Vísperas – Transfiguración del Señor

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. (FIESTA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: EN LA CUMBRE DEL MONTE.

En la cumbre del monte,
su cuerpo de barro
se vistió de soles.

En la cumbre del monte,
su veste de nieve
se cuajó de flores.

En la cumbre del monte,
excelso misterio:
Cristo, Dios y hombre.

En la cumbre del monte,
a la fe se abrieron
nuestros corazones. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un alto monte, y se transfiguró en su presencia.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un alto monte, y se transfiguró en su presencia.

Ant 2. Una nube brillante los envolvió y de la nube salió una voz que dijo: «Éste es mi Hijo amado, en quién tengo mis complacencias».

Salmo 120 – EL GUARDIÁN DEL PUEBLO.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Una nube brillante los envolvió y de la nube salió una voz que dijo: «Éste es mi Hijo amado, en quién tengo mis complacencias».

Ant 3. Cuando bajaban del monte, les dio Jesús esta orden: «A nadie deis a conocer esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Aleluya.

Cantico: ALABAD AL SEÑOR, TODAS LAS NACIONES – Cf. 1Tm 3,16

R. Alabad al Señor, todas las naciones.

Cristo, manifestado en fragilidad humana,
santificado por el Espíritu.

R. Alabad al Señor, todas las naciones.

Cristo, mostrado a los ángeles,
proclamado a los gentiles.

R. Alabad al Señor, todas las naciones.

Cristo, objeto de fe para el mundo,
elevado a la gloria.

R. Alabad al Señor, todas las naciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando bajaban del monte, les dio Jesús esta orden: «A nadie deis a conocer esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Aleluya.

LECTURA BREVE   Rm 8, 16-17

El mismo Espíritu se une a nosotros para testificar que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos juntamente con Cristo, para ser glorificados juntamente con él.

RESPONSORIO BREVE

V. Honor y majestad lo preceden. Aleluya, aleluya.
R. Honor y majestad lo preceden. Aleluya, aleluya.

V. Fuerza y esplendor están en su templo.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Honor y majestad lo preceden. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Al oír la voz, los discípulos cayeron sobre sus rostros, sobrecogidos de temor; pero Jesús se llegó a ellos y, tocándolos con la mano, les dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Al oír la voz, los discípulos cayeron sobre sus rostros, sobrecogidos de temor; pero Jesús se llegó a ellos y, tocándolos con la mano, les dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Aleluya.

PRECES

Acudamos a nuestro Salvador, maravillosamente transfigurado ante sus discípulos en el monte santo, y digámosle con fe:

Ilumina, Señor, nuestras tinieblas.

Oh Cristo, que, antes de entregarte a la pasión, quisiste manifestar en tu cuerpo transfigurado la gloria de la resurrección futura, te pedimos por la Iglesia que sufre:
que, en medio de las dificultades del mundo, viva transfigurada por la esperanza de tu victoria.

Cristo, Señor nuestro, que tomando a Pedro, Santiago y Juan los llevaste contigo a un monte alto, te pedimos por el papa Francisco y por los obispos:
que, llenos de aquella paz y alegría que son fruto de la esperanza en la resurrección, sirvan fielmente a tu pueblo.

Cristo Jesús, que desde el monte santo hiciste brillar tu rostro sobre Moisés y Elías, te pedimos por Israel, el pueblo que hiciste tuyo desde tiempos antiguos:
concédele que alcance la plenitud de la redención.

Cristo, esperanza nuestra, que iluminaste al mundo entero cuando sobre ti amaneció la gloria del Creador, te pedimos por todos los hombres de buena voluntad:
haz que caminen siempre siguiendo el resplandor de tu luz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, Salvador nuestro, que transformarás nuestro frágil cuerpo en cuerpo glorioso como el tuyo, te pedimos por nuestros hermanos difuntos:
transfórmalos a imagen tuya y admítelos ya en tu gloria.

Llenos de esperanza, oremos al Padre como Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que en la gloriosa transfiguración de Jesucristo confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de Moisés y de Elías, y nos hiciste entrever en la gloria de tu Hijo la grandeza de nuestra definitiva adopción filial, haz que escuchemos siempre la voz de tu Hijo amado y lleguemos a ser un día sus coherederos en la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 6 de agosto

Lectio: Lunes, 6 Agosto, 2018

La Transfiguración de Jesús: la cruz en el horizonte
La pasión que conduce a la gloria

Marco 9:2-10

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. 

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

En esta solemnidad, la Iglesia medita sobre la Transfiguración de Jesús delante de tres de sus discípulos que con Él subieron a la montaña. La Transfiguración acontece después del primer anuncio de la Muerte de Jesús (Lc 9,21-22). Este anuncio había dejado confundidos a los dos discípulos y sobre todo a Pedro. Observemos de cerca, en sus mínimos detalles, el texto que nos describe la transfiguración de modo que nos demos cuenta cómo esta experiencia diversa de Jesús ha podido ayudar a los discípulos a vencer y superar la crisis en la que se hallaban. En el curso de la lectura tratemos de estar atentos a cuanto sigue:¿Cómo sucede la transfiguración y cuál es la reacción de los discípulos ante estaMarco 9:2-10experiencia?

b) Una división del texto para ayudarnos en su lectura:

Marcos 9,2-4: La Transfiguración de Jesús delante sus discípulos
Marcos 9,5-6: La reacción de Pedro ante la transfiguración
Marcos 9,7-8: La palabra del cielo que explica el sentido de la Transfiguración
Marcos 9,9-10: Mantener el secreto de lo que vieron

c) Texto:

2 Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, 3 y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. 4 Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. 5 Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; 6 -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-. 7 Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.» 8 Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.
9 Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10 Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el punto de este texto que te ha gustado más y que ha llamado más tu atención?
b) ¿Cómo sucede la transfiguración y cuál es la reacción de los discípulos ante esta experiencia?
c) ¿Por qué el texto presenta a Jesús con vestidos resplandecientes mientras habla con Moisés y con Elías? ¿Qué significan para Jesús Moisés y Elías? ¿Y qué significan para los discípulos?
d) ¿Cuál es el mensaje de la voz del cielo para Jesús? ¿Y cuál es el mensaje para los discípulos?
e) ¿Cómo transfigurar hoy, la vida personal y familiar, y la vida comunitaria en nuestro barrio?

