Jueves XXVI de Tiempo Ordinario

Hoy es 4 de octubre, jueves de la XXVI semana de Tiempo Ordinario, festividad de San Francisco de Asis.

Me dispongo a pasar unos momentos con el Señor y a orar, hoy, a través de la lectura de un salmo. Un salmo es una exclamación desde el corazón, que expresa la oración de una persona o de una comunidad. A mí me va a servir como petición, como expresión de mi necesidad personal expuesta ante el Señor. El Agnus Dei puede ser una ayuda para adentrarme en la oración, con su ruego: Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

La lectura de hoy es del salmo 27 (Sal 27, 7-9,13-14):

Escúchame, Señor, que te llamo,
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»

Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

La primera parte del salmo se encuentra marcada por una sensación de necesidad. La necesidad de quien se vuelve a Dios, en una hora de dificultad, de desgarro y pese a todas las dificultades, confía. También yo hoy, en mis circunstancias me vuelvo al Señor y le digo: Escucha.

¿Siento a veces rechazo o abandono en mi relación con el Señor? ¿Tengo experiencia de buscar al Señor, su rostro, su acogida, cuando estoy en dificultades o tengo problemas? ¿Cómo es mi rezo en tales situaciones?

El Señor no puede abandonarnos a nuestra suerte. Aunque todos los demás nos abandonaran, él siempre nos acoge. ¿Qué me ayuda a apoyarme con total seguridad en él, que me sostiene la esperanza?

Ahora imagino la respuesta de Dios al salmo. La manera en que él acoge la oración de quien le llama desde el dolor o la incertidumbre.

Te escucho y mi voz te responde,
tú buscas mi rostro,
Aunque no siempre lo encuentras.
Y a veces puedes pensar que estoy lejos.
Airado, distante.
Pero yo estoy a tu lado, velando por ti.
No te rechazaré ni abandonaré,
aunque todos los demás te den la espalda,
aunque tú mismo te sientas indigno.

Yo te indicaré mi camino,
te llevaré por un sendero llano,
y llegarás a gozar de la dicha de mi reino
en el país de la vida.
Espera en mí, sé valiente, ten ánimo,
espera en mí.

Ya me voy despidiendo, Señor. Sigo con el ritmo de mi vida, pero me llevo esta oración, estos momentos contigo. Ahora, se me hace más familiar esta expresión del salmo: yo espero gozar de la dicha del Señor. Yo busco tu rostro, no me rechazes, no me abandones. Y tú me dices, espera en mí, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. ¡Gracias Señor!

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p style=»text-align:justify;»>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

Liturgia 4 de octubre

JUEVES. SAN FRANCISCO DE ASÍS, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)
 
Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio común o de la memoria.
 
Leccionario: Vol. III-par
• Job 19, 21-27. Yos é que mi rednetor vive.
Sal 26. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
• Lc 10, 1-12. Descansará sobre ellos vuetra paz.
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Antífona de entrada
Francisco de Asís, varón de Dios, dejó su casa, abandonó su herencia y se hizo pobre y humilde. Así, el Señor lo tomó a su servicio.
Acto penitencial
Hermanos, al celebrar hoy la memoria de uno de los santos más populares y representativos de la cristiandad como es san Francisco de Asís quien, con un desprendimiento total de sus bienes, dejó un día su casa, abandonó la herencia que le pertenecía, y siguiendo a Cristo, logró ser pobre y humilde, siendo así fiel al mandato que recibió del Señor «reconstruye mi Iglesia»; reconozcamos con humildad y sencillez nuestros pecados, y pidamos humildemente perdón a Dios por no colaborar día a día en la edificación constante de la Iglesia.
Yo confieso…
 
Oración colecta
Oh, Dios,
que concediste a san Francisco de Asís
ser configurado a Cristo en la pobreza y la humildad,
concédenos, caminando por sus sendas,
poder seguir a tu Hijo
y unirnos a ti con amor jubiloso.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Oración de los fieles
Oremos confiadamente a Dios nuestro Padre, que ha venido a visitarnos en su Hijo Jesucristo, y nos invita a quedarnos con la mejor parte.
1.- Para que donde hay guerra, se alcance la paz. Roguemos al Señor.
2.- Para que donde hay odio, nazca el amor. Roguemos al Señor.
3.- Para que donde hay ofensa, se dé el perdón. Roguemos al Señor.
4.- Para que donde hay opresión, se obtenga la justicia. Roguemos al Señor.
5.- Para que donde hay discordia, se logre la unión. Roguemos al Señor.
6.- Para que donde hay duda, se afirme la fe. Roguemos al Señor.
7.- Para que donde hay error, se reconozca la verdad. Roguemos al Señor.
8.- Para que donde hay desesperación, ilumine la esperanza. Roguemos al Señor.
9.- Para que donde hay tinieblas, se haga la luz. Roguemos al Señor.
10.- Para que donde hay tristeza, llegue la alegría. Roguemos al Señor.
Padre sabio y misericordioso; escucha nuestras oraciones y danos un corazón manso y humilde para escuchar la palabra de tu Hijo, y para acogerle y servirle como invitado en la persona de nuestros hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.
 
