¿Por qué soy cristiano?

En varias ocasiones he escuchado esta afirmación: “Yo soy católico porque he nacido en un país católico; si hubiera nacido en un país musulmán, sería musulmán”. Es cierto que una de las características que configuran una sociedad es la religión mayoritaria, pero una respuesta de ese tipo da a entender que esa persona no se ha planteado seriamente su fe. Y en la vida hay momentos en que uno debe plantearse preguntas fundamentales, una de las cuales es la referente a su fe, o a la falta de ella.

En la primera carta del apóstol san Pedro leemos: estad dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza (1Pe 3, 14). Pero en esta ocasión no se trata de dar explicaciones a otros, sino a uno mismo, por propia necesidad de saber quién soy, de conocerme, de dar un sentido a mi vida. En este último domingo del mes de agosto, a punto de iniciar un nuevo curso pastoral, sería muy bueno que nos hiciésemos esta pregunta: “¿Por qué soy cristiano?”

La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece algunas pistas para hacer esta reflexión, para que no nos contentemos con respuestas inmediatas o “fáciles” como la que hemos dicho al principio, para que busquemos y encontremos nuestras razones personales para “ser cristianos”.

Es lo que hemos escuchado en la 1ª lectura que hizo el pueblo de Israel. Josué les plantea: Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quién servir. Han vivido todo el proceso del Éxodo hasta llegar a la tierra prometida, y ahora deben hacer una opción libre y clara por el Señor. Y el pueblo expone en su respuesta las razones para servir al Señor: Él nos sacó de la esclavitud; Él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre los pueblos por donde cruzamos. No hablan de conceptos teológicos ni de una fe simplemente “heredada” de sus padres; hablan de su propia experiencia, de cómo Dios ha actuado en su vida, en los acontecimientos, y por eso terminan afirmando: Nosotros serviremos al Señor porque Él es nuestro Dios.

¿Qué experiencia personal tengo de Dios? ¿De qué “esclavitudes” me ha librado? ¿Qué signos ha hecho en mi vida? ¿En qué momentos he sentido especialmente cercana su presencia?

Y en el Evangelio Jesús, tras el signo de la multiplicación de los panes y su discurso sobre el Pan de Vida, se encuentra con que muchos discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? Y se echaron atrás y no volvieron a ir con Él. Y ante esta realidad Él cuestiona a los Doce para que hagan una opción libre: ¿También vosotros queréis marcharos? Nadie está obligado a seguir a Jesús, ni se le debe seguir de un modo irreflexivo. De ahí la respuesta de Simón Pedro: Señor, ¿a quién vamos a acudir?

Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.

¿Qué me resulta especialmente duro a la hora de ser cristiano? ¿En qué circunstancias o ante qué retos me echo atrás? ¿Las palabras de Jesús me abren a la vida eterna? ¿Por qué creo que Jesús es “el Santo de Dios”? ¿Hay alguien o algo que me ofrezca un mayor o mejor sentido a mi vida?

Estamos ante una de las preguntas fundamentales de nuestra vida: ¿Por qué soy cristiano? ¿Me la había planteado antes? ¿Qué respuesta me di, qué razones encontré? ¿Sigo buscando y descubriendo ahora nuevas razones para ser cristiano?

Ya en 1975, el Papa Pablo VI, en su exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi”, decía: para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana. El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio (41). En este tiempo de nueva evangelización, no podemos ofrecer una fe simplemente heredada, ni tampoco teorías, conceptos ni “respuestas de libro”; lo primero que hemos de ofrecer nuestra propia experiencia personal.

Y para que esa experiencia resulte creíble, antes debemos habernos planteado: “¿Por qué soy cristiano?” Pidamos al Señor que, como el pueblo de Israel, como los Doce, también nosotros descubramos las razones personales de nuestra fe, para poder afirmar convencidos: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios.

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