Vísperas – Santa Mónica

SANTA MÓNICA (MEMORIA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: UN AMOR CASTO Y PURO

Un amor casto y puro
calladamente:
más grande que la vida
y que la muerte.
Dulce su casa,
y su marido en ella
se contemplaba.

Era su amor de madre
como una rosa:
pétalos de fragancia
y espinas rojas.
Y era su seno
un arrullo de lirios
y de silencios.

Olor a roja viña
y a tierna hogaza:
y su mano prudente
acariciaba.
Sus dedos limpios
iban tejiendo lana
para sus hijos.

Y Dios desde su cielo
se sonreía,
por la casta frescura
de fuente limpia.
Amor callado
que vestía al Cordero
de rojo y blanco. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor se complace en los justos.

Salmo 10 – EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor se complace en los justos.

Ant 2. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Salmo 14 – ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Ant 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE   Rm 8, 28-30

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

RESPONSORIO BREVE

V. Dios la eligió y la predestinó.
R. Dios la eligió y la predestinó.

V. La hizo morar en su templo santo.
R. Y la predestinó.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Dios la eligió y la predestinó.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cuando aún permanecía en el cuerpo, vivía ya Mónica de tal manera con Cristo, que su fe y sus costumbres eran una perfecta alabanza al nombre de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando aún permanecía en el cuerpo, vivía ya Mónica de tal manera con Cristo, que su fe y sus costumbres eran una perfecta alabanza al nombre de Dios.

PRECES

Supliquemos a Dios en bien de su Iglesia por intercesión de las santas mujeres y digámosle:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Por intercesión de las santas mártires, que con la fuerza del espíritu superaron la muerte del cuerpo,
concede, Señor, a tu Iglesia ser fuerte en la tentación.

Por intercesión de las santas esposas, que por medio del matrimonio crecieron en tu amor,
concede, Señor, a tu Iglesia la fecundidad apostólica.

Por intercesión de las santas viudas, que por la hospitalidad y la oración superaron la soledad,
concede, Señor, a tu Iglesia ser para el mundo signo manifiesto de tu amor a los hombres.

Por intercesión de las santas madres, que engendraron sus hijos no sólo para la vida del mundo, sino también para la salvación eterna,
concede, Señor, a tu Iglesia engendrar para tu reino a todos los pueblos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Por intercesión de todas las mujeres santas, que han sido ya admitidas a contemplar la belleza de tu rostro,
concede, Señor, a los difuntos de la Iglesia gozar también de la luz eterna de tu presencia.

Fieles a la recomendación del Salvador, digamos al Padre común:

Padre nuestro…

ORACION

Dios de bondad, consolador de los que lloran, tú que, lleno de compasión, acogiste las lágrimas que santa Mónica derramaba pidiendo la conversión de su hijo Agustín, concédenos, por la intercesión de ambos, el arrepentimiento sincero de nuestros pecados y la gracia de tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 27 de agosto

Lectio: Lunes, 27 Agosto, 2018

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 23,13-22
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar.
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros!
«¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: ` Si uno jura por el Santuario, eso no es nada; mas si jura por el oro del Santuario, queda obligado!’ ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro, o el Santuario que hace sagrado el oro? Y también: `Si uno jura por el altar, eso no es nada; mas si jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado.’ ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda, o el altar que hace sagrada la ofrenda? Quien jura, pues, por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él. Quien jura por el Santuario, jura por él y por Aquel que lo habita. Y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que está sentado en él.

3) Reflexión

• Los próximos tres días vamos a meditar el discurso que Jesús pronunció criticando a los doctores de la ley y a los fariseos, llamándolos hipócritas. En el evangelio de hoy (Mt 23,13-22), Jesús pronuncia contra ellos cuatro ‘ay’ o plagas. En el evangelio de mañana se añaden otros dos (Mt 23,23-26), y en evangelio de pasado mañana otros dos (Mt 23,27-32). En todo ocho ‘ay’ o plagas contra los líderes religiosos de la época. Son palabras muy duras. Al meditarlas, tengo que pensar en los doctores y en los fariseos del tiempo de Jesús, pero también y sobre todo en el hipócrita que hay en mí, en nosotros, en nuestra familia, en nuestra Iglesia, en la sociedad de hoy. Vamos a mirar en el espejo del texto para descubrir lo que existe de errado en nosotros.
• Mateo 23,13: El primer ‘ay’ contra los que cierran la puerta del Reino. “Que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar”. ¿Cómo cierran el Reino? Presentando a Dios como un juez severo, dejando poco espacio a la misericordia. Imponiendo en nombre de Dios leyes y normas que no tienen nada que ver con los mandamientos de Dios, falsificando la imagen del Reino y matando en los otros el deseo de servir a Dio y el Reino. Una comunidad que se organiza alrededor de este falso dios “no entra en el Reino”, ni es expresión del Reino, e impide que sus miembros entren en el Reino.
• Mateo 23,14: El segundo ‘ay’ contra los que usan la religión para enriquecerse. Ustedes explotan a las viudas, y roban en sus casas y, para disfrazar, hacen largas oraciones! Por esto, ustedes van a recibir una condena muy severa”. Jesús permite que los discípulos vivan del evangelio, pues dice que el obrero merece su salario (Lc 10,7; cf. 1Cor 9,13-14), pero usar la oración y la religión como medio para enriquecerse, esto es hipocresía y no revela la Buena Nueva de Dios. Transforma la religión en un mercado. Jesús expulsa a los comerciantes del Templo (Mc 11,15-19) citando a los profetas Isaías y Jeremías: “Mi casa es casa de oración para todos los pueblos y ustedes la han transformado en una cueva de ladrones” (Mc 11,17; cf. Is 56,7; Jr 7,11)). Cuando el mago Simeón quiso comprar el don del Espíritu Santo, Pedro lo maldijo (Hec 8,18-24). Simón recibió la “condena más severa” de la que Jesús habla en el evangelio de hoy.
• Mateo 23,15: El tercero ‘ay’ contra los que hacen proselitismo. “Ustedes que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros!”. Hay personas que se hacen misioneros y misioneras y anuncian el evangelio no para irradiar la Buena Nueva del amor de Dios, sino para atraer a otros a su grupo o a su iglesia. Una vez, Juan prohibió a una persona el que usara el nombre de Jesús porque no formaba parte de su grupo. Jesús respondió: “No se lo impidáis. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros” (Mc 9,39). El documento de la Asamblea Plenaria de los obispos de América Latina, se realizó en el mes de mayo de 2008, en Aparecida, Brasil, bajo el título: “¡Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que en él nuestros pueblos tengan vida!” Es decir que el objetivo de la misión no es para que los pueblos se vuelvan católicos, ni para hacer proselitismo, sino para que los pueblos tengan vida, y vida en abundancia.
• Mateo 23,16-22: El cuarto ‘ay’ contra los que viven haciendo juramento. “Ustedes dicen: ‘ Si uno jura por el Santuario, eso no es nada; mas si jura por el oro del Santuario, queda obligado!”. Jesús hace un largo razonamiento para mostrar la incoherencia de tantos juramentos que la gente hacía o que la religión oficial mandaba hacer: juramento por el oro del templo o por la ofrenda que está sobre el altar. La enseñanza de Jesús, indicada en el Sermón de la Montaña, es el mejor comentario del mensaje del evangelio de hoy: “Pues yo os digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: `Sí, sí’ `no, no’: que lo que pasa de aquí viene del Maligno” (Mt 5,34-37).

