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Archive for 10/09/18

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

  1. Dios mío, ven en mi auxilio
    R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

    Himno: LANGUIDECE, SEÑOR, LA LUZ DEL DÍA.

    Languidece, Señor, la luz del día
    que alumbra la tarea de los hombres;
    mantén, Señor, mi lámpara encendida,
    claridad de mis días y mis noches.

    Confío en ti, Señor, alcázar mío,
    me guíen en la noche tus estrellas,
    alejas con su luz mis enemigos,
    yo sé que mientras duermo no me dejas.

    Dichosos los que viven en tu casa
    gozando de tu amor ya para siempre,
    dichosos los que llevan la esperanza
    de llegar a tu casa para verte.

    Que sea de tu Día luz y prenda
    este día en el trabajo ya vivido,
    recibe amablemente mi tarea,
    protégeme en la noche del camino.

    Acoge, Padre nuestro, la alabanza
    de nuestro sacrificio vespertino,
    que todo de tu amor es don y gracia
    en el Hijo Señor y el Santo Espíritu. Amén.

    SALMODIA

    Ant 1. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

    Salmo 122 – EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

    A ti levanto mis ojos,
    a ti que habitas en el cielo.
    Como están los ojos de los esclavos
    fijos en las manos de sus señores,

    como están los ojos de la esclava
    fijos en las manos de su señora,
    así están nuestros ojos
    en el Señor, Dios nuestro,
    esperando su misericordia.

    Misericordia, Señor, misericordia,
    que estamos saciados de desprecios;
    nuestra alma está saciada
    del sarcasmo de los satisfechos,
    del desprecio de los orgullosos.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

    Ant 2. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

    Salmo 123 – NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

    Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
    -que lo diga Israel-,
    si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
    cuando nos asaltaban los hombres,
    nos habrían tragado vivos:
    tanto ardía su ira contra nosotros.

    Nos habrían arrollado las aguas,
    llegándonos el torrente hasta el cuello;
    nos habrían llegado hasta el cuello
    las aguas espumantes.

    Bendito el Señor, que no nos entregó
    como presa a sus dientes;
    hemos salvado la vida como un pájaro
    de la trampa del cazador:
    la trampa se rompió y escapamos.

    Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
    que hizo el cielo y la tierra.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

    Ant 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

    Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

    Bendito sea Dios,
    Padre de nuestro Señor Jesucristo,
    que nos ha bendecido en la persona de Cristo
    con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

    El nos eligió en la persona de Cristo,
    antes de crear el mundo,
    para que fuésemos consagrados
    e irreprochables ante él por el amor.

    Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
    por pura iniciativa suya,
    a ser sus hijos,
    para que la gloria de su gracia,
    que tan generosamente nos ha concedido
    en su querido Hijo,
    redunde en alabanza suya.

    Por este Hijo, por su sangre,
    hemos recibido la redención,
    el perdón de los pecados.
    El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
    ha sido un derroche para con nosotros,
    dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

    Éste es el plan
    que había proyectado realizar por Cristo
    cuando llegase el momento culminante:
    hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
    las del cielo y las de la tierra.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

    LECTURA BREVE   St 4, 11-13a

    No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano, o juzga a un hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley. Y si juzgas a la ley no eres cumplidor de la ley, sino su juez. Uno es el legislador y juez: el que puede salvar o perder. Pero tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?

    RESPONSORIO BREVE

    V. Sáname, porque he pecado contra ti.
    R. Sáname, porque he pecado contra ti.

    V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
    R. Porque he pecado contra ti.

    V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    R. Sáname, porque he pecado contra ti.

    CÁNTICO EVANGÉLICO

    Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

    Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

    Proclama mi alma la grandeza del Señor,
    se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
    porque ha mirado la humillación de su esclava.

    Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
    porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
    su nombre es santo,
    y su misericordia llega a sus fieles
    de generación en generación.

    El hace proezas con su brazo:
    dispersa a los soberbios de corazón,
    derriba del trono a los poderosos
    y enaltece a los humildes,
    a los hambrientos los colma de bienes
    y a los ricos los despide vacíos.

    Auxilia a Israel, su siervo,
    acordándose de su misericordia
    -como lo había prometido a nuestros padres-
    en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

    PRECES

    Cristo quiere que todos los hombres alcancen la salvación. Digámosle, pues, confiadamente:

    Atrae, Señor, a todos hacia ti.

    Te bendecimos, Señor, porque nos has redimido con tu preciosa sangre de la esclavitud del pecado;
    haz que participemos en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

    Ayuda con tu gracia a nuestro obispo N. y a todos los obispos de la Iglesia,
    para que con gozo y fervor sirvan a tu pueblo.

