II Vísperas – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: SANTA UNIDAD Y TRINIDAD BEATA.

Santa unidad y Trinidad beata:
con los destellos de tu brillo eterno,
infunde amor en nuestros corazones,
mientras se va alejando el sol de fuego.

Por la mañana te cantamos loas
y por la tarde te elevamos ruegos,
pidiéndote que estemos algún día
entre los que te alaban en el cielo.

Glorificado sean por los siglos
de los siglos el Padre y su Unigénito,
y que glorificado con entrambos
sea por tiempo igual el Paracleto. Amén

SALMODIA

Ant 1. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Ant 2. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Salmo 110 – GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su poder,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Ant 3. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 3-5

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

V. Digno de gloria y alabanza por los siglos.
R. En la bóveda del cielo.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Yo os lo aseguro con toda verdad: el que cree en mí tiene vida eterna. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo os lo aseguro con toda verdad: el que cree en mí tiene vida eterna. Aleluya.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó el mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Señor, tú que en el universo, obra de tus manos, nos revelas tu poder,
haz que sepamos ver tu providencia en los acontecimientos del mundo.

Tú que por la victoria de tu Hijo en la cruz anunciaste la paz al mundo,
líbranos de todo desaliento y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
concédeles que cooperen con sinceridad y concordia en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos
y fortalece a los débiles, para que en todos se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que al tercer día resucitaste a tu Hijo gloriosamente del sepulcro,
haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, a quien confiadamente invocamos con el nombre de Padre, intensifica en nosotros el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos entrar en posesión de la herencia que nos tienes prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

El Señor nos salva de la angustia

1.- Hace un par de semanas, me refería al Salmo 33, también. Ahora, tanto en las lecturas de este domingo 19 del Tiempo Ordinario, como en las relativas al próximo, el vigésimo, se incluye la lectura del referido salmo 33. La segunda parte del Salmo 33 la tendremos en la misa del domingo siguiente. Me ha parecido oportuno, entonces, volver sobre el tema, basándome en lo escrito anteriormente. Otra cuestión –todo sea dicho de paso— que muy pocas veces hay en las homilías comentarios sobre los salmos, aunque, obviamente, son parte muy básica y muy didáctica de la misa. Bueno, esa reiteración del salmo 33 para algunos lectores les resultará conocido, pero no así para otros.

3.- Es un texto prodigioso, de máxima actualidad y que puede servir como receta para nuestra oración diaria. El Salmo 33 debe ser leído con mucha atención. Dice. «Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias». Y así fue para mí. Los versos del Salmo son como una narración personal. La angustia está siempre muy presente en los humanos. Y ese mal nos hace vivir peor. El Salmo 33 parece una obra moderna, como si hubiera sido escrito a la medida de nuestra época plena de estrés y sobrado de angustias. Reconozco tener una especial predilección por dicho Salmo. En cierta ocasión, todavía a medio convertir, en un momento grave y difícil, tras la lectura –casi accidental e imprevista del mismo— se produjo el cambio. Me problema se había resuelto de manera casi inmediata o, al menos, yo vi la solución ahí.

4.- No cabe la menor duda que los Salmos son las piezas oracionales de gran importancia, dentro de lo que nos ofrecen las Sagradas Escrituras. Su lectura nos inicia en un tiempo de plegaria de enorme fuerza. No es pues casualidad que la Liturgia de las Horas –la formula de la Iglesia para rezar a Dios cinco veces al día— utilice los salmos como ingredientes principales. Por otro lado, los salmos son de una perspicacia social y psicológica muy notables. Se adaptan a nuestros problemas concretos, en un momento dado nos parece que alguien nos lo ha escrito a la medida, a pesar de han sido redactados hacia varios miles de años.

5.- “Cuando uno grita, el Señor les escucha y lo libra de sus angustias” Esa es mi juicio la invocación más segura. Uno, en el seno de su desesperación grita en ayuda del Señor y este acude de inmediato. El grito ha de ser sincero, no plañidero. Fuerte, inequívoco. Hay en el Salmo algunos versículos de parecida intención y contenido. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”. Se trata de una frase muy parecida, que aparece casi al principio. Y también: “El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos”. Y es que en la tribulación el único consuelo verdadero y eficaz es Dios. “Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella”. Cambia de “argumento” el salmo y nos enseña el mal camino de la mentira. ¿Nos damos cuenta que en estos tiempos muchas conductas están basadas solo en la mentira y en la simulación? Pues así es. Y esas mentiras no solo son ofrecidas a los demás. Lo peor es mentirse a uno mismo y falsear nuestra propia conciencia. También es muy llamativo lo siguiente: “¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?”. Todos deseamos eso, pues también podemos pedírselo al Señor.