4) Para la reflexión personal

• Son cuatro ‘Ay’ o cuatro plagas, cuatro motivos para recibir la crítica severa de parte de Jesús. ¿Cuál de las cuatro críticas cabe en mí?
• Nuestra Iglesia, ¿se merece hoy estos ‘ay’ de parte de Jesús?

5) Oración final

¡Cantad a Yahvé un nuevo canto,
canta a Yahvé, tierra entera,
cantad a Yahvé, bendecid su nombre! (Sal 96,1-2)

Que me conozca a mí mismo

Señor Jesús, que me conozca a mi
y que te conozca a Ti,
Que no desee otra cosa sino a Ti.
Que me odie a mí y te ame a Ti.
Y que todo lo haga siempre por Ti.
Que me humille y que te exalte a Ti.
Que no piense nada más que en Ti.
Que me mortifique, para vivir en Ti.
Y que acepte todo como venido de Ti.
Que renuncie a lo mío y te siga sólo a Ti.
Que siempre escoja seguirte a Ti.
Que huya de mí y me refugie en Ti.

Y que merezca ser protegido por Ti.
Que me tema a mí y tema ofenderte a Ti.
Que sea contado entre los elegidos por Ti.
Que desconfíe de mí
y ponga toda mi confianza en Ti.
Y que obedezca a otros por amor a Ti.
Que a nada dé importancia sino tan sólo a Ti.
Que quiera ser pobre por amor a Ti.
Mírame, para que sólo te ame a Ti.
Llámame, para que sólo te busque a Ti.
Y concédeme la gracia
de gozar para siempre de Ti. Amén.

(Inspirada en el Libro X de las Confesiones)

Jer 23, 25-32

«He oído lo que dicen los profetas
que profetizan mentiras en mi nombre.
Dicen: «He tenido un sueño, he tenido un sueño».
¿Hasta cuándo habrá en el corazón de los profetas
vaticinios falsos y profetizarán
la impostura de su corazón?
Con los sueños que se cuentan unos a otros
tratan de hacer que mi pueblo se olvide de mi nombre,
como sus padres se olvidaron de mi nombre por Baal.
El profeta que haya tenido un sueño, cuente su sueño,
y aquel que ha recibido mi palabra,
anuncie fielmente mi palabra.
¿Qué tiene que ver la paja con el grano? -dice Yavé-.
¿No es mi palabra como el fuego,
como el martillo que deshace la roca?
He aquí por qué estoy contra los profetas -dice Yavé-
que se roban mutuamente mis palabras.
He aquí por qué estoy contra los profetas -dice Yavé-
que no tienen más que abrir su boca
para proferir oráculos.
He aquí por qué me levanto contra los profetas
que profetizan sueños mentirosos -dice Yavé-
y contándolos desorientan a mi pueblo
con sus metiras y sus extravagancias.
Yo no los he enviado ni les he confiado mis órdenes,
y ellos no sirven de nada a este pueblo -dice Yavé-» (Jer 23, 25-32).
Perdonar…
 
A mí no me importaría si, de vez en cuando, tuviera que perdonar a un enemigo. ¡Pobrecito! A veces la gente tiene ciertos enemigos tan pánfilos y sin categoría que en vez de rabia uno siente pena por ellos.
Yo lo hice en repetidas ocasiones.
Y me sentí bien, tranquilo, victorioso, aclamado por la multitud de mis proyetos de grandeza interior y… bueno, a decir verdad, ¡me sentí medio Jesucristo en aquellos momentos!
Fue el mejor rebote que pude devolverle al sujeto aquel: él esperaba un altercado o una contienda, y yo, con un gesto inesperado y magnánimo, primero le hice temblar para luego abrazarle y decirle que no quería perjudicar a nadie…
¡Pero él volvió a ofenderme, Señor!
No sólo, sino que tras él arrastró a muchos otros.
Y quedó muy superada la regla que tú nos diste en el evangelio.
Parece que la moda se impuso: ¡Me han tomado por un Cristo, sí, confundiéndome contigo, Señor!, y a cada mazazo que arrena a mi honra, vienen a pedir disculpas, con la cara de quien nunca ha roto un plato.
Yo miro dentro de mí: la sangre me hierve en las venas, y la conciencia me ordena calmarme; la naturaleza dice que necesito desahogarme, mi psiquiatra asegura que nadie puede contrariar tanto la naturaleza… ¡y la chusma, dale con querer ver sangre reparadora!
¡Es un ring lo que hay dentro de mí, Señor!
 
Sé que si yo largara ese izquierdazo sensacional, el combate sería mío. ¡Pero después tendría que poner en juego mi título a todas horas!… Y no compensa.
Abro el evangelio, y en él se me manda calmarme, esperar que me ofendan setenta veces siete antes de pensar tomarme la justicia por mi mano.
Y cuando pienso que ese límite ha sido superado, veo un rostro cansado, escupido, escarnecido, coronado de espinas, y esos ojos desorbitados de tanto dolor, mientras tú gritas: 
— ¡Padre, perdónales, que no saben lo que hacen!
Yo no tendría inconveniente si de cuando en cuando tuviera que hacer una cosa de ésas. Ello rompería la monotonía de esta vida cínica y agresiva que me veo obligado a llevar en la calle, en el trabajo, en el cine, en la televisión y en los periódicos de cada día… ¿Pero tenerlo que hacer siempre y con todos? ¡Ay, eso no!
Nadie logra eso, Señor. ¡Es antipedagógico, antipsicológico e inhumano!
«¿Qué dirán de mí aquellos que no aguantan ver a nadie pisoteado?»
«¿Qué dirán mis  hijos, mis padres, mis amigos, mi mujer, mi marido, mi novio, mi novia?»
«¡La resistencia humana tiene un límite!»
«Llega un momento en que ya no está uno para seguir perdonando, perdonando, perdonando…»
«¡También tú les lanzaste unas buenas andanadas a los detractores, a los fariseos, a la gentuza que había manchado la santidad del templo…!»
«¡Y es que llega un momento en que la naturaleza hay que dejarla actuar!»
«Así hará mi Padre celestial con vosotros si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos» (Mt 18, 35).
«Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué premio mereceréis? ¿No obran así también los pecadores?» (Mt 5, 46).
» Que el enojo no os dure hasta el término del día» (Ef 4, 26).
«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian; así seréis hijos del Altísimo» (Lc 6, 27. 35).
Era el Maestro quien hablaba así…
— ¡Qué lastima! —pensé—, ¡si al menos hubiera dejado una doctrina un poco más de acuerdo con las tendencias de la gente!…
Pero no la dejó.
 