    Que todos los que consagran su vida a la investigación de la verdad logren encontrarla
    y que, habiéndola encontrado, se esfuercen por difundirla entre sus hermanos.

    Atiende, Señor, a los huérfanos, a las viudas y a los que viven abandonados;
    ayúdalos en sus necesidades para que experimenten tu solicitud hacia ellos.

    Se pueden añadir algunas intenciones libres

    Acoge a nuestros hermanos difuntos en la ciudad santa de la Jerusalén celestial,
    allí donde tú, con el Padre y el Espíritu Santo, serás todo en todos.

    Adoctrinados por el mismo Señor, nos atrevemos a decir:

    Padre nuestro…

    ORACION

    Señor, tú que con razón eres llamado luz indeficiente, ilumina nuestro espíritu en esta hora vespertina, y dígnate perdonar benignamente nuestras faltas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

    CONCLUSIÓN

    V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
    R. Amén.

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Lectio: Lunes, 10 Septiembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
 Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Lucas 6,6-11
Otro sábado entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte ahí en medio.» Él se levantó y se puso allí. Entonces Jesús les dijo: «Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla.» Y, mirando a todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano.» Él lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.
3) Reflexión
• Contexto. Nuestro pasaje presenta a Jesús curando a un hombre que tenía una mano seca. A diferencia del contexto de los cap. 3-4 en los que Jesús aparece solo, aquí Jesús aparece rodeado de sus discípulos y de las mujeres que lo acompañaban. En los primeros tramos de este camino encontrará el lector diversos modos de escuchar la palabra de Jesús por parte de los que lo siguen que en definitiva podrían sintetizarse en dos experiencias que reclaman a su vez dos tipos de aproximación a Jesús: el de Pedro (5,1-11) y el del centurión (7,1-10). El primero encuentra a Jesús que, después de la pesca milagrosa, lo invita a ser pescador de hombres, y cae después de rodillas ante Jesús: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (5,8). El segundo no tiene ninguna comunicación directa con Jesús: ha oído hablar muy bien sobre Jesús y le envía intermediarios para pedirle la curación de su criado que está muriendo; pide algo no para sí, sino para una persona muy querida. La figura de Pedro representa la actitud del que, sintiéndose pecador, pone su obrar bajo el influjo de la Palabra de Jesús. El centurión, mostrando su solicitud por el criado, aprende a escuchar a Dios. Pues bien, la curación del hombre que tiene una mano seca se coloca entre estas vías o actitudes que caracterizan la itinerancia de la vida de Jesús. El hecho milagroso se produce en un contexto de debate o controversia: las espigas arrancadas en sábado y una curación también en sábado, precisamente la mano seca. Entre las dos discusiones, la palabra de Jesús juega un papel crucial: “El Hijo del hombre es señor del sábado” (6,5). Yendo a nuestro pasaje, preguntémonos qué significa esta mano seca? Es símbolo de la salvación del hombre que es conducido a su situación original, la de la creación. Además, la mano derecha expresa el obrar humano. Jesús devuelve a este día de la semana, el sábado, su más profundo sentido: es el día de la alegría, de la restauración, y no de la limitación. El sábado que Jesús presenta es el sábado mesiánico, no el sábado legalista; las curaciones realizadas por él son signos del tiempo mesiánico, de la restauración y liberación del hombre.
• Dinámica del milagro. Lucas pone ante Jesús a un hombre con una mano sin fuerza, seca, paralizada. Nadie se interesa por pedir su curación y menos aún el directamente interesado. Pero la enfermedad no era sólo un problema individual, sino que sus efectos repercuten en toda la comunidad. En nuestro relato no emerge tanto el problema de la enfermedad sino más bien su relación con el sábado. Jesús es criticado porque ha curado en sábado. La diferencia con los fariseos consiste en que éstos, en el día de sábado, no actúan en base al mandamiento del amor que es la esencia de la ley. Jesús, después de ordenar al hombre ponerse en el centro de la asamblea, hace una pregunta decisiva: “¿es lícito o no curar en sábado?”. Los espacios para la respuesta son reducidos: curar o no curar, o sea, curar o destruir (v.9). Imaginémonos la dificultad de los fariseos: había que excluir que en sábado se pudiese hacer el mal o conducir al hombre a la perdición y menos aún curar ya que ayudar en sábado estaba permitido sólo en casos de extrema necesidad. Los fariseos se sienten provocados, lo cual excita su agresividad. Aparece como evidente que la intención de Jesús al curar en sábado es procurar el bien del hombre, en primer lugar el que está enfermo. Esta motivación de amor nos invita a reflexionar sobre nuestro comportamiento y a fundamentarlo en el de Jesús, que salva. Jesús no presta atención sólo a la curación del enfermo, sino que está también interesado por la de sus adversarios: corarlos de su torcida actitud al observar la ley; observar el sábado sin reanimar al prójimo de sus enfermedades no está en conformidad con lo que Dios quiere. Para el evangelista, la función del sábado es hacer el bien, salvar como Jesús hace en su vida terrena.
4) Para la reflexión personal
• ¿Te sientes urgido las palabras de Jesús? ¿Cómo te comprometes en tu servicio a la vida? ¿Sabes crear condiciones para que el otro viva mejor?
• ¿Sabes poner en el centro de tu atención a todos los hombres y a sus necesidades?
5) Oración final
Se alegrarán los que se acogen a ti,
gritarán alborozados por siempre;
tú los protegerás, en ti disfrutarán
los que aman tu nombre. (Sal 5,12)