3.- La oferta de ayuda del Señor que conocemos por el Salmo 33 queda muy clara en el ofrecimiento del Señor Jesús de su Carne y de su Cuerpo. Y es que el Sacramento que encierra y contiene dicha donación es sublime y cura todas las enfermedades, físicas y espirituales. Y esto no es una metáfora. La Iglesia tiene muchos testimonios –a lo largo de los siglos—de que la Eucaristía influye indeleblemente en hombres y mujeres para ayudarlos y sacarlos de sus dolencias. El Evangelio de Juan que hemos escuchado hoy contiene esa revelación sorprendente de Jesús de Nazaret. Él es pan bajado del cielo y el que come ese pan vivirá para siempre. Ciertamente, el pan del cielo es vehículo y viático para el mundo futuro, para la eternidad, pero, igualmente, es remedio seguro para las azarosas jornadas de nuestra vida presente.

4.- Elías –lo dice el capítulo 19 del Libro de los Reyes— se ve vencido en plena caminata por el desierto. Una depresión muy fuerte ocupa su mente y quiere morir. Todo en él, en esos momentos, es angustia. Pero Dios, el Señor, por medio de su ángel le envía pan desde el cielo y recobra fuerzas y todo el tino para seguir. Por dos veces el alimento celestial le llega y gracias a él llega al Monte de Dios, al Orbe, donde para los judíos residía Yahvé. Guarda este episodio relación con el evangelio y, por supuesto, con el Salmo 33.

La lectura atenta del fragmento de la Carta de San Pablo a los Efesios es un parte y un todo de los mensajes que hoy nos trae la liturgia de esta misa del domingo 19 del Tiempo Ordinario. Y es que, sin duda, los sentimientos de Elías serían parecidos a los que describe Pablo de Tarso: amargura, ira, enfados, insultos y todos los ejemplos de la maldad. Es la “torcedura” de ánimo que muchas veces al día y durante muchas jornadas sufre un buen número de hermanos nuestros. Bien puede ser por la depresión que es la enfermedad más extendida –dicen— ahora. Pero si buscamos a Cristo –aliento y medicina— recibiremos el amor y este amor nos sanará.

Hemos de reflexionar con calma en ese camino de curación –de consuelo— que nos ofrece siempre esta mesa del Pan y de la Palabra que es la Eucaristía. No dejemos pasar la ocasión de ser más felices. Hoy y siempre Jesús nos ayuda con su amor.

Ángel Gómez Escorial

Comulgarse es unirse a Jesucristo y comprometerse en su misión

1.- Vence y convence la fe. Puede que en alguna ocasión hayamos vivido la misma situación angustiosa del profeta Elías. Está al borde de la desesperación. No vale la pena seguir luchando. El poder del rey, manejado por una mujer ambiciosa y desaprensiva, la reina Jezabel, es más fuerte que él: su vida está en peligro. Pero en la lucha entre su fe en Dios y el miedo al rey, vence la fe. Dios sostiene a su profeta. Ahora se repetirán las maravillas del éxodo: el pan que sustentará a Elías en su peregrinación («de cuarenta días, hasta el monte santo…») recuerda el maná, aunque sólo es el anticipo del «verdadero pan bajado del cielo». En la vida sentimos, a veces, que no vale la pena molestarse más: nada cambia e incluso todo va peor. En esta situación encontramos a Jesús que fue capaz de seguir hasta el final. Su pan y su vino, la eucaristía, sostienen nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

2.- “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. El almo 33 nos invita a gustar la bondad del Señor. El salmista nos cuenta su experiencia: invocó al Señor, y Dios se inclinó hacia él, le escuchó, y respondiéndole le libró de todas sus ansias, de todos sus males y angustias. «Yo consulté al Señor y me respondió». Su confianza en Yahvé se vio correspondida. Dios no desatiende jamás las súplicas de aquellos que le invocan. Por esto de nuevo el autor exhorta: «Contempladlo y quedaréis radiantes»: mirar a Dios es mirar la luz y, por tanto, reflejarla. Quien camina en la luz se halla iluminado, irradia él mismo luz, luz de alegría, de confianza, de seguridad. La frente de los justos no tiene de qué avergonzarse, puede ir siempre alta. La Carta a los Efesios nos invita aspirar a la perfección del amor, de un amor que sabe perdonar sin hacerse cómplice del pecado, de un amor redentor que libera al opresor y al oprimido. Es así como imitaremos también el amor de Cristo, que se entrega por todos nosotros al Padre haciéndose sacerdote de sí mismo, haciéndose sacerdote y víctima al mismo tiempo.

