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Archive for 3/09/18

SAN GREGORIO MAGNO, papa y doctor de la Iglesia (MEMORIA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: VERBO DE DIOS, ETERNA LUZ DIVINA.

Verbo de Dios, eterna luz divina,
fuente eternal de toda verdad pura,
gloria de Dios, que el cosmos ilumina,
antorcha toda luz en noche oscura.

Palabra eternamente pronunciada
en la mente del Padre, ¡oh regocijo!,
que en el tiempo a los hombres nos fue dada
en el seno de Virgen, hecha Hijo.

Las tinieblas de muerte y de pecado,
en que yacía el hombre, así vencido,
su verdad y su luz han disipado,
con su vida y su muerte ha redimido.

Con destellos de luz que Dios envía,
no dejéis de brillar, faros divinos;
de los hombres y pueblos sed su guía,
proclamad la verdad en los caminos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Ant 2. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Salmo 113 B – HIMNO AL DIOS VERDADERO.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria;
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Ant 3. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA BREVE   St 3, 17-18

La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.

RESPONSORIO BREVE

V. En la asamblea le da la palabra.
R. En la asamblea le da la palabra.

V. Lo llena de espíritu, sabiduría e inteligencia.
R. Le da la palabra.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En la asamblea le da la palabra.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El papa san Gregorio realizaba en su vivir lo que enseñaba con sus labios; así fue ejemplo vivo de aquella vida cristiana que explicó con su palabra.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El papa san Gregorio realizaba en su vivir lo que enseñaba con sus labios; así fue ejemplo vivo de aquella vida cristiana que explicó con su palabra.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios has glorificado a tu Iglesia,
haz que todos los cristianos resplandezcan por su virtud.

Tú que por la oración de los santos pastores, que a semejanza de Moisés oraban por el pueblo, perdonaste los pecados de tus fieles,
purifica y santifica también ahora a la santa Iglesia por la intercesión de los santos.

Tú que de entre los fieles elegiste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los consagraste como ministros en bien de sus hermanos,
llena también de tu Espíritu a todos los pastores del pueblo de Dios.

Tú que fuiste la heredad de los santos pastores,
no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre viva alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por medio de los pastores de la Iglesia das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Digamos juntos la oración que Cristo nos enseñó como modelo de toda oración:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que cuidas a tu pueblo con ternura y lo gobiernas con amor, te pedimos que, por intercesión del papa san Gregorio Magno, concedas el espíritu de sabiduría a quienes has establecido como maestros y pastores de la Iglesia, para que así el progreso de los fieles constituya el gozo eterno de sus pastores. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Lunes, 3 Septiembre, 2018

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 4,16-30
Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor
.
Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.» Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca.
Y decían: «¿Acaso no es éste el hijo de José?» Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria.» Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
«Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
Al oír estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

