Feminismo: Del mito a la vida

Un mito

«En épocas remotas, en la Tierra del Fuego, entre los indios Onas y Vaganes, las mujeres se sentaban en la proa de las canoas y los hombres en la popa. Las mujeres cazaban y pescaban. Salían de las aldeas y volvían cuando podían o querían. Los hombres montaban las chozas, preparaban la comida, mantenían encendidas las hogueras contra el frío, cuidaban de los hijos y curtían las pieles de abrigo. Un día los hombres mataron a todas las mujeres y se pusieron sus máscaras. Solamente las niñas recién nacidas se salvaron del exterminio. Mientras crecían, sus asesinos les decían y repetían que servir a los hombres era su destino. Ellas les creyeron. También les creyeron sus hijas y las hijas de sus hijas” (Galeano, Mulheres, Porto Alegre 2001). Pero quedaron algunas para contar y provocar la historia de hoy sobre las relaciones: relación de la humanidad con el medio ambiente, con los seres de otro sexo, con el transcendente.

Género

Género: «conjunto de normas con las cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en producto de la actividad humana», afirma Gayle Ruben.

La lógica de la reflexión es la concepción de que los sistemas del sexo/género no son emanación ahistórica de la mente humana, son productos de la actividad humana. Dice también la misma autora: «la diferencia entre los sexos es construida socialmente, lo que quiere decir que ni la anatomía ni la naturaleza explican el dominio de los hombres sobre las mujeres, sino que esa dominación social reinterpreta, utiliza y atribuye sentido a la diferencia biológica, y en particular, a la maternidad, y a la paternidad».

A partir de esa percepción, utilizar la categoría de género en análisis social significa rechazar explícitamente las justificaciones biológicas para las desigualdades sociales entre los sexos, y poner el énfasis sobre todo un sistema de relaciones que puede incluir el sexo, pero que no es directamente determinado por el sexo ni determina directamente la sexualidad.

La relación actual de género ha sido marcada por la violencia, o sea, por actos de violación de la libertad y del derecho de alguien a ser sujeto constituyente de su historia.

Las relaciones de género no son naturales, sino construidas socialmente. ¿Cómo es el proceso de su construcción? ¿De qué forma se mantiene en una sociedad que se jerarquiza en desventaja para las mujeres? Una de las formas de encontrar respuesta a estas cuestiones es analizar la formación diferenciada de las identidades de género masculina y feminina a partir de las representaciones sociales, dado que las relaciones de género, en cuanto lugar de alteridad son el terreno sobre el que las representaciones sociales se establecen y se desarrollan.

La religión, con sus símbolos, teje una tela de representaciones compartidas por la sociedad. La construcción simbólica del género y de la religión se funda en representaciones sociales: mujeres y hombres representan socialmente lo que cargan subjetivamente, acumulado a través de una vida cultural, en la que la religión establece, refuerza conductas sociales y papeles femeninos y masculinos diferenciados. Papeles que la sociedad espera que sean cumplidos: lo que se espera y está permitido a lo masculino, lo que se espera y está permitido a lo femenino. Las definiciones determinadas por la condición de género estructuran la percepción y la organización concreta y simbólica de toda la vida social. Existen tres elementos sociales involucrados en la categoría de género:

• símbolos culturales colocados en la vida social, que implican múltiples representaciones;

• los conceptos normativos expresan interpretaciones de los significados de los símbolos: en la religión, en la educación, en la ciencia, en la política, categorizando lo masculino y lo femenino;

• las organizaciones e instituciones en las que se dan las relaciones sociales.

Si recorremos la historia humana encontraremos que estos tres elementos definen la inferiorización femenina. Si género es una categoría relacional, envuelve y revela relaciones de poder entre lo femenino y lo masculino. Género, así como clase y etnia, se construye históricamente en una sociedad construida con base en la jerarquización. Las tres dimensiones, de clase, etnia y género, constituyen un triple apoyo de sostén de la jerarquía social. Sujetos históricos son definidos por sus condiciones de clase, de raza/ etnia y de género, jerarquizados social, cultural y religiosamente. ¿Qué papel desempeña la religión en la construcción de esas representaciones?