De repente le dije a mi Señor:
— ¿Sabes lo que me gustaría tener en las manos?
— Lo sé —me respondió.
— ¡Pues eso mismo, Señor! Me gustaría disponer de una cámara y de mucho dinero para filmar el cariño puro de dos enamorados, el beso tierno de marido y mujer, la caricia maternal de una madre extasiada, la hermosura sonrisa de la novia que entiende la vida, el hambre de pureza que capto en los jóvenes y en las chicas de mi pueblo…
— ¿Y para eso bastarían la cámara y el dinero? —me preguntó.
— Pensándolo bien, creo que no. Yo necesitaría una estructura para sostener mi trabajo, un equipo de distribución, mucho dinero para divulgar la película, una serie de contratos para que alcanzase una cobertura total, y una poderosa máquina de propaganda para que esa cinta se convirtiera en mensaje…
— Y durante el camino olvidarías el motivo por el que querías una cámara y mucho dinero… —dijo él.
Por eso yo escogí el púlpito.
P. Zezinho

Gaudium et exsultate (Francisco I)

58. Muchas veces, en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. Esto ocurre cuando algunos grupos cristianos dan excesiva importancia al cumplimiento de determinadas normas propias, costumbres o estilos. De esa manera, se suele reducir y encorsetar el Evangelio, quitándole su sencillez cautivante y su sal. Es quizás una forma sutil de pelagianismo, porque parece someter la vida de la gracia a unas estructuras humanas. Esto afecta a grupos, movimientos y comunidades, y es lo que explica por qué tantas veces comienzan con una intensa vida en el Espíritu, pero luego terminan fosilizados… o corruptos.

Homilía – Domingo XXII de Tiempo Ordinario

LA FE, NORMA DE COMPORTAMIENTO

Los lazos invisibles del misterio de la comunión cristiana se expresan visiblemente en la Iglesia por medio de su propia institución. Esta pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia, que es sacramento en el mundo de la salvación, ofrecida y aceptada. Como todo grupo humano, también la Iglesia se rige legítimamente por tradiciones y leyes. Ellas van regulando eficazmente los cauces de la comunión fraternal, la expresión de la fe y el ordenamiento de todos para la consecución del mismo fin.

Sin embargo, lo específico del misterio de la Iglesia no lo constituyen ni las tradiciones ni la ley, sino la fe. Este Pueblo de Dios, peregrino en el mundo, está bajo la economía de la fe, es una comunidad de creyentes. Sin menospreciar en nada el precepto de la Iglesia, tratemos hoy de encentrar el espíritu de toda ley, única manera de valorarla y potenciarla. El cumplimiento meramente externo de los preceptos, aun de los más santos, no salva al hombre.

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p style=»text-align:justify;»>1.- Superación de las tradiciones humanas.


La inseguridad es una nota característica de la existencia humana. Para salir de ella buscamos sin descanso normas establecidas. La inseguridad que se refiere a la moral y a la religión es la que más nos tortura. Nunca estamos seguros de haber acertado, de no haber fallado, de haber cumplido todos los requisitos para tener a la divinidad favorable a nuestra causa. Como fruto de esta inseguridad surgen en las comunidades humanas y en los grupos religiosos las tradiciones.

Las tradiciones son buenas, ayudan al hombre a moverse en todos los ámbitos de la vida, sin tener que estar siempre improvisando, con el riesgo que eso lleva consigo. La tradición es como esa obra de arte del comportamiento humano que se ha ido enriqueciendo a lo largo de los siglos por la sabiduría de las generaciones desaparecidas. La tradición humana es una ayuda incalculable.

El problema de las tradiciones se publica cuando el hombre, hambriento de seguridades, se aferra a las costumbres. Las costumbres marcan surcos de comportamiento, como las penas labran arrugas en el rostro. Se convierten, a veces, en férreas vías de tren que dirigen, atenazan, imponen implacablemente una dirección. Entonces las tradiciones son un yugo pesado. Las tradiciones también tienen el peligro de absolutizarse, de ponerse aun encima de la misma Palabra de Dios. «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7, 8). Así vemos cómo personas muy aferradas a la tradición son incapaces de emprender el camino de la conversión, justificándose en las mismas tradiciones. «Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores… y se aferran a otras muchas tradiciones…» (Mc 7, 3-4). Tener a las tradiciones como norma definitiva de todo es una hipocresía: «hipócritas… este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7, 6). Al hablar de tradiciones no nos referimos en ningún momento a la Tradición de la fe».

2.- La ley da paso a la economía de la fe.

La ley del Antiguo Testamento es santa y viene de Dios. «Escuchad los mandamientos y preceptos que yo os mando cumplir» (Deut 4, 1). Está llena de aliento de vida: «Estos mandamientos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia» (v. 6). El Decálogo tiene toda la bondad moral que se pueda imaginar: «¿Cuál es la gran nación cuyos mandamientos y decretos sean tan justos como toda esta ley?» (v. 8). El Decálogo es además universal, vale para todo tiempo y para todo hombre, también para nosotros.

Lo que ocurre desde Jesucristo es que ha cambiado la perspectiva de un modo considerable. Del régimen de la ley hemos pasado al de la fe, por lo que la ley queda potenciada. La ley deja de ser un precepto externo, impuesto desde fuera; deja también de ser ocasión de pecado, pues la ley enseñaba lo que no se debía hacer, pero no daba fuerzas para superar la tentación.

Para acabar con la proverbial alineación humana, Dios ha decidido entablar con el hombre un régimen nuevo de relación. La nueva alianza se caracteriza no por la supresión del precepto, sino por su interiorización. Al comportarse según la Palabra de Dios, el creyente no se limita a cumplir un mandamiento externo, sino que desarrolla la propia vida interior de la fe: «Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré» (Gen 31, 33; 32, 40). La Palabra de Dios no es un código de leyes, sino la misma comunicación de Dios que engendra la vida en nuestro corazón y nos transforma en nuevas creaturas. «Evidentemente, sois una carta de Cristo…, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón… Nuestra capacidad viene de Dios…, no de la letra, sino del Espíritu. La letra mata, mas el Espíritu da vida» (2Cor 3, 5-6).

