Domingo XX de Tiempo Ordinario

Estas palabras de Jesús que, según el criterio del evangelio de Juan, explican el significado de la Eucaristía, dicen varias cosas:

1) Que en la Eucaristía está presente el mismo Jesús, su carne y su sangre.

2) Que esa presencia está vinculada al pan y al vino.

3) Que ese pan y ese vino son verdadera comida y verdadera bebida.

4) Que esa comida y esa bebida dan vida, una vida plena, abundante, sin limitación alguna. Lo cual quiere decir esto: si lo que más apetecemos los mortales es tener vida, una vida que no se vea amenazada, carente de ilusión y de alegría, en la Eucaristía nuestra vida se une a la vida de Jesús y adquiere la plenitud de vida que caracterizó la vida de Jesús. Una vida tan plena, que supera hasta el límite de la muerte. Es vida total, que rebasa la historia, es decir, supera las limitaciones propias del tiempo y el espacio.

Nótese que Jesús no pone el acento de su explicación en el hecho de su «presencia» en la Eucaristía. Jesús pone todo el peso de sus palabras en la «vida» que tendrá y llevará el que le recibe al comer «el pan de la vida». Nunca se ha puesto en duda el hecho de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Otra cosa ha sido la explicación de ese hecho. Hasta el s. XI, la explicación común se tomó de la filosofía de Platón. Era la explicación simbólica. Después se impuso la explicación a partir de la filosofía de Aristóteles, la realidad como substancia y accidentes. Esta es la doctrina oficial de la Iglesia. En el s. XX, se empezó a hablar de la explicación fenomenológica, es decir, lo que importa es la «finalidad» y la «significación» del pan y el vino en la Eucaristía.

En la Eucaristía no recibimos el cuerpo «histórico» de Jesús, porque ese cuerpo ya no existe. Recibimos el cuerpo «resucitado». En la Eucaristía no tomamos carne y sangre (cf. Jn 6, 63). Recibimos a una persona, a Jesús mismo. Pero dos personas (el creyente y Jesús) no pueden unirse nada más que mediante expresiones simbólicas, que así es como se expresa la entrega, la donación y la unión de un ser personal con otro. El pan y el vino de la Eucaristía, si los analiza un químico, siguen siendo pan y vino. Pero ese pan y ese vino, para el creyente, simbolizan y contienen la presencia de Jesús en nuestras vidas. Comulgar, por tanto, no es recibir una «cosa sagrada», sino unirse a Jesús, de forma que la vida de Jesús sea vida en nuestra vida y forma de vivir. Por eso Jesús insiste más en la «vida» que en la «presencia». Lo que importa no es saber que Jesús está en la Eucaristía, sino vivir como vivió Jesús y tener la vida que tiene Jesús, el Señor de la vida.

José María Castillo