5. Para los que desean profundizar mayormente en el tema

a) Contexto de entonces y de hoy

El anuncio de la pasión sumergió a los discípulos en una profunda crisis. Ellos se encontraban en medio de los pobres, pero en sus cabezas todo era confusión, perdidos como estaban en la propaganda del gobierno y en la religión oficial de la época (Mc 8,15). La religión oficial enseñaba que el Mesías sería glorioso y victorioso. Y es por esto por lo que Pedro reacciona con mucha fuerza contra la cruz (Mc. 8-32) Un condenado a la muerte de cruz no podía ser el Mesías, al contrario, según la Ley de Dios, debía ser considerado como un “maldito de Dios” (Dt 21,22-23). Ante esto, la experiencia de la Transfiguración de Jesús podía ayudar a los discípulos a superar el trauma de la Cruz. En efecto, en la Transfiguración, Jesús aparece en la gloria, y habla con Moisés y con Elías de su Pasión y Muerte (Lc 9,31). El camino de la gloria pasa por tanto por la cruz.

En los años 70, cuando Marcos escribe su evangelio, la cruz constituía un gran impedimento para la aceptación de Jesús como Mesías por parte de los judíos. ¿Cómo podía ser que un crucificado, muerto como un marginado, pudiese ser el gran Mesías esperado por siglos de los pueblos? La cruz era un impedimento para creer en Jesús. “La cruz es un escándalo” decían (1Cor 1,23). Las comunidades no sabían cómo responder a las preguntas críticas de los judíos. Uno de los mayores esfuerzos de los primeros cristianos consistía en ayudar a las personas a comprender que la cruz no era un escándalo, ni locura, antes bien, era la expresión del poder y de la sabiduría de Dios (1Cor 1,22-31). El evangelio de Marcos contribuye a este esfuerzo. Se sirve de textos del Viejo Testamento para describir la escena de la Transfiguración. Ilumina los hechos de la vida de Jesús y muestra que en Jesús se ven realizadas las profecías y que la Cruz es el camino que conduce a la gloria. ¡Y no sólo la cruz de Jesús era un problema!. En los años 70 la cruz de la persecución formaba parte de la vida de los cristianos. En efecto, poco tiempo antes, Nerón había desencadenado la persecución y hubo muchos muertos. Hasta hoy, muchas personas sufren porque son cristianos y porque viven el evangelio. ¿Cómo afrontar la cruz? ¿Qué significado tiene? Con estas preguntas en la mente meditemos y comentemos el texto de la Transfiguración.

b) Comentario del texto

Marcos 9,2-4: Jesús cambia de aspecto
Jesús sube a un monte alto. Lucas agrega que allí se dirige para rezar (Lc 9,28). Allí, sobre la cima de la montaña, Jesús aparece en la gloria delante de Pedro. Santiago y Juan. Junto a Él aparecen también Moisés y Elías. El monte alto evoca al Monte Sinaí, donde, en el pasado, Dios había manifestado al pueblo su voluntad, consignando la ley a Moisés. Las vestiduras blancas de Jesús recuerdan a Moisés envuelto en la luz cuando habla con Dios en la Montaña y recibe de Dios la Ley (cf. Ex 24,29-35). Elías y Moisés, las dos más grandes autoridades del Viejo Testamento, hablan con Jesús. Moisés representa la Ley. Elías la Profecía. Lucas dice que la conversación se establece sobre la Muerte de Jesús en Jerusalén (Lc 9,31). Así quedaba claro que el Viejo Testamento, tanto la Ley como los Profetas, enseñaban ya que el camino de la gloria pasa por la cruz (Cf. Is 53).

Marcos 9,5-6) A Pedro le place lo que acontece, pero no entiende
A Pedro le agrada todo lo que sucede y quiere asegurarse el momento placentero sobre la Montaña. Propone construir tres tiendas. Marcos dice que Pedro tenía miedo, sin saber lo que estaba diciendo, y Lucas añade que los discípulos tenían sueño (Lc 9,32). Ellos son como nosotros, ¡para ellos es difícil entender la Cruz!
La descripción del episodio de la transfiguración comienza con una afirmación: “Seis días después”. ¿A qué se refieren estos seis días? Algunos estudiosos explican así la frase: Pedro quiere construir tiendas, porque era el sexto día de las fiestas de las tiendas. Era una fiesta muy popular de seis días que festejaba el don de la ley de Dios y los cuarenta años pasados en el desierto. Para recordar estos cuarenta años, el pueblo debía transcurrir una semana de la fiesta en tiendas improvisadas. Por esto se llamaba Fiesta de las Tiendas. Si no era posible la celebración de todos los seis días, por lo menos que se hiciese en el sexto día. La afirmación “ después de seis días” sería una alusión a la fiesta de las tiendas. Por esto Pedro recuerda la obligación de construir tiendas. Y se ofrece espontáneamente para construirlas. Así Jesús, Moisés y Elías habrían podido seguir conversando.

Marcos 9,7: La voz del cielo esclarece los hechos
Apenas Jesús queda envuelto en la gloria, una voz del cielo dice: ¡Este es mi Hijo predilecto! ¡Escuchadlo! La expresión “Hijo predilecto” evoca la figura del Mesías Siervo, anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 42,1). La expresión “Escuchadlo” evoca la profecía que prometía la llegada de un nuevo Moisés (cf. Dt 18,15). En Jesús, se están realizando las profecías del Viejo Testamento. Los discípulos no podían dudarlo. Los cristianos de los años 70 no podían dudarlo. Jesús es verdaderamente el Mesías glorioso, pero el camino de la gloria pasa por la cruz, según el anuncio dado en la profecía del Siervo (Is 53,3-9). La gloria de la Transfiguración es la prueba. Moisés y Elías lo confirman. El Padre es el garante. Jesús la acepta.

Marcos 9,8: ¡Sólo Jesús y nadie más!
Marcos dice que, después de la visión, los discípulos sólo ven a Jesús y a nadie más. La insistencia en afirmar que sólo ven a Jesús, sugiere que desde ahora en adelante Jesús es la única revelación de Dios para nosotros. Para nosotros los cristianos, Jesús, y solamente Él, es la llave para comprender todo el sentido del Viejo Testamento.

Marcos 9,9-10: Saber quedar en silencio
Jesús pide a sus discípulos que no digan a nadie nada, hasta que no hubiera resucitado de entre los muertos, pero los discípulos no lo entendieron. En efecto, no entiende el significado de la Cruz, quien no une el sufrimiento a la resurrección. La Resurrección de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte.

