I Vísperas – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LUZ MENSAJERA DE GOZO.

Luz mensajera de gozo,
hermosura de la tarde,
llama de la santa gloria,
Jesús, luz de los mortales.

Te saludamos, Señor,
oh luz del mundo que traes
en tu rostro sin pecado
pura la divina imagen.

Cuando el día se oscurece,
buscando la luz amable
nuestras miradas te siguen
a ti, lumbre inapagable.

Salve, Cristo venturoso,
Hijo y Verbo en nuestra carne,
brilla en tu frente el Espíritu,
das el corazón del Padre.

Es justo juntar las voces
en el descanso del viaje,
y el himno del universo
a ti, Dios nuestro, cantarte.

Oh Cristo que glorificas
con tu vida nuestra sangre,
acepta la sinfonía
de nuestras voces filiales. Amén.

SALMODIA

Ant 1. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Salmo 112 – ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Ant 2. Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre, Señor.

Salmo 115 – ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Vale mucho a los ojos del Señor
la vida de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre, Señor.

Ant 3. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

LECTURA BREVE   Hb 13, 20-21

El Dios de la paz, que sacó de entre los muertos, por la sangre de la alianza eterna, al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, os haga perfectos en todo bien, para hacer su voluntad, cumpliendo en vosotros lo que es grato en su presencia por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

V. Cuántas son tus obras, Señor.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

V. Y todas las hiciste con sabiduría.
R. Tus obras, Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Con la fuerza de aquella comida, Elías caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Con la fuerza de aquella comida, Elías caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios.

PRECES

Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Escúchanos, Señor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
haz que no sean estériles, sino que den fruto, encontrando un corazón noble de nuestra parte.

Dios nuestro, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo,
y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las almas y de los cuerpos,
te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, a quien confiadamente invocamos con el nombre de Padre, intensifica en nosotros el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos entrar en posesión de la herencia que nos tienes prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 11 de agosto

Lectio: Sábado, 11 Agosto, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como creador y como guía. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Mateo 17,14-20

Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y sufre mucho; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.» Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!» Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento.
Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: `Desplázate de aquí allá’, y se desplazará, y nada os será imposible.»
3) Reflexión
• Contexto. Nuestro pasaje presenta a Jesús en su actividad de curar. Después de su permanencia con los discípulos en la región de Cesaréa de Felipe (16,13-28), Jesús sube a una montaña alta y se transfigura ante tres de sus discípulos (17,1-10); después alcanza a la gente (17,14.21) y de nuevo se acerca a Galilea para recuperarla (17,22) ¿Qué pensar de estos desplazamientos geográficos de Jesús? No se puede excluir que hayan sido de contenido geográfico, pero Mateo quiere expresar su función en un itinerario espiritual. En su camino de fe, la comunidad está siempre llamada a recorrer el itinerario espiritual que ha trazado la vida de Jesús: partiendo de la Galilea de su actividad pública y desde ésta hasta su resurrección, atravesando el camino de la cruz. Un itinerario espiritual en el que la fuerza de la fe juega un papel esencial.