Oración sobre las ofrendas
Al presentarte nuestras ofrendas,
te pedimos, Señor, que nos dispongas
para celebrar dignamente el misterio de la cruz,
al que san Francisco de Asís se adhirió con tanto ardor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Mt 5, 3
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Oración después de la comunión
Por este sacramento que hemos recibido,
concédenos, Señor,
imitar la caridad y el celo apostólico de san Francisco de Asís,
para que gustemos los frutos de tu amor
y los comuniquemos para la salvación de todos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Francisco de Asís

SAN FRANCISCO DE ASÍS
(+ 1226)

—¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué todo el mundo viene en pos de ti? Así le preguntaba cierto día a San Francisco uno de sus discípulos, intrigado por la irresistible atracción que ejercía un hombre externamente tan despreciable como el Pobrecillo de Asís.

Fray Maseo, que tal era el nombre del que preguntaba, se planteó hace ya siete siglos un problema que todavía hay sigue intrigando a cuantos reflexionan sobre él. Prescindiendo de los innumerables simpatizantes que San Francisco tiene, tanto entre los católicos como entre los que no lo son, cuarenta y seis mil religiosos, ciento cincuenta mil religiosas y tres millones de terciarios franciscanos están atestiguando que todavía subsiste actualmente el hecho observado por fray Maseo. Nuestra sabiduría popular lo ha reflejado en el adagio de que «o por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano». Y esto viene sucediendo así desde hace setecientos años. ¿Qué tendrá San Francisco para ejercer esta atracción? Cuanto más se estudia la personalidad del Santo más claras aparecen estas tres cosas: humanamente considerado, San Francisco poseía una riqueza de dotes intelectuales, morales y psicológicas que hacen atrayente su figura; estas cualidades humanas, lejos de quedar sepultadas, adquirieron bajo el manto de la santidad un matiz nuevo y le infundieron a ésta un carácter extraordinariamente amable; la unión de las cualidades humanas y de la santidad hicieron de San Francisco el Santo eminentemente moderno.

La riqueza de sus atractivos humanos se nos presenta desbordante ya en su misma juventud. Y es que, además de poseer excelentes cualidades, dispuso también de medios para manifestarlas.

Nacido en Asís entre 1181 y 1182, tuvo la fortuna de poseer una madre piadosa, Madonna Pica, de la que recibió una honda educación cristiana. Su padre, Pedro Bernardone, era un rico mercader en telas. De carácter jovial, altruista, soñador, caballeresco, Francisco amaba la vida y se entregó a ella. Por eso lo encontramos constituido en jefe de la juventud, en organizador de holgorios y bullanguerías, en alma de todas las fiestas juveniles. Le gustaba vestir con elegancia, cultivar el cabello, aparecer limpio, comportarse con finura y cortesía. Los historiadores nos lo presentan también como generoso hasta el derroche leal con los amigos y liberal para con los pobres. Era un auténtico juerguista, pero no un disoluto. Sus fiestas juveniles eran bulliciosas, pero se mantenían siempre dentro de lo correcto. Se nos dice que nunca perdió la gracia santificante.

Este carácter alegre, jovial, desprendido, volverá a manifestarse con mucha frecuencia a lo largo de su vida. En medio de sus enfermedades cantaba. A sus frailes los quería ver siempre alegres, con esa sana y honda alegría que nace del saber que se tiene a Dios. En medio de su pobreza daba cuanto tenia a otro tal vez menos pobre que él. A su Orden le imprimió ese sello característico de alegría y de pobreza que se ha hecho proverbial. Pero de una pobreza que, cuando no tiene que dar, se da a si misma de una manera alegre por amor de Dios.