Marcos 9, 11-13: El regreso de Elías
El profeta Malaquías había anunciado que Elías debía volver para preparar el camino del Mesías (Ml 3,23-24). Este mismo anuncio se encuentra en el libro del Eclesiástico (Eclo 48,10)
Entonces ¿cómo podía ser Jesús el Mesías, si Elías todavía no había vuelto? Por esto, los discípulos preguntaban: “¿Por qué los escribas dicen que primero debe venir Elías?” (9,11). La repuesta de Jesús es clara: “Yo os digo que Elías ya ha venido, pero han hecho de él lo que han querido, como está escrito de él ( 9,13). Jesús estaba hablando de Juan el Bautista, asesinado por Herodes (Mt 17,13).

c) Ampliando conocimientos:

i) La Transfiguración: el cambio que se da en la práctica de Jesús

En medio de los conflictos con los fariseos y los herodianos (Mc 8,11-21), Jesús deja la Galilea y se dirige a la región de Cesárea de Filipo (Mc 8,27), donde comienza a preparar a sus discípulos. Por el camino, lanza una pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (Mc 8,27). Después de haber escuchado la respuesta que lo consideraban el Mesías, Jesús empieza a hablar de su Pasión y Muerte (Mc 8,31). Pedro reacciona: “¡No quiera Dios, Señor, que esto suceda!” (Mt 16,22). Jesús replica: “¡Lejos de mi Satanás” Tú me sirves de escándalo, porque no piensas según Dios, sino según los hombres!” (Mc 8,33). Fue un momento de crisis. Los discípulos presos por la idea de un mesías glorioso (Mc 8, 32-33; 9,32), no comprenden la propuesta de Jesús y tratan de conducirla por otro camino. Estaba cercana la fiesta de las Tiendas, (cf. Lc 9,33), en la que la expectativa mesiánica popular por lo general acostumbraba a aumentar y mucho. Jesús sube a la montaña a orar (Lc 9,28). Vence la tentación por medio de la oración. La manifestación del Reino sería muy diferente de lo que la gente se imaginaba. La victoria del Siervo llegaría a través de la condena a muerte (Is 50,4-9; 53,1-12). La cruz aparece en el horizonte, no ya como una posibilidad, sino más bien como una certeza. A partir de este momento, comienza una mutación en la práctica de Jesús. He aquí algunos puntos significativos de esta mutación:

Pocos milagros. Asistíamos antes a muchos milagros. Ahora, a partir de Mc 8,27; Mt 16,13 y Lc 9,18, los milagros constituyen casi una excepción en la actividad de Jesús.

Anuncio de la Pasión. Antes se hablaba de la pasión, como de una posibilidad remota (Mc 3,6) Ahora se habla constantemente (Mc 8,31; 9,9.31; 10,33.38).

Tomar la Cruz . Antes, Jesús anunciaba a llegada inminente del Reino. Ahora insiste en la vigilancia, en las exigencias del seguimiento y en la necesidad de tomar la cruz. (Mt 16,24-26; 19,27-30; 24,42-51; 25,1-13: Mc 8,34; 10,28-31: Lc 9,23-26.57-62; 12,8-9.35-48; 14,25-33; 17,33; 18,28-30).

Enseña a los discípulos. Primero enseñaba a la gente. Ahora se preocupa mayormente de la formación de los discípulos. Les pide escoger de nuevo (Jn 6,67) y comienza a prepararlos para la misión que vendrá pronto. Sale de la ciudad para poder estar con ellos y ocuparse de su formación (Mc 8,27; 9,28.30-35; 10.10.23.28-32; 11,11).

Parábolas diversas. Antes, las parábolas revelaban los misterios del Reino presente en la actividad de Jesús. Ahora las parábolas orientan hacia el juicio futuro, hacia el final de los tiempos: los viñadores homicidas (Mt 21, 33-46); el siervo despiadado (Mt 18,23-35); los trabajadores de la hora undécima (Mt 20,1-16); los dos hijos (Mt 21,28-32); el banquete de bodas (Mt 22,1-14); los diez talentos (Mt 25, 14-30). Jesús asume la voluntad del Padre que se revela en la nueva situación, y decide andar a Jerusalén (Lc 9,51). Asume esta decisión de tal modo que asusta a los discípulos , que no consiguen entender estas cosas (Mc 10,32; Lc 18,31-34): En aquella sociedad, el anuncio del Reino tal como era anunciado por Jesús no era tolerado. Y por tanto o cambiaba o ¡sería muerto! Jesús no cambió el anuncio. Continuó siendo fiel al Padre y a los pobres. ¡Por esto fue condenado a muerte!

ii) La transfiguración y la vuelta del Profeta Elías

En el Evangelio de Marcos, el episodio de la Transfiguración (Mc 9,2-8) va unido a la cuestión de la vuelta del profeta Elías (Mc 9,9-13). En aquel tiempo, la gente esperaba el regreso del profeta Elías y no se daba cuenta que Elías ya había vuelto en la persona de Juan Bautista (Mc 9,13). Hoy sucede la misma cosa. Muchas personas viven esperando el retorno de Jesús y escriben incluso en los muros de las ciudades: ¡Jesús volverá!. Ellos no se dan cuenta que Jesús está ya presente en nuestra vida. De vez en cuando, como un relámpago improvisado, esta presencia de Jesús irrumpe y se ilumina, transformando nuestra vida. Una pregunta que cada uno debe hacerse: ¿Mi fe en Jesús, me ha regalado ya algún momento de transfiguración y de intensa alegría? ¿Cómo me han dado fuerza estos momentos de alegría en los momentos de dificultad?

6. Oración de un Salmo: Salmo 27 (26)

El Señor es mi luz

Yahvé es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
Yahvé, el refugio de mi vida,
¿ante quién temblaré?
Cuando me asaltan los malhechores
ávidos de mi carne,
ellos, adversarios y enemigos,
tropiezan y sucumben.

Aunque acampe un ejército contra mí,
mi corazón no teme;
aunque estalle una guerra contra mí,
sigo confiando.

Una cosa pido a Yahvé,
es lo que ando buscando:
morar en la Casa de Yahvé
todos los días de mi vida,
admirar la belleza de Yahvé
contemplando su templo.

Me dará cobijo en su cabaña
el día de la desgracia;
me ocultará en lo oculto de su tienda,
me encumbrará en una roca.
Entonces levantará mi cabeza
ante el enemigo que me hostiga;
y yo ofreceré en su tienda
sacrificios de victoria.
Cantaré, tocaré para Yahvé.

Escucha, Yahvé, el clamor de mi voz,
¡ten piedad de mí, respóndeme!
Digo para mis adentros:
«Busca su rostro».

Sí, Yahvé, tu rostro busco:
no meocultes tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio.
No me abandones, no me dejes,
Dios de mi salvación.
Si mi padre y mi madre me abandonan,
Yahvé me acogerá.

Señálame, Yahvé, tu camino,
guíame por senda llana,
pues tengo enemigos.

No me entregues al ardor de mis rivales,
pues se alzan contra mí testigos falsos,
testigos violentos además.
Creo que gozaré
de la bondad de Yahvé
en el país de la vida.
Espera en Yahvé, sé fuerte,
ten ánimo, espera en Yahvé.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Quien coma de este pan vivirá para siempre

Juan 6, 41-51

Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; y decían:
   —¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo?
Jesús les dijo:
   —No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. Les aseguro que quien cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne.