• La fuerza de la fe. Después de su transfiguración, Jesús y la pequeña comunidad de sus discípulos vuelven con la gente antes de regresar a Galilea (v.22) y alcanzan Cafarnaúm (v.24). Mientras Jesús se encuentra entre la gente, se acerca a él un hombre y le ruega con insistencia que intervenga ante el mal que tiene aprisionado a su hijo. La descripción que precede a la intervención de Jesús es verdaderamente precisa: se trata de un caso de epilepsia con todas sus consecuencias patológicas a nivel psíquico. En tiempo de Jesús, este tipo de enfermedad se atribuía a fuerzas malignas, y precisamente a la acción de Satanás, enemigo de Dios y del hombre y, por tanto, origen del mal y de todos los males. Ante este caso en el que emergen persistentemente las fuerzas malignas superiores a la capacidad humana, los discípulos se sienten impotentes para curar al joven (vv.16-19) por razón de su poca fe (v.20). Para el evangelista, este joven epiléptico es símbolo de los que desprecian el poder de la fe (v.20), los que no están atentos a la presencia de Dios en medio de ellos (v.17). La presencia de Dios en Jesús, que es el Emmanuel, no es reconocida; es más, no basta entender alguna cosa sobre Jesús, es necesaria la verdadera fe. Jesús, después de haber reprender a la gente, manda traer al joven: “Traédmelo acá” (v.17); lo cura y lo libera en el momento en el que el demonio grita. No basta el milagro de la curación de una sola persona, es también necesario curar la fe incierta y débil de los discípulos. Jesús se acerca a ellos que están confundidos a aturdidos por su impotencia: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?” (v.20). La respuesta de Jesús es clara: “Por vuestra poca fe”. Jesús pide una fe capaz de trasladar las montañas del propio corazón para poder identificarse con su persona, con su misión, con su fuerza divina. Es verdad que los discípulos lo han abandonado todo para seguir a Jesús, pero no han podido curar al joven epiléptico debido a su “poca fe”. No se trata de falta de fe, sino de fe débil, vacilante a causa de las dudas, del predominio de la desconfianza y de la duda. Es una fe que no arraiga totalmente en la relación con Cristo. Jesús se excede en el lenguaje cuando dice: “si tenéis fe como un grano de mostaza” podréis trasladar las montañas; es una exhortación a dejase conducir, en el obrar, por la fuerza de la fe que se hace fuerte sobre todo en los momentos de prueba y de sufrimiento y que alcanza la madurez cuando no se escandaliza ante el escándalo de la cruz. La fe lo puede todo y, con tal que se renuncie a fiarse de las propias capacidades humanas, puede trasladar las montañas. Los discípulos y la primitiva comunidad han experimentado que la incredulidad no se vence sólo con la oración y el ayuno, sino que es necesario unirse a la muerte y a la resurrección de Jesús.
4) Para la reflexión personal
• En la meditación de este pasaje hemos observado cómo se sitúan los discípulos ante el epiléptico y ante Jesús mismo. ¿Descubres tu camino de relación con Jesús y con los demás recurriendo a la fuerza de la fe?

• Jesús, desde la cruz, da testimonio del Padre y lo revela totalmente. La palabra de Jesús que has meditado te pide una adhesión total: ¿Te sientes comprometido cada día en trasladar las montañas de tu corazón que se interponen entre tu egoísmo y la voluntad de Dios?
5) Oración final
¡Sea Yahvé baluarte del oprimido,

baluarte en tiempos de angustia!
Confíen en ti los que conocen tu nombre,
pues no abandonas a los que te buscan, Yahvé. (Sal 9,10-11)

El amor de Jesús le lleva a hacerse nuestro pan

Hoy en este encuentro continuamos con Jesús —en la Sinagoga de Cafarnaún—, que está en ese discurso tan importante explicando cómo Él es alimento, es pan, es comida. Vamos a escuchar el texto de Juan 6, versículo 41-51, donde no son los discípulos, sino son los judíos los que le critican porque se llama “Pan de vida”. Escuchamos con atención el texto:

Entonces comenzaron a murmurar de Él los judíos porque había dicho: “Yo soy el Pan que ha bajado del cielo”. Y decían: “¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo dice ahora «He bajado del cielo»?”. Jesús respondió y les dijo: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si no le atrae el Padre que me ha enviado y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: «Y serán todos enseñados por Dios». Todo el que escucha al Padre y aprende su enseñanza viene a mí, porque nadie ve al Padre sino sólo aquel que procede de Dios; éste ve al Padre. Os lo aseguro: quien cree, tiene vida eterna. Yo soy el Pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo para que quien coma de él, no muera. Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Como hemos visto, los judíos, escuchando que ha sido y que dice que es Pan de vida, le critican y piensan: “Pero ¿no es éste el hijo de José? ¿No conocemos a su padrey a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo y que es Pan de vida?”. AJesús le duele que no le entiendan, pero con todo amor y con toda entereza y con todaautoridad les dice: “Mirad, no critiquéis. Si no lo entendéis, no critiquéis. Nadie puede venir a mí si no es el Padre. Pero no critiquéis, no juzguéis lo que no entendéis. Porque bien sabéis que todo el que escucha lo que dice mi Padre, aprende y viene a mí. Si no lo entendéis, escuchadme y atendedme con otro amor y con otra acogida”. A Jesús leduele esta actitud, pero le viene incluso bien para enseñar a sus discípulos, a la gente, para enseñarte a ti y a mí, querido amigo, dónde está el verdadero camino y cuál es, y cómo es Él por dentro y lo que quiere: quiere llenarnos y quiere ser comida. En este texto se nos habla mucho de comida: “El que come mi pan tiene vida eterna”, “Yo le daré mi carne”, “Comerá…”. Y lo explica de muchas maneras. A ellos les explica cómo sus padres vinieron, comieron en el desierto y murieron porque su pan no era vida, no era fuerza.