3) Reflexión

• Hoy comenzamos a meditar el Evangelio de Lucas, que se prolonga a lo largo de tres meses, hasta el final del año eclesiástico. El evangelio de hoy nos habla de la visita de Jesús a Nazaret y de la presentación de su programa a la gente de la sinagoga. En un primer momento, la gente queda admirada. Pero, al darse cuenta de que Jesús quiere acoger a todos, sin excluir a nadie, la gente se rebela y quiere matarlo.
• Lucas 4,16-19: La propuesta de Jesús. Impulsado por el Espíritu Santo, Jesús ha vuelto a Galilea (Lc 4,14) y empieza a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios. Va a las comunidades, enseña en las sinagogas y llega a Nazaret, donde se había criado. Vuelve a la comunidad, donde había participado desde pequeño, y durante treinta años. El sábado después, y como solía hacer, Jesús va a la sinagoga para participar en la celebración, se levanta para hacer la lectura. Escoge un texto de Isaías que habla de los pobres, de los presos, de los ciegos y de los oprimidos (Is 61,1-2). Este texto refleja la situación de la gente de Galilea en el tiempo de Jesús. La experiencia que Jesús tenía de Dios Padre, lleno de amor, le daba una mirada nueva para observar la realidad. En nombre de Dios, Jesús toma postura en defensa de la vida de su pueblo y, con las palabras de Isaías, define su misión: (1) anunciar la Buena Nueva a los pobres, (2) proclamar a los presos la liberación, (3) devolver la vista a los ciegos, (4) devolver la libertad a los oprimidos y, retomando la antigua tradición de los profetas, (5) proclamar “un año de gracia de parte del Señor”. ¡Proclama el año del jubileo!
• En la Biblia, el “Año del Jubileo” era una ley importante. Cada siete años, inicialmente, (Dt 15,1; Lev 25,3), era necesario devolver las tierras a los clanes de los orígenes. Todos debían poder volver a su propiedad. Y así se impedía la formación de latifundios y se garantizaba la supervivencia de las familias. Era necesario perdonar también las deudas y rescatar a las personas que se habían tomado como esclavos (Dt 15,1-18). No fue fácil realizar el año del jubileo cada siete años (Cf. Jer 34,8-16). Después del exilio, se decidió hacerlo cada cincuenta años (Lev 25,8-12). El objetivo era y sigue siendo: reestablecer los derechos de los pobres, acoger a los excluidos y reintegrarlos en la convivencia. El jubileo era un instrumento legal para volver al sentido original de la Ley de Dios. Era una ocasión ofrecida por Dios para hacer una revisión del camino, para descubrir y corregir los errores y empezar de nuevo. Jesús empieza su predicación proclamando un Jubileo “Un año de gracia del Señor”.
• Lucas 4,20-22: Enlazar Biblia y Vida. Terminada la lectura, Jesús actualiza el texto de Isaías diciendo: “¡Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy!” Asumiendo las palabras de Isaías como palabras suyas, Jesús les da un sentido pleno y definitivo y se declara mesías que viene a cumplir la profecía. Esta manera de actualizar el texto provoca una reacción de rabia entre los que se encuentran en la sinagoga. Quedan escandalizados y no quieren saber nada de él. No aceptan que Jesús sea el mesías anunciado por Isaías. Decían: “¿Acaso no es éste el hijo de José?” Quedan escandalizados porque Jesús habla de acoger a los pobres, a los ciegos y a los oprimidos. La gente no acepta la propuesta de Jesús. Y así en el momento en que presenta el proyecto de acoger a los excluidos, el mismo es excluido.
• Lucas 4,23-30: Superar los límites de la raza. Para ayudar a la comunidad a que supere el escándalo y para hacerle entender que su propuesta forma parte de la tradición, Jesús cuenta dos historias de la Biblia que eran conocidas: la historia de Elías y la historia de Eliseo. Las dos historias critican la cerrazón mental de la gente de Nazaret. Elías fue enviado a la viuda de Sarepta (1 Re 17,7-16). Eliseo fue enviado a ocuparse del extranjero de Siria (2 Reyes 5,14). Despunta aquí la preocupación de Lucas que quiere mostrar que la apertura hacia la gente viene de Jesús. Jesús tuvo las mismas dificultades que estaban teniendo las comunidades en tiempo de Lucas. Pero la llamada de Jesús no aplacó los espíritus. ¡Fue todo lo contrario! Las historias de Elías y de Eliseo provocaron más rabia aún… La comunidad de Nazaret llegó al punto de querer matar a Jesús. Pero él mantuvo la calma. La rabia de los demás no consiguió desviarle del camino. Lucas muestra así lo difícil que es superar la mentalidad del privilegio y de la cerrazón.
• Es importante notar los detalles en el uso del Antiguo Testamento. Jesús cita el texto de Isaías hasta donde dice: “proclamar un año de gracia de parte del Señor”. Corta todo lo demás de la frase que decía: “y un día de venganza de nuestro Dios“. La gente de Nazaret queda escandalizada ante Jesús al oír que quiere ser el mesías, porque quiere acoger a los excluidos y porque ha omitido la frase sobre la venganza. Quieren que el Día de Yahvé sea un día de venganza contra los opresores del pueblo. En este caso, la venida del Reino no sería más que un cambio superficial y no un cambio o conversión del sistema. Jesús no acepta esta manera de pensar, no acepta la venganza (cf. Mt 5,44-48). Su nueva experiencia de Dios como Padre/Madre le ayudaba a entender mejor el sentido de las profecías.