 

1.- ¿Cuál de las dos naturalezas de Cristo me cuesta más visibilizar, la humana o la divina? ¿Comprendo que Jesús no es un hombre más, sino que es Dios? ¿Esto me ayuda a reconocer que es posible vivir e imitar la humanidad de Cristo? ¿Lo hago

2.- ¿Soy Cristiano porque tome la decisión de serlo, por una gran “idea”, o porque Dios mismo salió a mi encuentro, y me deje atraer por él? ¿Qué es lo que me atrae a Dios, y que lo diferencia de cualquier otra posesión

3.- ¿Cómo utilizo las facultades que Dios depósito en mí; inteligencia y voluntad? ¿Las uso para llegar a un conocimiento y amor más profundo de Dios, o me pierdo en cuestiones sin sentido

4.- ¿Si alguien me preguntara que es para mí creer, que le respondo? ¿Entiendo que creer es la seguridad de llegar a la vida eterna? ¿Existe en mi vida, momentos en que se ocasiona un divorcio entre lo que creo y lo que vivo? ¿Lo reconozco, y busco unir vida y Fe? ¿Lo hago pidiéndole a Dios que me ayude?

5.- ¿Qué significa para mí “comer” el Pan de Vida? ¿Pienso, y me imagino como sería el mundo sin su presencia encarnación, y presencia eucarística? ¿Soy agradecido entonces de este don de Dios que por amor permanece entre nosotros? ¿Respondo acercándome a él, al Sagrario, y a tantos lugares, y personas donde tambien se hace presente?

Jn 11, 45-57

Muchos judíos que habían ido a consolar a las dos hermanas, vieron el milagro de Jesús, y ante la resurrección de Lázaro creyeron en él. Algunos, sin embargo, fueron a ver a los fariseos y les contaron con pelos y señales lo que había sucedido en Betania.
Los sumos sacerdotes y fariseos convocaron entonces el Consejo y se decían:
—¿Qué vamos a hacer con él? Ese hombre pone en peligro a nuestro pueblo. No es por nada, pero el pueblo se va tras él, y el tipo tiene una fuerza de convocatoria innegable. Si dejamos que siga, todos creerán en él y vendrán los romanos con sus represalias, ¡y ya sabemos cómo las gasta el ejército!
Caifás, que era sumo sacerdote el año aquel, les dijo:
— ¡No tenéis ideas! Antes que perezca la nación entera, es preferible que uno muera por el pueblo.
Decidieron matarle.
Desde entonces Jesús ya no andaba en público por Judea; se retiró hacia el desierto, a una ciudad llamada Efraín y se quedó allí con sus discípulos.
La orden de los sacerdotes y fariseos era: «El que se entere dónde está, que lo diga. ¡Ese hombre no puede seguir suelto!» (cf Jn 11, 45-57).
Me fui a buscar a mi Señro.
— ¡Oye, Dios mío! Lleguemos a un acuerdo. Yo no quiero ser profeta, y tú en cambio necesitas uno. No tengo madera de profeta, y a ti te sirve uno que la tenga.
Como me doy perfectamente cuenta de la falta de profetas del Dios único en el mundo de hoy, encuentro que no es justo que yo me niegue a colaborar.
Propongo, por tanto, que el Señor se digne nombrarme profeta de transición. Seré un profeta provisional y actuaré hasta que el hombre indicado salga a escena.
¡Va a ser interesante verme mandar de vacaciones mi mediocridad y dármelas de inquieto, hasta que llegue el verdadero desintalador! Así que durante un tiempo razonable, ¡voy a pasar por el aro!…
Dios no dijo nada. ¡Se calló otra vez!…
P. Zezinho

Gaudete et exsultate (Francisco I)

Una mente sin Dios y sin carne

37. Gracias a Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen. Los «gnósticos» tienen una confusión en este punto, y juzgan a los demás según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de determinadas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio finalmente prefieren «un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo»[36].


[36] Homilía en la Misa de la Casa Santa Marta (11 noviembre 2016): L’Osservatore Romano (12 noviembre 2016), p. 8.

Homilía – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE LA FE

El hecho de que todos nosotros nos podamos acercar a la Eucaristía tan masiva y constantemente es una costumbre reciente. Durante muchos siglos, la Iglesia, por un escrupuloso respeto al Sacramento, se mantuvo distante de la comunión. Esta situación actual, fruto de la desacralización de la Eucaristía y de la pérdida de un sentido escrupuloso del pecado, es positiva, pero entraña ciertos riesgos. La facilidad con que nos acercamos a recibir el Sacramento, puede hacer que este se vulgarice. Y de hecho así ocurre en muchos de nosotros. Comulgamos mecánicamente, sin que la Eucaristía exprese nada de nuestra vida y sin que ella influya directamente en las actitudes y comportamientos cristianos.

 

1.- Necesidad de la fe; tener conciencia y vivencia.

La Eucaristía como Sacramento de la fe, exige que la poseamos antes de que nos podamos acercar a ella.

En el proceso dinámico de la pedagogía y celebración del misterio cristiano, la Eucaristía está siempre al final. El hombre, primero, cree y se conforma con la fe en la que ha crecido: luego sella esta fe con el bautismo y la confirmación y, al final, la celebra en la Eucaristía. Este proceso es una ley. Nadie puede expresar visiblemente, sacramentalmente, la fe que no tiene. Por otro lado, el Sacramento sin la fe, es ininteligible.

Un aspecto fundamental de la fe es tener conciencia explícita del misterio salvador de Dios, manifestado en Cristo. Saber con inteligencia de la fe, lo que es y significa: «yo soy el pan bajado del cie- lo» (Jo 6, 41). Ante lo explícito de la fe cristiana, no pocos de entre nosotros, «no criticamos» (v. 43), pero tampoco nos lo planteamos, o preferimos hacer una restricción mental o permanecemos indiferentes. No me explico cómo podemos venir así a celebrar la Eucaristía. Para entrar en comunión con este sacramento se necesita haber descubierto y aceptado todo el misterio de Jesús de Nazaret. Hay en Jesús una realidad mucho más amplia que la de parecer «hijo de José» (v. 42), o un hombre extraordinario. Tiene algo muy importante que ver «con el cie- lo» (v. 50). Descubrir a Dios en Jesús, es el acto fundamental de la fe; si esto no está esclarecido en nosotros, ¿cómo podremos entrar en comunión con El? «Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado» (v. 44). «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende,  viene a mí» (v. 45). «El que cree tiene vida eterna» (v. 47). Juan establece un paralelismo entre «vida eterna» y «pan de vida». Este pan es el que engendra la vida eterna: «el que coma de este pan, vivirá para siempre» (v. 51). Pero nadie puede apetecer de este pan si no tiene fe. I -a Eucaristía es ese sacramento en el que hacemos memorial en la entrega salvadora de Cristo: «el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo» (v 51). Si no creemos esto, o si lo ignoramos, ¿cómo podremos celebrarlo o comulgarlo?