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Para catequistas y profesores. Adaptable también para alumnos mayores. Elementos para un pequeño tiempo de oración al comienzo de la primera reunión del curso.

1.- Introducción

El que preside puede introducir y ambientar este tiempo de oración recordando la costumbre de la Iglesia de empezar sus reuniones con una invocación al Espíritu Santo, generalmente con el himno “Veni Creator Spiritus”. Así ocurre desde los concilios, los cónclaves y las reuniones de la Conferencia Episcopal hasta los retiros del clero. Invocar al Espíritu Santo el primer día de un nuevo curso escolar ha sido también tradición de las universidades y los colegios de la Iglesia.

Proponemos, para este comienzo de curso (sea en la catequesis o en la escuela), una canción de Salomé Arricibitia que tiene un contenido oracional en la línea delVeni Creator. Las imágenes de los niños, que podían ser de los propios chicos, nos invitan a concentrarnos en la presencia de Dios con el deseo de orar con ellos y por ellos, con el deseo de acertar en su catequesis.

2.- Canción “Cambia nuestro corazón”, de Salomé Arricibita.

https://www.youtube.com/ watch?v=xIQbEA63GEA

Se proyecta el vídeo, en ambiente de oración, y luego se recita la misma letra, a coro, proyectada o fotocopiada.

Que nos mueva cada día tu aliento,
que tu fuego nos caliente desde dentro.
Empápanos con tu agua,
y no estaremos más sedientos.
Que tu Espíritu nos haga vivir despiertos.

Que nos mueva tu Espíritu inquieto,
que seamos tierra buena, fuerza y viento.
Para aquel que necesite calmar hambre o sufrimiento,
que seamos agua viva y alimento.

ENVÍA TU ESPÍRITU SEÑOR,
ENVÍA TU ESPÍRITU SEÑOR,
ENVÍA TU ESPÍRITU SEÑOR.
PARA QUE CAMBIE LA TIERRA,
CAMBIA NUESTRO CORAZÓN.

 

3.- Lectura del santo evangelio según san Mateo (Mt 5, 13-16)

 

4.- Sugerencias para reflexión breve de Mt 5, 13-16:

Los discípulos de Jesús, los encargados de continuar su enseñanza, ahora somos nosotros. Es necesario que escuchemos estas palabras como dirigidas a nosotros. El Señor nos da una misión: “Ahora es vuestro tiempo… a vosotros os toca SER LUZ… que brille vuestra luz ante los chicos y chicas y que vean vuestras buenas obras”.

Esta es nuestra tarea como catequistas o educadores, en una parroquia o en un colegio evangelizador… A nosotros nos toca, de nosotros depende que la Palabra (y el estilo de vida) del Evangelio se siga proponiendo, para construir el Reino de Dios.

Tiempo de reflexión

4.- Educación integral (de una conferencia del P. Adolfo Nicolás, General de los jesuitas, a Directores de Obras SJ. , Valladolid 2013)

“La educación jesuita es integral, es todo: la capilla, la clase, el deporte, la clase de pintura y las exposiciones que se hacen, el teatro… todo es capilla, todo es sagrado, porque todo es crecimiento de estos niños que están creciendo delante de Dios.

Esta misión total de la educación que incluye el estudio, el trabajo, el arte, la imaginación, la creatividad, el sentido crítico -que es bastante frecuente en nuestros estudiantes- es de fundamental importancia. Todo es capilla. No hay sectores al margen de la educación. Porque toda la experiencia humana es una experiencia que sucede en la presencia de Dios, y a través de todo crece la persona.”