Nos lleva a pensar mucho en nuestra comunión, en lo que es Él, en la Eucaristía, en qué hacemos. ¿Nos alimentan nuestras comuniones? Cuando vemos cómo Jesús tiene esta idea tan maravillosa de darse en comida y en bebida… porque comprende que nuestra vida no puede ser una vida vegetativa, ni sensitiva, ni intelectual. Necesitamos una comida y una vida sobrenatural, y con todo amor inventa lo mejor de lo mejor: darse a sí mismo en comida y en bebida: “El que come mi pan vive eternamente y el pan que Yo le daré es la vida para el mundo”. La Eucaristía nace de su corazón. Piénsalo bien, querido amigo, nace del gran amor que nos tiene. Tiene necesidad de darse, quiere que apreciemos todo… pero Él se quiere quedar para compartir con nosotros nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestra salud, nuestra vida. Él es siempre entregarse. Éste es Jesús.

Nos dice también en el texto de Juan, capítulo 13: “Sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, se entregó y se dio en pan y comida”. Yomuchas veces me pregunto por qué Jesús tuvo esta idea y siempre, cuando lo miro desde su corazón, pienso: porque amaba muchísimo, como nadie. “Habiendo amado alos suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Esta comida tan fuerte,querido amigo, una vez más, no sólo es admiración por la Eucaristía hecha pan, por el Sagrario, que es la fuente de vida, sino también es pensar, querer, desear, llenarnos de ese amor. Porque Él es el río que mana, la fuente que mana, el río que fluye todo. Es la maravilla del agradecimiento.

Tú y yo hoy nos quedamos admirando a este Jesús que tanto nos quiere y llenándonos de su amor, llenándonos de su amor hasta el extremo. Para eso se bajó del cielo, para hacerse pan. Y contra esas tentaciones que tengamos de superar esas faltas de fe, esas faltas de desesperanza, esas faltas de amor, tenemos que ir y luchar para quedarnos con Él y sentir esa fuerza y no decepcionarnos nunca.

Querido amigo, ¡cuántas veces no pensamos ni agradecemos los grandes regalos que se nos da! Diariamente somos libres para alimentarnos; diariamente se nos da la vida, el pan, la comida, el pan que no pasa, la vida que no fenece; diariamente Jesús se presenta, pero a veces somos como estos judíos: lo enjuiciamos,lo criticamos, no entendemos… Y pienso que nos tenemos que dejar llevar por Él, quetenemos que dejarnos llevar por su palabra, por los acontecimientos que nos da, por los regalos, por la Eucaristía, por la oración.

Si Él es Luz, si Él es nuestro Pan, ¿seremos capaces de recorrer el camino en soledad y hambrientos de la verdadera vida? ¡Cuántas tentaciones tenemos!: el cansancio, la tibieza, el “qué más da”, el “ya iré”, la desesperanza, la atonía interior que tenemos… Y esa debilidad, esa anemia espiritual la recuperamos en la Eucaristía y la recuperamos cuando aprendemos a ir a Él, cuando creemos que es Él. Lo primeroque nos pide es fe: “El Pan que Yo te daré es mi carne y es tu vida, ¿por qué dudas?”.Hoy le vamos a pedir mucha fe y mucho amor. Él se ha deshecho en amor y… ¡qué dureza de corazón la nuestra! Pero Él siempre nos ayuda… y nos dice… y nos guía con su espíritu, porque Él lo que quiere es llenarnos de gozo; de alegría nuestro camino.