3.- Comulgar es comprometerse. Jesús es el enviado de Dios que nos pide creer en él. Creer que él es el pan de vida y que hay que comerlo. Para esto basta la fe por la caridad. Pero Jesús nos advierte en el evangelio de algo muy importante: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado». La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias. Porque Jesús no explicará cómo habrá que comer su carne, cómo habrá que usar ese alimento divino que es él. Únicamente busca una respuesta de fe. Y no suaviza nada la exigencia de su verdad. Jesús, él mismo y no otra cosa, se presenta como «el pan de la vida». En cada una de sus palabras y de sus obras Jesús se da y se comunica a todos los que creen en él, y éstos reciben a Jesús y no sólo las palabras de Jesús. El «pan de vida», el que «ha bajado del cielo», es la misma realidad de Jesús, su propia carne y una carne que se entrega para la vida del mundo. Comulgar es recibir el cuerpo de Cristo «que se entrega por la vida del mundo»; por lo tanto, es incorporarse personalmente a Cristo y enrolarse en su misión salvadora y en su sacrificio. La eucaristía fue instituida «la noche antes de padecer» para que los discípulos quedaran comprometidos en la misma entrega que Jesucristo, que se iba a realizar definitivamente al día siguiente. El que comulga debe saber que siempre se halla en esta situación: «antes de padecer» y que recibe «el cuerpo que se entrega para la vida del mundo». Comulgar no es sólo comer, es creer, y esto significa comprometerse.

José María Martín OSA

Los violentos

Han sido, durante años o décadas, los amos de la historia.
Decidían y resolvían la suerte de millones, castañeando con los dedos, como dioses de la mitología.
Si tenían un temperamento explosivo, ¡tanto peor para sus contemporáneos! Deportación, matanzas, expropiación, aniquilación total. Venían de la nada o casi, ¡y luego pensaban haber merecido el poder, conquistado no siempre por los medios más lícitos!
Me quedo pensando en todos ellos: Nerón, Calígula, Diocleciano, Domiciano, Constantino, Carlomagno, Federico, Bismark, Napoleón, Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Jomeini… ¡Es una lista interminable!
Todos ellos fueron víctimas y agentes. Agredidos y agresores. Antes y después de ellos, la deshumanización; los campos de concentración, los cadáveres apilados en hornos, en las playas y en los bosques; el trabajo esclavizador, los mutilados, los miles de millones gastados en la destrucción, los millones de víctimas, millones de familias sin hogar, el hambre, el odio, la tragicomedia de las guerras, la absurda incapacidad de conversar antes de lanzar la primera carga nuclear, la obstinación en hacer prevalecer los propios derechos sobre los ajenos, las promesas del Reich, de los reinos, de los paraísos para trabajadores, los juicios apresurados, la condena de inocentes, el loco deseo de hacer trifunar las propias ideas, la chifladura del poder…
¡Los hombres no aprenden nunca, Señor!
Desde el primer salvaje que se armó con una piedra, no hemos progresado nada. Ahora se mata con mayor exquisitez, apoyándose en una filosofía. Todos los que mataban y descuartizaban, sostenían estar creando una nueva era o preservando el patrimonio cultural de su pueblo. ¡Quitaban la paz de millones de seres… para poder instaurar «su» paz!
He visto la mirada, la sonrisa, la palabra inflamada, los gestos casi pueriles de algunos de ellos: Hitler, Mussolini, Stalin. ¡Querían una nueva historia, Señor! Y la querían sin el Señor de la Historia.
Sigo pensando en ellos y en cuantos murieron por no haber estado de acuerdo con sus ideas, o por haberse encontrado en el camino de la contienda que ellos habían emprendido contra otros. Sigo pensando en los niños mutilados, en los desharrapados, en los traumatizados, en las miserias de esa catástrofe que se llama ambición humana… ¡y tengo miedo! Tengo miedo de los hombres que piensan poder jugar a ser Jesucristo y libertadores de la raza humana.
Señor, sávanos de aquellos que no te necesitan.
Ellos no pasan de ser una pillería de mal gusto, hecha contra quienes creen aún en la dignidad de la creatura humana.
P. Zezinho

Gaudete et exsultate (Francisco I)

Los límites de la razón

43. Nosotros llegamos a comprender muy pobremente la verdad que recibimos del Señor. Con mayor dificultad todavía logramos expresarla. Por ello no podemos pretender que nuestro modo de entenderla nos autorice a ejercer una supervisión estricta de la vida de los demás. Quiero recordar que en la Iglesia conviven lícitamente distintas maneras de interpretar muchos aspectos de la doctrina y de la vida cristiana que, en su variedad, «ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra». Es verdad que «a quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión»[39]. Precisamente, algunas corrientes gnósticas despreciaron la sencillez tan concreta del Evangelio e intentaron reemplazar al Dios trinitario y encarnado por una Unidad superior donde desaparecía la rica multiplicidad de nuestra historia.


[39] Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 40: AAS 105 (2013), 1037.

Lectio Divina – 12 de agosto

Lectio: Domingo, 12 Agosto, 2018

El pan de la vida
Juan 6, 41-51

Oración inicial

Shadai, Dios de la montaña,
que haces de nuestra frágil vida
la roca de tu morada,
conduce nuestra mente
a golpear la roca del desierto,
para que brote el agua para nuestra sed.
La pobreza de nuestro sentir
nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche
y abra el corazón para acoger el eco del Silencio
para que el alba
envolviéndonos en la nueva luz matutina
nos lleve
con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto
que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro,
el sabor de la santa memoria.

