La fe, como apuesta vital definitiva

1.- Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. No sólo fue Pascal, el gran filósofo y matemático francés, el que dijo que la fe religiosa es una apuesta personal conveniente desde un punto de vista estrictamente racional; antes y después de Pascal ya lo habían dicho y hecho otras muchas personas creyentes y responsables. Yo creo que el mismo San Pedro, en este famoso texto que hoy comentamos, decidió seguir a Cristo porque le parecía la solución más conveniente y razonable para él y para sus compañeros. Sí, ya sé que Cristo le dice a pedro que ha sido el Padre el que le ha empujado a tomar esta decisión, pero, en definitiva, esto no es más que decirle que ha sido el Padre el que le ha aconsejado bien. Lo bueno de san Pedro es que en este caso sí se ha dejado conducir por el Espíritu, que “es el que da vida”. La razón última que le ha llevado a san Pedro a tomar esta decisión de seguir a Cristo es que, entre las dos opciones posibles, esta es la más aconsejable, porque sólo Cristo tiene palabras de vida eterna. No hay duda de que lo que Cristo les había dicho sobre el pan de vida y sobre la necesidad de creer en él para obtener la vida eterna era difícil de creer, era “un modo de hablar duro”, pero, si no creían a Cristo ¿a quién iban a creer? Algo de esto nos pasa a los cristianos del siglo XXI: seguir a Cristo nos parece una decisión difícil y arriesgada, pero si no apostamos por Cristo ¿por quién podemos apostar? ¿Por nuestros políticos, o por nuestros científicos, o por la selección española de fútbol? Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna; todo lo demás son palabras pasajeras y, en muchos casos, tramposas y vacuas.

2.- Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir. También Josué les preguntó a las tribus de Israel si querían servir al Señor, o si preferían servir a los ídolos. “Yo y mi casa, les dice, serviremos al Señor”. Y todo el pueblo respondió: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!” También hoy a nosotros, los cristianos de este siglo XXI, se nos propone frecuentemente la misma pregunta que propuso Josué a su pueblo: ¿queréis servir a Dios, o preferís servir a vuestros actuales ídolos? Y la verdad es que la respuesta de nuestra sociedad no es la respuesta de las tribus de Israel. Los ídolos de nuestro tiempo llenan más estadios y ocupan más espacios en los medios de comunicación que los predicadores del evangelio de Cristo. ¿Porque los ídolos actuales tienen palabras de vida eterna? No, porque nuestra sociedad está tan obsesionada con nuestra vida temporal, que no tiene tiempo, ni ganas, de pensar y creer en la vida eterna. ¡Es una pena!

3.- Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. San Pablo, para explicar esta afirmación, dice una frase que hoy a más de un joven cristiano le puede parecer fuera de lugar. En concreto, san Pablo dice: “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia”. Hoy día nos resultaría difícil admitir que el marido sea cabeza de su mujer y que, consecuentemente, debe amar a su mujer porque, lo mismo que Cristo es cabeza de la Iglesia, él es cabeza de su mujer. Lo de amar a la mujer con entrega y generosidad sí lo entiende cualquier marido cristiano, pero lo de amar a la mujer porque él es cabeza de la mujer como Cristo es cabeza de la Iglesia les parece difícil y complicado. Es cierto que, bien explicado, lo de amar a la mujer como Cristo amó a su Iglesia, viene a ser lo mismo que lo de amar a la mujer con entrega y generosidad máxima. Pero esto requiere mucha explicación. Los tiempos de san Pablo no son nuestros tiempos y, consecuentemente, las palabras y los signos que eran claros en tiempos de san Pablo puede ser que hoy no sean tan claros. Afortunadamente, la mujer tiene hoy unos derechos y una consideración social que no tenía en tiempos de san Pablo. Esto es algo de lo que nos alegramos todos los cristianos y debemos tenerlo en cuenta en todos los momentos, y muy especialmente cuando hablamos de las relaciones que deben tener los maridos con sus mujeres.

Gabriel González del Estal

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