I Vísperas – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: HOY ROMPE LA CLAUSURA

Hoy rompe la clausura
del surco empedernido
el grano en él hundido
por nuestra mano dura;
y hoy da su flor primera
la rama sin pecado
del árbol mutilado
por nuestra mano fiera.

Hoy triunfa el buen Cordero
que, en esta tierra impía,
se dio con alegría
por el rebaño entero;
y hoy junta su extraviada
majada y la conduce
al sitio en que reluce
la luz resucitada.

Hoy surge, viva y fuerte,
segura y vencedora,
la Vida que hasta ahora
yacía en honda muerte;
y hoy alza del olvido
sin fondo y de la nada
al alma rescatada
y al mundo redimido. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Desead la paz a Jerusalén.

Salmo 121 LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

Ant 2. Desde la aurora hasta la noche mi alma aguarda al Señor.

Salmo 129 – DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Desde la aurora hasta la noche mi alma aguarda al Señor.

Ant 3. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA BREVE   2Pe 1, 19-21

Tenemos confirmada la palabra profética, a la que hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en vuestro corazón. Ante todo habéis de saber que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada; pues nunca fue proferida alguna por voluntad humana, sino que, llevados del Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
R. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

V. Su gloria se eleva sobre los cielos.
R. Alabado sea el nombre del Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo
R. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que poseen riquezas!

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que poseen riquezas!

PRECES

Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, tú que nos purificaste con tu sangre
no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
sean siempre fieles y celosos dispensadores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones
para que cuiden con interés de los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causa de su raza, color, condición social, lengua o religión
y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor dales también parte en tu felicidad
con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 13 de octubre

Lectio: Sábado, 13 Octubre, 2018

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican; derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 11,27-28
Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»
3) Reflexión
• El evangelio de hoy es bien breve, pero encierra un significado importante en el conjunto del evangelio de Lucas. Nos da la clave para entender lo que Lucas enseña respecto de María, la Madre de Jesús, en el así llamado Evangelio de la Infancia (Lc 1 y 2).
• Lucas 11,27: La exclamación de la mujer.“Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» La imaginación creativa de algunos apócrifos sugiere que aquella mujer era una cecina de Nuestra Señora, allá en Nazaret. Tenía un hijo, llamado Dimas, que, como tantos otros chicos jóvenes de Galilea de aquella época, entró en la guerrilla contra los romanos, fue llevado a la cárcel y ejecutado junto con Jesús. Era el buen ladrón (Lc 23,39-43). Su madre, al oír que Jesús hablaba tan bien a la gente, recordó a María, su vecina y dijo: “¡María debe ser tan feliz teniendo a un hijo así!”.
• Lucas 11,28: La respuesta de Jesús. Jesús responde, haciendo el mayor elogio de su madre: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Lucas habla poco de María: aquí (Lc 11,28) y en el Evangelio de la Infancia (Lc 1 y 2). Para Lucas, María es la hija de Sión, imagen del nuevo pueblo de Dios. Presenta a María como modelo para la vida de las comunidades. En el Concilio Vaticano II, el documento preparado sobre María, fue inserto como capítulo final en el documento Lumen Gentium sobre la Iglesia. María es modelo para la Iglesia. Y sobre todo en la manera de relacionarse con la Palabra de Dios Lucas ve en ella el ejemplo para las comunidades. María nos enseña cómo acoger la Palabra de Dios, cómo encarnarla, vivirla, profundizarla, rumiarla, hacerla nacer y crecer, dejarnos plasmar por ella, aún cuando no la entendemos o cuando nos hace sufrir. Es ésta la visión que subyace detrás del Evangelio de la Infancia (Lc 1 e 2). La llave para entender estos dos capítulos nos es dada en el evangelio de hoy: “Dichosos, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Veamos cómo en estos capítulos María se relaciona con la Palabra de Dios.
a) Lucas 1,26-38:
La Anunciación: «¡Hágase en mí según tu palabra!»
Saber abrirse, para que la Palabra de Dios sea acogida y se encarne.
b) Lucas 1,39-45:
La Visitación: «¡Dichosa aquella que creyó! «
Saber reconocer la Palabra de Dios en una visita y en tantos otros hechos de la vida.
c) Lucas 1,46-56:
El Magnificat: “¡El Señor hizo en mí maravillas!”
Reconocer la Palabra en la historia de la gente y producir un canto de resistencia y de esperanza.
d) Lucas 2,1-20:
El nacimiento: “Ella meditaba todas estas cosas en su corazón.»
No había sitio para ellos. Los marginados acogen la Palabra.
e) Lucas 2,21-32:
La presentación: «¡Mis ojos vieron tu salvación!»
Los muchos años de vida purifican los ojos.
f) Lucas 2,33-38:
Simeón y Ana: «Una espada atravesará su alma»
Acoger y encarnar la palabra en la vida, ser señal de contradicción.
g) Lucas 2,39-52:
A los doce años en el Templo: «Entonces, ¿no sabían que tengo que estar con el Padre?»
Ellos no comprendieron las Palabras que les fueron dichas!
h) Lucas 11,27-28:
El elogio de la madre: «Dichoso el vientre que te llevó!»
Dichoso aquel que escucha y pone en práctica la Palabra.
4) Para la reflexión personal
• ¿Consigues descubrir la Palabra viva de Dios en tu vida?
• ¿Cómo vives la devoción a María, la madre de Jesús?
5) Oración final
¡Cantadle, tañed para él,
recitad todas sus maravillas;
gloriaos en su santo nombre,
se alegren los que buscan a Yahvé! (Sal 105,2-3

Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

1. Palabra

Cuando se habla de radicalidad, lo primero en lo que uno piensa, espontáneamente, es en el desprendimiento de los bienes. Y los conocedores del Evangelio, en el joven rico que no fue capaz de seguir a Jesús porque amaba las riquezas. El texto de la Eucaristía de hoy, centrado en el tema riqueza-pobreza, añade matices que con frecuencia son olvidados, acostumbrados como estamos a una lectura moralista del pasaje evangélico.