1. Lectio

a) El texto:

Juan 6, 41-5141 Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo.» 42 Y decían: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?» 43Jesús les respondió: «No murmuréis entre vosotros. 44 Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. 45 Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. 47 En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; 50 este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. 51 Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»

b) Clave de lectura:

El sexto capítulo del evangelio de Juan presenta un carácter unitario que desarrollándose en torno al tema de la fiesta de la Pascua, análogamente se articula a través de un prodigio ( 5, 1-9a 6,1-15) a quien sigue un discurso (5,16-47; 6,22-59). Presenta una parte de la actividad de Jesús en Galilea y precisamente el momento culminante: Jesús se autorevela como pan de vida para ser creído y comido para poder ser salvos. En los vv. 1-15 encontramos el gran signo de la multiplicación de los panes cuyo significado viene desvelado por el discurso del día siguiente en los vv. 26-59: el don del pan para el hambre del pueblo prepara las palabras sobre el pan de la vida eterna. Entre los vv. 16-21 tenemos la narración del camino de Jesús sobre las aguas. En los v. 60-71 Jesús invita a los discípulos a decidirse, ya conociendo su incredulidad (vv. 60-66), ya solicitando la fe de los doce (vv. 66-71).
El discurso completo sobre el pan de vida (6,25-71) presenta semejanzas con algunos testimonios judaicos, de modo particular de Filón.

c) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros.

2. Meditatio

a) Algunas preguntas:

Murmuraban de él: ¿cuántas voces de murmuración cuando se trata de Dios?
Yo soy el pan bajado del cielo: ¿dónde tomamos el pan que comemos cada día?
– Ninguno puede venir a Mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado: ¿el Padre nos atrae o más bien vamos tras sus pasos criticando lo que dice a nuestra vida de cada día?
– Si uno come de este pan, vivirá para siempre: nosotros nos alimentamos de la Palabra de Dios y del Pan repartido, una vez a la semana o a lo mejor todos los días…¿por qué no corre la vida eterna en nuestras palabras y en nuestra experiencia humana?

b) Clave de lectura:

Murmurar. ¿Qué mejor instrumento para no vivir profundamente lo que el Señor nos pide? Miles de razones, plausibles…miles justificaciones, válidas…miles motivaciones, lícitas…para no masticar una Palabra que rompe toda razón, toda justificación, toda motivación para dejar ecos nuevos de un cielo no lejano que habita en los corazones de los hombres.

v. 41. Murmuraban de Él los judíos porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Jesús apenas había afirmado: Yo soy el pan de la vida (v.35) y he bajado del cielo (v.38) y esto provoca desacuerdo entre la gente. Judíos, término teológico en Juan, podemos considerarlo como su homónimo: los incrédulos: En realidad se trata de Galileos que se llaman Judíos a causa de su murmuración contra Cristo, porque sus palabras sobrepasan las categorías usuales. Un lenguaje familiar el del pan bajado del cielo. Los hijos de Israel conocían el pan de Dios, el maná, que en el desierto había saciado el hambre, y la precariedad de un camino de horizontes que se recorrían sin un final. Cristo, maná del hombre que en el desierto de su hambre inapagada invoca al cielo como sostén de su caminar. Único pan que quita el hambre. Las palabras de los judíos son objeciones contra la persona de Jesús y al mismo tiempo paso para introducir el tema de la incredulidad. En relación con otros pasajes en los cuales el pueblo “bisbisea” (7,12.32)) en este capítulo tenemos sobre Jesús un “murmurar” sobre lo que Él dice, o sea sobre sus palabras. Este murmurar claramente deja ver la incredulidad y la incomprensión.

v. 42. “¿No es éste Jesús el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Pues cómo dice: Yo he bajado delcielo? La ironía es sutil. Los incrédulos conocen los orígenes terrenos de Cristo, conocen ciertamente al hijo de José, pero no al Hijo de Dios. Sólo los creyentes conocen su origen transcendente por intervención directa de Dios en la Virgen Santísima. El pasaje de un lenguaje netamente material, un pan de agua y harina, a un lenguaje espiritual, un pan para el alma humana. Como otra vez en el desierto, los judíos murmuraban: no comprenden el origen ni el don de Jesús: Como en otro tiempo los padres rechazaron el maná, porque era un alimento muy ligero, ahora los hijos rechazan al Verbo hecho carne, pan bajado del cielo, pero de origen terreno. Los judíos toman de lo que Jesús había dicho, sólo la afirmación: Yo he bajado del cielo(V.38). Porque es ésta lo que da fundamento a los precedentes anuncios, al ser el pan de la vida (V.35). La pregunta. ¿No es quizás éste… está presente, en un contexto de estupor, en los evangelios sinópticos. En Mateo o en Lucas el lector a través de la narraciones de la infancia ya ha tenido conocimiento de la concepción virginal de María. En Juan los Judíos tienen delante a quien declara que ha bajado del cielo sin poner en discusión su naturaleza humana. Hijo de José, quiere decir entonces ser un hombre como todos (cfr 1,45).