Estamos bajo el régimen del Espíritu, que se ha derramado en nuestros corazones (Rom 8, 14-16). La fe es un don de Dios y reconoce que todo lo bueno que el hombre hace se debe a la gracia de Dios, no a las propias fuerzas, ni al cumplimiento de los preceptos de la ley. La fe transforma el ser mismo del hombre y la capacita para vivir según la nueva creación. La fe, interiorizando la ley, nos libera de la esclavitud. «Habéis sido llamados a la libertad…, manteneos firmes y no os dejéis oprimir bajo el yugo de la esclavitud… Habéis roto con Cristo, todos cuantos buscáis la justicia en la ley» (Gal 5, 13. 1.4). El comportamiento que surge de la fe es como el agua que brota de una fuente: nace desde dentro hacia fuera. «Lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro» (Mc 7, 20). A Dios le importa más lo que siente el corazón que lo que pronuncian los labios (v. 6). La fe transforma «lo de dentro» para que el hombre, obrando desde su espíritu por el impulso del Espíritu de Dios, produzca frutos buenos (Jo 15, 5; Mt 7, 6). Lo que justifica al hombre es la fe, no los merecimientos conseguidos por el cumplimiento externo de la ley (Rom 3, 28). Porque todos los que confían en sus propias fuerzas, «los que viven de las obras de la ley, incurren en la maldición» (Gal 3, 10).

Alguno puede reaccionar burdamente diciendo: «Pues, ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo!» (Rom 6, 15). La fe nos hace realizar las obras del Espíritu de Dios, contrarias a las de la carne (Gal 5, 18-26). Las obras de la fe, guiadas por el Espíritu, coinciden con la enumeración de las obras de la ley antigua. La fe, que supera al pedagogo de la ley (Gal 3, 24), no nos aboca a un libertinaje (Gal 5, 13). El creyente que vive la vida de la fe, no peca, es la muerte, sino que, «libre del pecado y esclavo de Dios, fructifica para la santidad» (Rom 6, 22). La fe no destruye la ley, sino que le da cumplimiento (Mt 5, 17), ya que por la fe Dios nos salva (Rom 3, 27-4, 1 ss.), y nos da fuerza para cumplir el precepto (Rom 7, 1-24; Gal 3, 1-29).

El Evangelio de hoy nos marca el camino para huir del fariseísmo, que pone todo su empeño en «purificar por fuera», haciéndose «semejantes a sepulcros blanqueados» (Mt 23, 25-27). ¡Qué bien encajan estas expresiones referidas a nosotros y a la sociedad! Podemos estar todo el día cumpliendo tradiciones y leyes, pero sin agradar a Dios un solo momento, pues la raíz de nuestro corazón es aún mala y estamos lejos de El.

¡Que la Eucaristía contraste la verdad de nuestra vida de fe! Es sacramento de la fe. Supone la unión con Cristo y la transformación de nuestra vida. ¿Tendremos que escuchar hoy nosotros: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos»? (Mc 7, 6-7).

 

Jesús Burgaleta

Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23 (Evangelio – Domingo XXII de Tiempo Ordinario)

En la primera parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc 1,14-8,30), el autor presenta a Jesús como el Mesías que proclama el Reino de Dios. Desplazándose por toda Galilea, Jesús anuncia la Buena Nueva del Reino de Dios con sus palabras y con sus gestos, proponiendo un mundo nuevo de vida, de libertad, de fraternidad para todos los hombres. Su propuesta provoca las reacciones y las respuestas más diversas en los líderes judíos, en el pueblo y en los propios discípulos.

La escena que hoy se nos propone en el Evangelio nos muestra, precisamente, la reacción de los fariseos y los doctores de la Ley ante la actuación de Jesús.

Poco antes, Jesús había realizado la multiplicación de los panes y de los peces (cf. Mc 6,34-44) proponiendo, con su gesto, un mundo nuevo de fraternidad, de servicio y de solidaridad (el “Reino de Dios”); y los líderes judíos, sin coraje para enfrentarse directamente con Jesús y para realizar otra propuesta, escogen a los discípulos como blanco de sus críticas.

Naturalmente esos fariseos, cumplidores de la Ley, van a cuestionar a los discípulos de Jesús sobre la forma deficiente como estos cumplen con la “tradición de los antiguos”.

Para los fariseos, la “tradición de los antiguos” no se ciñe únicamente a las normas escritas y contenidas en la Ley (Torah), sino que además había un inmenso conjunto de leyes orales donde aparecían las decisiones y las sentencias de los rabinos acerca de los más diversos temas.

En la época de Jesús, esa “tradición de los antiguos” constaba de 613 leyes (tantas como las letras del Decálogo dado a Moisés en el Monte Sinaí), de las cuales 248 eran preceptos de formulación positiva y 365 eran preceptos de formulación negativa.

Esas leyes, que el Pueblo tenía dificultad en conocer en su totalidad y que tenía dificultad, aún más, en practicar, eran, para los fariseos, el camino para hacer de Israel un Pueblo santo y para preparar la venida liberadora del Mesías. Va a ser, precisamente, alrededor de esta temática donde va a centrarse la polémica entre Jesús y los fariseos, la que el Evangelio de hoy nos relata.

Cuando Marcos escribió su Evangelio (en la década de los 60), la cuestión del cumplimiento de la Ley judía aún era una cuestión “caliente”.

Para los cristianos venidos del judaísmo, la fe en Jesús debía ser complementada con el cumplimiento riguroso de las leyes judías. Mientras, la imposición de las costumbres judías llevaría, ciertamente, a la marginación de los cristianos venidos del paganismo.

La cuestión que había que resolver era la siguiente: ¿el cumplimiento de la Ley de Moisés era importante para la comunidad cristiana? ¿Para que el Reino que Jesús proponía se hiciera presente, era necesario el cumplimiento íntegro de la Ley judía?

El Concilio de Jerusalén (alrededor del año 49) ya había dado una primera respuesta a la cuestión: para los cristianos, lo fundamental es la persona de Jesús y su Evangelio; no es lícito imponer a los cristianos venidos del paganismo el fardo de la Ley de Moisés.

Sin embargo, el problema continuó durante algunas décadas más, sobre todo a propósito de los tabúes alimenticios hebreos y que los cristianos venidos del judaísmo pretendían imponer a toda la Iglesia (cf. Rom 14,1-15,6).

Es, probablemente, a esta temática a la que el evangelista Marcos quiere responder.

Los pueblos antiguos, en general y el judío, en particular, sentían un gran desconcierto cuando tenían que lidiar con ciertas realidades desconocidas y misteriosas (casi siempre ligadas a la vida y a la muerte) que no podían controlar ni dominar.

Creían, entonces, en un conjunto abundante de reglas que hacían de intermedirarias en el contacto con esas realidades, (por ejemplo, los cadáveres, la sangre, la lepra, etc.) o que, por lo menos, regulaban la forma de tratar con ellas, de forma que las hiciera inofensivas.