A los veinte años le sobrevino una crisis. En su ciudad natal se declararon la guerra nobles y plebeyos. Aquellos aliados con la vecina ciudad de Perusa vendieron a éstos y Francisco, que había luchado en las filas de los humildes tuvo que soportar en Perusa un año de prisión. Al poco tiempo de verse libre, en 1203, se apoderó de él una fiebre gravísima. Durante la convalecencia se percata, con gran sorpresa suya, de que las fiestas juveniles ya no le llenaban el alma, y entonces, sediento de aventuras, en 1205 emprendió viaje hacia el sur de Italia para luchar contra el Imperio al lado de las fuerzas de Inocencio III. Inesperadamente, desde Spoleto, regresa a Asís cuando apenas había hecho otra cosa que iniciar el viaje. Es que la mano de Dios había comenzado a trabajarlo de una manera definitiva. Poco a poco va perdiendo el gusto por las diversiones bulliciosas. Poco a poco se va dando cuenta de que algo quiere Dios de él. ¿Qué será?

Años cruciales y difíciles fueron para Francisco los transcurridos entre 1205 y 1208. Abandonado de sus amigos, distanciado de su mismo padre, a quien en presencia del obispo de Asís le entregó hasta los vestidos que llevaba puestos, inició amistad con los pobres y con los leprosos. Su carácter dinámico y resuelto le impulsó a restaurar tres ruinosas ermitas de Asís una vez que en la de San Damián le pareció oír del crucifijo la voz de que restaurase su casa. El nuevo comportamiento del joven no podía menos de parecer absurdo a quienes lo habían conocido antes. Pero lo grave para Francisco no era tanto el hecho de que sus conciudadanos comenzasen a mirarlo como un lastimoso enajenado, cuanto la angustiosa incertidumbre en que vivía respecto de la voluntad de Dios.

Después de tan larga crisis, el 24 de febrero de 1208 le vino la luz repentinamente. Al oir las palabras del Evangelio en que Jesucristo enviaba a sus apóstoles por el mundo a hacer bien a todos, desprovistos de todo y expuestos a cualquier trato que quisieran darles, Francisco, súbitamente iluminado por Dios, comprendió que esto mismo era lo que el Señor pedía de él. A su característico dinamismo le faltó tiempo para llevar a la práctica el programa evangélico. No importaba que sus conciudadanos se mofasen de él. Descalzo, vestido de túnica y capuchón aldeanos, y ceñido con una cuerda, apareció por las calles de Asís predicando, con el entusiasmo y vigor que le eran propios, la paz, la pobreza y la caridad cristianas.

Si una obra es de Dios, tarde o temprano termina por triunfar. Francisco experimentó muy pronto que la suya era obra divina. Mientras la mayor parte de los habitantes de Asís esperaban que el nuevo apóstol fracasase en su empeño, a los dos meses de su decisión se le comenzaron a unir hombres tan sensatos y respetados en la ciudad como el rico y sesudo Bernardo de Quintaval, el pobre pero honrado Gil de Asís y el noble e ilustrado canónigo de la catedral Pedro Cattani. Incomprensiblemente a los ojos de los prudentes del mundo, estos hombres abandonaron la sabiduría y riqueza humanas para, al igual que Francisco, dedicarse a predicar a los demás el Evangelio viviéndolo ellos personalmente de la manera más radical.

Cuando a estos tres discípulos de la primera hora se le sumaron otros ocho, el Santo experimentó la necesidad de trazar para los doce un único programa de vida. Recopiló con este fin varios textos del Evangelio, aquellos precisamente que hablan de la renuncia a todo y del seguimiento decidido de Jesucristo, y con sus discípulos se presentó a Inocencio III para que le aprobase el nuevo modo de vida. La iniciativa de someter previamente al Papa la breve regla de una naciente Orden religiosa era inusitada entonces. Pero más llamativo que este gesto original de Francisco era el contenido de la regla misma. Nadie, ni incluso Inocencio III, creían posible vivir como Francisco y sus compañeros se proponían. ¿Es que entonces, objetaba el Santo, era imposible vivir el Evangelio? El Papa comprendió que Francisco tenia razón y aprobó verbalmente su programa de vida. Era el año 1209. El año del nacimiento de la Orden franciscana.

Constituido en padre de una familia religiosa, San Francisco en adelante ya no es sólo él, sino también sus hijos. Pero ni él ni sus hijos se pueden comprender si las cualidades humanas del padre las seccionamos del elemento divino que comenzó a intervenir a raíz de su crisis.