Querido amigo, este encuentro es para agradecer al Señor, agradecer a Jesús el gran regalo que nos da, para escuchar una y otra vez: “Yo soy tu Pan. Yo soy tu comida. Ven a mí, aprende, cree”. Vamos a pedir a la Virgen que Ella, como Madre, nos ayude a creer, nos ayude a alimentarnos bien, a no tener una vida anémica, floja, vacía, porque ni saboreamos, ni comemos, ni vamos a la verdadera fuente de la vida que eres Tú. La gran lección de la Eucaristía, la gran lección, el gran discurso que Tú nos estás dando para que aprendamos cómo eres.

Gracias, Jesús, por ser nuestro pan. Gracias, Jesús, por darnos la vida eterna. Gracias, Jesús, por atender nuestra falta de fe y nuestra falta de amor. Ayuda nuestra debilidad en todos los momentos. Empújanos a comer de ti, a llenarnos de ti, a comer ese maná que nunca perece, que baja de ti y que da vida para que nunca muera. ¡Ayúdame, Señor! ¡Ayúdame, Madre mía!

Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

Profecía primera: No me gusta la guerra

No me gusta la guerra.
No me gusta la gente que derrocha dinero para matar mejor y, en cambio, se vuelve parsimoniosa ante el hambre de millones de personas.
No me gusta la gente que primero destruye casas y edificios que costaron el sudor de generaciones, para después sentarse a la mesa de conversaciones y pasar meses o años discutiendo para demostrar quién es el más culpable y quién tiene que capitular primero.
No me gusta la gente que tiene en su territorio un arsenal tan enorme y tan tétrico de armas que sólo con una quinta parte de ellas bastaría para barrer de la tierra toda la humanidad.
No me gusta la gente que, para probar que tiene razón, necesita perderla, con la violencia
No me gusta la gente que, para defender la riqueza adquirida, hace que millones de pobres acaben en la miseria, miles de ricos caigan en la pobreza y algunos cientos de ellos lleguen a billonarios.
No me gustan las naciones que venden armas mortíferas e infernales, y luego votan, en el consejo mundial, que tales armas no deben usarse nunca.
No me gusta la gente que cambia alimento y petróleo -que mantienen la vida- por armas que destruyen lo que el alimento y el petróleo conservan vivo.
No me gusta la gente que despilfarra, es un tanque de guerra, lo que está haciendo falta para que mil campesinos produzcan más comida para quien tiene hambre.
No me gustan los defensores que nunca defienden a quien necesita ser defendido.
No me gustan los desesperados, que no saben mirar a los ojos del otro si no es por la mirilla de un fusil.
No me gustan los hombres que, cuando no consiguen su objetivo, se arman hasta los dientes y matan como locos a cualquier transeúnte, para llamar la atención del mundo sobre su propia causa.
No me gustan los hermanos de sangre que, cuando no logran mostrarse inteligentes, muestran los puños.
No me gustan quienes no tienen valor de aceptar las críticas, y las toman todas como una acto de guerra.
No me gustan quien sólo sabe criticar y hacer la guerra, y no sabe ver las cosas buenas y la recta intención de aquellos con los que no está de acuerdo.
No me gusta quien mata niños, viejos, enfermos, civiles indefensos o militares en el retiro de sus hogares, y luego pide perdón o dice que fue un acto de justicia.
No me gusta quien piensa que es el amor de la verdad y de la justicia, porque tiene más dinero invertido en bombas y en aviones de caza.
No me gusta la conversación sobre bombas y cañones, grosera y estúpida como un burro coceando.
No me gusta quien no sabe que la mesa de conversaciones es para antes y no para después de que las bombas hayan caído.
No me gustan aquellos que matan a veinte o treinta millones de hermanos, para después decir que han implantado el orden en el mundo.
No me gustan aquellos que promueven el desorden para, sobre los escombros de millones de hombres, comenzar un orden que satisfaga sus ambiciones.
No me gustan ni ña izquierda ni la derecha: me gustan quienes son persoans y respetan a quienes son personas.
No me gusta quien opina que la paz es una utopía.
No me gusta quien no sabe qué hacer para poner fin a la guerra.
A veces me da rabia de mí mismo, nacido casi dos mil años después que mi Dios estuvo en la tierra… y todavía sin saber cómo enseñar a los hombres que nadie tiene derecho a matar, destruir o acabar con el otro para mantener viva su verdad.
Y a veces me da rabia mi incoherencia cuando detecto que, deseando que todos los hombres vivan en paz aborrezco a quien conscientemente, fríamente, calculadamente, crea un clima de guerra.
¡No me gusta la guerra! Pero, así y todo, me parece que aún me gusta la humanidad. ¡Y es que los que promueven la guerra son siempre una minoría, aunque parezcan importantes! Y estoy seguro de que el día que los líderes del mundo se acuerden de que también ellos son pueblo, dejará de haber guerras…
¡Porque al pueblo no le gustan! ¡Y tampoco a Dios!
P. Zezinho

