¡Ay de los ricos!

— ¡Muy bien, Señor! ¡Qué buen palo les diste a los ricos!…
Así hablaba yo, aplaudiendo a mi Maestro por las cosas fuertes que él dijo contra los explotadores, los ricos injustos, y aquella frase de que a los ricos les va a ser muy difícil entrar en el reino.
— ¡Eso es, Maestro! ¡Eso es! —decía yo, frotándome de contento las manos y haciendo castañetas con los dedos.
Los ricos de todos los tiempos nunca fueron de acuerdo con un mensaje que les obligase a ceder a los menos favorecidos un poco de lo que habían amontonado.
Los ricos nunca llegan a entender lo que es pasar hambre y no tener qué dar a los hijos.
Los ricos sólo saben sufrir cuando pasan por el riesgo de una bancarrota o de un proceso por haber burlado las leyes del Estado.
Son los amos del mundo. No merecen más que eso que tú dices.
En mi calle hay un tío que factura casi un millón al día, con todas las lonjas que tiene, y el miserable le paga el sueldo mínimo a la empleada de hogar que le sirve diez horas diarias. Un caso así ni con la cárcel se arregla. Merece lo que tú dices: no entrar en el reino, ¡eso! La felicidad no es para él. Tener el infierno en vida. Eso se merecen.
Estoy deseando ver el día en que este mundo sea más justo y el trabajador pueda dar a los hijos lo que ese ricacho da a los perritos de su hija. ¡Ya sería algo mejor!
Jesucristo no hizo signo alguno de alegría. Me preocupé:
— ¿Cómo, Señor? ¿No te parece que tengo razón? En fin de cuentas, al rico no se le puede tratar con mucha deferencia, pues acaba pensando que con el dinero puede comprar incluso el reino de los cielos. ¡Hay que pegarles duro, Señor!
Jesucristo siguió impasible. Le dije con calma:
— ¿Me he equivocado en algo, Señor?
Me miró fijamente en los ojos y con infinita amargura en su voz dejó desgranar estas palabras:
— Tú hablas con maldad en los ojos y en el corazón. Muchos ricos y muchas prostitutas entrarán en el reino de los cielos delante de ti. Yerras al pensar que el reino de los cielos es sólo para quien no tiene nada en la cartera o en el banco. ¡Yo no quise decir eso! Tú planteas un problema político y social. Yo suelo ir un poco más lejos.
Y si quieres seguir siendo mi profeta, aprende a amar a los ricos: están abiertos a la plabra de Dios. Más de lo que te piensas. Tú sí que andas cerrado, pensando que por no tener apego material, ya sea voluntariamente o por incompetencia, estás ya salvado y eres más puro que ellos.
Vete a su lado y aprende a vivir tu pobreza en medio de ellos, los ricos, para que viendo tu testimonio descubran el valor de la pobreza y aprendan a disfrutar de la riqueza en medio de quienes quisieran participar de ella.
Desde entonces ya no juzgué nunca a un hombre sólo por tener una casa, un coche y un talonario de cheques. Más tarde aprendí que hay pobres codiciosos y ricos desprendidos, como hay también ricos ambiciosos y pobres completamente señores de su pobreza.
Anuncios