Genero y poder

El paradigma kiriarcal (kirios = Señor) nos ayuda a percibir el orden asimétrico social, cultural y religioso que origina el poder hegemónico. Elisabeth Schüssler Fiorenza afirma que un análisis de las fuerzas y relaciones sociales no puede reducirse a las desigualdades y marginaciones de género; debe abordar críticamente «las complejas dominaciones, de género, raza, clase y colonialismo y sus implicaciones… y revelar así que la subordinación y la explotación de las mujeres y de los hombres es crucial para el mantenimiento de las culturas y religiones kiriarcales. Por tanto, cualquier teoría y praxis adecuada de emancipación y liberación debe tener en cuenta explícitamente las múltiples estructuras de dominación y marginación” (Caminhos de sabedoria, Nhandutí, SP 2009).

Las sociedades, culturas y religiones kiriarcales consagran un orden histórico que, por su propio carácter hegemónico, despoja por la fuerza a los grupos sociales localizados en la base de la pirámide.

Los grupos hegemónicos convalidan jurídica e institucionalmente el poder que detentan, y fundan su validez en la prerrogativa de propiedad que deriva del derecho de nacimento, origen étnico y sucesión. Esta concepción coloca élites de hombres propietarios en el vértice de la pirámide social, y desde allí imponen sus intereses, pretextando que son intereses del conjunto social e influencian el rumbo de la economía y de la sociedad entera.

La categoría kiriarcal, como categoría analítica, nos ayuda a comprender que estos grupos, estas élites de poder hegemónico kiriarcal controlan el poder político, los instrumentos del aparato estatal, la propiedad de la tierra y de las personas, los sistemas económicos y de comercio, los códigos legales y simbólicos, el sistema que elabora la ideología y el conocimiento, como también las religiones, las iglesias y las teologías. El feminismo necesita deconstruir este paradigma que niega la vida de las personas y de todo lo que nos rodea.

Feminismo

El feminismo latinoamericano es claramente una fuerza política poderosa, vibrante, creativa y exuberante, aunque cargada de tensiones.

Ante todo debemos hablar de pluralidad de feminismos, pues se expresa en múltiples formas y espacios: corrientes de opinión, instituciones feministas, grupos de presión, expresiones culturales, propuestas político-culturales… Está presente en universidades, en el medio popular, en medios de comunicación, en el arte y en la literatura, en el cine, en la política… Son muchas las formas y los espacios de cuestionamiento de las desigualdades y marginaciones de los sexos y de los conflictos de género; son muchas las formas en que están intentando transformar las estructuras de poder en las relaciones interpersonales, sexuales y sociales. El proceso feminista latinoamericano actual fortalece la identidad política de las mujeres en una construcción sostenida por una visión y una práctica democrática.

Las luchas feministas por la democracia, por la reconceptuación de los derechos humanos y por el respeto de los derechos de la mujer están injertadas en espacios conocidos y desconocidos. Espacios conocidos como el propio cuerpo, la casa, el barrio, la ciudad, el trabajo, la universidad, el Estado, las iglesias, los partidos políticos, las organizaciones populares, lo cotidiano y lo global, lo micro y lo macro. Podemos hablar de la teología tomando la palabra y osando afirmar Dios/Diosa. Espacios desconocidos, pues no sabemos las posibilidades que la historia nos reserva. Mucho camino se ha recorrido, pero no todas las puertas están abiertas, ni todos los muros han caído. Hoy no basta hablar de las «necesidades» de las mujeres; hay que generar conocimientos y prácticas que lleven al respeto de sus derechos. Es una nueva manera de pensar y de ser, de la que nos beneficiamos mujeres y hombres. Una nueva postura ética que abre brechas para la re-apropiación y re-definición de la identidad femenina y masculina, animada por el deseo de aprender, interpretar el mundo, descifrar para crear, inventar y mostrar en la cotidianidad que la utopía es posible.

Tea Frigerio

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