Gaudete et exsultate (Francisco I)

42. Tampoco se puede pretender definir dónde no está Dios, porque él está misteriosamente en la vida de toda persona, está en la vida de cada uno como él quiere, y no podemos negarlo con nuestras supuestas certezas. Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida. Si nos dejamos guiar por el Espíritu más que por nuestros razonamientos, podemos y debemos buscar al Señor en toda vida humana. Esto es parte del misterio que las mentalidades gnósticas terminan rechazando, porque no lo pueden controlar.

Garantía de la vida eterna

Es curioso observar cómo nos aferramos a la vida «como a un clavo ardiendo». De niños, queremos hacernos mayores; de adultos deseamos que la vitalidad se prolongue durante muchos años con idénticas energías; y en la edad mayor, a pesar de los achaques e incomodidades que nos va regalando el tiempo, deseamos seguir viviendo… Decía, el pasado siglo, un ilustre pensador que «no nos quejamos de que la vida sea corta, sino de que se acaba»; aunque viviéramos doscientos años, nos parecería corta nuestra frágil existencia. Y es que, en el fondo de nuestro ser, hay unas ansias incontenibles de inmortalidad.

Hoy Jesús, avanzando en sus reflexiones preparatorias a la institución de la Eucaristía, conociendo perfectamente nuestra vocación de inmortalidad, se ha dirigido así al auditorio: «El que cree tiene vida eterna… Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre».

Tengo la impresión de que aquel público no entendió el mensaje del Nazareno, pero yo creo que lo que si comprendieron fue lo de «vivir para siempre»… Ahora bien, no se trata sólo de comer el pan, sino que, en previsión ante un viaje tan largo, debemos ir preparando con calma la maleta sin olvidar prenda alguna, al igual que un escolar ha de ocuparse en realizar los deberes en casa para llevárselos al día siguiente al profesor.

En nuestro caso, «los deberes» que hemos de ir cumplimentando son:

* Una fidelidad incondicional al mensaje de Jesús. Sin poner trabas o condiciones a las exigencias marcadas por el evangelio.

* Sensibilidad activa ante las personas necesitadas: de alimento, de alegría, de afecto, de consuelo, de compañía. de amistad, de que alguien les quiera.

* Honradez y seriedad intachables: en el dinero, en los negocios, en los criterios y modo de pensar. en el cumplimiento de lo prometido.

* Comprensión y tolerancia con quienes no piensan ni obran como nosotros, a la vez que esfuerzos para ponernos en su lugar por ver lo que en ellos encontramos de bueno y aprovechable.

* Talante pacificador ante situaciones conflictivas, que requieran de nosotros el punto oportuno de cordura, bálsamo conciliador que cure heridas y resucite sonrisas de fraternidad y de sentido común.