En el contexto judío, quien infringía, incluso involuntariamente, esas reglas se colocaba en una situación de marginalidad y de indignidad que le impedía aproximarse al mundo divino (el culto, el Templo) y tampoco podía formar parte del Pueblo santo de Dios. Se decía, entonces, que la persona quedaba “impura”. Para volver a adquirir el estado de “pureza” y poder formar parte de la comunidad del Pueblo santo, el creyente necesitaba realizar un rito de “purificación”, cuidadosamente estipulado en la “Ley”.

En la época de Jesús, las reglas de “pureza” habían sido abundantemente ampliadas por los doctores de la Ley.

En opinión de los rabinos de Israel, existía una lista inmensa de cosas que hacían al hombre “impuro” y que lo apartaban de la comunidad del Pueblo santo de Dios. De ahí la obsesión con los rituales de “purificación”, que debían ser cumplidos a cada momento en la vida diaria.

Uno de esos ritos consistía en lavarse las manos antes de las comidas. En su origen está, probablemente, la universalización del precepto que mandaba a los sacerdotes lavarse los pies y las manos, antes de aproximarse al altar para el ejercicio del culto (cf. Ex 30,17-21).

En la perspectiva de los doctores de la Ley, la purificación de las manos antes de las comidas, no era una cuestión de higiene, sino una cuestión religiosa. En cada momento el creyente corría el riesgo, incluso sin saberlo, de tropezar con una realidad impura y tocarla; para evitar que la “impureza” (que se le quedaba prendida en las manos) se introdujese, juntamente con los alimentos, en el cuerpo, se le exigía lavarse las manos antes de las comidas.

En Galilea, tierra en permanente contacto con el mundo pagano y donde las normas de “pureza” no eran tan rígidas como en Jerusalén, no se daba demasiada importancia al ritual de lavar las manos antes de las comidas para evitar la ingestión de “impureza”.

Los fariseos venidos de Jerusalén, siendo testigos de que los discípulos comían sin realizar el gesto ritual de la purificación de las manos, quedaron escandalizados y contaron el caso a Jesús. Probablemente la historia sirvió a los fariseos para sondear a Jesús y para averiguar su ortodoxia y su respeto por la tradición de los antiguos.

Para Jesús, la obsesión de los fariseos con los ritos externos de purificación, es síntoma de una grave deficiencia en cuanto a la forma de ver y de vivir la religión; por eso, Jesús responde al reparo de los fariseos con alguna dureza.

Partiendo de la Escrituras (v. 6-8) y del análisis de la praxis de los judíos (v. 9-13), Jesús denuncia esa vivencia religiosa que se interesa únicamente en la repetición de prácticas externas y formales, pero que no se preocupa de la voluntad de Dios (“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”, v.6) o con el amor a los hermanos. Se trata de una religión vacía y estéril (“El culto que me dan está vacío”, v. 7), que no viene de Dios sino que ha sido inventado por los hombres ( “la doctrina que enseñan son preceptos humanos”, v. 7).

A aquellos que apuestan por una religión de ritos estériles, Jesús les llama “hipócritas” (v. 6): les interesa más el “aparentar” que el “ser”, la materialidad que la esencia de las cosas.

Cumplen las reglas, pero no aman; visten, con fingimiento, la máscara de la religión, pero no se preocupan mínimamente de la voluntad de Dios. Esta religión es una mentira, una hipocresía, aunque se revista de santidad y piedad.

Después, Jesús se dirige a la multitud y formula el principio decisivo de la auténtica moralidad: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” (v. 15).

Este es el principio general, a primera vista enigmático y capaz de recibir diversas interpretaciones, y que será explicado más adelante: “Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro” (vv. 22-23).

Lo dicho por Jesús se refiere, naturalmente, a dos “circuitos” distintos: el del estómago (donde entran los alimentos que se ingieren) y el del corazón (de donde salen los pensamientos, los sentimientos y las acciones). Los alimentos que entran en el estómago no son fuente de “impureza”; pero los pensamientos y las acciones que salen del corazón del hombre sí que son fuente de “impureza”: apartan al hombre de Dios y de la comunidad del Pueblo santo.

En la antropología judía, el “corazón” es el “interior del hombre” en sentido amplio; es ahí donde está la sede de los sentimientos, de los deseos, de los pensamientos, de los proyectos y de las decisiones del hombre. Es en ese “centro vital” de donde todo parte donde es preciso actuar.

La verdadera religión no pasa, por tanto, por el cumplimiento de reglas externas, que regulan lo que el hombre come o no come, sino que pasa por una auténtica conversión de corazón, que lleve al hombre a dejar la vida vieja y a transformarse en un Hombre Nuevo, que asume y que vive los valores del Reino.

La preocupación por las reglas externas de “pureza” es una preocupación estéril, que no toca lo esencial, el corazón del hombre; así, puede servir para distraer al creyente de lo esencial, dándole una falsa seguridad y una falsa sensación de estar en regla con Dios.

La verdadera preocupación del creyente debe ser moldear su corazón, a fin de que sus sentimientos, sus deseos, sus pensamientos, sus proyectos, sus decisiones se realicen, día a día, desde la escucha atenta de los desafíos de Dios y en el amor a los hermanos.

¿Qué es lo decisivo en la experiencia religiosa?
¿Será el estricto cumplimiento de las leyes definidas por la Iglesia?
¿Serán las manifestaciones exteriores de religiosidad las que definan quien es bueno o malo, santo o pecador, amigo o enemigo de Dios?

Las “leyes” tienen su lugar en una experiencia religiosa, en cuanto señales indicadoras de un camino a recorrer. Sin embargo, es preciso que el creyente tenga el discernimiento suficiente para dar a la “ley” un valor justo, viéndola únicamente como un medio para llegar más allá en el compromiso con Dios y con los hermanos.

La finalidad de nuestra experiencia religiosa no es cumplir las leyes, sino profundizar en nuestra comunión con Dios y con los otros hombres siendo, eventualmente, ayudados en ese proceso por las “leyes” que nos indican el camino a seguir.

Si hacemos de las leyes algo absoluto, pueden convertirse, para nosotros, en un fin y no en un medio, en un camino. En ese caso, las “leyes” serán una forma de acallar nuestra conciencia, de vernos en paz con Dios, de sentir que Dios nos debe algo porque cumplimos todas las reglas establecidas; volviéndonos orgullosos y autosuficientes, pues sentimos que somos nosotros los que, con nuestro esfuerzo para estar en regla, conquistamos nuestra salvación. Dejamos de necesitar de Dios, o sólo lo necesitamos para que valore nuestro esfuerzo y para darnos aquello que juzgamos que es una “justa recompensa”.

El culto que prestamos a Dios puede convertirse, en ese caso, en un proceso interesado de compra-venta de favores y no en una manifestación del amor que nos llena el corazón. Nuestra religión será, en ese caso, una mentira, un negocio, que Dios no aprecia ni puede aprobar.