Previamente, el P. General había contado una anécdota vivida por él mismo en un colegio de Filipinas. Había empezado a trabajar en aquel colegio de la Compañía un profesor de Matemáticas, chino, no cristiano. Pasado el primer curso, comentó a otro profesor chino y no cristiano que pensaba despedirse porque en el colegio había una capilla para la educación cristiana y eso a él le producía rechazo. Y el otro profesor chino le había contestado: “¿Una capilla dices? Aquí todo es capilla”.

 

5.- ORACIÓN de los «discípulos» (catequistas o educadores. Proyectada o repartida en fotocopias)

Aquí estamos, Señor Jesús:
juntos en tu búsqueda.

Aquí estamos con el corazón
en alas de libertad.

Aquí estamos, Señor,
juntos como amigos. Juntos.
Tú dijiste que estarás en medio
de los que caminan juntos.
Aquí estamos juntos, como en racimo, como espiga,
como piña apretada, como un puño.

Danos, Señor Jesús,
la fuerza de caminar juntos.
Danos, Señor Jesús,

la alegría de sabernos juntos.
Danos, Señor Jesús,

el gozo del hermano al lado.

Danos, Señor Jesús,
la paz de los que buscan en grupo.

Primeramente se puede recitar por todos, a coro. Y en un segundo momento, se invita a que individualmente se vayan repitiendo algunas de las peticiones.

 

6.- Oración (el que preside)

Señor:
Que nos mueva cada día tu aliento… Cambia nuestro corazón, para que cambie la tierra.
Que nos mueva cada día tu aliento…

Jesús Pérez Rivera, sj León

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Mc 10, 17-30

— ¿Y yo, Señor? Yo, que soy ya un sujeto decente y hago casi todo lo que mi Iglesia manda, ¿qué más tengo que hacer para entrar en el reino?
“— Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás un tesoro en el cielo; y, anda, vente conmigo” (cf Mc 10, 17-30).
— Está empezando a pesar demasiado esa broma de ser profeta, Señor. ¿Cuándo vas a sustituirme? — Era yo de nuevo quien hablaba
— ¿Todavía sigues en la misma testarudez? — Era el Señor quien respondía.
— No es por nada, Señor, ¡pero yo no nací para esas cosas! Siento dentro de mí que no sirvo para eso. Soy un tipo práctico, me gustan las cosas hechas y llevadas adelante. Y en cambio, me toca hablar, hablar, sin poder actuar. El profeta habla mucho y no hace, porque su oficio es hablar. Y a mí eso no me cae ni medio bien. Lo mío es actuar, arremangarme… que en cierto sentido es mucho más fácil, lo admito, pues la gente te busca menos complicaciones. El mundo nunca se interesa en sacrificar a los tipos callados. ¡Quien habla es quien incordia! Por eso prefiero el otro camino.
Además… no aguanto ver tanta miseria humana.
¡Es que todos me caen encima! Los pobres, las viudas que piden consuelo porque se les murió el marido; los hijos que piden que yo les devuelva el padre; el marido cansado que pide el derecho y la bendición para su nuevo camino con el amante; el marido infiel exigiéndome que tranquilice a su esposa para poder él seguir haciendo sus cosas otros dos meses; la madre que toma la píldora y practica el aborto; el tipo que rezuma violencia por boca y poros… ¡y todo eso cayéndome encima! No tengo fuerza para resolverlo, Señor.
Noté en él una leve sonrisa. ¡Le estaba gustando mi reluctancia!
En el fondo empecé a darme cuenta de que yo le estaba agradando como profeta; justamente porque un buen profeta es un tipo terco y reluctante que nunca sabe por qué lo hace, pero hace exactamente lo que debe hacer.
P. Zezinho

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72. Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades»[69].


[69] Manuscrito C, 12r.

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LA PREGUNTA DE LA FE

Cada hombre tiene formulada una pregunta básica. ¿Quién soy yo? ¿Qué digo yo que son los otros? ¿Qué sentido tiene todo lo que existe? La respuesta a estas preguntas constituye la fe primordial o nuclear. Porque estas preguntas existen. Estamos abiertos a la revelación, es decir, a ese acontecimiento en el que Dios, revelándose, nos manifiesta lo que es ser hombre en el mundo. Pensamos, a veces, que la fe es sólo creer en Dios y en Cristo. El acto de fe abarca toda la realidad: a Dios que se revela y al mundo revelado. Por eso no creemos sólo que Dios se ha revelado, sino que creemos también en la revelación de Dios, esto es, en la salvación ofrecida al hombre. Así, el que cree se salva, se acepta, descubre el sentido de su vida, escapa del absurdo. El hombre creyente sabe en la ignorancia, ve en la tiniebla. oye a pesar de la sordera y mudez generales.

1.-Creer en uno mismo.