v. 43-44. Jesús respondió: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no le trae; y yo lo resucitaré en el último día”. Jesús no parece firmarse sobre su origen divino, pero subraya que sólo el que es traído del Padre puede ir a Él. La fe es pues un don de Dios que tiene como condición la apertura de parte del hombre, la escucha… pero, ¿qué quiere decir que el Padre lo trae? ¿Es que no es libre el hombre en su caminar? La atracción es sólo en la trayectoria de un deseo escrito en aquellas tablas de carne que todo hombre lleva consigo. Es por tanto libertad plena, adhesión espontánea a la fuente del propio existir. La vida no puede ser atraída sino por la vida, sólo la muerte no se deja traer.

v. 45. En los Profetas está escrito: «Y serán todos enseñados de Dios». Todo el que oye a mi Padre y recibe su enseñanza, viene a mi. El seguimiento está determinado por un orden bien preciso. No es una invitación, es un imperativo. La palabra de Dios creadora, en vez de llamar a la luz y a las otras criaturas de la nada, llama a su imagen a participar de la nueva creación. El seguimiento no brota de una decisión autónoma o personal, sino del encuentro con la persona de Jesús y su llamada. Es un acontecimiento de gracia, no una elección del hombre. Jesús no espera una libre decisión, sino que llama con autoridad divina, como llamaba Dios a los Profetas en el Antiguo Testamento. No son los discípulos quienes eligen al Maestro como sucedía con los “rabbi” del tiempo, sino es el Maestro quien escoge los discípulos como depositarios de la herencia de Dios que es más que una doctrina o enseñanza. La llamada comporta el abandono de los familiares, de la profesión, un cambio total de existencia por una adhesión de vida que no admite espacios al autocentralismo. Los discípulos son hombres del Reino. La llamada para convertirse en discípulos de Jesús es una “llamada escatológica”. La frase del profeta del destierro babilónico dice textualmente: “y todos serán sus hijos [de Jerusalén]” en referencia a los hebreos. El uso de: “todos serán” es una expresión de la universalidad de la salvación de la que Cristo es el cumplimiento.

v. 46. No que alguno haya visto al Padre, sino sólo el que está en Dios, ése ha visto al Padre. Sólo Jesús, que viene de Dios, ha visto al Padre y lo puede revelar definitivamente. El hombre es llamado a venir de Dios. El conocimiento de Dios no es una conquista, es una proveniencia. El movimiento no es externo. Si yo busco la proveniencia externa puedo decir que tengo un padre y una madre, criaturas del mundo creado. Si yo busco la proveniencia profunda de mi significado existencial puedo decir que vengo del Padre, Creador de toda vida.

v. 47. En verdad, en verdad os digo: El que cree tiene la vida eterna. Creer a la palabra de Jesús, a su revelación, es condición para obtener la vida eterna y poder ser “amaestrado por el Padre”. Creo, me apoyo en una roca. La estabilidad no está en mi límite de creatura, ni en la realización de mi perfectibilidad humana. Todo es estable en Aquel que no tiene enganches naturales. ¿Cómo puede una criatura apoyarse sobre sí misma, cuando no es dueño de un solo instante de su vida?

v. 48. Yo soy el pan de vida. Se vuelve a presentar el tema del pan de vida que enlaza con el de la fe, y el de la vida eterna. Jesús es el verdadero pan de vida. Este versículo está ligado al 51. “Yo soy el pan vivo”. Sólo el que se alimenta de este pan, el que asimila la revelación de Jesús como pan vital, podrá vivir.

v. 49. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. v. 50 Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. El pan que baja del cielo es contrapuesto al maná que alimenta a los padres sin preservarlos de la muerte. Este pan que da la vida eterna y proviene de lo alto es el Verbo Encarnado de Dios. El tema eucarístico apuntado en algunas expresiones precedentes, ahora se convierte en central. La experiencia de la muerte terrena no contradice esta experiencia de vida si se camina por las sendas de lo transcendente. El límite no es un límite para el que se alimenta de Él.

v. 51. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre y el pan que yo le daré mi carne, para la vida del mundo. Alimento vital para el creyente será la “carne” de Jesús. El término carne (sàrx) que en la Biblia indica la frágil realidad de la persona humana de frente al misterio de Dios, ahora se refiere al cuerpo de Cristo inmolado sobre la cruz y a la realidad humana del Verbo de Dios. No es un pan de vida metafórico, o sea la revelación de Jesús, porque el pan es la misma carne del Hijo. Para la vida del mundo indica en favor y pone de relieve la dimensión sacrificial de Cristo donde por el mundo expresa la salvación que de esta dimensión brota.

c) Reflexión:

Murmurar. Si nuestra murmuración fuese como la de un viento ligero haría de acompañamiento armonioso a las palabras eternas que se hacen nuestra carne: Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. Qué sorpresa entonces, sabiendo que este Pan eterno no es un extraño, sino Jesús, el hijo de José, un hombre del que conocemos el padre y la madre. Porque el que come de este pan vive para siempre. Un Pan que nace de un amor de Padre. Estamos invitados a escuchar y a aprender para llegar a Él sobre la senda de la atracción, sobre la huella de aquella fe que permite ver. Pan con pan, Carne con carne. Sólo aquel que viene de Dios ha visto al Padre. El hombre lo ha visto cuando ha hecho de su carne el pesebre del Pan vivo. Desierto y muerte, cielo y vida. Un dulce connubio que se cumple en cada Eucaristía…sobre cada altar, aquel altar del corazón en el cual la vida del Soplo divino consuma la arcilla desfigurada del hombre perdido.