* Hablar a menudo con Dios; lo que entendemos por rezar. Jesús nos insiste a que lo hagamos «sin interucción», que es lo mismo que decir «a todas horas», sin parar. Si no lo hacemos, corremos el peligro de desviarnos, de despistarnos del verdadero camino.

Cumpliendo a rajatabla estas recomendaciones, iremos hacia la tierra prometida como los niños se dirigen por la mañana a la escuela con la cartera al hombro, joviales, saltarines, juguetones, tomándose bromas ingenuas unos a otros y desbordando alegría porque en el macuto que portan en sus espaldas contiene buenas dosis de esfuerzo y de trabajo; porque van con «los deberes hechos»… Y el profesor les felicitará y les premiará.

Pedro Mari Zalbide

Domingo XIX de Tiempo Ordinario

Lo primero que el evangelio de Juan deja claro aquí es que Jesús era un ser humano. La gente lo veía y lo sabía: tenía su padre y su madre, como todos los humanos. Este es uno de los grandes temas del IV Evangelio: dejar firmemente asentada la humanidad de Jesús. Porque cuando se escribió este evangelio, ya tenían fuerza algunos de los movimientos gnósticos a los que este evangelio se propone combatir. El peligro de los gnósticos no estaba en que negaran la divinidad. Todo lo contrario: lo que no admitían era la humanidad de Jesús.

El IV Evangelio habla de Jesús y de Dios utilizando el lenguaje de los sentidos: «ver», «oír», «comer»… Dios era tan trascendente para los gnósticos que era incompatible con la materia, con lo carnal, con lo que se puede percibir por los sentidos. El Evangelio ve en esto un peligro fuerte para la fe. Es el peligro de que la divinidad oculte a la humanidad de manera que deformamos a Jesús. Es ese Jesús tan sobrenatural y celeste, que eso no es un ser humano. Ahora bien, lo que entonces ocurre es que, no solo deformamos a Jesús, sino que además e inevitablemente deformamos a Dios.

Todo el que piensa que para acercarse a Dios tiene que alejarse de lo humano, ha deformado a Dios y a Jesús hasta tal extremo, que ya le es imposible creer y relacionarse con el Padre del que nos habla Jesús. El camino para acercarse a Dios es el camino que Dios hizo para acercarse al hombre: humanizarse. No hay otro camino. Ese camino nos da miedo. Porque nuestros instintos de «endiosamiento» son más fuertes que la sencillez propia de lo humano.

José María Castillo

Domingo XIX de Tiempo Ordinario

Los textos litúrgicos del domingo pasado nos aportaban una de las razones que le impulsaron a Jesús a hacerse presente entre nosotros: liberarnos, con sus enseñanzas y promesas, de los agobios existenciales, es decir, de todos aquellos que se originan ante el interrogante del sentido de nuestra existencia. Las “angustias” nacidas de la “intrigante” pregunta: ¿Quién soy yo y qué estoy haciendo en este mundo?

Recordábamos que las enseñanzas de Jesús respondían perfectamente a estos interrogantes. Nos dijo claramente la razón última por la que existimos (Dios nos ama y por amor nos ha creado); qué podemos esperar de la vida (Realizarla de tal manera que nos lleve al encuentro con Dios); y qué después de ella. (Gozar eternamente de ese encuentro)

Los textos de esta mañana aportan una nueva luz para esclarecer la razón de la presencia de Jesús en el mundo.

Dice Jesús: “Yo soy el pan de la vida. Éste es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere…. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Tercera lectura: Jn. 6,41-51)

Jesús se nos ofrece como pan de vida, pero de una vida que no es la puramente biológica, porque esa, la biológica, sí muere.

¿A qué vida puede referirse? Si no es a la vida mortal es evidente que se refiere a “otra”, que será inmortal, espiritual. A una vida cuyo alimento sea de tal naturaleza que perdure siempre, sea válido siempre. El único “alimento espiritual” que perdura siempre, lo decía San Pablo en su famoso canto al amor de la carta a los corintios, es el amor. La fe y la esperanza pasarán. En el cielo ya no hay que creer, sino ver, ni esperar, sino gozar. Lo único que permanece y permanecerá siempre es el amor. ¡Claro! Dios es AMOR. Es el permanente.