4) Para la reflexión personal

• El programa de Jesús consiste en acoger a los excluidos. Y nosotros ¿acogemos a todos, o excluimos a algunos? ¿Cuáles son los motivos que nos llevan a excluir a ciertas personas?
• El programa de Jesús, ¿está siendo realmente nuestro programa, o mi programa? ¿Cuáles son los excluidos que deberíamos acoger mejor en nuestra comunidad? ¿Qué es lo que me da fuerza para realizar la misión que Jesús nos dio?

5) Oración final

¡Oh, cuánto amo tu ley!
Todo el día la medito.
Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos,
porque es mío para siempre. (Sal 119,97-78)

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La liturgia del Domingo 23 del Tiempo Ordinario nos habla de un Dios comprometido con la vida y la felicidad del hombre, continuamente empeñado en renovar, en transformar, en recrear a la persona, para hacerle alcanzar la vida plena del Hombre Nuevo.

En la primera lectura un profeta de la época del exilio en Babilonia asegura a los exiliados, hundidos en el dolor y la desesperanza, que Yahvé está preparado para venir al encuentro de su Pueblo, para liberarlo y para conducirlo a su tierra.

En las imágenes de los ciegos que vuelven a contemplar la luz, de lo sordos que vuelven a oír, de los cojos que saltan como venados y de los mudos que cantan con alegría, el profeta presenta esa vida nueva, excesiva, abundante, transformadora, que Dios va a ofrecer a Judá.

En el Evangelio Jesús, cumpliendo el mandato que el Padre le confió, abre los oídos y suelta la lengua de un sordomudo. En el gesto de Jesús, se revela ese Dios que no se conforma cuando el hombre se cierra en el egoísmo y en la autosuficiencia, rechazando el amor, el compartir, la comunión.

El encuentro con Cristo lleva al hombre a salir de su aislamiento y a establecer lazos familiares con Dios y con todos los hermanos, sin excepción.

La segunda lectura se dirige a aquellos que acogen la propuesta de Jesús y se comprometen a seguirle por el camino del amor, del compartir, de la donación.

Les invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres.

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Iglesia

Soy miembro de una Iglesia pecadora que tiene una historia milenaria y un pasado más humano de lo que yo gustaría admitir.
No se me consultó respecto a mi ingreso en las filas de los seguidores de Jesús de Nazaret. Mis padres, sin calar demasido en lo que estaban haciendo, me llevaron a un sacerdote de esa religión y dijeron que me querían ver signado con la cruz de Jesucristo.
Crecí sin que nadie me preguntase qué opinaba del mundo y sin que nadie me explicara qué clase de compromiso había asumido con Jesús de Nazaret.
Cuando me hice joven, alguien por fin me dijo que yo formaba parte de un reino que traía, en su entraña, las semillas de un mundo más humano y fraternal y, junto a ellas, la cizaña de la insensatez humana.
Y fui a ver la historia de los seguidores de Jesús, descubriendo lo que yo no hubiera querido:
Guerras santas,
opresión,
imposición,
coacción,
connivencia con el poder temporal,
tergiversación,
manipulación de los sentimientos humanos
y una incesante canonización de lo incanonizable.
Vi las increíbles incoherencias del pasado,
tratadas como obra de Dios;
la verdad vivida con reticencias y exclamaciones,
pero sin interrogaciones;
la inseguridad aclamada como prudencia apostólica,
y la imprudencia proclamada como osadía carismática.
Vi al político frustrado, disfrazado de profeta de Jesucristo; y al profeta, convertido a la misión de taumaturgo social.
Vi a mi pueblo pecador moldeando un Jesucristo de yeso y conservándolo tierno para seguir amoldándolo al cariz de las ideologías reinantes.
Y me dije:
— ¡Santo Dios, en qué Iglesia fui a nacer! Llena de divisiones humanas, llena de individualismos contrastantes; instalada. Ahora ya lo sé: mi Iglesia no es ni una, ni santa, ni católica, ni apostólica.
— ¡No digas eso! —gritaron dentro de mí la fe y la conciencia.
— ¡Di que sí! —me susurró el Señor—: ¡Es preciso que mi pueblo pase del proyecto a la realidad!
 