El interrogante sobre la persona se sitúa no en la esfera de lo que otros dicen de mí, sino en el enfrentamiento del propio yo ante su verdad. ¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo? ¿Por qué y para qué?

La civilización técnica en la que vivimos, que es una civilización de medios, nos hace perder de vista los fines, el sentido de los medios que tenemos y disfrutamos. Entre el bosque de tantas utilidades, tenemos que reencontrarnos, integrar los medios en el conjunto, para el que han nacido, al que deben servir.

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p style=”text-align:justify;”>Es necesario llegar a nuestro propio conocimiento; la fe es conocimiento; pero hay que conocer iluminándose: la fe es un descubrimiento, una revelación. El misterio del hombre y del mundo continúa, aun después de la fe; pero la fe ilumina, no viene a crear nuevas dificultades a la oscuridad. A todo el que cree se le «abren los ojos». La «luz» es el símbolo de la revelación. La fe que no esclarece la oscuridad de la existencia, no es fe cristiana.
 ¿Podemos decir que la fe nos ha descubierto lo que somos? ¿Nos hemos llegado a comprender? ¿Hemos descubierto nuestra situación y sentido en el conjunto del mundo?

2.-Creer en los demás.

Junto al interrogante que se refiere el propio yo, surge otra inquietud: ¿quién es el que está ahí? ¿Qué sentido tiene el otro? ¿Para qué está ahí tan cercano? ¿Qué relación puedo tener con él?

La fe nos ayuda a descubrir al otro como a nosotros mismos. Hasta tal punto que hay una correlación entre el conocimiento propio y el ajeno, entre el amor a sí mismo y el amor a los demás: «ama al prójimo como a ti mismo». El evangelio, en un alarde de expresión, afirma: «el que reciba al otro me recibe», «lo que hicisteis con uno, conmigo lo hicisteis», «el otro es Cristo». Porque el que tiene fe en Cristo, tiene fe en sí mismo y en el otro. El otro es, ante todo, fuente de salvación: «el que ama, tiene la vida».

3.-Creer en Cristo.

Esta es la razón por la que la pregunta fundamental de la fe cristiana es: «¿quién decís que soy yo?». Es decir, ¿sabéis lo que sois vosotros, por el descubrimiento que habéis hecho en mí de lo que significa ser hombre en plenitud? Tener fe en Cristo es aceptar que el sentido de nuestra vida viene de Dios, cuyo poder se ha manifestado en Jesús de Nazaret, haciéndole hombre perfecto para la salvación de todos.

Cristo, desde esta perspectiva es Norma, canon de toda existencia humana; es la medida perfecta, y única, según la cual ha de desarrollarse todo el hombre, para llegar a ser de verdad, en profundidad, sin engaño, maduramente.

Por eso no podernos creer en un Cristo etéreo, aislado, metido en una hornacina, independientemente de lo que es para nosotros. Porque Jesús de Nazaret ha descubierto por la fe «quién era» y se ha realizado según ese sentido, nos descubre lo que somos nosotros y nos revela el poder que se nos ha dado para llegar a serlo.

De tal manera que creer en Cristo, es tener fe en mí y en los otros; fe que es posible, porque Cristo, su existencia, nos revela todo el valor del hombre. Por eso la fe no es inútil, ni algo superfluo, que de igual tenerla que no. Es ante todo, un don grande, que no sólo da más facilidad, sino que supone un elemento de juicio y de valoración de la existencia plena, nuevo en muchos aspectos e imprescindible.

4.-Fe y vida.

Desde esta perspectiva comprendemos cómo no puede haber fe sin obras. Está de tal manera comprometida la fe en la vida, que las obras del hombre son las que manifiestan una fe verdadera. La recitación y afirmación del Credo es, si se entiende bien, una afirmación de los valores básicos de la vida y la confianza de que el poder llevarlos a cabo, no es una ilusión.

La fe supone la transformación de la propia persona en su yo más profundo. La fe se da en el corazón, lugar donde se entabla la batalla entre la verdad y la mentira. Esta transformación supone una lucha interior, seria, arriesgada, constante: es la realización del misterio pascual en la vida personal. La profesión de fe y el anuncio de la Pasión van unidos, por eso el mártir es el testigo cualificado de la fe. Tenemos todos, sin embargo, la tentación de Pedro: hacer una perfecta confesión de fe, rica y ortodoxa un credo, pero luego huimos del compromiso de la fe, de su riesgo, de sus obras. Es una tentación diabólica que a todos nos ronda y que no pocas veces aceptamos.

