El moralista

Aquella mañana, con los titulazos del periódico a la vista, exclamé: No me gustan muchas personas de mi tiempo.
 
Bueno, me gustan porque son personas y hermanos míos; ¡pero no me va lo que hacen!
Mancillan el amor y han conseguido que los jóvenes, los hombres y las mujeres de mi pueblo se avergüencen de ser puros.
Han logrado colorar de sexo, fisiología y erotismo todo lo que tocan. ¡Y llegan al colmo de la felicidad cuando pueden mezclar violencia y erotismo!
Creo que mi pueblo se animalizó, sujetándose a los instintos.
Yo no soy de piedra, Señor; y claro que me pica la curiosidad ante ciertos títulos y ciertas fotos que ellos sirven al público. Sería un fariseo, mentiroso y fingidor si negase que a veces miro y leo semejantes aberraciones. Cuestan sólo lo que un botellín de cervez; ¿por qué no leer?
Pero no me gusta.
A pesar de todo el criterio que tengo, eso me incomoda y rebaja. ¡Tiene que ser mucho peor para quienes no tienen ninguna noción de lo que significa ser persona! Estos saben que es falso, pero de tanto leer acaban con la cabeza embotada.
Me da rabia no ver el mismo esfuerzo en quienes dicen que te aman.
La gente se comporta como aquel padre que, viendo a un tipo indeseable en acto de agredir a su hijoa menor o pateando a uno de sus hijos adolescentes, se limita a hablar, sin hacer nada para impedir la agresión.
Todo el mundo habla de estas publicaciones, diciendo que si se las retorciera destilarían sangre… ¡Pero su tirada sigue aumentando!
¡Y venga a hablar de suciedad y de podredumbre, enfoscando de porquería todo lo que les viene a mano! Y a gente ríe. Y no hace nada. Y hasta se aprovechan de un periodismo que reconocen absolutamente falto de seriedad.
Estamos rodeados de aprovechones, Señor.
Consiguen ensartar los títulos más agraciados para los acontecimientos más desgraciados.
Logran lanzar las sospechas más nauseantes contra las personas que cayeron en el fango… siendo así que ellos mismos fueron hundiéndolas día a día.
¡Son unos criminales, Señor, y nadie les castiga!
Saben muy bien que matan, y se quedan riendo de quien no consigue probarlo.
Cuentan detalladamente el crimen, el estrupo, la suciedad, la indecencia, y muestran fotos, y llaman la atención hacia las peores perversidades humanas… ¡y venden toda esa bazofia al pueblo que a veces anda con el dinero justito para las necesidades más perentorias!
Así las cosas, me da vergüenza también decir que tú has existido, Señor.
* * *
Y le enseñé a Jesús las páginas de aquel detestable papel.
Por la noche, pensando todavía en aquella aberración criminal de comunicación, me dije a mí mismo, frustrado: 
— Nada se adelanta con seguir gritando. Nadie va a tomarme en serio. A lo más, probarán que soy un tarado o un moralista memo, que no sabe ver el valor en el erotismo y en la violencia.
Y continué pensando en la chiquilla forzada por su propio padre y que había venido, llorosa, a pedir socorro la semana anterior. ¡Hubiera sido un titulazo en aquel periódico!
Por suerte, aparte de ese canalla, hay gente buena; por ejemplo, la pareja de psiquiatras a quienes se la confié. Ellos sabían guardar el secreto y demostrarle que existe una dignidad humana.
¡Lástima que éstos no alcancen a quinientos mil lectores diarios!
P. Zezinho