Y volví a leer lo de las guerras santas, la opresión, la imposición de la fe, la coacción, la connivencia con el orden establecido, la politización y el partidismo de una Iglesia que, en cambio, debería elevar y humanizar los sistemas.
Y la cosa acabó gustándome haber nacido católico.
Gracias a Dios nací en una Iglesia que no ha sido todavía definitivamente salvada y, por tanto, peude todavía acoger al Espíritu.
P. Zezinho

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A contracorriente

65. Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo.

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LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA LIBERACIÓN

Me gustaría que nos aclaráramos todos de una vez. Anda por ahí una falsa imagen de la Iglesia, transmitida de boca en boca, que siembra la sospecha y la desconfianza. Se la acusa a la Iglesia, o a una fracción de ella, de comunista o de revolucionaria. Esto es un arma fenomenal en manos de quienes no están de acuerdo con la tímida línea postconciliar de la Iglesia. Con este rumor, en el que se habla de infiltraciones, se trata de desconcertar y atemorizar.

Quisiera decir que quienes piensan así tienen una falsa idea de la Iglesia. Creen que la Iglesia que está en camino de reformarse se va a ir de una facción para pasar a otra. No abandona la Iglesia el capitalismo, para hacerse pilar del socialismo; no abandona un color político, para corromperse con las intrigas de otro. La Iglesia va caminando hacia el reencuentro de su libertad, para poder servir así mejor al pueblo humano en el que vive. La Iglesia no es un sistema que tiene como misión amparar al sistema político de la sociedad en la que vive, sino un espíritu al servicio de la implantación del Reino de Dios.

La Iglesia es un Espíritu, pero no desencarnado. Por eso puede y debe sentir con los hombres, con la historia, estar presente en todo, apoyar lo bueno, enjuiciar las situaciones, contestarlas. Ella, por otro lado, también está sujeta a la influencia benéfica de su tiempo, a la crítica de sus contemporáneos y hasta a la contestación justa. Además, es proclive a sufrir la persecución. ¡Qué buen síntoma para tomar conciencia de la salud de la Iglesia es la persecución! (Jn 15, 18 ss.).

Pero protestemos hoy contra ella. Quejémonos de las calumnias. Afirmémonos en la misión de la Iglesia. No es comunista la comunidad cristiana porque el evangelio le lleve a denunciar la injusticia y a trabajar con todas sus fuerzas en contra de ella. En lugar de acusar a la Iglesia, nos deberíamos convertir ante el evangelio. Pero somos hijos de este mundo injusto y nos cerramos a él (Jn 17, 14).

La Iglesia de Dios debe seguir los mismos pasos que El le ha mar- cado e imitarle. Dios no puede estar conforme con este mundo injusto, desquiciado, que nos hemos fabricado. Cuando un creyente descubre el plan de Dios se encuentra, inmediatamente, desencajado del plan del mundo. ¿Cómo no manifestar esta disconformidad? ¿Qué voluntad o ley puede impedirnos colaborar con la Palabra de Dios sobre el mundo?

Dios mismo no permanece indiferente ante la suerte de los hombres. ¡Acúsenle de revolucionario al Dios del Éxodo! El tiene la responsabilidad de que todo un pueblo se levantara contra la opresión y la explotación en el trabajo. El condujo al pueblo, con brazo fuerte, hasta la orilla de la libertad. Luchó contra todos los opresores (Ex 3-15).

Nuestro Dios es un Dios comprometido con la marcha del mundo con Alianza eterna. Mantiene «su fidelidad, para hacer justicia a los oprimidos, dar pan a los hambrientos, libertad a los cautivos» (Sal 145, 6-7). Esto es lo que significa «despegar los ojos al ciego, abrir los oídos del sordo, hacer saltar al cojo, desatar la lengua del mudo» (Is 35, 5-6; Le 4, 16 ss.). Es el Dios del «desquite» en favor del pobre (Is 35, 4). «Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados» (Sal 145, 9). «De la opresión y de la violencia sacará el alma de los pobres, su Sangre será preciosa ante sus ojos» (Sal 71, 14).