La fe supone una revelación nueva con los demás: amar como a nosotros mismos. Es la vertiente de la persona en sociedad, con todos sus compromisos. En esta vertiente, el camino se hace un Vía crucis sin pausa. La aceptación de la fe supone ese esfuerzo, porque no se puede aceptar al Mesías, sin todo lo que El ha realizado en su vida; de lo contrario, no sería creer en Jesús, ni tampoco podríamos descubrir el sentido y la interpretación de la propia existencia.

La Eucaristía es la celebración en gestos del drama del hombre y de la revelación de Dios.

Jesús Burgaleta

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El texto que hoy se nos propone, es un texto central en el Evangelio según Marcos. Nos presenta los últimos versículos de la primera parte (cf. Mc 8,27-30) y los primeros versículos de la segunda parte (cf. Mc 8,31-35) de este Evangelio.

La primera parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc 1,14-8,30), tiene como objetivo fundamental conducir al descubrimiento de Jesús como el Mesías que proclama el Reino de Dios.

A lo largo de un recorrido que es más catequético que geográfico, los lectores del Evangelio son invitados a acompañar la revelación de Jesús, a escuchar sus palabras y su anuncio, a hacerse discípulos que se adhieren a su propuesta de salvación.

Este recorrido de descubrimiento del Mesías que el catequista Marcos nos propone termina en Mc 8,29-30, con la confesión mesiánica de Pedro, en Cesarea de Filipo (que es, evidentemente, la confesión que se espera de cada creyente, después de haber acompañado el itinerario de Jesús paso a paso): “tú eres el Mesías”.

Después, viene la segunda parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc 8,31-16,8). En esta segunda parte, el objetivo del catequista Marcos es explicar que Jesús, además de ser el Mesías libertador, es también el “Hijo de Dios”.

Sin embargo, Jesús no vino al mundo para cumplir un destino de triunfos y de glorias humanas, sino para ofrecer su vida en donación de amor por los hombres.

Punto álgido de esta “catequesis” es la afirmación del centurión romano junto a la cruz (que Marcos invita a repetir, implícitamente, a sus cristianos): “realmente este hombre es el Hijo de Dios” (Mc 15,39).

Cesarea de Filipo, el marco geográfico donde el Evangelio de hoy nos sitúa, era una ciudad situada en el Norte de Galilea, cerca de las fuentes del río Jordán (en la zona de la actual Bânias). Había sido construida por Herodes de Filipos (hijo de Herodes el Grande) en el año 2 ó 3 a. de C., en honor del emperador Augusto.

Nuestro texto presenta, por tanto, dos partes bien distintas. En la primera, Pedro presta su voz a la comunidad de los discípulos y constata que Jesús es el Mesías libertador que Israel esperaba; en la segunda, Jesús explica a los discípulos que su misión mesiánica debe ser entendida a la luz de la cruz (esto es, como donación de la vida a los hombres, por amor).

La primera parte de nuestro texto (vv. 27-30) comienza con Jesús proponiendo una doble cuestión a los discípulos: ¿qué dice la gente de él y qué piensan sus mismos discípulos de él?

La opinión de los “hombres” ve a Jesús en continuidad con el pasado (“Juan Bautista”, “Elías”, o “alguno de los profetas”). No captan la condición única de Jesús, su novedad, su originalidad. Reconocen, únicamente, que Jesús es un hombre llamado por Dios y enviado al mundo con una misión, como los profetas del Antiguo Testamento. Pero no ven más allá de eso. En la perspectiva de los “hombres”, Jesús es, únicamente, un hombre bueno, justo, generoso, que escuchó la llamada de Dios y que se esforzó por ser un signo vivo de Dios, como tantos otros hombres antes que él (v. 28). Es mucho, pero no es suficiente: significa que los “hombres” no entendieron la novedad de Jesús, ni la profundidad de su misterio.

La opinión de los discípulos acerca de Jesús, va mucho más allá de la opinión común. Pedro, portavoz de la comunidad de los discípulos, resume el sentir de la comunidad del Reino cuando dice: “tú eres el Mesías” (v. 29). Decir que Jesús es el “Mesías” (el Cristo), significa decir que él es el libertador que Israel esperaba, enviado por Dios para liberar a su Pueblo y para ofrecerle la salvación definitiva.

La respuesta de Pedro era correcta. Pero, podía prestarse a graves equívocos, en un momento en el que el título de Mesías tenía unas connotaciones cargadas de esperanzas político-nacionalistas. Por eso, los discípulos reciben órdenes para no hablar de eso con nadie. Era necesario clarificar, depurar y completar la catequesis sobre el Mesías y su misión, para evitar peligrosos equívocos. Eso es lo que Jesús va a hacer a continuación.

En la segunda parte de nuestro texto (v. 31-35) hay dos cuestiones.