De acuerdo con las enseñanzas de Jesús, no es muy religioso o muy cristiano quien acepta todas las “leyes” propuestas por la Iglesia, o quien cumple escrupulosamente todos los ritos; sino que es un cristiano verdadero aquel que, en su corazón, se adhiere a Jesús e intenta seguirlo por el camino del amor y de la entrega, que acepta formar parte de la comunidad de los discípulos, que acoge con gratitud los dones de Dios, que celebra la fe en comunidad, que acepta realizar con los hermanos una experiencia de amor compartido.

Esto es lo que Jesús quiere decir cuando invita a sus discípulos a no preocuparse por las leyes y los ritos externos sino a preocuparse por lo que sale del corazón.
Es en el interior del hombre donde se definen los sentimientos, los deseos, los pensamientos, las opciones, los valores, las acciones del hombre. Es ahí donde nacen nuestras impurezas, discordias y violencias que destruyen las relaciones, los intentos de humillar a los hermanos, los rencores que nos impiden perdonar y aceptar a los otros, las opciones que nos hacen escoger caminos errados y que nos esclavizan a nosotros y a aquellos que caminan a nuestro lado.

La verdadera religión pasa por un proceso de continua conversión, en el sentido de parecernos cada vez más a Jesús y de acoger la propuesta de Hombre Nuevo que él nos ha venido a realizar.

Es necesario que nos mantengamos libres y críticos en relación con las “leyes” que se nos proponen, sean leyes civiles o religiosas. Son medios y deben ser consideradas como ayudas para ser más humanos, más fraternos, más justos, más comprometidos, más coherentes, más “familia de Dios”; y dejan de servir si generan esclavitud, dependencia, injusticia, opresión, marginalidad, división, muerte.

El proceso de discernimiento de las “leyes” buenas o malas no puede, con todo, ser un proceso solitario, sino que debe ser un proceso que hacemos, con el Espíritu Santo, en el compartir comunitario, en el encuentro fraterno con los hermanos, en una búsqueda coherente e interesada del mejor camino para llegar a la vida plena y verdadera.

Sant 1, 17-18. 21b-22.27 (2ª Lectura Domingo XXII de Tiempo Ordinario)

La carta de donde fue extraída nuestra segunda lectura de hoy, es un escrito de un tal Santiago (cf. St 1,1), que la tradición liga a ese Santiago “hermano” del Señor, que presidió la Iglesia de Jerusalén y del cual hablan los evangelios, accidentalmente, como hijo de una cierta María (cf. Mt 13,55; 27,56). Murió decapitado en Jerusalén en el año 62.

Sin embargo, la atribución de este escrito a tal personaje trae consigo muchas dificultades. Lo más probable es que estemos ante otro Santiago distinto, desconocido hasta ahora (el “Santiago, hijo de Alfeo”, del que se habla en Mc 3,18 y paralelos, y el “Santiago, hijo del Zebedeo” y hermano de Juan, del que se habla en Mc 1,19 y paralelos, tampoco encajan en este perfil).

Es, de cualquier forma, un autor que escribe en excelente griego, recurriendo, con frecuencia, a la “diatriba”, un género muy utilizado por la filosofía popular helénica. Se inspira particularmente en la literatura sapiencial, para extraer de allí lecciones de moral práctica; pero depende también profundamente de las enseñanzas del Evangelio. Se trata de un sabio judeocristiano que repiensa, de manera original, las máximas de la sabiduría judía, en función del cumplimiento que estas encuentran en la boca y en las enseñanzas de Jesús.

La carta fue enviada “a las doce tribus que viven en la Diáspora” (St 1,1). Probablemente, la expresión alude a los cristianos de origen judío, dispersos por el mundo grecorromano, sobre todo en las regiones próximas a Palestina, como en Siria o en Egipto; pero, en general, la carta parece dirigirse a todos los creyentes, exhortándoles a que no pierdan los valores cristianos auténticos heredados del judaísmo a través de las enseñanzas de Cristo.

Denuncia, sobre todo, ciertas interpretaciones consideradas abusivas de la doctrina paulina de la salvación por la fe, subrayando la importancia de las obras; y ataca con extrema severidad a los ricos (cf. St 1,9-11; 2,5-7; 4,13-17; 5,1-6).

Nuestro texto pertenece a la primera parte de la carta (cf. St 1,2-27). Ahí, el autor presenta, en un conjunto de desarrollos y de sentencias, aparentemente sin orden ni lógica, una síntesis de la carta, pues ofrece un breve panorama de los problemas que le preocupan y que va a tratar en los capítulos siguientes.

Los versículos de la Carta de Santiago que se nos proponen como segunda lectura, reflexionan sobre la Palabra de Dios. El autor de la carta no desarrolla un razonamiento continuado, sino que va señalando distintos aspectos relacionados con la forma como los creyentes deben ver y acoger la Palabra de Dios.

1. Dios ofrece continuamente al hombre sus dones, a fin de proporcionarle vida y felicidad (v. 17). La Palabra de Dios es un don que el “Padre de los astros” ofrece al hombre y está destinada a generar una nueva humanidad. Los creyentes, iluminados por la “Palabra de la verdad” que les viene de Dios, pueden caminar con seguridad en dirección a la vida plena, la felicidad sin fin (v. 18).

2. Los creyentes deben estar siempre disponibles para acoger la Palabra de Dios. No pueden cerrarse en su orgullo y autosuficiencia, ignorando las propuestas de Dios, sino que deben abrir el corazón para que la Palabra enviada por Dios encuentre su lugar ahí, y pueda echar raíces y desarrollarse (v. 21b).

3. La escucha y la acogida de la Palabra tiene, con todo, que conducir a la acción. La escucha de la Palabra de Dios tiene que conducir a la conversión, al cambio, al abandono de la vida vieja del egoísmo y del pecado, para así poder abrazar una vida según Dios. La escucha de la Palabra de Dios tampoco puede cerrar al hombre en un espiritualismo alienante y estéril, sino que tiene que conducirlo a un compromiso efectivo para la transformación del mundo (v. 22).

4. En el último versículo de nuestra lectura (v. 27), el autor de la carta describe la religión auténtica (por oposición a la religión vacía, inoperante, muerta, de aquellos que hablan mucho pero no practican en coherencia con sus palabras, v. 26): “visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo”. Uniendo este versículo con el tema central del resto de la lectura (la Palabra de Dios) podemos decir que es la escucha atenta de la Palabra de Dios la que nos proyecta a la acción y al compromiso.

La escucha de la Palabra de Dios lleva al creyente a pasar de una religión ritual, legalista, externa, superficial, a una religión de efectivo compromiso con la realización del proyecto de Dios y con el amor a los hermanos.

Nuestra sociedad padece una superabundancia de palabras, y la palabra se ha desvalorizado. Nos habituamos a no tomar demasiado en serio las palabras que escuchamos y a no concederles crédito.