La gracia no cambia la naturaleza. A sus veintiséis o veintisiete años, Francisco seguía conservando su espíritu idealista y caballeresco de años atrás. Se trata de aquel espíritu caballeresco de la Edad Media que lo arriesgaba todo por el honor o por la gloria de depositar los laureles a los pies de la amada, y que Francisco no pudo saciar cuando, de camino hacia el sur de Italia para participar en la guerra, la gracia divina le hizo regresar a Asís. Esta misma gracia es la que ahora, apoderándose de su espíritu caballeresco inicialmente contrariado, lo proyectó hacia nuevos ideales. Francisco y sus compañeros se convirtieron en caballeros andantes del Evangelio, porque sin un quijotismo espiritual como el suyo, a nadie se le hubiera ocurrido lanzarse a la conquista de las almas desprovistos de todo, renunciando a todo, descalzos, burdamente vestidos, dependiendo de la benévola caridad de los demás.

Sorprendentemente, este género de vida obtuvo un éxito que nadie hubiera podido pronosticar. La Iglesia necesitaba entonces de reforma y todos anhelaban un cristianismo más impregnado de Evangelio, sobre todo en el aspecto de la pobreza. Este ambiente dio origen a una verdadera pululación de sectas heréticas que se proclamaban las restauradoras del cristianismo evangélico o apostólico como entonces se llamaba. Reflejando los deseos de todos y oponiéndose a las desviaciones heterodoxas, Francisco ofreció con su Orden la verdadera solución a los problemas de la Iglesia. De aquí que las gentes se volcaran sobre él: a los doce años de su fundación, en 1221, la Orden contaba ya con el sorprendente número de más de tres mil frailes; en 1212 fundó con Santa Clara de Asís la rama femenina de las clarisas, en 1221, para dar cabida en la Fraternidad a los muchos que lo solicitaban, pero que por diversas circunstancias no podían hacerse religiosos, instituyó la Orden Tercera, es decir, la de los terciarios franciscanos.

La pobreza es lo que externamente resalta más, tanto en San Francisco como en sus frailes, aun actualmente. Incluso no se puede negar que es un elemento de gran importancia lo mismo en la espiritualidad del fundador que en la de su Orden. Pero se equivocaría quien sólo, o principalmente, considerase a Francisco en función de esta virtud. Por debajo de la pobreza late otro elemento, el más fundamental de todos: un incondicional amor a Jesucristo, que llevó a Francisco y a sus frailes a identificarse lo más posible con el Salvador. Repercusión inmediata de este amor incondicional, Ilamémosle caballeresco, es la vivencia del Evangelio de una manera literal, incluso bajo el aspecto de no poseer absolutamente nada, es decir, de la más estrecha pobreza,

Aquí es donde reside el secreto de San Francisco y lo que impulsa todos sus movimientos. Se trata de una proyección espiritual, en cuanto usufructuado por la gracia, de las grandes cualidades afectivas que poseía el Santo.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el amor que Francisco sentía por la naturaleza. La hermana agua, la hermana alondra, el hermano lobo, el hermano sol, las hermanas aves, los hermanos menores (sus frailes), no son sino modos de expresarse, adoptados por el Santo, reveladores de la capacidad y necesidad humanas de amar que encerraba su alma. Sólo que estas cualidades psíquicas estaban ahora espiritualizadas por la gracia.

Enfocada esta capacidad de amar hacia Jesucristo con el nuevo impulso de la gracia, no es extraño que llegara a donde llegó.

«¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!», repetía frecuentemente el Santo, herido en su fina sensibilidad de amante, al comprobar la fría indiferencia de los cristianos ante las amorosas finezas del Redentor.

Este amor a Jesucristo será el resorte mágico que le impulsará a realizar acciones que un hombre superficial tal vez considere como niñerías. Cada vez que oía pronunciar el nombre de Jesús se relamía los labios. Deseaba que sus frailes recogiesen del suelo los fragmentos de pergamino que hallasen porque en ellos podía encontrarse escrito el nombre del Señor. En cierta ocasión se desnudaron él y su compañero para vestir a un mendigo, porque los pobres eran hermanos de Jesucristo. En la Sagrada Escritura se alude al Redentor como a un leproso, razón suficiente para que Francisco reservase para estos desgraciados, a quienes llamaba los hermanos cristianos, sus más finas atenciones. La fidelidad incondicional a la Iglesia y la devoción al Papado, una de las grandes virtudes del Santo, no frecuentes en una época minada por pequeñas pero múltiples heterodoxias, obedecía a su firme persuasión de que la Iglesia era la Esposa de Jesucristo, y el Papa su Vicario en la tierra.

Dotado de una imaginación viva y enemigo de lo abstracto, en el Santo este amor iba dirigido a Jesucristo, considerado sobre todo en sus misterios de sabor humano. Para vivir plenamente la fiesta de Navidad, Francisco representó plásticamente en Greccio, en 1223, el nacimiento del Niño Jesús, primera representación origen de nuestros belenes. La Pasión y la Eucaristía constituían el centro de sus pensamientos. San Francisco tiene el mérito de haber introducido en la Iglesia de una manera definitiva la devoción a la humanidad de Jesucristo.