Pero la fe es, a la vez que Sabiduría, vida. Es una vida iluminada y realizada según el plan de Dios. La fe sin obras está muerta. Creer es no sólo un estilo de vida, es algo más radical. Es una vida nueva que se manifiesta con un estilo distinto. La fe es un principio vital, que informa todo nuestro comportamiento. Sin este aspecto, la fe no es fe. Reducir el acto de fe a una mera aceptación intelectual, es una aberración. Hemos de contrastar la verdad de la fe con toda nuestra vida. Es la única garantía. «Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, como y «bebe su propio castigo. Por eso hay entre nosotros muchos enfermos y muchos débiles y mueren no pocos» (1 Cor, 11, 28-30).

 

2.- La Eucaristía.

El Sacramento de la Eucaristía, celebra y expresa la fe. Nos reunimos alrededor dela misma mesa porque tenemos fe y hacemos la Eucaristía para celebrar el misterio de nuestra fe.

Toda la celebración supone y expresa la fe. ¿Qué es la Eucaristía sino una acción de gracias? Bendición de Dios por todas las obras que hace en medio de nosotros, que son consecuencia de la salvación realizada en Cristo y que están unidas, como en cadena, a toda la historia de la salvación. El arranque de toda la acción de gracias es la fe. Sin fe, ¿cómo podríamos bendecirle a Dios? En la Eucaristía entramos en comunión con el misterio de Cristo. Si este misterio no lo vivimos antes, en un grado suficiente, ¿cómo va a ser verdad lo que celebramos, cuando precisamente lo que expresamos es nuestra real comunión con ese misterio? La comunidad reunida se expresa, ella también, en la Eucaristía, como el Cuerpo de Cristo. Pero si antes no vivimos la comunión fraternal, ¿cómo vamos a poder expresarla en el sacramento? La fe es una vida conforme al plan de Dios. Se vive en el mundo, en la familia, en el trabajo, la sociedad. Ahí es donde descubrimos la acción salvadora de Dios. Si no estamos integrados en la marcha de la salvación en medio de la historia, ¿podremos celebrar con verdad la Eucaristía? Cuando, nos reunimos, para celebrar la fe, a la vez la expresamos, la patentizamos, por medio de los signos visibles del Sacramento.

Cuando se vive de verdad y lo celebramos y expresamos en la Eucaristía, el sacramento es tan rico, que produce la gracia que celebramos. Profundiza la fe, arraiga la vida, nos hace entrar en una más ín- tima y real comunión con Cristo, nos alimenta con un pan de vida (1 Reg 19, 4-8; Jo 6). El sacramento de la Eucaristía causa la gracia que significa. En la espiritualidad cristiana se ha intensificado mucho esto, sobre todo, el aspecto de la Eucaristía para recibir la fuerza para poder resistir a las tentaciones. Esto es verdad. Pero no debemos olvidar otro aspecto fundamental: la Eucaristía es fuerza que refuerza una vida que ya se tiene. No comulgamos sólo para vivir, sino sobre todo porque vivimos. De esta manera, la Eucaristía potencia nuestra vida. La Eucaristía es «fuente» de la vida, pero porque antes es «culmen» de ella. Por eso podemos decir con verdad: «La liturgia (y muy especialmente la Eucaristía) es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (Vat. II, Constitución de Liturgia, núm. 10).

Jesús Burgaleta

Jn 6, 41-51 (Evangelio Domingo XIX de Tiempo Ordinario)

En su “Libro de los Signos” (cf. Jn 4,1-11,56), Juan nos presenta un conjunto de cinco catequesis sobre Jesús; y, en cada una de ellas, utilizando diferentes símbolos, Jesús es presentado como el Mesías que vino al mundo para cumplir el plan del Padre y hacer aparecer un Hombre Nuevo.

Todas esas catequesis (“Jesús, el agua que da la vida”, cf. Jn 4,1-5,47; “Jesús, el verdadero pan que sacia todas las hambres”, cf. Jn 6,1-7,53; “Jesús, la luz que libera al hombre de las tinieblas”, cf. Jn 8,12-9,41; “Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”, cf. Jn 10, 1-42; “Jesús, vida y resurrección para el mundo”, cf. Jn 11,1-56), terminan con una sección donde se manifiesta la oposición de los judíos a esa vida nueva que Jesús vino a proponer a los hombres. Juan va, de esa forma, preparando a sus lectores para aquello que va a suceder en Jerusalén al final del caminar histórico de Jesús: la muerte en la cruz.

El texto que se nos propone, presenta una de esas historias de confrontación entre Jesús y los judíos. Al final del discurso explicativo de la multiplicación de los panes y de los peces, pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún (cf. Jn 6,22-40), Jesús se propondrá como “el Pan de vida” e invitará a sus interlocutores a adherirse a su propuesta para nunca más tener hambre.

Nuestro texto es la secuencia de ese episodio. Relata la murmuración de los judíos a propósito de las palabras de Jesús y describe la controversia que vino después.

Los interlocutores de Jesús no aceptan su pretensión de presentarse como “el pan que bajó del cielo”. Ellos conocen su origen humano, saben que su padre es José, conocen a su madre y a su familia; y, en su perspectiva, eso excluye un origen divino (v. 41). En consecuencia, no pueden aceptar que Jesús se arrogue la pretensión de traer a los hombres la vida de Dios.

En lugar de discutir la cuestión de su origen divino, Jesús prefiere denunciar aquello que está por detrás de la actitud negativa de los judíos hacia la propuesta que les hace: ellos no tienen el corazón abierto a los dones de Dios y se niegan a aceptar los retos de Dios.

El Padre les presenta a Jesús y les pide que vean en él al “pan” de Dios que da vida al mundo; pero los judíos, instalados en sus certezas, atados a sus seguridades, acomodados en un sistema religioso ritualista, estéril y vacío, ya han decidido que no tienen hambre de vida y que no necesitan “pan” de Dios. No están, por tanto, dispuestos a acoger a Jesús “el pan que ha bajado del cielo” (vv. 43-46).

Ellos no escuchan a Jesús porque están instalados en un esquema de orgullo y de autosuficiencia y, por eso, no necesitan de Dios.

Para aquellos que, efectivamente, lo quieren aceptar como “el pan de Dios que ha bajado del cielo”, Jesús trae la vida eterna. El “es”, de hecho, el “pan” que permite al hombre saciar su hambre de vida (“yo soy el pan de vida, v. 48).

La expresión “yo soy” es una fórmula de revelación (correspondiente al nombre de Dios, “yo soy el que soy”, tal como aparece en Ex 3,14) que manifiesta el origen divino de Jesús y la validez de la propuesta de vida que él trae. Quien se adhiere a él y a la propuesta que él vino a presentar (“quien crea”, v. 47) encuentra la vida definitiva.