Nuestro texto valora la Palabra de Dios y subraya su importancia en el sentido de que nos conduce al encuentro de la vida verdadera y eterna.
Es necesario que demos a la Palabra que Dios nos dirige un peso infinitamente superior al de las palabras sin sentido que todos los días llenan nuestros oídos y que intoxican nuestra mente.

La Palabra de Dios es Palabra generadora de vida, de eternidad, de felicidad; por eso, debe ser tan valorada por nosotros.

El exceso de palabras (¡auténtica polución sonora!) lleva también, a la dificultad para escuchar con atención.
No tenemos tiempo ni paciencia para escuchar todos los disparates, todas las conversaciones sin sentido, toda la verborrea de aquellos a los que les gusta oírse a sí mismos, aunque no digan nada.

Por otro lado, las exigencias de la vida moderna, el trabajo excesivo, las prisas, limitan mucho nuestra posibilidad de escuchar.
Creamos hábitos de no escucha y nos convertimos en sordos ante las llamadas que llegan hasta nosotros a través de la palabra.

Nuestra lectura nos invita, mientras tanto, a encontrar tiempo y disponibilidad para escuchar a Dios que nos habla y que, a través de la Palabra que nos dirige, nos presenta sus propuestas, para nosotros y para el mundo.

La Palabra de Dios que escuchamos y que acogemos en el corazón, debe conducirnos a la acción. Si nos quedamos únicamente en la escucha y contemplación de la Palabra, se hace estéril e inútil. Es necesario transformar esa Palabra que escuchamos en gestos concretos, que nos lleven a la conversión y que aporten un crecimiento de vida para el mundo.

La Palabra de Dios que escuchamos tiene que llevarnos al compromiso, a la lucha por la justicia, por la paz, por la dignidad de nuestros hermanos, por los derechos de los pobres, por un mundo más fraterno y más cristiano.

Nuestra religión, sin la escucha atenta y comprometida de la Palabra de Dios, puede fácilmente convertirse en mero cumplimiento de ritos, en fidelidad a ciertas prácticas de piedad, en una tradición que heredamos y en la que nos instalamos, en una práctica que hace más fácil nuestra inserción en un determinado medio social, en una alienación que nos hace olvidar ciertos dramas de nuestra vida.

Es la Palabra de Dios que, proponiéndonos una escucha continua de Dios y de sus proyectos y un compromiso continuamente renovado en la construcción del mundo, la que da sentido a toda nuestra experiencia religiosa, y la transforma en una verdadera experiencia de vida nueva, de vida auténtica.

Dt 4, 1-2. 6-8 (1ª Lectura Domingo XXII de Tiempo Ordinario)

El Libro del Deuteronomio es aquél “libro de la Ley” o “libro de la Alianza” descubierto en el Templo de Jerusalén en el 18º año del reinado de Josías (622 a. de C.) (cf. 2 Re 22).

En este libro, los teólogos deuteronomistas, originarios del Norte (Israel) pero, sin embargo, refugiados en el sur (Judá) tras de las derrotas de los reyes del norte frente a los asirios, presentan los datos fundamentales de su teología: hay un solo Dios, que debe ser adorado por todo el Pueblo en un único lugar de culto (Jerusalén); ese Dios amó y eligió a Israel e hizo con él una alianza eterna; y el Pueblo de Dios debe ser un único Pueblo, la propiedad personal de Yahvé (por tanto, no tienen ningún sentido las cuestiones históricas que llevaron al Pueblo de Dios a la división política y religiosa, después de la muerte del rey Salomón).

Literariamente, el libro se presenta como un conjunto de tres discursos de Moisés, pronunciados en las planicies de Moab. Presintiendo la proximidad de su muerte, Moisés deja al Pueblo una especie de “testamento espiritual”: recuerda a los hebreos los compromisos asumidos para con Dios y les invita a renovar su alianza con Yahvé.

El texto que hoy se nos propone forma parte del primer discurso de Moisés (cf. Dt 1,6-4,43). En la primera parte de ese discurso (cf. Dt 1,5-3,29), en estilo narrativo, el autor deuteronomista pone en boca de Moisés un resumen de la historia del Pueblo, desde la estancia en el Horeb/Sinaí, hasta la llegada al monte Pisga, en Transjordania; en la parte final de ese discurso (cf. Dt 4,1-43) el autor presenta, en estilo exhortativo, un pequeño resumen de la alianza y de sus exigencias.

Esta sección final del primer discurso de Moisés comienza con la expresión “y ahora, Israel…”, que enlaza esta sección con la precedente: se manifiesta así que el compromiso que ahora se pide a Israel se apoya en los acontecimientos históricos anteriormente expuestos. La acción de Dios a lo largo del caminar del Pueblo por el desierto debe conducir a un compromiso.

El capítulo 4 del Libro del Deuteronomio es un texto redactado, muy probablemente, en la fase final del Exilio del Pueblo de Dios en Babilonia.

Perdido en una tierra extranjera y conviviendo con una cultura extraña, hostigado cuando intenta afirmar su fe en Yahvé y celebrarla a través del culto, impresionado por el esplendor ritual y las solemnidades del culto babilónico, el Pueblo bíblico corría el riesgo de cambiar a Yahvé por los dioses babilónicos. Es en este contexto en el que los teólogos de la escuela deuteronomista van a invitar al Pueblo a contemplar su propia historia (cf. Dt 1,6-3,29), a redescubrir en ella la presencia salvadora y amorosa de Yahvé y a comprometerse de nuevo con Dios y con la Alianza.

Ese Dios que, en el pasado, intervino en la historia para salvar y liberar a Israel, es el mismo Dios que, ahora, ofrece a su Pueblo leyes y preceptos.

¿Por qué Israel debe acoger y practicar esas leyes y preceptos que Dios le propone?

En primer lugar como forma de gratitud: es la respuesta de Israel a ese Dios libertador, que mil veces actuó en el pasado para salvar a su Pueblo.

En segundo lugar porque las leyes y preceptos del Señor son, incuestionablemente, un camino que conduce al Pueblo por el camino de la felicidad y de la libertad.

En cualquier caso, el vivir de acuerdo con las leyes y los preceptos de Yahvé ayudará al Pueblo a concretar todos sus sueños y esperanzas, sobre todo el gran sueño de establecerse en una tierra, escapando de los peligros e incomodidades de la vida nómada (v. 1).

Israel debe, con todo, tener cuidado para no adulterar las leyes y preceptos que Dios le propone. Hay siempre el peligro de que los hombres adapten la Palabra de Dios, de forma que sirva a sus intereses; siempre existe el peligro de que los hombres suavicen la Palabra de Dios, de forma que no sea tan exigente; siempre existe el peligro de que los hombres supriman de la Palabra de Dios aquello que les molesta; siempre se da el peligro de que los hombres interpreten algo de la Palabra de Dios, atribuyendo a Dios ideas y propuestas con las cuales Dios no tiene nada que ver. Israel tiene que resistir a estas tentaciones: la Palabra de Dios debe ser una propuesta cerrada que el Pueblo se esforzará en cumplir íntegramente (v. 2).