Fue también el amor al Salvador lo que le infundió una sed insaciable de almas, que le condujo a él y a sus frailes a lanzarse desde el primer momento a la predicación, de la misma manera que quería Jesucristo lo hicieran sus apóstoles: » No poseáis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni zapato, ni cayado» (Mt. 10,9-10).

A partir de la fundación de la Orden el Santo apenas tendrá un momento de reposo (tampoco lo tendrán sus frailes), acuciado por llevar almas a Jesucristo. Esta será en los doce años que siguen su ocupación más frecuente, y la Italia central su preferido campo de acción. En 1210 lo encontramos evangelizando la Umbría y estableciendo la paz entre los nobles y plebeyos de Asís. Luego pasa a Toscana y pacifica asimismo la ciudad de Arezzo, ensangrentada por luchas fratricidas. En 1217 quiere pasar a Francia, pero se vio obligado a detenerse en Florencia. Todavía en 1222, cuando ya sus enfermedades le hacían sufrir no poco, lo encontramos predicando y ofreciendo un testimonio viviente del Evangelio en la parte oriental y meridional de Italia, Sus pláticas eran sencillas, salpicadas de vivas imágenes, de tono cálidamente familiar y al aire libre. Poseía una oratoria personalísima e inconfundible, que ofrecía un marcado contraste con la vigente en aquellos tiempos. Sus historiadores nos aseguran que, atraídos por ella, ‘hombres y mujeres, clérigos y religiosos, corrían ansiosos de ver y escuchar al hombre de Dios». Y añaden, refiriéndose a la región de Umbría: «Así se vio entonces transformarse en breve tiempo la faz de toda la comarca y aparecer risueña y hermosa la que antes se mostraba cubierta de máculas y fealdades». Su deseo de dar a conocer a Jesucristo le indujo en cierta ocasión a pararse en mitad del camino y dirigir la palabra a sus hermanas aves, que, solícitas y silenciosas, acudieron a escucharle.

De entre sus viajes apostólicos merecen destacarse dos por el especial significado que entrañan. Como los anteriores a que nos acabamos de referir, también éstos proceden de su insaciable amor a Jesucristo, pero adquieren una expresión nueva, prácticamente inédita hasta entonces. La atracción que sentía hacia la humanidad del Salvador le hizo concebir en 1212 el propósito de llegarse hasta Palestina para visitar los lugares santificados por el Señor. La nave tenía todas las plazas ocupadas y entonces Francisco se arriesga con su compañero a viajar ocultamente en calidad de polizón. Una tempestad impidió al barco llegar a su destino, y el Santo tuvo que regresar a Italia. Ante esta contrariedad, su fértil imaginación le sugirió un nuevo proyecto, que tenía la ventaja de ofrecerle una ocasión probable de morir, como buen caballero, por el objeto de sus amores. En 1213 se encamina hacia España, visita el sepulcro de Santiago e intenta trasladarse a Marruecos para anunciar a Jesucristo entre los musulmanes. Tampoco en esta ocasión puede realizar su programa. Pero no ceja. En 1219 consigue, por fin, embarcarse hacia Siria y revivir en Palestina, sobre el mismo terreno que los presenció, los hechos de la vida del Salvador.

Con esta visita a los Santos Lugares, Francisco se convierte en el iniciador de esa epopeya heroica y sangrienta que sus hijos han venido realizando desde hace seis siglos y medio por defender la tierra santificada por Jesucristo. Tanto este viaje a Tierra Santa como el que proyectó a Marruecos significan el primer intento de evangelización pacífica entre los musulmanes, que es también una de las más preciadas herencias que los franciscanos han conservado siempre de su fundador.

Sin embargo, esto no es todo. Desde su regreso de Tierra Santa, es decir, desde 1221, francisco tendrá que ocuparse preferentemente de los asuntos de la Orden, que iba adquiriendo un rápido desarrollo. Y así como los viajes apostólicos por Italia son la expresión del deseo que le roía de dar a conocer a Jesucristo, su labor de estos años consistirá, sobre todo, en trabajar por mantener dentro de la Orden la pureza de los ideales evangélicos. En los capítulos generales de 1221 y 1223, en las exhortaciones a los frailes, en sus contactos con el cardenal Hugolino, protector de la Fraternidad, la meta que perseguía era siempre la observancia estricta del Evangelio. Esto ya era nuevo. Pero aún dio un paso más adelante. Si en el Evangelio se dice que Jesucristo envió a sus apóstoles por todo el mundo, ¿por qué los franciscanos se iban a arredrar ante esto? A imitación del Maestro, Francisco envió también sus frailes a predicar entre los no cristianos, fundando de esta manera las modernas misiones entre infieles. Expuesta era en aquella época esta clase de apostolado, pero el amor no conoce limites, y si gana la muerte, la sufre con alegría.