3. Oratio

Salmo 33 (32)

Por la palabra de Yahvé fueron hechos los cielos,
por el aliento de su boca todos sus ejércitos.
Él recoge, como un dique, las aguas del mar,
mete en depósitos los océanos.

Yahvé frustra el plan de las naciones,
hace vanos los proyectos de los pueblos;
pero el plan de Yahvé subsiste para siempre,
sus decisiones de generación en generación.

Los ojos de Yahvé sobre sus adeptos,
sobre los que esperan en su amor,
para librar su vida de la muerte
y mantenerlos en tiempo de penuria.

4. Contemplatio

La experiencia del alimento que aleja del corazón el hambre, me recuerda, Señor, que podré andar de la imperfección al cumplimiento para ser espejo tuyo no anulando el hambre, sino interrogándola para no encontrar jamás en ella un homo sapiens, que no se interroga nunca, que vive sin intereses, que no quiere ver ni sentir, que no se deja tocar, que vive en el miedo, superficialmente más que en profundidad y en los sucesos se muestra quedando en posición horizontal, dormitando, o destrozando todo lo que encuentra…sino como homo vigilans, que está siempre presente a sí mismo y a los demás, capaz de apagarse en el trabajo y servicio, aquél que responsablemente no se acaba en lo inmediato, sino que sabe madurar en la larga y paciente espera, aquél que expresa todo lo que es en cada trozo de su vida, aquél que no tiene miedo de sentirse vulnerable, porque sabe que las heridas de su humanidad pueden transformarse en hendiduras a través de la cuales la vida llega con el fluir del tiempo, una Vida que, pudiendo realizar finalmente su Fin, canta al Amor con su “corazón llagado” envuelto en una “llama que consuma y no da pena” y además de encontrarlo definitivamente está dispuesta a “romper la tela”. El hambre ya no es hambre. Porque queda como dulce peso del límite, protegido por la deliciosa llaga y siempre abierto al dulce encuentro que saciará todo deseo: “Mi Amado, las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos… .es como noche calma, música silenciosa, soledad sonora…¿quién podrá sanar este mi corazón llagado?… Es llama que consuma y no da pena… ¡Oh Amado rompe la tela de este dulce encuentro!

Domingo XIX de Tiempo Ordinario

Un domingo más, la Liturgia de la Palabra nos ofrece en el Evangelio el discurso de Jesús, llamado del Pan de Vida. En un contexto de profecía se alude al pasaje en el que se describe a Elías, echado en el suelo, desesperanzado, en medio del desierto, sin ganas de vivir ni de continuar predicando contra corriente.

En el pasaje del Antiguo Testamento, aparece la figura del ángel consolador, quien se dirige al profeta de manera enérgica repitiendo la expresión: “Levántate y come”. Gracias a la obediencia al ángel del Señor, Elías va a superar la crisis existencial.

Si aplicamos el relato del libro de los Reyes a nuestras posibles circunstancias, es fácil que nos sintamos reflejados en el agotamiento, el cansancio y el desánimo que padece el profeta, y que este tiempo de verano y de intenso calor acreciente la desgana. Incluso en los días de vacaciones puede aflorar la fatiga acumulada y el miedo al retorno.

Si Elías se incorporó y prosiguió el camino en pleno desierto gracias a la comida y a la bebida que le ofreció el ángel, ¡cuánta mayor fuerza recibiremos si participamos del banquete de la Eucaristía, donde el Señor se nos da como alimento que sacia y fortalece!

No es indiferente que por tres veces diga Jesús: “Yo soy el pan”; dos veces, el “Pan bajado del cielo” y una vez: “el pan de vida”. Además, si sumamos las veces que aparece la palabra pan, encontramos que se alude de alguna manera a ella siete veces. Esta repetición es muy significativa y refuerza el ofrecimiento que hace Jesús para alimentarnos y librarnos del tedio.

Cada vez que recuerdo el dato, que escuché directamente a un profesor de la NASA, de que algunos astronautas católicos habían pedido permiso para llevar la Eucaristía en la nave espacial, y así poder comulgar, me emociono. Ya no es el ángel quien sale al camino, como canta el salmista: “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.” Es el mismo Cristo quien nos promete el abastecimiento para no perecer en el camino.

