De líquido a sólido

El filósofo polaco Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, acuñó el término “Modernidad líquida”, para referirse a las características de la sociedad actual, en contraste con la solidez de las sociedades pasadas. Según Bauman, hasta no hace mucho tiempo, se podían hacer proyectos de vida a medio y largo plazo porque había unos “pilares” que daban estabilidad: un lugar para vivir de forma permanente, un trabajo fijo, una relación amorosa estable, unos valores sociales e institucionales comúnmente aceptados… Hoy, toda esa “solidez” no sólo se ha debilitado, sino que se ha convertido en algo “líquido”: no parece haber nada duradero: ni relaciones personales, ni trabajo, ni instituciones, ni valores. Todo cambia a gran velocidad, hay un fuerte sentimiento de inestabilidad porque no podemos apoyarnos en nada que ofrezca verdadera solidez. Por eso, como afirmaba Bauman, todo es “líquido”, y sentimos que se nos escurre como el agua entre los dedos.

Hay quienes defienden esta “modernidad líquida”, como un medio para romper con estructuras y formas de vida paralizantes y opresoras que pueden frenar e incluso impedir el crecimiento y desarrollo de las personas y de la sociedad. Sin embargo, el ser humano no puede basar su vida en lo líquido, porque una de las consecuencias es lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: la vaciedad de criterios. Como no hay nada sólido, la consecuencia es el relativismo: todo vale y a todo se le da el mismo valor. Pero el relativismo acarrea una desorientación generalizada en lo social, político, moral, religioso… por lo que el ser humano tampoco encuentra su felicidad en el relativismo.

Aunque no lo queramos reconocer, todos aspiramos a una solidez que nos permita poder realizar nuestro proyecto de vida. Por eso, es necesario pasar de lo “líquido” a lo “sólido”.

Eso sí, no se trata de buscar la seguridad a cualquier precio, como los israelitas en la 1ª lectura, que exclaman: ¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Han sido liberados, pero añoran la esclavitud, porque ésta les daba una estabilidad que no les ofrece la inseguridad de la libertad, la “liquidez” del éxodo por el desierto.

¿Cómo pasar correctamente de lo “líquido” a lo “sólido”? Jesús nos lo ha dicho en el Evangelio: Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre. Aunque vivamos en una sociedad “líquida”, en la que con suerte sólo encontramos “alimentos perecederos” como la olla de carne que añoraban los israelitas, tenemos una base sólida sobre la que apoyarnos: la Eucaristía, la presencia real de Jesucristo.

Yo soy el pan de vida, ha afirmado Jesús en el Evangelio. Él se hace Eucaristía, el alimento que perdura, para liberarnos, como a los israelitas, de la esclavitud del nuevo “Egipto” que es la sociedad líquida y el consiguiente relativismo.

No se trata de ser inmovilistas, de cerrarnos a cualquier tipo de avance o progreso o de rechazar sin más cualquier propuesta innovadora. La Eucaristía hace posible lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: Cristo os ha enseñado… a renovaros en la mente y en el espíritu. Y renovar no es hacer borrón y cuenta nueva con todo lo anterior, porque esto nos lleva a la “liquidez”. Renovar consiste en dar nueva energía, transformar lo que existe para mejorarlo, para que sea algo sólido que nos sostenga.

¿Qué síntomas de la “sociedad líquida” descubro en mi entorno, y en mí mismo? ¿Preferiría, como los israelitas, ser “esclavo” para obtener seguridades? ¿La Eucaristía me enseña a renovarme?

Decía también la 2ª lectura: Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios. Aunque nos movemos en una sociedad “líquida”, la Eucaristía, obra del Espíritu, es el verdadero, y casi único, fundamento sólido sobre el que debemos apoyarnos, tanto para no ser inmovilistas como para no quedarnos a merced de la sociedad líquida. El Pan de Vida que es Jesús mismo es quien nos dará solidez y nos irá renovando para poder llevar adelante nuestro proyecto de vida, que en último término ha de consistir en recuperar y llevar a la mayor plenitud posible la imagen de Dios en nosotros, porque como dijo San Agustín: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto mientras no descanse en Ti (Confesiones I, 1, 1).

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