La correspondencia suprema y tangible por parte del Salvador al amor que Francisco le profesaba sobrevino en la mitad de septiembre de 1224. Encontrándose en el monte de La Verna, Jesucristo se le aparece al Santo en forma de serafín y lo identifica humanamente consigo imprimiéndole sus cinco llagas. Francisco quedó convertido en un Cristo viviente. Con razón se le ha llamado «el Cristo de la Edad Media».

Enfermo, casi ciego, con el agudo dolor de las llagas, pero siempre alegre (precisamente en esta época compuso y cantaba frecuentemente el hermoso Cántico de las criaturas o del hermano sol), el Santo expiró en Asís el atardecer del 3 de octubre de 1226, junto a su amada capilla de la Porciúncula, centro de todo el movimiento franciscano y testigo, mediante la indulgencia obtenida del Papa por el Santo, del oculto retorno a Cristo de tantas almas descarriadas.

Con su atractivo personal, su altísima y austera pero agradable santidad, sus intuiciones y geniales innovaciones en la Iglesia, San Francisco termina siempre ganándose la simpatía de cuantos se acercan a él.

Aun bajo el aspecto puramente humano, su nueva manera de ver las cosas obliga a los historiadores a considerarlo como el primer hombre moderno y el forjador, mediante su Orden, del humanismo cristiano.

PEDRO BORGES MORAN, O. F. M.

Laudes – San Francisco de Asís

SAN FRANCISCO DE ASÍS. (MEMORIA)

 

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Venid, adoremos al Señor, aclamemos al Dios admirable en sus santos.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Venid, adoremos al Señor, aclamemos al Dios admirable en sus santos.

Himno: VEN FRANCISCO A TUS HERMANOS.

Ven, Francisco, a tus hermanos,
visita a los pobrecillos;
ven traspasado de amor
por las heridas de Cristo;
como nueva primavera
después del invierno frío.

Ven, que los hombres te vean
por el mundo peregrino:
liberado, sin alforja
y sin dinero en el cinto;
y anuncia la paz y el bien
con los labios florecidos.

Ven con los brazos sin armas,
hermano suave y pacífico;
ven, menor de los menores,
de corazón compasivo;
profeta sin amargura,
ven con el ramo de olivo.

Ven, penitente gozoso,
que lloras de regocijo;
heraldo loco de amor
y paz de los enemigos;
ven por los barrios y plazas,
juglar del perdón divino.

Ven, ángel de buenas nuevas,
háblanos de Jesucristo;
ven, boca del Evangelio,
cristiano sabio y sencillo;
hermano tan deseado,
Francisco tan bien querido. Amén

SALMODIA

Ant 1. Despierta tu poder, Señor, y ven a salvarnos.

Salmo 79 – VEN A VISITAR TU VIÑA

Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como a un rebaño;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece
ante Efraím, Benjamín y Manasés;
despierta tu poder y ven a salvarnos.

¡Oh Dios!, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

Señor Dios de los ejércitos,
¿hasta cuándo estarás airado
mientras tu pueblo te suplica?

Le diste a comer llanto,
a beber lágrimas a tragos;
nos entregaste a las disputas de nuestros vecinos,
nuestros enemigos se burlan de nosotros.

Dios de los ejércitos, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste;
le preparaste el terreno y echó raíces
hasta llenar el país;

su sombra cubría las montañas,
y sus pámpanos, los cedros altísimos;
extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas?

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó,
y que tú hiciste vigorosa.

La han talado y le han prendido fuego:
con un bramido hazlos perecer.
Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.

Señor Dios de los ejércitos, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Despierta tu poder, Señor, y ven a salvarnos.

Ant 2. Anunciad a toda la tierra que el señor hizo proezas.

Cántico: ACCION DE GRACIAS DEL PUEBLO SALVADO – Is 12, 1-6

Te doy gracias, Señor,
porque estabas airado contra mí,
pero ha cesado tu ira
y me has consolado.

Él es mi Dios y salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.

Aquel día, diréis:
Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, que hizo proezas;
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión:
«¡Qué grande es en medio de ti
el Santo de Israel!».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Anunciad a toda la tierra que el señor hizo proezas.

