Lc 20, 46-47

“Desconfiad de los maestros de la Ley, que gustan de pasearse con largas vestiduras y ser saludados en las plazas, ocupar los primeros lugares en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes. Son gente que devoran los bienes de las viudas, mientras se amparan tras largas oraciones. Habrá para ellos un juicio sin compasión” (Lc 20, 46-47).
Fariseo
 
— Oráculo del Señor, Dios de los pobres… ¡Oráculo del Señor, Dios de los pobres!
¡Oídme, pobres de la tierra! Tengo para vosotros una promesa que conviene escuchéis con toda atención.
El día en que Jesucristo triunfe y todos los hombres empezaren a entender, palabra por palabra, lo que él enseñó, vosotros tendréis salarios más justos y los ricos repartirán un poco mejor su fortuna. Recibiréis vuestra parte en los bienes de la empresa y ya no habrá la diferencia que ha habido hasta ahora.
Ya no existirán países podridos de riqueza ni países muriendo de penuria.
La tierra conocerá un período de abundancia como nunca se conoció y sobrará de todo a todos.
El día en que a Jesucristo se le tome en serio, el mundo será más humano y más fraternal. Necesitaréis trabajar menos tiempo para el pan de vuestros hijos y disfrutaréis de la comodidad y de la paz que merecéis. Así que luchad con denuedo por vuestros intereses y deberes: un día todo eso será realidad. ¡Oráculo del Señor!
Cuando el profeta bajó de la tribuna, uno de los presentes le pidió limosna. El metió la mano en el bolso, pero no encontró calderilla.
— Desgraciadamente no tengo suelto; sólo traigo billetes grandes. ¡Perdone! Desde la próxima vez puede usted pedir, que traeré suelto…
La pregunta del pobre:
— ¡Señor Profeta! ¿Puede usted decirme qué día habrá abundancia y Jesucristo será tomado en serio?…
La playa
 
— ¿Conoces a Jesucristo? —pregunté al niño en bañador.
— ¡Claro que le conozco! Es un buen tipo… —me dijo él, enseñándome un crucifijo al cuello.
Seguí…
— Usted, señor, ¿ha oído hablar de Jesucristo? —pregunté al hombre gordo de gafas oscuras que miraba fijamente sin vérsele los ojos.
— ¿Amable o predicador? — rebatió.
— Es que soy un profeta y quería hablarle a usted sobre la santidad y la pureza de sentimientos.
— Después… Este no es lugar para eso. Estoy de vacaciones y los asuntos espirituales los dejo para cuando regrese a la dignidad de mi hogar. Búsqueme allá en la ciudad. 
Seguí…
— Usted, señora, ¿ha oído hablar de Jesucristo? —pregunté a una matrona rodeada de hijos.
— ¡Oh, sí! Mi madre era muy devota. Yo no me ocupo de esas cosas, pero creo algo. Ya sabe, la gente necesita tener algo en qué creer…
Seguí…
— Joven, ¿puedo hablarte de Jesucristo?
— Por poder, puede; pero no va a adelantar nada. Tengo ya formada mi opinión y nada me hará cambiar de punto de vista. Tengo mi religión y vivo como manda la conciencia. Aparte de eso, no es éste lugar para hablar de religión. Me ocupo aquí de muy otras cosas… Con perdón, necesito entrar al agua. Me está llamando mi chica.
Seguí….
— Y tú, niña, ¿qué piensas de Jesucristo?
— ¡Estupendo! ¡Arrobador! Yo estoy con él. Le encuentro valiente al morir, espectacular, sensacional. No tenía preconceptos ni hablaba de esas cosas de pecado, confesión, Adán y Eva, suciedad y tabú que después los otros han traído a la religión. Creo que cada uno debe ponerse de su parte de la manera que mejor le parezca.
Seguí mi camino…