Lo que es decisivo, en este proceso, es el “creer”, esto es, el adherirse efectivamente a Jesús y a los valores que él vino a proponer. Esa vida que Jesús está dispuesto a ofrecer, no es una vida parcial, limitada y finita, sino que es una vida verdadera y eterna.

Para subrayar esta realidad, Jesús establece un paralelo entre el “pan” que él viene a ofrecer y el maná que los israelitas comieron a lo largo de su caminar por el desierto.

En el desierto, los israelitas recibieron un pan (el maná) que no les garantizaba la vida eterna y definitiva y que ni siquiera les aseguraba el encuentro con la tierra prometida y con la libertad plena (alimentada por el antiguo maná, la generación salida de la esclavitud de Egipto nunca consiguió apropiarse de la vida en plenitud y ni siquiera llegó a alcanzar esa tierra de libertad que buscaban); pero el “pan” que Jesús quiere ofrecer al hombre, llevará al hombre a alcanzar la meta de la vida plena (vv. 49- 50). “Vida plena” no indica aquí, únicamente, un “tiempo” sin fin, sino que indica, sobre todo, una vida de una calidad única, de una calidad ilimitada, una vida total, la vida del hombre plenamente realizado.

Jesús va a dar su “carne” (“el pan que yo daré es mi carne”, v. 51) para que los hombres tengan acceso a esa vida plena, total, definitiva. ¿Jesús estará, aquí, refiriéndose a su “carne” física? No. La “carne” de Jesús es su persona, esa persona que los discípulos conocen y que se les manifiesta, todos los días, en gestos concretos de amor, de bondad, de solicitud, de misericordia.

Esa “persona” les revela el camino hacia la vida verdadera: en las actitudes, en las palabras de Jesús, se manifiesta históricamente al mundo el Dios que ama a los hombres y que les invita, a través de gestos concretos, a hacer de la vida un don y un servicio de amor.

Repitiendo el tema central del texto que reflexionamos el pasado Domingo, también el Evangelio que hoy se nos propone nos invita a acoger a Jesús como el “pan” de Dios que bajó del cielo para dar vida a los hombres.
Para nosotros, seguidores de Jesús, esta afirmación no es una afirmación circunstancial, sino un hecho que condiciona nuestra existencia, nuestras opciones, todo nuestro camino.

Jesús, con su vida, con sus palabras, con sus gestos, con su amor, con su propuesta, vino a decirnos cómo llegar a la vida verdadera y definitiva.
¿Qué lugar es el que Jesús ocupa en nuestra vida?
¿Construimos nuestra existencia alrededor de él?

¿El proyecto que él vino a proponernos tiene un real impacto en nuestro caminar y en las opciones que tomamos en cada momento?

“El que cree tiene vida eterna”, nos dice Jesús. “Creer” no es, en este contexto, aceptar que él existió, conocer su doctrina, o elaborar altas disquisiciones teológicas a propósito de su mensaje. “Creer” es adherirse, de hecho, a esa vida que Jesús nos propuso, vivir como él en la escucha constante de los proyectos del Padre, seguirlo por el camino del amor, de la donación de la vida, de la entrega a los hermanos; es hacer de la propia vida, como él hizo de la suya, una lucha coherente contra el egoísmo, la explotación, la injusticia, el pecado, todo lo que afea la vida de los hombres y trae sufrimiento al mundo.

¿Yo puedo decir, con verdad y con objetividad, que “creo” en Jesús?

En su discurso, Jesús hace referencia al maná como un alimento que sació el hambre física de los israelitas en la marcha por el desierto, pero que no les dio la vida definitiva, no les transformó los corazones, no les aseguró la libertad plena y verdadera (sólo el “pan” que Jesús ofrece sacia verdaderamente el hambre de vida del hombre).

El maná puede representar, aquí, a todas esas propuestas de vida que, tantas veces, atraen nuestra atención y nuestro interés, pero que acaban manifestándose falibles, ilusorias, parciales, porque no nos liberan de la esclavitud ni generan vida plena. Es preciso que aprendamos a no ponen nuestra esperanza y nuestra seguridad en un “pan” que no sacia nuestra hambre de vida definitiva; y es necesario que aprendamos a discernir entre lo que es ilusorio y lo que es eterno; es preciso que aprendamos a no dejarnos seducir por falsas propuestas de realización y de felicidad; es necesario que aprendamos a no dejarnos manipular, aceptando como “pan” verdadero valores y propuestas que la moda o la opinión pública dominante continuamente nos ofrecen.

¿Por qué los judíos rechazaron la propuesta de Jesús y no estuvieron dispuestos a aceptarlo como “el pan que bajó del cielo”?
Porque vivían instalados en sus grandes certezas teológicas, prisioneros de sus prejuicios, acomodados en un sistema religioso inmutable y estéril y perdieron la facultad de escuchar a Dios y de dejarse desafiar por la novedad de Dios. Ellos construyeron un Dios fijo, calcificado, previsible, rígido, conservador, y se negaron a aceptar que Dios encuentra siempre nuevas formas de ir al encuentro de los hombres y de ofrecerles vida en abundancia.

Esta “enfermedad” que padecían los líderes y los “creadores” de opinión en el mundo judío, no es tan rara. Todos nosotros tenemos alguna tendencia a la acomodación, a la instalación, al aburguesamiento; y, cuando nos dejamos dominar por ese esquema, nos hacemos prisioneros de los ritos, de los prejuicios, de las ideas políticas o religiosamente correctas, de catecismos muy bien elaborados pero parados en el tiempo, de elaboraciones teológicas muy coherentes y muy bien construidas pero que dejan poco espacio para el misterio de Dios y para los desafíos siempre nuevos que Dios nos hace.

Es necesario que aprendamos a cuestionar nuestras certezas, nuestras ideas prefabricadas, los esquemas mentales en los que nos instalamos cómodamente; es necesario que tengamos siempre el corazón abierto y disponible para ese Dios siempre nuevo y siempre dinámico, que viene a nuestro encuentro de mil formas para presentarnos sus retos y para ofrecernos vida en abundancia.

Ef 4, 30 – 5, 2 (2ª lectura Domingo XIX de Tiempo Ordinario)

Nuestra segunda lectura nos presenta, una vez más, un texto de la “carta circular” que Pablo escribió a varias comunidades cristianas de la parte occidental del Asia Menor (incluyendo a los cristianos de Éfeso), cuando estaba en prisión (¿en Roma, durante los años 61-63?).

Esta carta (escrita en la fase final de la vida de Pablo), es una carta donde el apóstol expone a los cristianos, de forma serena y reflexiva, las principales exigencias de la vida nueva que surge del Bautismo.