Nuestro Dios no está conforme con la situación del mundo. «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… Dijo: mira que hago un mundo nuevo» (Apoc 21, 1.5). ¿Cómo podemos estar nosotros de acuerdo con este mundo? No aceptamos el desierto, ni el campo de batalla, ni la explotación organizada, ni lo que se ponga por encima del respeto al hombre. Tenemos fe en que pueden «brotar aguas en el desierto y torrentes en la estepa» (Is 35, 6-7). Creemos en que los mudos pueden hablar (Mc 7, 31-37), a pesar de que se les amordace, aunque se les haya imposibilitado, como si se les hubiera cortado la lengua. Hay un impulso en el hombre evangélico, que hace que pueda pronunciar una palabra, aunque le quiten la palabra. La muerte es la última palabra de protesta, que ni el mismo que mata puede acallar.

Estamos con Dios en. querer abrir los ojos de los ciegos, de los que están «atontados» por el clamor de la propaganda dirigida, de los que el cúmulo de las pequeñas cosas que tienen les impide ver más horizonte. Estamos con Dios en levantar los yugos de la esclavitud, por muy pesados que sean. Queremos la libertad de la que todo hombre debe gozar, aunque sea poca y peligrosa. Sabemos que es posible que se enderecen todos los tullidos. Y lo queremos. Queremos despertar a los dormidos, para que se den cuenta de que no son paralíticos. El evangelio de Dios convoca a todos los hombres, para comenzar a rehacer este mundo, según los valores de su Reino.

Creemos en Jesús; como Salvador nuestro y Salvador de todos. Y creer en Jesús no nos deja indiferentes, sino que nos convierte en ciudadanos del mundo nuevo en medio del mundo viejo. Cristo quiere que nosotros seamos simiente que crece (Mt 13, 31), levadura que fermenta (v. 33), luz que ilumina (Mt 5, 14), espada que corta (Mt 10, 34), fuerza que destruye y construye (Jer 1, 10). ¿Cómo podremos llamarnos cristianos y no serlo? ¿Podríamos traicionar a nuestro Cristo? ¿Es más importante obedecer a los hombres que a Dios? (Hech 4, 19).

Una Iglesia surge por los caminos del mundo, curando a los pobres, llamando a los ricos a la conversión. Iglesia escandalosa para los ricos. Pero Dios y Cristo nos sugieren que optemos inequivocadamente en favor de los pobres (Le 7, 22-23; Sant 2, 1-5).

 

Jesús Burgaleta

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En la fase final de la “etapa de Galilea”, se multiplican las reacciones negativas contra Jesús y contra su proyecto, a pesar del rastro de vida nueva que él va dejando por las aldeas y ciudades por donde pasa.

Las últimas discusiones con los fariseos y con los doctores de la Ley a propósito de las cuestiones legales y de la “tradición de los antiguos” (cf. Mc 7,1-23), son una especie de gota de agua que rebosa el vaso y hace que Jesús abandone el territorio judío para refugiarse en territorio pagano.

En ese contexto es en el que Marcos habla de un viaje por Fenicia, que lleva a Jesús a pasar por los territorios de Tiro y de Sidón, ciudades de la franja costera oriental del mar Mediterráneo, en el actual Líbano (cf. Mc 7,24).

De regreso de esa incursión por Fenicia, Jesús dio un largo rodeo por el territorio pagano de la Decápolis (cf. Mc 7,31).

La Decápolis (“diez ciudades”) era el nombre dado al territorio situado en Palestina oriental que se extendía desde Damasco, al norte, hasta Filadelfia, al sur. El nombre servía para designar una liga de diez ciudades, que se formó después de la conquista de Palestina por los romanos, en el año 63 antes de Cristo.

Las “diez ciudades”, que formaban esta liga, eran helenísticas y no estaban sujetas las leyes judías. Las ciudades que integraban la Decápolis (así como los territorios circundantes a cada una de esas ciudades) estaban bajo la administración del legado romano de Siria. Era territorio pagano, considerado por los judíos completamente al margen de los caminos de la salvación.

