Las dos maletas y el corazón

En cierta ocasión descendió San Pedro a un pueblo en el que vivían dos ciudadanos totalmente diferentes: uno excesivamente centrado en sí mismo y en acaparar riquezas y en cambio, el otro, con un corazón que no le cabía en el pecho. 

San Pedro se acercó al rico y le dijo: “Mira; mañana el Señor te va a llamar a su presencia. Puedes recoger aquello que creas conveniente pero, recuerda, que aquello que agarres con tus manos quedará pegado a ti sin posibilidad de marcha atrás”. El hombre hacendado, sin dudarlo un instante, subió a la azotea de su casa y haciéndose con dos imponentes maletas decidió meter en ella todo el dinero, joyas, oro y demás riqueza que había atesorado a su paso por el mundo.

Igualmente, el bueno de San Pedro, fue al domicilio del lugareño humilde y le hizo el mismo anuncio: “Mañana, Dios, quiere llamarte a la eternidad y te da la posibilidad de llevarte de este mundo aquello que más quieres. Una vez que estés arriba no podrás apartar tus manos de aquello que aquí y ahora elijas.”. El hombre humilde, cerrando los ojos, unió sus manos y envuelto en lágrimas las llevó suavemente a su corazón.

Al día siguiente cuando San Pedro llamó al rico , éste quiso entrar el Reino de los Cielos pero, al intentar cruzar el umbral de sus puertas las inmensas maletas de riquezas que llevaba en sus manos se lo impedía. Quiso desprenderse de ellas pero, por muchos esfuerzos que hizo, no lo consiguió y quedó para siempre fuera del rostro de Dios e inmerso en la profunda tristeza y llanto del infierno. En cambio, el hombre que llevó sus manos al corazón, al dar un paso hacia la puerta del cielo comprobó que existía un cartel en el dintel de la puerta que rezaba lo siguiente: “Aquí sólo entra quien mucho amó”.

Moraleja: a veces vivimos tan afanados en “nuestras maletas” que olvidamos que, con nosotros y dentro de nosotros, late un corazón. Los impulsos de este último son los que abren las puertas de la eternidad y, por el contrario, las cerraduras de nuestras maletas son las que cierran, lejos de abrir, nuestro encuentro definitivo con Dios.

¿Joven rico o desprendido? Depende del valor que demos…..a las maletas de nuestro vivir.

Javier Leoz

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