Solo me queda tomar las palabras del salterio: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Después de haber hecho el Camino de Santiago durante 25 años, sé lo que significa un trago de agua a tiempo y un bocado de pan y el riesgo de que te dé un mareo si te deshidratas. Jesús se ofrece como comida y como bebida que sacia y fortalece.

Quiero compartir una experiencia del camino. Estaba en la fila de los que deseaban contemplar el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago, y de pronto me fijé en que el joven que estaba delante de mí llevaba un tatuaje en el pie con el texto: 1Cor XIII. Le dije, sorprendido: “¡Llevas una cita bíblica!” Y me respondió: “Si, el Amor no pasa nunca”. Y me despedía de él después de la visita deseándole: “Que sigas siempre enamorado”.

Ángel Moreno Sancho

La «dieta católica»

Una de las cosas muy buenas que tenemos a nuestro alcance es lo que se conoce como “dieta mediterránea”, rica en frutas, verduras, pasta, arroz, frutos secos, legumbres, aceite de oliva, pescado y aves de corral… Sin embargo, a pesar de los enormes beneficios que esta dieta nos aporta, desde hace unos años se viene advirtiendo que se está produciendo un progresivo abandono de este tipo de alimentación, sustituyéndolo por grasas, azúcares, carnes procesadas… Esto, unido al sedentarismo y a la disminución de la práctica de ejercicio físico, está acarreando unas graves consecuencias: aumento alarmante de la obesidad, problemas cardiovasculares, incluso favorecimiento de algunos tipos de cáncer… Por eso, las autoridades sanitarias están haciendo un urgente llamamiento a recuperar la dieta mediterránea.

Aunque lo podemos constatar en nuestras parroquias todas las semanas, según el informe del Centro de Investigaciones Sociológicas de abril de 2018, aproximadamente el 68% de los españoles se declara “católico”; pero de ese 68%, sólo un 14% participa habitualmente en la Eucaristía dominical. El resto no participa casi nunca o, como mucho, algunas veces a lo largo del año. Podríamos decir que entre los católicos se está reproduciendo el mismo problema que con la alimentación: la gran mayoría ha abandonado la “dieta católica”, la Eucaristía.

Y esto también acarrea unas consecuencias, tanto a nivel individual como a nivel eclesial y social. A nivel individual, porque llega un momento de nuestra vida en que acabamos sintiéndonos como Elías en la 1ª lectura, que ante los problemas y la falta de esperanza, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte, diciendo: Basta ya, Señor… Sentimos que no podemos más y nuestra vida no tiene sentido.

A nivel eclesial, esto se traduce en un debilitamiento de parroquias, asociaciones, congregaciones y órdenes religiosas; falta vitalidad, disminuyen las vocaciones y las personas dispuestas a asumir compromisos evangelizadores, nos conformamos con mantener lo que tenemos, sin más Y a nivel social, esto favorece el crecimiento de la secularización, puesto que faltan católicos en la vida pública, que sean semillas del Reino en el corazón del mundo. Nuestra sociedad necesita de la presencia y el compromiso de los católicos porque como indica el Papa Francisco, en la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales (E.G. 180).

Ante esta realidad, tienen que resonar con fuerza en nosotros las palabras de Jesús: Yo soy el pan de la vida… para que el hombre coma de Él y no muera. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Necesitamos recuperar la “dieta católica”, la Eucaristía, que es infinitamente más que “oír misa los domingos y fiestas de guardar”. Como dijo Benedicto XVI en Sacramentum caritatis, es “Misterio que se ha de creer, que se ha de celebrar, y que se ha de vivir”. Requiere la participación consciente y activa, porque es encuentro personal con el mismo Jesucristo, que se hace presente en ella.

Y entonces, alimentados por la “dieta católica”, de la Eucaristía irán surgiendo Equipos de Vida parroquiales donde las personas se forman, oran y comparten la vida, aprendiendo a llevar a la práctica lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos… Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros..; y así, algunas personas de estos Equipos irán implicándose en diferentes áreas, tanto de la vida parroquial como de la vida social.

¿Cómo es mi alimentación, sigo la dieta mediterránea? ¿Cómo me alimento espiritualmente, sigo la “dieta católica”? ¿Cómo es mi participación en la Eucaristía? ¿Me hace sentir “fuerte” en el caminar diario? ¿Qué compromiso desarrollo, en la parroquia, en el resto de la Iglesia, o en la sociedad’

Necesitamos recuperar la “dieta católica”, no por precepto sino por necesidad. Como dijo el Papa Francisco: Es fundamental para nosotros comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa. No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. Es el mismo Jesús, para que el hombre como de él y no muera. No nos dejemos morir, ni a la Iglesia, ni a la sociedad, por no querer estar bien alimentados, por no querer participar y vivir la Eucaristía.

Saber vivir

Cuántas veces lo hemos escuchado: «Lo que verdaderamente importa es saber vivir». Y, sin embargo, no nos resulta nada fácil explicar qué es en verdad «saber vivir».