En ese ambiente geográfico y humano se va a situar el episodio de la curación del sordomudo. El gesto de Jesús de curar a un sordomudo debe ser visto como un paso más en el anuncio de ese proyecto que Jesús ha propuesto por toda Galilea: el proyecto del Reino de Dios.

En un lugar no identificado de la región de la Decápolis, Jesús se encontró con un sordomudo. Las personas que lo trajeron suplican a Jesús “que le imponga las manos” (v. 32) En la secuencia Marcos describe, con abundancia de pormenores (algunos muy extraños) cómo Jesús curó al enfermo y le dio la posibilidad de comunicarse.

Con todo, después de leer la narración de este episodio, nos quedamos con la sensación de que Marcos quiere contarnos mucho más que la simple curación de un sordomudo. La descripción de Marcos, enriquecida con un número significativo de elementos simbólicos, es una catequesis sobre la misión de Jesús y sobre el papel que él desarrolla, en el sentido de hacer nacer al Hombre Nuevo.

Veamos, de forma esquemática, los elementos principales de esa catequesis que Marcos presenta:

1. En el centro de la escena está Jesús y el sordomudo (literalmente, “un sordo que, además, apenas podía hablar”).
Si el lenguaje es un medio privilegiado para comunicarse, para establecer relaciones, el sordomudo es un hombre que tiene dificultades para establecer lazos, en particular, para dialogar, para comunicarse.

Por otro lado, en un universo religioso que consideraba a las enfermedades físicas como consecuencia del pecado, el sordomudo es, de forma notoria, un “impuro”, un pecador y un maldito.
Finalmente, el sordomudo vive en el territorio pagano de la Decápolis: es, probablemente, uno de esos paganos que la teología judía consideraba al margen de la salvación.

En la catequesis de Marcos, este sordomudo representa a todos aquellos que viven cerrados en su mundo, en su pobre autosuficiencia, con lo oídos cerrados a las propuestas de Dios y el corazón cerrado también a la relación con los hermanos. Representa, además a aquellos que la teología oficial consideraba pecadores y malditos, incapaces de establecer una relación verdadera con Dios, de escuchar la Palabra de Dios y de vivir de forma coherente con los desafíos de Dios. Representa, asimismo, a esos “paganos” que los judíos despreciaban y que consideraban completamente alejados de los caminos de la salvación.

2. El encuentro con Jesús transforma radicalmente la vida de ese sordomudo. Jesús le abre los oídos y le suelta la lengua (v. 35), haciéndole capaz de comunicarse, de escuchar, de hablar, de compartir, de entrar en comunión.
En la historia de este sordomudo, Marcos representa la misión de Jesús, que vino a abrir los oídos y los corazones de los hombres, a la Palabra y a las propuesta de Dios y a la relación y al diálogo con los otros hombres.

El episodio nos recuerda, inmediatamente, el anuncio de Isaías en la primera lectura: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará” (Is 35,4-6).

Jesús es, efectivamente, el Dios que vino al encuentro de los hombres, a fin de liberarlos de las cadenas del egoísmo, de la comodidad, de la autosuficiencia, de los prejuicios religiosos que impiden la relación, el diálogo, la comunión con Dios y con los hermanos.

3. Aparentemente, no es el sordomudo quien tiene la iniciativa de encontrarse con Jesús (“le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar”; “le piden que le imponga las manos”, v. 32).
El sordomudo, instalado y acomodado a esa vida sin relación, no siente gran necesidad de abrir las ventanas de su corazón para el encuentro y para la comunión con Dios y con los hermanos. Es necesario que alguien le traiga, que lo presente a Jesús, que lo empuje hacia esa vida nueva de amor y de comunión. Ese es el papel de la comunidad cristiana. Los que ya han descubierto a Jesús, y se han dejado transformar por su Palabra, y aceptaron seguirle, deben dar testimonio de esa experiencia y retar a los otros hermanos para que vayan hacia el encuentro liberador con Jesús.