En la parte final del texto que se nos propone, el catequista deuteronomista manifiesta su orgullo por el hecho de que Israel sea un Pueblo especial, el Pueblo elegido de Dios.

Esa elección se manifiesta en la presencia amorosa y liberadora de Yahvé junto a su Pueblo (“¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos?”, v. 7), en el don de la Ley y en la “sabiduría” presente en esas leyes y preceptos que el Señor dio a Israel, a fin de conducirlo por los caminos de la historia (“Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?”, v. 8).

Israel, Pueblo “de dura cerviz”, no siempre acogió y cumplió las leyes y los preceptos que el Señor le propuso; pero en los círculos religiosos de Israel se procuraba siempre mostrar al Pueblo que esa Ley era una propuesta segura para llegar a la vida plena, a la felicidad. Esa es la convicción que nuestro catequista deuteronomista deja transparentar en esta “homilía” que nos ofrece.

El autor de este texto es, antes de nada, un creyente con un enorme aprecio por la Palabra de Dios. Ve en las leyes y preceptos de Dios un camino seguro para la felicidad y para la vida en plenitud. Por eso recomienda insistentemente a su Pueblo que acoja la Palabra de Dios y se deje guiar por ella.

¿Qué importancia asume la Palabra de Dios en mi existencia?
¿Consigo encontrar tiempo y disponibilidad para escuchar, para meditar e interiorizar la Palabra de Dios, de forma que ella informe mis valores, mis sentimientos y mis acciones?

Para muchos de nuestros contemporáneos, las leyes y preceptos de Dios son un camino de esclavitud, que condicionan la autonomía y que limitan la libertad del hombre; para otros, las leyes y preceptos de Dios son una moral superada, que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que debe permanecer, cubierta de polvo, en el museo de la historia.

En contrapartida, para el catequista que nos ofrece esta reflexión del Libro del Deuteronomio, la Palabra de Dios es un camino siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud del egoísmo y que le conduce al encuentro de la verdadera vida y de la verdadera libertad. De hecho, la escucha atenta y el compromiso firme con la Palabra de Dios es, para los creyentes, una experiencia liberadora: nos salva del egoísmo, del orgullo, de la autosuficiencia y nos proyecta hacia el amor, el compartir, el servicio, hacia la donación de la vida.

Una de las insistentes recomendaciones de nuestro texto es la de no adulterar la Palabra de Dios, por los intereses personales de los hombres. Existe siempre el peligro, ya sea en nuestra reflexión personal, ya en nuestro compartir comunitario, de adaptar la Palabra según nuestros intereses, de suavizar su radicalidad, de reducir los aspectos que cuestionan, o de hacerle decir cosas que no vienen de Dios.

Es preciso preguntarnos constantemente si la Palabra que vivimos y anunciamos es la Palabra de Dios o es nuestra “palabra”, si transmite los valores de Dios o nuestros valores personales, si testimonia la lógica de Dios o nuestra lógica humana.
Este proceso de discernimiento es más fácil cuando es realizado en comunidad, en diálogo y en confrontación con los hermanos que caminan con nosotros, que nos cuestionan y que comparten con nosotros su perspectiva de las cosas.

Nosotros, los creyentes comprometidos andamos siempre muy ocupados en hacer cosas bonitas en el sentido de cambiar el mundo, en un activismo a veces exagerado y que, poco a poco, nos va haciendo perder el sentido de nuestra acción o de nuestro testimonio.

En medio de esa actividad frenética, tenemos que encontrar tiempo para escuchar a Dios, para meditar sus propuestas, para repensar sus leyes y preceptos, para descubrir el sentido de nuestra acción en el mundo.

Sin la escucha de la Palabra, nuestra acción se convierte en un “hacer cosas” estéril y vacío que, más tarde o más temprano, nos lleva a perder el sentido de nuestro testimonio y de nuestro compromiso.

Comentario al evangelio – 27 de agosto

Empieza esta semana con la memoria de santa Mónica, ejemplo de perseverancia en la oración para pedir la conversión de su hijo. La insistencia de una madre todo lo puede. Vaya en primer lugar una oración por nuestras madres, allá donde se encuentren

Y vayamos con la Palabra de hoy. Más de los fariseos, otra de las disputas de Cristo con ellos. Podemos decir que, en general, los fariseos eran gente que se esforzaba por alcanzar la salvación. Entonces, ¿por qué fallaron? ¿Por qué no pudieron  ver en Jesús como Mesías? Parece que hoy esta Palabra nos da algunas pistas. 

Estos hombres, a través de sus doctrinas, de su interpretación de la ley y de sus prácticas, habían dejado sin efecto los mandamientos de Dios. Queriendo acercarse a Él, se habían alejado. Era más importante el diezmo que atender a los padres, por ejemplo.

Por otra parte, la salvación se había convertido en algo para una élite exquisita, perteneciente a una casta exclusiva. Y Jesús nos recuerda siempre que su salvación es para todos. Por eso, lo que decimos, lo que hacemos, debe estar orientado a nuestra salvación, sí, pero también a la de los demás.

Algunos, por lo que podemos leer, hicieron un uso perverso de la religión, buscando aprovecharse de los demás, impresionarlos demostrar lo mucho que sabían y lo buenos que eran. ¡Qué malos eran estos fariseos! Por cierto, tú,  ¿para qué eres cristiano? ¿Para qué trabajas en la parroquia, para qué eres catequista, para qué haces cosas en Cáritas…? ¿Para que te vean y digan qué bueno eres, o para mayor gloria de Dios? Revisión de motivaciones, para no ser fariseos…

Las Hermanas de Teresa de Calcuta rezan todos los días, después de la Misa, una oración en la que piden que la luz de Cristo brille a través de ellas. No su luz, sino la luz de Cristo. Eso, quizá, es lo que no entendieron los fariseos. Lo primero, Cristo. Después, ya veremos.

Los escribas y los fariseos hacían finas distinciones entre los tipos de juramento con los que uno podía comprometerse. Está claro que no era esa la idea del juramento, como Jesús les hace ver. Nosotros, que no somos fariseos, podemos hacer algo parecido hoy. Por ejemplo, cuando damos mucha importancia a algunos mandamientos, mientras que otros no cuentan para la salvación. O cuando pontificamos, diciendo yo pienso así y me parece, en vez de enseñar a la gente lo que dijo Cristo y lo que nos dejó en la Biblia.

Vale por ahora. Nos podemos quedar con la enseñanza de la santa de hoy. No es imposible ser sencillo, ser fiel y ser santo. Santa Mónica lo fue. Puedes leer algo sobre su vida aquí. Ella supo encontrar un buen Guía, para ella y para su hijo.