre de no saber si merece la pena obrar siempre el bien, teniendo en cuenta que no pocas veces la fidelidad al bien provoca males materiales, desaparece ante la firmeza de su garantía: “Todo el que cumpla los mandamientos será amado de mi Padre y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Jn.14,22-23)

Esos agobios existenciales, de orientación de sentido, son los que elimina Jesús con el pan de sus enseñanzas indicándonos claramente quiénes somos de verdad, qué hacemos aquí y que nos espera después. Él es quien de verdad alivia nuestros agobios (Mt. 11,28) porque Él es el pan que Dios prometió que llovería del cielo. [Primera lectura (Ex.16, 2-4, 12-15)] para que encontráramos descanso para nuestras almas, si nos acercamos a Él mansos y humildes de corazón(Mt. 11,29)

San Pablo [Segunda lectura (Ef. 4, 17, 20-24)] nos exhorta a que, una vez descubierta nuestra verdadera realidad, no vivamos como paganos sino como Cristo nos enseña: hombres y mujeres nuevos creados según Dios, en justicia y santidad verdadera.

Hombres y mujeres nuevos comprometidos en conseguir un mundo en el que no haya más hambre ni sed material, ¡por supuesto! pero también, en que no haya más hambre y sed de sentido existencial.

Hombres y mujeres gozosos con conciencia de hijos de Dios, que forman ya ahora y aquí la gran familia de Dios y lo harán luego eternamente, allá, en la casa del Padre. AMÉN

 

Pedro Sáez

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