La primera (vv. 31-33), es la explicación dada por el mismo Jesús de que su mesianismo pasa por la cruz; la segunda (vv. 34-35), es una instrucción sobre el significado y las exigencias de ser discípulo de Jesús.

Jesús comienza, por tanto, anunciando que su camino va a pasar por el sufrimiento y por la muerte en cruz (vv. 31-33). No es una previsión aventurada: después del enfrentamiento de Jesús con los líderes judíos y después que estos rechazaran de forma absoluta la propuesta del Reino, es evidente que el judaísmo medita la eliminación física de Jesús. Jesús tiene conciencia de eso; sin embargo, no renuncia al proyecto del Reino y anuncia que pretende continuar presentando, hasta el fin, los planes del Padre.

Pedro no está de acuerdo con este final y se opone, decididamente, a que Jesús camine en dirección a su destino de cruz. La oposición de Pedro (y de los discípulos, pues Pedro continúa siendo el portavoz de la comunidad), significa que su comprensión del misterio de Jesús aún es muy imperfecta. Para él la misión del “mesías, Hijo de Dios” es una misión gloriosa y vencedora; y, en la lógica de Pedro, que es la lógica del mundo, la victoria no puede estar en la cruz y en la entrega de la vida.

Jesús se dirige a Pedro con alguna dureza, pues es necesario que los discípulos corrijan su perspectiva sobre él y sobre el plan del Padre que él viene a realizar. El plan de Dios no pasa por triunfos humanos, ni por esquemas de poder y de dominio; sino que el plan del Padre pasa por la entrega de la vida y por el amor hasta las últimas consecuencias (de la que la cruz es la expresión más radical).

Al pedir a Jesús que no se embarque en los proyectos del Padre, Pedro está repitiendo aquellas tentaciones que Jesús experimentó en el inicio de su ministerio (cf. Mc 1,13); por eso, Jesús responde a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás!”.

Las palabras de Pedro pretenden desviar a Jesús del cumplimiento de los planes del Padre, y Jesús no está dispuesto a transigir con ninguna propuesta que le impida realizar, con amor y fidelidad, los proyectos de Dios.

Después de anunciar su destino (que será cumplido, en obediencia al plan del Padre, en la donación de la propia vida en favor de los hombres), Jesús invita a sus discípulos a seguir un camino semejante. Quien quiera ser discípulo de Jesús, tiene que “renunciar a sí mismo”, “tomar su cruz” y seguirle por el camino del amor, de la entrega y de la donación de la vida.

¿Qué significa, exactamente, renunciar a uno mismo?

Significa renunciar a su egoísmo y autosuficiencia, para hacer de la vida un don a Dios y a los otros. El cristiano no puede vivir cerrado en sí mismo, preocupado únicamente por realizar sus sueños personales, sus proyectos de riqueza, de seguridad, de bienestar, de dominio, de éxito, de triunfo. El cristiano debe hacer de su vida un don generoso a Dios y a los hermanos. Sólo así podrá ser discípulo de Jesús y formar parte de la comunidad del Reino.

¿Qué significa “tomar la cruz” y seguir a Jesús?

La cruz es la expresión de un amor total, radical, que se da hasta la muerte. Significa la entrega de la propia vida por amor. “Tomar la cruz” y ser capaz de gastar la vida, de forma total y completa, por amor a Dios y para que los hermanos sean más felices.

Al final de esta instrucción, Jesús explica a los discípulos las razones por las cuales ellos deben abrazar la “lógica de la cruz”.

Les invita a comprender que ofrecer la vida por amor, no es perderla, sino ganarla. Quien es capas de dar la vida por Dios y por los hermanos, no ha fracasado, sino que ha ganado la vida eterna, la vida verdadera que Dios ofrece a quien vive de acuerdo con sus propuestas (v. 35).

¿Quién es Jesús? ¿Qué dicen “los hombres” de Jesús?
Muchos de nuestros contemporáneos ven en Jesús un hombre bueno, generoso, atento a los sufrimientos de los otros, que soñó con un mundo diferente; otros ven en Jesús a un admirable “maestro” de moral, que tenía una propuesta de vida “interesante”, pero que no consiguió imponer sus valores; algunos ven en Jesús a un admirable conductor de masas, que encendió la esperanza en los corazones de las multitudes carentes y huérfanas, pero que pasó de moda cuando las multitudes dejaron de interesarse por el fenómeno; otros, todavía, ven en Jesús a un revolucionario, ingenuo e inconsecuente, preocupado por construir una sociedad más justa y más libre, que intentó promover a los pobres y a los marginados y que fue eliminado por los poderosos, preocupados por mantener el “status quo”.
Estas visiones presentan a Jesús como “un hombre”, aunque “un hombre” excepcional, que dejó su marca en la historia y un recuerdo imborrable.
¿Jesús fue, únicamente, un “hombre” que dejó su huella en la historia, como tantos otros que la historia absorbió y digirió?