Con frecuencia, nuestra vida es demasiado rutinaria y monótona De color gris. Pero hay momentos en que nuestra existencia se vuelve feliz, se transfigura, aunque sea de manera fugaz.

Momentos en los que el amor, la ternura, la convivencia, la solidaridad, el trabajo creador o la fiesta, adquieren una intensidad diferente. Nos sentimos vivir. Desde el fondo de nuestro ser, nos decimos a nosotros mismos: «esto es vida».

El evangelio de hoy nos recuerda unas palabras de Jesús que nos pueden dejar un tanto desconcertados: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna».

La expresión «vida eterna» no significa simplemente una vida de duración ilimitada, incluso, después de la muerte.

Se trata, antes que nada, de una vida de profundidad y calidad nueva, una vida que pertenece al mundo definitivo. Una vida que no puede ser destruida por un bacilo ni quedar truncada en el cruce de cualquier carretera.

Una vida plena, que va más allá de nosotros mismos, porque es ya una participación en la vida misma de Dios.

La tarea más apasionante que tenemos todos ante nosotros es la de ver cómo ser humanos hoy. Cómo crecer como personas. Los cristianos creemos que la manera más auténtica de vivir como hombres es la que nace de una adhesión total a Jesucristo. «Ser cristiano significa ser persona, no un tipo de persona, sino el ser humano que Cristo crea en nosotros»

Quizás tengamos que empezar por creer que nuestra vida puede ser más plena y profunda, más libre y gozosa. Quizás tengamos que atrevernos a vivir el amor con más radicalidad, para descubrir un poco qué es «tener vida abundante». Al fin y al cabo, como dice S. Juan: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, cuando amamos a. nuestros hermanos».

Pero no se trata de amar porque nos han dicho que amemos, sino porque nos sentimos radicalmente amados. Y porque creemos cada vez con más firmeza que «nuestra vida está oculta con Cristo en Dios».

Ciertamente, hay una vida, una plenitud, un dinamismo, una libertad, una ternura, que «el mundo no puede dar». Sólo lo descubre quien acierta a enraizar su vida en Jesucristo.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 12 de agosto

La sorpresa de Dios

      Jesús no sólo ofrece a los judíos el pan para alimentarse físicamente. Les habla del pan que da la verdadera vida. Jesús les está ofreciendo la resurrección. Les dice que el antiguo anhelo de toda persona de vivir y vivir para siempre y en plenitud no es sólo un sueño. Es una promesa real para los que creen en Él y le aceptan como enviado de Dios. 

      Pero Jesús se tropieza con un muro difícil de franquear: la incredulidad de los judíos. Ellos ya le conocen. Saben perfectamente que es el hijo de José, el carpintero. Conocen su pueblo y su familia. No hay nada que hacer. Ellos ya saben cómo va a ser el Mesías que Dios envíe. Sus largos ratos de estudio sobre las Escrituras Santas han dado su fruto. No hay sorpresas posibles. Dios tiene sus caminos marcados y ellos ya los conocen. Por eso son incapaces de aceptar la novedad que está presente en Jesús. Jesús no se adapta al modelo que ellos conocen. Jesús no cumple todos los requisitos necesarios para ser el Mesías. 

      En el fondo, los judíos a los que Jesús se dirige en este Evangelio no dejan resquicio para la suprema libertad de Dios. Las Escrituras no eran para ellos un camino que les abriese a la inmensidad del misterio sino un manual que Dios mismo se veía obligado a obedecer. 

      Pero resulta que Dios es inmensamente libre. Y su voluntad de salvar a los hombres se manifiesta de muchos modos y maneras. Casi siempre de modos diferentes a los que nosotros esperamos o deseamos. Pero en todo caso testimoniando su amor infinito por cada uno de nosotros. 

      La fe la podríamos imaginar como un rostro con los ojos abiertos y llenos de sorpresa. Con la mirada lanzada hacia el horizonte, más allá de lo que es visible físicamente. La persona que vive en la fe se parece al vigía que otea continuamente el horizonte en la espera de la novedad que viene. A nuestro Dios no lo encontramos en el pasado, sino que se acerca a nosotros en el futuro, en nuestro futuro. Ahí se nos hace el encontradizo. Pero hay que estar con los ojos bien abiertos porque quizá no le reconozcamos a la primera. Y existe el peligro de que su presencia nos pase desapercibida. La vida que nos ofrece Jesús está más allá de nuestras posibilidades. Como los judíos, podríamos rechazarla por imposible pero, para el que, desde la fe, vive en la esperanza, la salvación de Dios se hace experiencia diaria y cotidiana. 

Para la reflexión

      ¿Dónde tenemos puesta la mirada? ¿Nos quedamos en la pequeñez de nuestros problemas y de nuestra vida ordinaria? ¿O somos capaces de abrir los ojos y dejarnos sorprender por la presencia salvadora de Dios en tantos momentos y en tantas personas con que nos encontramos?

Fernando Torres, cmf