Efectivamente. La vida que vivió Jesús, como Dios y como hombre, es la del amor y por eso es también la que nos exige a nosotros si queremos ser como fue Él.

Por eso no solamente nos propuso de forma clara y tajante el precepto del amor: “Esto os mando, que os améis los unos a los otros” sino que nos señaló la forma en que lo deberíamos practicar: “Como yo os he amado”. Como ama y amó Él.

“Ejemplo os he dado para que vosotros hagáis como yo he hecho”, les dijo en la Última Cena

Un ejemplo perfecto porque toda su vida fue una constante entrega a los demás. Asistió a enfermos, consoló a atribulados, escuchó a solitarios, perdonó a ofensores, animó a descorazonados, aclaró dudas a los inquietos, defendió a los amigos, reprendió a quien lo necesitó, repartía lo que tenía, alabó las buenas acciones de los demás, hizo un milagro para salvar la alegría en una boda, se entregó hasta no tener tiempo de descansar. Con razón cuando San Pedro quiso resumir su personalidad dijo que: “Jesús había sido un hombre bueno que entregado a Dios pasó haciendo el bien a todos”.El bien y a todos. ¡Qué grandeza de corazón!

Es más. El cumplimiento de dicho precepto lo puso como criterio incuestionable y necesario para que alguien sea reconocido como su seguidor: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros”

Sus sólidas ideas y la fuerza de su ejemplo son capaces de alimentar los mejores y mayores esfuerzos que tenga que realizar el hombre en su entrega a los demás. En ese sentido Jesús es el pan vivo que alimenta toda acción buena y que, como al profeta Elías [Primera lectura (1º Re, 19, 4-8)] nos mantiene vivos, activos en la verdadera vida que es la del amor.

Aparece tan palpablemente a través de las enseñanzas y ejemplos de Jesús su preocupación por enseñarnos a vivir con un amor como el suyo, “como yo os he amado”, que San Pablo, [Segunda lectura, (Ef. 4, 30/5, 2)] convencido de su valor esencial dentro del mensaje de Jesús exhortaba a los cristianos de Éfeso a vivir el amor como lo vivió Cristo.

El Apóstol no solo se esforzó por animar a que los cristianos viviesen el amor al estilo de Cristo sino que en alguna ocasión, por ejemplo en la 1ª carta a los cristianos de Corinto (13, 4-7) les pormenoriza los ingredientes del amor. Les dice:

El amor es paciente. Es lo mismo que decir que no quiere romper la paz. La paz se rompe por el odio más o menos fuerte. Quien ama no odia y en consecuencia no está dispuesto a romper la paz. Cuando se ama de verdad el amado nunca cansa, nada invita a romper con él.

Es servicial. El amor hace pensar en el otro y en consecuencia en sus necesidades. De este modo esas necesidades se convierten en propias. La actitud lógica es ayudar al otro a superarlas.

El amor no tiene envidia. La envidia surge como reacción negativa a los bienes del otro. En el amor los bienes del otro causan alegría por consiguiente no hay razón para la envidia.

No es presumido ni orgulloso. Ambos vicios son signos de un cierto desprecio hacia la otra persona. Quien ama no desprecia; todo lo contrario: valora, estima al otro.

No es grosero, ni egoísta, ni se irrita. Por las mismas anteriores razones.

No lleva cuentas del mal. Esto es muy importante. Llevar cuenta de los perdones que has concedido te lleva a una postura de mártir respecto de la otra persona, que, lógicamente pasa a tener la categoría de torturadora, lo cual la aleja, mejor, abre una enorme fosa que puede acabar en ruptura de la vida conyugal. Por el contrario si queremos salvar el amor hemos de pensar en las veces que el otro nos ha perdonado: Esto nos animará a sentirnos amados por él, en lugar de martirizados, y en actitud de acercamiento agradecido. Pensar en los perdones recibidos es una magnífica forma de evitar roturas definitivas.