“¿Y vosotros, quien decís que soy yo?”
Es una pregunta que debe, de forma constante, resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón. Responder a esta cuestión, no significa soltar lecciones de catequesis o tratados de teología, que no inquietan nuestro corazón, es intentar percibir cual es el lugar que Cristo ocupa en nuestra existencia.
Responder a esta cuestión nos obliga a pensar en el significado que Cristo tiene en nuestra vida, en la atención que prestamos a sus propuestas, en la importancia que sus valores asumen en nuestras opciones, en el esfuerzo que hacemos o que no hacemos para seguirle.

¿Quién es Cristo para mi? ¿Es el Mesías libertador, que el Padre envió para que viniera a mi encuentro con una propuesta de salvación y de vida plena?

El Evangelio de este Domingo sitúa frente a frente la lógica de los hombres (Pedro) y la lógica de Dios (Jesús).
La lógica de los hombres apuesta por el poder, el dominio, el triunfo, el éxito; nos garantiza que la vida sólo tiene sentido si estamos del lado de los vencedores, si tenemos dinero en abundancia, si somos reconocidos e incensados por las multitudes, si tenemos acceso a las fiestas donde se reúne la alta sociedad, si tenemos un lugar en el consejo de administración de alguna empresa.
La lógica de Dios apuesta por la entrega de la vida a Dios y a los hermanos; nos asegura que la vida sólo tiene sentido si asumimos los valores del Reino y vivimos en el amor, en el compartir, en el servicio, en la solidaridad, en la humildad, en la sencillez.
¿En mi vida de cada día, estas dos perspectivas se enfrentan, de igual a igual… Cual es mi elección?

¿En mi perspectiva, cual de estas dos propuestas representa un camino de fidelidad seguro y duradero?

Jesús se hizo uno de nosotros para realizar los planes del Padre y proponer a los hombres, a través del amor, del servicio, de la donación de la vida, el camino de la salvación, de la vida verdadera.
En este texto (como, también, en otros muchos), queda claramente expresada la fidelidad radical de Jesús a ese proyecto. Por eso, él no acepta que nada ni nadie niegue o le aparte del camino de la entrega de la vida: dar oídos a la lógica del mundo es olvidar los planes de Dios y, para Jesús, eso es una tentación diabólica que rechaza plenamente.
¿Qué significado tienen y qué lugar ocupan en mi vida los proyectos de Dios? ¿Me esfuerzo por descubrir la voluntad de Dios para mí y para el mundo? ¿Estoy atento a esos “signos de los tiempos” a través de los cuales Dios me interpela? ¿Soy capaz de acoger y de vivir con fidelidad y radicalidad las propuestas de Dios, incluso cuando son exigentes y van contra mis intereses y proyectos personales?

¿Quiénes son los verdaderos discípulos de Jesús?
Muchos de nosotros recibimos una catequesis que insistía en ritos, en fórmulas, en prácticas de piedad, en determinadas obligaciones legales, pero que dejaba en un segundo plano lo esencial: el seguimiento de Jesús.
La identidad cristiana se construye alrededor de Jesús y de su propuesta de vida. ¡Que ninguno de nosotros tenga dudas! Ser cristiano es mucho más que ser bautizado, estar casado por la iglesia, organizar la fiesta del santo patrono de la parroquia, o llevarse bien con el cura. Ser cristiano es, esencialmente, seguir a Jesús por el camino del amor y de la donación de la vida. El cristiano es aquel que hace de Jesús la referencia fundamental alrededor de la cual construye toda su existencia; y es aquel que renuncia a sí mismo y que toma la misma cruz de Jesús.

¿Qué es “renunciar a uno mismo”? Es no dejar que el egoísmo, el orgullo, la comodidad, la autosuficiencia dominen en la propia vida.
El seguidor de Jesús no vive cerrado en sí mismo, mirando para sí, indiferente a los dramas que suceden a su alrededor, insensible a las necesidades de los hermanos, alejado de las luchas y reivindicaciones de los demás hombres, sino que vive para Dios y en solidaridad, compartiendo y sirviendo a los hermanos.

¿Qué significa “tomar la cruz”? Es amar hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. El seguidor de Jesús es aquel que está dispuesto a dar la vida para que sus hermanos sean más libres y más felices. Por eso, el cristiano no tiene miedo de luchar contra la injusticia, la explotación, la miseria, el pecado, aunque eso signifique enfrentarse a la muerte, a la tortura, a las represalias de los poderosos.

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