Las mujeres

En aquel día del Señor me pareció que debía desencadenar mi desazón contra las mujeres. ¡Tenía mis motivos de profeta para ello!
Y grité fuerte para que todas lo oyeran:
— Escuchad, todas las mujeres de mi pueblo. ¿Hasta cuándo vais a seguir siendo esclavas de los hombres, esclavas de la moda que os despersonaliza y os hace sólo un cuerpo sensual? ¿Hasta cuándo aceptaréis la desvalorización de la maternidad que está marcada en vuestro vientre, en vuestro seno y en vuestro corazón de mujeres?
Habéis rechazado la dulzura, el decoro, la pureza, la feminidad… ¡y caísteis en la condición de mero cuerpo y objeto! Os dejáis sobornar con un reloj, una pulsera, un coche, y contribuís así a promover lo superfluo, sujetándoos a los caprichos de la época. Perdisteis el sentido de la sacralidad y dejásteis que el hombre hiciera de vosotras un juguete con el que se divierte antes, durante y después dle casamiento. Desacartasteis lo infinito que se albergaba siempre en vuestro corazón de madres, e hicisteis difícil el nacimiento de vuestros hijos. Habéis aceptado el aborto, os parece que tenéis derecho de buscaros otros hombres cuando los maridos ya no os satisfacen, y resolvisteis fingir una inocencia e ingenuidad que ya no tenéis. El mundo adolece de la falta de mujeres que sepan ser amigas, compañeras, esposas y madres. Pero, ¡ay de vosotras, cuyos vientres ya nunca adquieren turgencia! ¡Ay de la humanidad!
Vuestros días están contados. Descubriréis que ninguna mujer logra la felicidad lejos de la fidelidad del vientre turgente y de la maternidad total. Mi Dios va a haceros pagar bien cara vuestra infidelidad y vuestra testarudez en volveros cuerpo y no alma y mente de madre y de mujer…
Por la noche, en el silencio que me envolvía, el Señor me recriminaba:
— Tú a veces me aborreces. Hablas como quien odia a las mujeres.
Un profeta que no ama a las mujeres no tiene derecho a pedirles que sepan ser hijas, amigas, compañeras y esposas. Un profeta que se prota como quien nunca ha tenido hermanas, amigas o madre, corre el riesgo de caer en el ridículo.
Si la mitad del tiempo que empleaste en fustigar lo hubieras empleado en mostrar a esas mujeres lo mucho que el mundo se animaliza y se deshumaniza sin la grandeza interior que el Padre ha puesto en ellas…, hubieras conseguido mayor resultado. Las hijas de los hombres hacen ostentación de su cuerpo y ubscan el hedonismo, sólo en cuanto andan confundidas acerca de su verdadera identidad. Cuando descubren que Dios quiere nacer dentro de ellas, no hay mujer que no se vuelva sacra. ¡Pero tú, atacándolas de ese modo, no le has dado la oportunidad de descubrir verdad alguna!
Los hombres nunca descubren el verdadero equilibrio ante la mujer con un vientre que proteger y unos senos para amamantar; o la usan o la agreden. ¡Aprende a respetar a las mujeres y descubrirás que sus hijas van a aceptar ser vírgenes y madres!
P. Zezinho