El perdón es otro de los integrantes del amor humano. Dadas las limitaciones del ser humano son inevitables las fricciones. No nos hagamos ningún tipo de ilusiones de una vida sin tropiezos. La vida en convivencia incluye los roces y, en consecuencia, los perdones mutuos.

Lo que importa es saber reaccionar pronto y generosamente ante ellos. Nada de ir guardándolos con la esperanza de que se disolverán con el tiempo. NO, tarde o temprano se producirá la explosión. Cada vez que se produzca uno hay que resolverlo lo más pronto posible mediante el diálogo y la generosidad. Nunca os acostéis sin daros un beso con el que se reconcilien los ánimos doloridos. Dejarlo para mañana es un paso más hacia la definitiva ruptura.

El amor tiende a fundir a los amantes. Hay expresiones altamente significativas al respecto. Los padres dicen frecuentemente a su bebe ¡te comería! El beso, signo de amor, es una succión, es como querer meter al otro dentro de uno. También es significativa la expresión: “Llevar a uno en el corazón”, dentro de uno mismo. Las caricias, son una forma de acercamiento. Aprovechemos las muestras de amor para ayudar a mantenerle vivo. El amor hay que alimentarlo cada día, a todas las horas. Y no tanto con grandes entregas, que también, por supuesto, cuanto con pequeños detalles que endulzan la vida y la hacen deseable. Si el amor no se alimenta se va apagando… igual que el fuego.

Volveremos sobre ello, Dios mediante, en octubre, domingo XXVII del T. O.

Jesús vino a este mundo para enseñarnos a vivir AMANDO. Leamos frecuentemente el Evangelio, no olvidemos sus enseñanzas, y sobre todo, no dejemos de practicarlas. AMÉN

Pedro Sáez

Atraídos por el Padre hacia Jesús

Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande, y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios.

Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: «No critiquéis». Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos mejor que aquellas gentes de Cafarnaún. Cada vez nos resulta más difícil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

Pero Jesús les advierte de algo muy importante: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado». La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí».

La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos hebreos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».

Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente no sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús. Es el mejor camino para creer en él.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 11 de agosto

Reaparece el grano de mostaza, esta vez como patrón para medir el tamaño de nuestra fe y de su eficacia. En el combate contra el mal, en el diario afán por expulsar demonios que sojuzgan o merman la vida de las personas o la propia vida, ¿qué confianza tenemos en Dios, cómo nos apoyamos en Él?

Los discípulos habían recibido el poder de arrojar demonios, como también el de curar a los enfermos. Podían sentirse perfectamente legitimados para la tarea de exorcistas, no los podía acusar Jesús, ni nadie, de que pretendían grandezas que superaran su capacidad. De hecho, fueron enviados en misión con ese poder y ese objetivo. Pero en esta ocasión fracasan. ¿Por qué? Jesús no les había retirado la confianza ni los había destituido de su función. Pero fallan, lo que significa que una vez más van a comprobar el estado de su fe, estado que con tanta frecuencia denuncia el evangelista: era pequeña, raquítica; se dejaba afectar por la duda; necesitaba madurar, crecer, consolidarse.

En nuestro camino de discípulos, ¿en qué momentos flaquea la fe? ¿Ponemos la confianza en Dios? ¿Nos trabaja más bien o acaso nos habita secretamente el sentimiento de que nada puede cambiar, de que todo va a seguir igual, de que no vale la pena creer, amar y servir, de que no tiene sentido vivir y transmitir el evangelio, de que “la cultura dominante” es la verdadera fuerza de la historia que es sensato acoger y acatar?

En el relato que ofrece Marcos de este mismo episodio, el padre suplica a Jesús: «¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!». Esta misma puede ser nuestra oración, en particular si se da en nosotros cierta tendencia a ese fatalismo que no deja resquicio a Dios ni acepta la acción de su Espíritu en los hombres.