Ant 3. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

Salmo 80 – SOLEMNE RENOVACIÓN DE LA ALIANZA

Aclamad a Dios, nuestra fuerza;
dad vítores al Dios de Jacob:

acompañad, tocad los panderos,
las cítaras templadas y las arpas;
tocad la trompeta por la luna nueva,
por la luna llena, que es nuestra fiesta;

porque es una ley de Israel,
un precepto del Dios de Jacob,
una norma establecida para José
al salir de Egipto.

Oigo un lenguaje desconocido:
«Retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.

Clamaste en la aflicción, y te libré,
te respondí oculto entre los truenos,
te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.

Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto;
abre tu boca y yo la saciaré.

Pero mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios;

los que aborrecen al Señor te adularían,
y su suerte quedaría fijada;
te alimentaría con flor de harina,
te saciaría con miel silvestre.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

LECTURA BREVE   Rm 12, 1-2

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.

RESPONSORIO BREVE

V. Lleva en el corazón la ley de su Dios.
R. Lleva en el corazón la ley de su Dios.

V. Y sus pasos no vacilan.
R. Lleva en el corazón la ley de su Dios.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Lleva en el corazón la ley de su Dios.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Francisco, pobre y humilde en la tierra, entra colmado de riquezas en el cielo, y en su honor se elevan himnos celestes.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Francisco, pobre y humilde en la tierra, entra colmado de riquezas en el cielo, y en su honor se elevan himnos celestes.

PRECES

Adoremos, hermanos, a Cristo, el Dios santo, y, pidiéndole que nos enseñe a servirle con santidad y justicia en su presencia todos nuestros días, aclamémosle diciendo:

Tú solo eres santo, Señor.

Señor Jesús, probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado,
compadécete de nuestras debilidades.

Señor Jesús, que a todos nos llamas a la perfección del amor,
danos el progresar por caminos de santidad.

Señor Jesús, que nos quieres sal de la tierra y luz del mundo,
ilumina nuestras vidas con tu propia luz.

Señor Jesús, que viniste al mundo no para que te sirvieran, sino para servir,
haz que sepamos servir con humildad a ti y a nuestros hermanos.

Señor Jesús, reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser,
haz que un día podamos contemplar la claridad de tu gloria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Oremos ahora al Padre, como nos enseñó el mismo Jesús:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que en el pobre y humilde Francisco de Asís has dado a tu Iglesia una imagen viva de Jesucristo, haz que nosotros, siguiendo su ejemplo, imitemos a tu Hijo y vivamos, como este santo, unidos a ti en el gozo del amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – San Francisco de Asís

SAN FRANCISCO DE ASÍS. (MEMORIA)

Nació en Asís el año 1182; después de una juventud frívola, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Inició también una nueva orden de monjas y un grupo de penitentes que vivían en el mundo, así como la predicación entre los infieles. Murió el año 1226.

 

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, aclamemos al Dios admirable en sus santos.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: DICHOSOS LOS QUE, OYENDO LA LLAMADA

Dichosos los que, oyendo la llamada
de la fe y del amor en vuestra vida,
creísteis que la vida os era dada
para darla en amor y con fe viva.

Dichosos, si abrazasteis la pobreza
para llenar de Dios vuestras alforjas,
para servirle a él con fortaleza,
con gozo y con amor a todas horas.

Dichosos mensajeros de verdades,
que fuisteis por caminos de la tierra,
predicando bondad contra maldades,
pregonando la paz contra las guerras.

Dichosos, del amor dispensadores,
dichosos, de los tristes el consuelo,
dichosos, de los hombres servidores,
dichosos, herederos de los cielos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Salmo 43 I ORACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS QUE SUFRE ENTREGADO A SUS ENEMIGOS

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria;
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Ant 2. Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Salmo 43 II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Ant 3. Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

Salmo 43 III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

V. Señor, ¿a quién vamos a ir?
R. Tú tienes palabras de vida eterna.

PRIMERA LECTURA

Del libro de Judit 10, 1-5. 11-16; 11, 1-6. 18-21

JUDIT SE PRESENTA ANTE HOLOFERNES

En aquellos días, cuando Judit terminó de suplicar al Dios de Israel y acabó sus rezos, se puso en pie, llamó al ama de llaves y bajó a la casa, en la que pasaba los sábados y días de fiesta; se despojó del sayal, se quitó el vestido de luto, se bañó, se ungió con un perfume intenso, se peinó, se puso una diadema y se vistió la ropa de fiesta que se ponía en vida de su marido Manasés; se calzó las sandalias, se puso los collares, las ajorcas, los anillos, los pendientes y todas sus joyas. Quedó bellísima, capaz de seducir a los hombres que la viesen. Luego, entregó a su ama de llaves un odre de vino y una aceitera; llenó las alforjas con galletas, un pan de frutas secas y panes puros; empaquetó las provisiones y se las dio al ama.

