Domingo XXV de Tiempo Ordinario

Situación

Las personas necesitamos valoración social. Esto no es malo. Si no hubiésemos sido importantes para nuestros padres, nos faltaría ese mínimo de autoestima que nos permite tener dignidad y nos capacita para crecer. Si no somos mínimamente valorados en nuestro trabajo, en las relaciones, terminamos cerrándonos sobre nosotros mismos.

El Evangelio presupone este equipamiento básico de la persona. Está dicho a otro nivel. Cuando la valoración social se constituye en fundamento y sentido de la propia vida (lo que se traduce en búsqueda de prestigio social, en necesidad de «status» más alto, en la ansiedad del poder), el «test» es muy claro: insensibilidad para acercarse a los despreciados, alejamiento del mundo de los pobres.

El Evangelio trae un mensaje claro: Porque hay tantos sin valoración social, sin ese equipamiento básico, y precisamente, porque nosotros somos los privilegiados, que lo tenemos, carecemos de derecho a aupamos sobre los demás y humillarnos. Al contrario, somos los llamados a liberarnos de la mentira del prestigio social y hacernos solidarios con los desechados, construyendo un mundo nuevo, fraternal e igualitario.

Contemplación

La Palabra emplaza al discípulo ante la figura del Mesías-Siervo. El que representa a Dios en la tierra, el Importante se hizo despreciable.

La primera lectura refleja el contraste entre los malvados poderosos, que acechan al inocente porque desenmascara su mentira y pecado. A su luz, adquieren contenido realista las palabras de Jesús que anuncian su próxima pasión en Jerusalén (Evangelio).

Hacer mía la oración de Jesús, el perseguido y despreciado por los poderosos, con el salmo responsorial. Ahí experimentamos «el corazón manso y humilde de Jesús», en su actitud radical de pequeñez ante Dios y ante los hombres.

Que la escucha de la Palabra me haga celebrar la Eucaristía sintiéndome uno más en la comunidad cristiana, cercano a los más sencillos.

Reflexión

Hay gente que sigue a Jesús sin saberlo. Les ha tocado ser los siervos de todos. El discípulo (cada uno de nosotros) es llamado a seguir a Jesús voluntariamente. Tiene que llegar a ser pequeño por proceso de conversión, por gracia de Dios.

No olvidemos que la naturaleza se resiste con uñas y dientes. Perder prestigio nos hace sentirnos inseguros. Lo notamos en cosas muy elementales: la necesidad de excusarnos cuando algo hemos hecho mal o de justificarnos cuando se nos atribuye algo que no hemos hecho.

Hay que luchar contra corriente, porque lo que cuenta alrededor nuestro es subir de «status social», codearse con gente de bien, tener fama… Si el prestigio social viene de lo económico, lo importante es ganar mucho, tener un apartamento en la costa… Si el prestigio está en lo profesional, hay que escalar puestos en la empresa… Y si en el contexto se valora lo cristiano, hay que demostrar la propia virtud y competir en las prácticas religiosas o en las tareas de ayuda a los marginados.

Seguir a Jesús en la vida ordinaria es un buen criterio para liberarse del prestigio social. No tiene sentido optar por los pobres si buscamos, inconscientemente, prestigio social.

  • Habrá que comenzar por casa. ¿Por qué ocultar nuestras debilidades? ¿Qué actitud adoptamos ante los más vulnerables? Siempre hay alguno a quien le toca soportar más peso: la «oveja negra», el «chivo expiatorio», el «no adaptado»…

  • En nuestro ámbito de trabajo, allí, en un rincón, haciendo un trabajo oscuro, hay alguien «poco importante».

  • En las relaciones sociales, ¿con quiénes me gusta rozar?, ¿a quiénes imito en el vestir, en los gustos? ¿Por qué?

El Evangelio pone atención especial en los niños. En aquel contexto, eran los menos importantes. Hoy, con frecuencia, son los pequeños tiranos. Siguen siendo, sin embargo, muy vulnerables. Valorarlos no significa realizar todos sus caprichos, auparlos a señores, sino ayudarles a crecer como personas.

Existen, además, otros muchos «pequeños» que se nos cruzan cada día: la dependienta de la tienda, el solitario malhumorado, el adolescente que necesita ser escuchado…

Javier Garrido

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