En la sección que va desde 4,1 hasta 6,20 tenemos una “exhortación a los bautizados”: es un texto parenético, que tiene por objetivo principal exhortar a los cristianos a vivir de forma coherente con su Bautismo y con su compromiso con Cristo.

La perícopa 4,14-15,14 (que incluye nuestro texto) debe ser entendida como una invitación a vivir de acuerdo con la condición de Hombre Nuevo, que el cristiano adquirió el día de su Bautismo.

Por el Bautismo, cada cristiano se convirtió en morada del Espíritu; y, al acoger al Espíritu, recibió un signo o sello que prueba su pertenencia a Dios. Tiene, por tanto, que vivir en consecuencia y ha de expresar, con sus acciones concretas, la vida nueva del Espíritu.

La exhortación a “no entristecer” al Espíritu (4,30) debe entenderse como “no decepcionéis al Espíritu que habita en vosotros, viviendo de acuerdo con el hombre viejo”.

En concreto, ¿qué implica ser “morada del Espíritu”?

Significa, por un lado, que los vicios del “hombre viejo” (la amargura, la ira, la cólera, el insulto, la maledicencia y toda especie de maldad, 4,31) deben ser eliminados de la vida del cristiano.

Repárese que todos estos “vicios” tienen que ver con el mundo de la relación con los hermanos: el cristiano debe evitar cualquier acción que se oponga al amor.

Significa, por otro lado, orientar toda la vida con actitudes de bondad, de compasión, de perdón, de amor, teniendo a Cristo como el modelo de vida (4,32).

Lo que fundamenta todas estas exhortaciones es el hecho de que los creyentes son “hijos bien amados de Dios”; por eso, deben imitar la perfección, la bondad y el amor de Dios.

Como ejemplo y modelo concreto, los creyentes tienen ante sus ojos a Cristo, el Hijo bien amado de Dios que, cumpliendo los proyectos del Padre, ofreció su vida por amor a los hombres (5,1-2).

Por el Bautismo, los cristianos se convierten en hijos amados de Dios y pasan a formar parte de la comunidad de Dios.
El Bautismo no es, por tanto, una tradición familiar, un rito cultural, o una obligación social, sino que es un momento serio de opción por Dios y de compromiso con los valores de Dios.

¿Tengo conciencia de que me comprometí con la familia de Dios y que debo vivir como hijo de Dios?
¿Tengo conciencia de que asumí el compromiso de testimoniar en el mundo, con mis acciones y actitudes, los valores de Dios?

¿Tengo conciencia de que debo, por tanto, buscar el ser perfecto “como el Padre del cielo es perfecto (cf. Mt 5,48)?

Para los bautizados, el modelo de “Hijo amado de Dios” que cumple absolutamente los planes del Padre, es Jesús. La vida de Jesús se concretó en una continua escucha de los proyectos del Padre y en el amor total a los hombres. Ese amor (que tuvo su expresión máxima en la cruz) se expresó siempre en gestos de entrega por los hombres, de servicio humilde a los hermanos, de donación de sí mismo, de acogida de todos los marginados, de bondad sin fronteras, de perdón sin límites. De esa forma, Jesús fue el paradigma del Hombre Nuevo, el modelo que Dios propone a todos sus otros hijos. ¿Cómo me sitúo frente a ese “modelo” que es Jesús?

¿Vivo, como él, en una atención constante a las propuestas de Dios y dispuesto a responder positivamente a sus desafíos?
¿Como él, estoy dispuesto a abandonar el egoísmo, a caminar en la caridad y a hacer de mi vida un don total a los hermanos?

Seguir a Cristo y ser un Hombre Nuevo implica, en la perspectiva de Pablo, asumir una nueva actitud en las relaciones con los hermanos. El apóstol llega a especificar que la amargura, la ira, los enfados e insultos, las violencias, la maledicencia, la envidia, los orgullos mezquinos deben ser totalmente eliminados de la vida de los cristianos. Esos “vicios” son manifestaciones del “hombre viejo” que no caben en la existencia de un “hijo de Dios”, cuya vida ha sido marcada con el sello del Espíritu.

Es necesario que seamos conscientes de esa realidad: cuando en nuestra vida personal o comunitaria nos dejamos llevar por el rencor, por los celos, por el odio, por la violencia, por la mezquindad y maltratamos a los hermanos que nos rodean, estamos siendo incoherentes con el compromiso que asumimos el día de nuestro Bautismo y cortando nuestra relación con la familia de Dios.

1Re 19, 4-8 (1ª lectura Domingo XIX de Tiempo Ordinario)

Elías actúa en el Reino del Norte (Israel) durante el siglo IX antes de Cristo, en un tiempo en el que la fe yahvista está puesta a prueba por la preponderancia que los dioses extranjeros (especialmente Baal) asumen en la cultura religiosa de Israel.

Probablemente, estamos ante una tentativa de abrir Israel a otras culturas, a fin de facilitar el intercambio cultural y comercial. Pero esas razones políticas no son entendidas ni aceptadas en los círculos religiosos de Israel.

El ministerio profético de Elías se desarrolla sobre todo durante el reinado de Acab (873-853 a. de C.), aunque su voz también se dejó oír en el reinado de Ococías (853-852).

Elías es el gran defensor de la fidelidad a Yahvé. Aparece como el representante de los israelitas fieles que rechazaban la coexistencia de Yahvé y de Baal en el horizonte de la fe de Israel. En un episodio dramático, el propio profeta llegó a desafiar a los profetas de Baal a un duelo religioso que terminó con la masacre de cuatrocientos profetas de Baal en el monte Carmeno (cf. 1 Re 18). Ese episodio es, ciertamente, una presentación teológica de esa lucha sin tregua que se traba entre los fieles de Yahvé y los que abren el corazón a las influencias culturales y religiosas de otros pueblos.

En relación con la cuestión del culto, Elías defiende la Ley en todas sus vertientes (véase, por ejemplo, su defensa intransigente de las leyes de la propiedad en 1 Re 21, en el célebre episodio de la usurpación de las viñas de Nabot): representa a los pobres de Israel, en su lucha sin tregua contra una aristocracia y unos comerciantes todopoderosos que subvertían a su placer las leyes y los mandamientos de Yahvé.

Después de la masacre de los 400 profetas de Baal en el monte Carmeno, Acab y su esposa fenicia juraron matar a Elías; y el profeta huyó hacia el sur, a fin de salvar la vida. Llegado a la zona de Beer-Sheba, Elías se internó en el desierto. Es precisamente en ese contexto donde se sitúa el episodio del Libro de los Reyes que hoy se nos propone.

La escena nos presenta a un Elías abatido, deprimido y solitario frente a la incomprensión y la persecución que sufre.