Cuando caminaban derecho por el valle, les salió al encuentro una avanzadilla asiria, que les echó el alto:

«¿De qué nación eres, de dónde vienes y a dónde vas?»

Judit respondió:

«Soy hebrea, y huyo de mi gente porque les falta poco para caer en vuestras manos. Quisiera presentarme a Holofernes, vuestro generalísimo, para darle informaciones auténticas; le enseñaré el camino por donde puede pasar y conquistar toda la sierra sin que caiga uno solo de sus hombres.»

Mientras la escuchaban, admiraban aquel rostro, que les parecía un prodigio de belleza, y le dijeron:

«Has salvado la vida apresurándote a bajar para presentarte a nuestro jefe. Ve ahora a su tienda; te escoltarán hasta allá algunos de los nuestros. Y, cuando estés ante él, no tengas miedo; dile lo que nos has dicho, y te tratará bien.»

Eligieron a cien hombres, que escoltaron a Judit y su ama de llaves hasta la tienda de Holofernes. Holofernes le dijo:

«Ánimo, mujer, no tengas miedo; yo no he hecho nunca daño a nadie que quiera servir a Nabucodonosor, rey del mundo entero. Incluso si tu gente de la sierra no me hubiese despreciado, yo no blandiría mi lanza contra ellos. Pero ellos se lo han buscado. Bien. Dime por qué te has escapado y te pasas a nosotros. Viniendo, has salvado la vida. Ánimo, no correrás peligro ni esta noche ni después. Nadie te tratará mal. Nos portaremos bien contigo, como con los siervos de mi señor, el rey Nabucodonosor.»

Entonces Judit le dijo:

«Permíteme hablarte, y acoge las palabras de tu esclava. No mentiré esta noche a mi señor. Si haces caso a las palabras de tu esclava, Dios llevará a buen término tu campaña, no fallarás en tus planes. Pues, ¡por vida de Nabucodonosor, rey del mundo entero, que te ha enviado para poner en orden a todos, y por su imperio! Gracias a ti no sólo le servirán los hombres, sino que por tu poder hasta las fieras, y los rebaños, y las aves del cielo vivirán a disposición de Nabucodonosor y de su casa. Porque hemos oído hablar de tu sabiduría y tu astucia, y todo el mundo comenta que tú eres el mejor en todo el imperio, el consejero más hábil y el estratega más admirado.»

Las palabras de Judit agradaron a Holofernes; y sus oficiales, admirados de la prudencia de Judit, comentaron:

«En toda la tierra, de punta a cabo, no hay una mujer tan bella y que hable tan bien.»
Y Holofernes le dijo:

«Dios ha hecho bien enviándote por delante de los tuyos para darnos a nosotros el poder y destruir a los que despreciaron a mi señor. Eres tan hermosa como elocuente. Si haces lo que has dicho, tu Dios será mi Dios, vivirás en el palacio del rey Nabucodonosor y serás célebre en todo el mundo.»

RESPONSORIO    Cf. Jdt 9, 17; cf. 6, 15

R. Señor, Dios del cielo y de la tierra, creador de las aguas, rey de toda la creación, * escucha las plegarias de tus hijos.
V. Señor, rey de cielos y tierra, ten misericordia de nuestra debilidad.
R. Escucha las plegarias de tus hijos.

SEGUNDA LECTURA

De las Cartas de san Francisco de Asís, dirigidas a todos los fieles
(Opúsculos, edición Quaracchi [Florencia], 1949, 87-94)

DEBEMOS SER SENCILLOS, HUMILDES Y PUROS

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre, diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz.

Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.

¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y a tu prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adoremoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad. Y dirijámosle, día y noche, nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo; porque debemos orar siempre y no desfallecer jamás.

Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo; tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración.

No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrarío, debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana creatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO    Mt 5, 3-4. 6

R. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos . * Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
V. Dichosos los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos quedarán saciados.
R. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios, que en el pobre y humilde Francisco de Asís has dado a tu Iglesia una imagen viva de Jesucristo, haz que nosotros, siguiendo su ejemplo, imitemos a tu Hijo y vivamos, como este santo, unidos a ti en el gozo del amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.