Juan 6, 51-67

«El pan que yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día.
Muchos de los que habían seguido a Jesús dijeron:
— ¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién puede soportarlo? ¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne?
A partir de ese momento, muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirlo.
Jesús preguntó a los doce:
— ¿También vosotros queréis dejarme?ª (Jn 6, 51-67).
A mí Dios me caía bien. Me gustaba mucho. En mi casa se hablaba mucho de él. Había un montón de cosas que no gusta recordar, pero todo se hacía soportable porque allí, en mi casa, a todos nos gustaba mucho nuestro Dios.
Si había tristeza, yo siempre oía decir a alguien que aquello debía cambiar porque Dios no quería semejante comportamiento.
Cuando había alegría y fiesta, siempre escuchaba yo un «¡graicas a Dios!»
Si  había miedo, yo escuchaba un «¡Dios nos libre!»
Si había desempleo, oía musitar: «Todo mejorará, si Dios quiere».
Cuando había desunión, mamá decía: «¡Dios nos perdone!»
Me gustaba Dios. Me gustaba mucho. Crecí con la seguridad de que él me gustaba. Y yo pensaba que realmente me gustaba.
Llegó el día en que me hice joven, y descubrí que mi Dios no era exactamente como la gente solía imaginárselo.
Dios me caía muy bien, pero empecé a tener algunas dudas. Vi muhcas cosas que no hubiera querido ver y de las que él, así lo creía yo, debía haberme librado.
Mis ojos vieron, mis oídos oyeron y todo mi cuerpo sintió que vivir era una aventura arriesgada por demás, a causa de ese enigma que Dios me dio: mi libertad.
Precisamente por ella Dios no me ahorraba nada.
Vi el crimen, el hambre, la injusticia, el odio, la mentira, la calumnia, la traición, la falsedad, los mutilados, los animrlaes, los explotadores, los explotados, los ladrones, las prostitutas, los homosexuales, los cínicos, los vividores, los indefensos… y toda la enorme procesión de los que nacieron para sufrir.
Pensé para mí: Dios es la solución de todo eso. Pero mi Dios, tal como yo me lo imaginaba, no resolvió nada. Entonces grité:
— ¡Cómo! Mi Dios ¿es un callejón sin salida? ¿A quién deberán acudir los que necesitan un vengador, un juez, un defensor de los oprimidos?
Dios me caía muy bien, pero después que vi las injusticias manifiestas y los casos sin solución alguna, un poco menos. Yo pregunté miles de veces, queriendo saber por qué Dios, en quien yo confiaba tanto, nunca respondía…, y nadie me hizo caso. Decían:
— ¡Paciencia, hijo! La vida es así. Dios sabrá. Más tarde, en el cielo, las cosas serán diferentes…
Y hasta ahbía los más ortodoxos que me mandaban cerrar la boca blasfema… porque no hacía más que preguntar por qué Dios no actuaba de la manera como a mí me parecía debía ser.
Mucho me gustaba Dios, y siguió gustándome, aunque mi confianza anduviera bastante alicaída.
Justo entonces cometí la locura de decir, tras haber leído algunos libros de gente más desesperada que yo, que Dios ya no me iba. ¡Yo había escogido el camino de los «inteligentes»!
Me puse a analizar el mundo, y no perdí coyuntura alguna para subrayar el lado negatio. ¡Me pasé cordialmente a la oposición, vamos! Me planté a vigilar las acciones del Dios a quien yo, hasta hacía poco, acostumbraba a llamar mi amigo íntimo.
Claro que en el fondo, muy en el hondón del alma… yo no conseguía dejar de admirarle. Era todo demasiado consufo e intrincado para que yo llegase a negar su existencia. Mi rebelión no llegó tan lejos. No perdí la lucidez.
Cierto día, cuando yo lamentaba el problema de los infelices y prepararba, una vez más, mi discurso de oposición, un niño me miró profundamente a los ojos y, desde su sillita de ruedas, que nunca podía abandonar, me preguntó si también yo era amigo de Dios…
Me gustaba mucho Dios; y como me gustaba tanto, comencé a no gustar del mundo. Por fin volvió a gustarme mucho Dios, porque durante todo el tiempo en que no gusté de él, él siguió gustando de mí y del mundo.
Hoy son un hombre que no acepta esas cosas carentes de explicación, pero sé que cuando se ama todo se asimila, aunque no todo pueda explicarse. Dios nunca se enfadó por eso; no tiene miedo a quien le pregunta. Unicamente no acepta a quienes tienen respuesta prefabricada para todo.
P. Zezinho
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