El profeta siente que ha fallado, que su misión está condenada al fracaso y que su lucha lo conduce por un camino sin salida; siente miedo y está dispuesto a desistir de todo.

La petición que el profeta hace a Dios en el sentido de que le de la muerte (v. 4), muestra su profundo desánimo, desilusión, angustia y desesperación. Es una escena impactante, que nos recuerda que el profeta es un hombre y que está, por eso, condenado a realizar la experiencia de su fragilidad y de su finitud.

Sin embargo, Dios no está lejos y no abandona a su profeta. Nuestro texto refiere, en este contexto, la solicitud y el amor de Dios, que ofrece a Elías “pan cocido sobre piedras y un jarro de agua” (v. 6). Es la confirmación de que el profeta no está perdido ni abandonado por Dios, incluso cuando es incomprendido y perseguido por los hombres.

La escena nos asegura la presencia continua de Dios y su cuidado con aquellos que llama y a quines da el aliento para ser fieles a la misión, también en contextos adversos. Dios no anula la misión del profeta, ni elimina a los perseguidores; sino que se limita a dar al profeta la fuerza para continuar su peregrinación.

Alimentado por la fuerza de Dios, el profeta camina durante “cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb” (v. 8). La referencia a “los cuarenta días y cuarenta noches” alude, ciertamente, a la estancia de Moisés en la montaña sagrada (cf. Ex 24,18), donde se encontró con Dios y donde recibió de Yahvé las tablas de la Ley; también puede aludir al camino del Pueblo durante cuarenta años por el desierto, hasta alcanzar la Tierra Prometida. En cualquier caso, esta peregrinación al Horeb, el monte de la Alianza, es un regreso a las fuentes, una peregrinación a los orígenes de Israel como Pueblo de Dios.

Perseguido, incomprendido, desesperado, Elías necesita revitalizar su fe y reencontrar el sentido de su misión como profeta de Yahvé y como defensor de esa Alianza que Dios ofreció a su Pueblo en el Horeb / Sinaí.

En el cuadro que el texto nos presenta, Elías aparece como un hombre vencido por el miedo y por la angustia, marcado por la decepción y por el desánimo, que ha experimentado dramáticamente su impotencia al cambiar el corazón de su Pueblo y que, por eso, ha desistido de luchar; su desilusión es tan grande que prefiere morir a tener que continuar.

Elías muestra esa condición de fragilidad y de debilidad que está siempre presente en la experiencia profética. Es una situación que todos nosotros conocemos bien. Nuestra experiencia profética está, muchas veces, marcada por las incomprensiones, por las calumnias, por las persecuciones; otras veces, es el sentimiento de impotencia en el intento de cambiar el mundo lo que nos angustia y desanima; otras veces es la constatación de nuestra fragilidad, de nuestros límites, de nuestra finitud lo que nos asusta.

¿Cómo responder a un cuadro de este tipo y cómo encarar esta experiencia de fragilidad y de debilidad? ¿La solución será bajar los brazos y abandonar la lucha? ¿Quién puede ayudarnos a enfrentarnos al drama de la desilusión y de la decepción?

Nuestro texto nos asegura que Dios no abandona a aquellos a quienes llama a dar testimonio profético. En el “pan cocido sobre piedras calientes” y en el “jarro de agua” con que Dios repara las fuerzas de Elías se manifiesta el Dios de la bondad y del amor, lleno de solicitud hacia sus hijos, que anima a sus profetas y les da la fuerza para testimoniar, también en los momentos de dificultad y de desánimo.

Cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor y cuando nuestra misión parece condenada al fracaso, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en él en quien tenemos que poner nuestra seguridad y nuestra esperanza.

Como nota marginal, prestemos atención a la forma de actuar de Dios: él no resuelve mágicamente los problemas del profeta, ni se pone en lugar del profeta. El profeta debe continuar su misión, enfrentándose a los mismos problemas de siempre; Dios “únicamente” alimenta al profeta, dándole el coraje para continuar su misión.

A veces, pedimos a Dios que nos resuelva milagrosamente los problemas, con un golpe de magia, mientras nos quedamos, de brazos cruzados, mirando al cielo. Nuestro Dios no se pone en lugar del hombre, no estimula con su acción nuestra pereza y nuestra instalación, sino que está a nuestro lado siempre que necesitemos de él, dándonos la fuerza para vencer las dificultades e indicándonos el camino a seguir.

La “peregrinación de Elías al Horeb / Sinaí para encontrarse con los orígenes de la fe israelita y para cargar las baterías espirituales, nos sugiere la necesidad de que, en alguna ocasión, encontrar un tiempo para realizar un “parón”, para la reflexión, para el “retiro”, para el reencuentro con Dios, para el redescubrimiento de los fundamentos de nuestra misión.

Ese “parón” no será nunca, un tiempo perdido, sino que será una forma de reencontrarnos con nuestra vida en Dios y de redescubrir los desafíos que Dios nos hace, en el ámbito de la misión que se nos confió.

Comentario al evangelio (6 de agosto)

Dios se nos ha acercado por varios caminos. La Transfiguración del Señor señala el de la belleza y el de la verdad. Primero, el de la belleza. Reproducimos un pasaje de san Agustín, pero cambiando el sujeto de la primera frase, pues él se refería a María: «Nunca vimos el rostro de Jesús… Salva, pues, nuestra fe, podemos decir: “Quizá  tuviera estas o aquellas facciones”; pero nadie, sin naufragar en sus creencias cristianas, puede decir: “Quizá Cristo haya nacido de una virgen”» (De Trinitate, 8,7). La tradición ha llamado a María “la toda bella”; y ha referido a Jesús la loa del salmo: «Eres el más bello de los hombres». Si la cara es el espejo del alma, suscribamos sin temor ese sentir.

Hoy ponemos el acento en el prefijo “trans”. Jesús tenía una figura; en nuestra escena aparece transfigurado. Es el mismo, y con su figura personal, pero ahora con una figura que ha ido más allá de sí misma hacia su belleza perfecta. Ha habido un cambio, un movimiento, y el término es la forma plena que arrebata a los discípulos. Él, que nos configura consigo, quiere llevarnos más allá de la forma que nuestra personalidad tiene ahora, hacia la forma madura. Es bastante más que un cambio de “look”. Tengamos los los ojos fijos en él (cf. Heb 12,2) y dejemos que vaya imprimiendo esa figura nueva.

Hallamos también la vía de la verdad. La voz que sale de la nube nos revela la verdad de Jesús y a la vez nos intima una orden: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo». La voz manda que, además de tener los ojos fijos en él («este es…»), tengamos el oído atento a su palabra, porque es palabra de vida, palabra que nos enseña cuál es nuestra identidad, cuál nuestra vocación, cuál nuestra tarea. Así cooperamos en la obra de nuestra transfiguración y, cuando hemos sido infieles, de nuestra refiguración.