Sab 2, 12. 17-20 (1ª lectura Domingo XXV de Tiempo Ordinario)

El “Libro de la Sabiduría” es el más reciente de todos los libros del Antiguo Testamento (aparece durante el siglo I antes de Cristo). Su autor, un judío de lengua griega probablemente nacido y educado en la Diáspora (¿Alejandría?), expresándose en términos y conceptos del mundo helénico, hace el elogio de la “sabiduría” israelita, describe la suerte que le espera al “justo” y al “impío” en el más allá y muestra (con ejemplos sacados de la historia del Éxodo) las diversas suertes que tuvieron los paganos (idólatras) y los hebreos (fieles a Yahvé).

Estamos en Alejandría (Egipto), en un medio fuertemente helenizado. Las otras culturas, sobre todo la judía, son desvalorizadas y hostigadas. La enorme colonia judía residente en la ciudad conoce, sobre todo en los reinados de Ptolomeo Alejandrino (106-88 a. de C.) y de Ptolomeo Dionisio (80-52), una dura persecución. Los sabios helénicos procuran demostrar, por un lado, la superioridad de la cultura griega y, por otro, la incongruencia del judaísmo y de su propuesta de vida. Los judíos son forzados a dejar su fe, a “modernizarse” a abrirse a los brillantes valores de la cultura helénica.

En este ambiente es en el que el sabio autor del Libro de la Sabiduría decide defender los valores de la fe y de la cultura de su Pueblo. Su objetivo es doble: dirigiéndose a sus compatriotas judíos (sumergidos en el paganismo, en la idolatría, en la inmoralidad), les invita a redescubrir la fe de los padres y los valores judíos; dirigiéndose a los paganos, les invita a constatar lo absurdo de la idolatría y a adherirse a Yahvé, el verdadero y único Dios. Para unos y para otros, el autor pretende dejar esta enseñanza fundamental: sólo Yahvé garantiza la verdadera “sabiduría” y la verdadera felicidad.

El texto que se nos propone forma parte de la primera parte del libro (cf. Sab 1-5). Ahí, el autor reflexiona largamente y de forma pormenorizada sobre el destino de los “justos” y el destino de los “impíos”.

En la sección que va de Sab 1,16 a 2,24, el autor del Libro de la Sabiduría presenta el cuadro de la vida de los “impíos”. Después presenta los razonamientos de los “impíos” (cf. Sab 1,16-2,9) y sus reacciones de desprecio hacia los “justos” (cf. Sab 2,10-20), el sabio autor de esta reflexión comparte con sus lectores su crítica a las actitudes incoherentes de los “impíos” (cf. Sab 2,21-24). Mostrando el sinsentido de la conducta de los “impíos”, pretende mostrar a sus conciudadanos que vale la pena ser “justo” y mantenerse fiel a los valores tradicionales de la fe de Israel.

Esos “impíos” de los que habla el sabio autor de nuestro texto, son, ciertamente, los paganos hostiles, que se mofaban de las costumbres y de los valores religiosos judíos y que llevaban una vida de corrupción y de inmoralidad; pero son también, con toda certeza, los judíos apóstatas, que se habían dejado contaminar por la cultura griega, que habían abandonado las tradiciones de los antepasados y que consideraban a la religión judía como un conjunto de tradiciones obscurantistas, impropias de la “modernidad”.

La vida de esos “justos” que asumieron los valores de Dios y que, incluso en medio de la hostilidad general, intentan perseverar en sus valores y vivir de forma coherente con su fe, constituye una molestia y una dura interpelación para los “impíos”. La coherencia, la honestidad, la verticalidad, la fidelidad de los “justos”, constituye una permanente espina que incomoda a los “impíos” y que no les deja sentirse en paz con su conciencia.

La reacción de los “impíos” se presenta siempre en forma de persecución, de ultrajes, de torturas y, en última instancia, de asesinatos. Se trata de una realidad que los justos de todas las épocas conocen bien.

¿La vida de los “justos” estará, entonces, condenada al fracaso? ¿Valdrá la pena enfrentarse a los perseguidores y mantenerse fieles a Dios y a sus propuestas?

El texto que hoy se nos propone como primera lectura no responde a estas cuestiones; sin embargo, el autor del Libro de la Sabiduría dirá, más adelante, que la fidelidad del justo será recompensada y que su vida desembocará en esa vida plena y definitiva que Dios reserva a aquellos que siguen sus caminos.

Tras del enfrentamiento del “impío” y del “justo”, está el enfrentamiento entre la “sabiduría del mundo” y la “sabiduría de Dios”. Se trata de dos realidades en permanente choque de intereses y ante las cuales tenemos, tantas veces, que optar. ¿Para mí, cuál de estas dos realidades tiene más sentido? ¿Por cuál de ellas suelo optar?

¿A qué llamamos “sabiduría del mundo”? La “sabiduría del mundo” es la actitud de quien, cerrado en su orgullo y autosuficiencia, decide prescindir de Dios y de sus valores, de quien vive para el “tener”, de quien pone en primer lugar el dinero, el poder, el éxito, la fama, la ambición, los valores efímeros. Se trata de una “sabiduría” que, en lugar de conducir al hombre a su plena realización, le vuelve vacío, frustrado, deprimido, esclavo. Puede presentarse con los colores seductores de la felicidad efímera, con las exigencias de la filosofía de moda, con la aureola brillante de la intelectualidad, o con el brillo pasajero de los triunfos humanos; pero nunca dará al hombre una felicidad duradera.

¿Qué es la “sabiduría de Dios”? La “sabiduría de Dios” es la actitud de aquellos que han asumido e interiorizado las propuestas de Dios y se dejan conducir por ellas. Atentos a la voluntad y a los desafíos de Dios, intentan escucharle y seguir sus caminos; teniendo como modelo de vida a Jesucristo, viven su existencia en el amor y en el servicio a los hermanos; se comprometen en la construcción de un mundo más fraterno y luchan por la justicia y por la paz. Se trata de una “sabiduría” que no siempre es entendida por los hombres y que, muchas veces, es considerada como un refugio para los simples, los incapaces, los poco ambiciosos, los derrotados, aquellos que nunca conformarán el edificio social. Parece, muchas veces, que sólo genera sufrimiento, persecución, incomprensión, dolor, fracaso. Sin embargo, se trata de una “sabiduría” que conduce al hombre al encuentro con la verdadera felicidad, con la verdadera realización, con la vida plena.

Quien escoge la “sabiduría de Dios”, no tienen una vida fácil. Será incomprendido, calumniado, desautorizado, perseguido, torturado. Con todo, el sufrimiento no puede desanimar a los que eligen la “sabiduría de Dios”: la persecución es la consecuencia natural de su coherencia de vida. No debemos quedarnos preocupados cuando el mundo nos persigue; debemos preocuparnos cuando somos aplaudidos y adulados por aquellos que eligieron la “sabiduría del mundo”.

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