Domingo XX de Tiempo Ordinario

Estos dos últimos domingos hemos tratado de descubrir y entender para qué bajó Jesús del cielo. El domingo 18 del tiempo ordinario, supimos que para quitarnos los que pueden considerarse como agobios existenciales. Sus enseñanzas eran lo suficientemente importantes y fundamentadas como para que nos quedase muy claro que nuestra existencia tiene sentido, tiene entidad, que no es una burbuja flotando en el viento de la nada, sino que es una empresa que se realiza en las manos de Dios. Ocho días más tarde, el domingo pasado, 19 del mismo tiempo litúrgico, dábamos un paso más y descubríamos que, otra de las razones que le habían movido a estar entre nosotros era la de querernos mostrar un estilo de vida en conformidad con la grandeza de nuestra condición de personas y de hijos de Dios: el camino del amor. Sus enseñanzas y ejemplo de vida fueron todas en esa dirección.

Hoy, domingo 20 del Tiempo Ordinario, los textos nos muestran una faceta más de lo importante que fue para nosotros que viniera al mundo. Con ella, con su venida, quiso mostrarnos palpablemente su voluntad de unirse profundamente a nosotros. Eso parece desprenderse claramente de su afirmación: “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”. (Tercera lectura, Jn. 6, 51-58)

Los alimentos entran dentro de nosotros en su concreto y específico modo de ser pero, tras la laboriosa actividad del organismo, pasan a convertirse en la realidad somática de cada uno de los comensales. Lo que entra como pollo, lechuga, garbanzos, etc. etc. termina siendo hueso, sangre, cartílagos, músculo, riñón, etc. etc. Los alimentos dejan su “propia entidad ”para elaborar las piezas que integran el edificio del cuerpo humano.

Lo mismo sucede con la Eucaristía. Cuando Jesús afirma: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” nos está diciendo que cuando se hace presente dentro de nosotros bajo las especies de pan y vino, una vez “asimilado espiritualmente”, se transforma en constructor de nuestra personalidad cristiana. Comienza a ser el verdadero motor de nuestra existencia. Esto lo vio tan claro San Pablo que no duda en afirmar que Jesús vive tan íntimamente dentro de él que ya no es él quien vive sino que es Cristo quien vive dentro de él, conduciéndole por la vida.

La auténtica espiritualidad consiste precisamente en eso: en “dejar” que sea Dios el constructor de nuestra personalidad cristiana y, consecuentemente, el motor de toda nuestra actividad.

Una vez aceptado esto es lógico que afirme también que quien come de ese pan, al vivir espiritualmente con su vida, con la de Jesús, vivirá eternamente. Si dejamos que Jesús viva dentro de nosotros y que dirija toda nuestra vida, pasaremos a gozar de la prerrogativa de la vida de Jesús: la eternidad. Su voluntad al respecto es clara: quiere que donde esté Él estemos también nosotros. (Jn. 14,3)

La idea de fundirnos espiritualmente con Dios, si cumplimos su voluntad, es una de las que aparecen clara y reiteradamente expuestas por Jesús. Por ejemplo en la alegoría de la vid y los sarmientos, recogida por el Apóstol y Evangelista San Juan en su Evangelio (15, 5) Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo en él, da mucho fruto”

Aparece también en la despedida que tuvo con los Apóstoles en la Última Cena. En un momento determinado les dijo: “El que me ama guardará mi doctrina, mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él. (Jn. 14,23).

Puede parecer esta reflexión algo excesivamente teórico o extrañamente místico pero no es así de ninguna manera. ¿Nos damos cuenta de la profunda transformación que operarían en nosotros y en el mundo entero estas verdades? ¿Nos damos cuenta de lo que sería nuestro mundo si todos los que decimos creer en la presencia de Dios dentro de nosotros le dejásemos obrar libremente? ¿Cómo sería el mundo si todos dejásemos “libre” a Dios dentro de nosotros y nos mostrásemos justos, prudentes, veraces, comedidos, amantes de los demás como Él nos amó? ¿Cómo sería ese mundo? ¿No es verdad que hasta desde un punto de vista egoísta merecería la pena que todos lucháramos por conseguir un mundo así?

Nos imaginamos lo que sería mi familia si todos los que la integramos nos dejáramos llevar por el espíritu de Jesús. Si todos viviéramos como vivió Jesús. Si todos nos esforzáramos por hacer dentro de ella lo que haría Jesús? ¿Cómo sería mi familia? ¿Cómo serían todas las familias del mundo?

Y si cada uno en su diario quehacer, el que sea: catedrático, peluquero, tendero, ministro, barrendero, estudiante, obrero, lo que sea. Si todos actuáramos como lo haría Jesús ¿nos damos cuenta qué mundo tendríamos? ¡Todos cumpliendo fielmente con nuestro deber! El paraíso aquí en la tierra.

Los pensamientos que nos transmite Jesús no son evasiones alienantes ni ensoñaciones sentimentales. NO. Son unas orientaciones concretas para construir personalidades integras, equilibradas, dueñas de sí mismas y constructoras de una sociedad sin clases, sin explotaciones, sin injusticias, sin sufrimientos causados por la perversión de los hombres.

El consejo que da San Pablo a los cristianos de Éfeso (segunda lectura, 5, 15-20) tiene plena vigencia: “No seáis insensatos, sino inteligentes, aprovechando el tiempo, porque los días son malos. Por consiguiente, no actuéis como necios, sino procurad conocer cuál es la voluntad del Señor”.

Es la misma exhortación que nos hacía la primera lectura (Prov. 9, 1-6) “Venid, comed de mi pan y bebed del vino que yo he preparado. Caminad por la senda de la inteligencia. Dejad de ser imprudentes y viviréis”.

No desoigamos estos consejos. Los días que nos toca vivir son malos, ciertamente. Podemos estar en la hora 25, ya sin tiempo para nada, pero también al comienzo de una nueva etapa de la humanidad. Aquella en la que por fin, como dice el himno de la alegría, “los hombres volverán a ser hermanos”. No lo dudemos; solo depende de que dejemos actuar al espíritu de Jesús dentro de nosotros. AMÉN

Pedro Sáez