Sábado XXVI de Tiempo Ordinario

Hoy es 6 de octubre, sábado de la XXVI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 10, 17-24):

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»
Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.»
En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»
Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»

En este texto podemos diferenciar la alegría de los discípulos por el sometimiento de los demonios, la enseñanza de Jesús a ellos “estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo” y la oración de alabanza del mismo Cristo.

Y es que la oración de acción de gracias y de alabanza a Dios Padre, es vital en la vida de todo creyente. No solo nos hace agradecidos para con Dios, sino que a la vez nos hace ser agradecidos y generosos para con los hermanos.

Debemos de sentirnos de sentir la dicha, la alegría profunda que da el servicio a los hermanos y el seguimiento de Cristo. Muchas pueden ser las dificultades que tanto una cosa como la otra, atraigan a nuestra vida e incluso a nuestro quehacer diario, como por ejemplo rechazo por parte de la sociedad, de nuestra familia y amigos; pero gozamos con la promesa cumplida de Jesús. Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quien es el Hijo, sino el Padre; ni quien es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

El mismo Dios en la persona de su Hijo camina junto a nosotros, conoce nuestras dificultades y nuestras alegrías y por ellas y junto a nosotros ora cada día a Dios Padre. Sí, hermanos, muchos quisieran gozar del regalo de la fe, pero las circunstancias o la propia cerrazón del hombre se lo impiden, por eso gocemos de los tesoros de la fe, seamos hombres y mujeres de  oración agradecida y que nuestro compromiso verdadero lleve a muchos de los alejados de Dios a conocerlo algún día y amarlo para, como nosotros, sentir en lo profundo de su corazón las palabras que Jesucristo dice hoy en el Evangelio “dichosos vosotros”, felices porque con Dios nada nos falta, nada nos turbe, nada nos espanta, solo Dios nos basta.