4. A solas con el sordomudo, Jesús realiza gestos significativos: le mete los dedos en los oídos, toma saliva y le toca con ella la lengua (v. 33).
Tocar con el dedo significaba transmitir poder; la saliva transmitía, se pensaba, la propia fuerza o la energía vital (equivale al soplo de Dios que transformó el barro inerte del primer hombre en un ser dotado de vida divina, cf. Gn 2,7). Así, Jesús transmitió al sordomudo su propia energía vital, dotándole de capacidad para ser un Hombre Nuevo, abierto a la comunión con Dios y a la relación con los otros hombres.

5. El gesto de Jesús de levantar los ojos al cielo (v. 34) debe ser entendido como un gesto de invocación a Dios. Para Jesús, los grandes momentos de toma de decisiones y del testimonio están siempre precedidos de un diálogo con el Padre. De esa forma, se hace evidente la ligazón estrecha entre Jesús y el Padre, entre la acción que Jesús realiza en medio de los hombres y los proyectos del Padre.

Los gestos de Jesús, en el sentido de dar vida al hombre, de liberarlo de su cerrazón y de su autosuficiencia, de abrirle a la relación, son gestos que tienen el aval del Padre y que se insertan en el proyecto salvador del Padre.

6. De acuerdo con Marcos, Jesús habría pronunciado la palabra “effetá” (“ábrete”), cuando abrió los oídos y desató la lengua del sordomudo. No se trata de una fórmula mágica, con especiales virtudes curativas. Es una invitación al hombre cerrado en su mundo personal a abrir el corazón a la vida nueva de la relación con Dios y con los hermanos. Es una invitación al sordomudo a salir de su cerrazón, de su comodidad, de su egoísmo, de su instalación, para hacer de su vida una historia de comunión con Dios y de compartir con los hermanos.

El proceso de transformación del sordomudo en un Hombre Nuevo, no es un proceso en el que sólo actúa Jesús y donde el hombre asume una actitud pasiva, sino que es un proceso que exige el compromiso activo y libre del hombre. Jesús hace sus propuestas, lanza desafíos, ofrece su Espíritu que transforma y renueva el corazón del hombre; pero el hombre tiene que acoger la propuesta, optar por Jesús y abrir el corazón a los retos de Dios.

7. Al final del relato de la curación del sordomudo, los testigos del acontecimiento dicen a propósito de Jesús: “Todo lo ha hecho bien” (v. 37). La expresión aparece como un eco de Gn 1,31 (“Y vio Dios todo lo que habla hecho; y era muy bueno”).
Al unir este relato con el relato de la creación del hombre, Marcos está dándonos la clave de lectura para entender la obra de Jesús: la acción de Jesús en el sentido de abrir el corazón de los hombres a la comunión con Dios y al amor a los hermanos, es una nueva creación. De esa acción nace un Hombre Nuevo, una nueva humanidad. Ese Hombre Nuevo es una creación “bien hecha” de Dios; el hombre, en la plenitud de sus potencialidades, ha sido creado para la vida eterna y verdadera.

El Evangelio de este Domingo nos asegura, una vez más, que el Dios en quien creemos es un Dios comprometido con nosotros, que apuesta por la renovación del hombre, para transformarlo, recrearlo, para hacerle llegar a la vida plena del Hombre Nuevo.

Este Dios, que abre los oídos de los sordos y suelta la lengua de los mundos, es un Dios lleno de amor, que no abandona a los hombres a su suerte ni les deja vivir adormilados en esquemas de comodidad y de instalación, sino que, a cada instante, viene a su encuentro, retándole para ir más allá, invitándole a alcanzar la plenitud de sus posibilidades y de sus potencialidades.

No olvidemos esta realidad: en nuestro viaje por la vida, no caminamos solos, arrastrando sin objetivo ninguno nuestra pequeñez, nuestra miseria, nuestra debilidad, sino que a lo largo de todo nuestro recorrido histórico, nuestro Dios va a nuestro lado, indicándonos, con amor, caminos que nos conduzcan a la felicidad y a la vida verdadera.

El sordomudo, incapaz de escuchar la Palabra de Dios, representa a esos hombres que viven cerrados a los proyectos y a los retos de Dios, ocupados en construir su vida de acuerdo con esquemas de egoísmo, de orgullo, de autosuficiencia, que no necesitan de Dios ni de sus propuestas.

El hombre de nuestro tiempo ya no gasta tiempo en negar a Dios, se limita a ignorarlo, sordo a sus desafíos y a sus indicaciones.
¿Que significan para mí las propuestas de Dios?
¿Doy oídos a las llamadas y desafíos de Dios, o a los valores y propuestas que el mundo me presenta?

¿Cuando tengo que realizar opciones, qué es lo que cuenta: las propuestas de Dios o las propuestas del mundo?

El sordomudo representa, también, a aquellos que no se preocupan de comunicar, de compartir la vida, de dialogar, de dejarse interpelar por los otros. Define la actitud de aquel que no necesita de los hermanos para nada, de quien vive instalado en sus certezas y en sus prejuicios, convencido de que es dueño absoluto de la verdad. Define la actitud de aquellos que no tienen tiempo ni disponibilidad para el hermano; define la actitud de quien no es tolerante, de quien no consigue comprender los errores y los fallos de los otros y no sabe perdonar.

Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. No es ese el camino por el que encontramos nuestra realización y nuestra felicidad.

El sordomudo representa, también, a aquellos que se cierran en el egoísmo y en la comodidad, indiferentes a las llamadas del mundo y de los hermanos.
Somos sordos cuando escuchamos los gritos de los injustamente tratados y nos desentendemos; somos sordos cuando toleramos estructuras que generan injusticia, miseria, sufrimiento y muerte; somos sordos cuando pactamos con los valores que hacen al hombre más esclavo y más dependiente; somos sordos cuando encogemos los hombros, indiferentes, frente a la guerra, al hambre, a la injusticia, a la enfermedad, al analfabetismo; somos sordos cuando tenemos vergüenza de testimoniar los valores en los que creemos; somos sordos cuando dimitimos de nuestras responsabilidades y dejamos que sean los otros los que se comprometan y se arriesguen; somos sordos cuando callamos por miedo, cobardía o cálculo; somos sordos cuando nos resignamos a vegetar en nuestro cómodo sofá, sin comprometernos en la construcción de un mundo nuevo.

Una vida cómodamente instalada en esta “sordera” no comprometida, ¿es una vida que vale la pena ser vivida?

La misión de Cristo consiste, precisamente, en abrir los ojos a los ciegos y desatar la lengua de los mudos. Él vino a abrirnos a la relación con Dios, al amor a los hermanos, al compromiso con el mundo.
Quien se adhiere a Cristo y quiere seguirle por el camino del amor a Dios y de la entrega a los hermanos, no puede resignarse a vivir cerrado a Dios y al mundo. El encuentro con Cristo nos saca de la mediocridad y nos despierta para el compromiso, para el empeño, para el testimonio; nos invita a salir de nuestro aislamiento y a establecer lazos familiares con Dios y con todos nuestros hermanos, sin excepción.

El sordomudo de nuestra historia fue traído y presentado a Jesús por otras personas. El detalle nos recuerda nuestro papel en el sentido de hacer de puente entre los hermanos que viven prisioneros de la “sordera” y la propuesta liberadora de Jesucristo.

No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando alguno de nuestros hermanos se instala en esquemas de cerrazón, de egoísmo, de autosuficiencia, sino que, con nuestro testimonio, tenemos que presentarles esa propuesta libertadora que Cristo quiere ofrecer a todos los hombres.

Antes de curar al sordomudo, Jesús “elevó los ojos al cielo”. El gesto de Jesús nos recuerda que es preciso mantener siempre, en medio de la acción, la referencia a Dios. Es necesario que dialoguemos continuamente con Dios para descubrir sus proyectos, para percibir sus propuestas, para ser fieles a sus planes; es necesario tomar continuamente conciencia de que es Dios quien actúa en el mundo a través de nuestras acciones; es necesario que toda nuestra acción encuentre en Dios su razón última: si eso no sucede, rápidamente nuestra acción pierde su sentido.

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