1.- El joven busca. Tiene deseo de perfección. Hay mucho de noble y generoso en este ideal.

2.- Jesús le interpela con un doble lenguaje:

— Por una parte, ataca las motivaciones de su deseo de perfección. ¿Por qué quiere heredar la vida eterna, por autojustificación? ¿Necesita verse bueno? No ha descubierto que sólo Dios es bueno, que no se recibe el Reino como un salario ganado con esfuerzo.

— Por otra, Jesús parte del presupuesto para entrar en la perfección propia del Seguimiento: la coherencia de vida, la seriedad con que han de tomarse las cosas de Dios.

1.- Momento crítico: Cuando Jesús le mira y le formula el más del Seguimiento: dejarlo todo por El.

Uno esperaba que el joven iba a dar el paso a la renuncia. ¡Parecía tan generoso!

2.- El diálogo entre Jesús y los discípulos revela dónde estaba el fallo del joven. No en la falta de generosidad, sino en la motivación oculta de su conducta y de sus ideales de vida. Se creía bueno. Era el moralista típico que necesita asegurarse a Dios mediante obras buenas.

Pero en cuanto aparece una situación que le produce inseguridad, dejarlo todo y seguir a Jesús, sin poder disponer de su vida, se desazona, incapaz de confiar.

Está claro que le falta fe. Vive de la Ley, del orden religioso moral controlado.

3.- ¿Por qué las riquezas se oponen tan frontalmente al Reino? Porque dan seguridad y no dejan espacio a la gratuidad y solidaridad.

4.- El verdadero discípulo no se apropia ni los bienes materiales ni los espirituales, porque está fundamentado en la Gracia.

Es un agradecido radical. Por eso, comparte y se desprende. Le parece un regalo ser llamado a seguir a Jesús, no una exigencia de renuncia.

2. Vida

La riqueza del texto evangélico revela cuál es la dinámica espiritual y práctica para seguir a Jesús, la sabiduría de la radicalidad cristiana (la primera lectura canta este don, el máximo).

1.- La radicalidad cristiana no consiste en un modelo único de perfección; por ejemplo, el conocido por los votos de la vida religiosa. Hay cristianos que todavía creen que para seguir a Jesús han de ser célibes o vivir en comunidad.

¿Qué es más radical, el celibato o la indisolubilidad del amor de pareja? ¿Qué es más radical, desprenderse de los bienes personales entrando en una comunidad de bienes o ganarse el pan de cada día con su trabajo?

2.- La radicalidad cristiana depende de niveles más hondos, por ejemplo, de la desapropiación. No me refiero al desprendimiento afectivo, mientras se tiene en abundancia. La desapropiación es real cuando me presto a vivir en la inseguridad, apoyado en la fe. Es muy fácil no estar atado a lo material, cuando uno lo ha tenido todo y ha podido dedicarse a bienes superiores. Pero, ¿por qué, en cuanto falta, aparece la inseguridad y la ansiedad ante el futuro?

Uno no sabe el grado de libertad interior que tiene hasta que comparte y, compartiendo, se expone a que le falte.

3.- Sin embargo, la radicalidad cristiana no se nutre de esta sabiduría de la libertad interior de quien no necesita asegurarse materialmente la vida, sino de la llamada a seguir a Jesús, dejándole que El sea mi Señor.

Evidentemente, no soy yo el que elijo seguir a Jesús. El joven rico busca en Jesús un maestro de doctrina para ser más perfecto. Es incapaz de percibir la mirada de cariño de Jesús y, en consecuencia, la llamada personal que Jesús le hace. Centra su atención en el aspecto moral, la exigencia del desprendimiento. Pero esto es la consecuencia y la condición. Lo determinante en seguirle.

No se encontró con Jesús. Estaba cerrado en sí mismo, en sus deseos de perfección.

4.- El encuentro es gracia. Lo repite Jesús a continuación. Pero porque es gracia, tiene la garantía del amor de Jesús. ¡Si supiésemos mirarle a El y dejarnos mirar por El!

5.- Entonces se haría real lo imposible. Y desprendernos de las riquezas, para compartir con los otros, sería fruto no sólo de libertad interior, sino de un amor nuevo, liberador, que nos identifica con Jesús.


Observaciones para los domingos 25-30

1. Lee Mc 9-10, la sección de la subida a Jesús, jalonada por los anuncios de la Pasión. Pivotando sobre ellos, Marcos ha recogido textos característicos de Jesús sobre el Seguimiento. En todos ellos se pide al discípulo un talante de radicalidad.

La radicalidad aparece en el contraste entre las exigencias de Jesús y las dificultades que espontáneamente tiene el hombre para vivirlas:

  • Preferir el servicio al prestigio social; estar con los pequeños y despreciados antes que con los importantes del mundo.

— Esa síntesis, tan delicada, entre tolerancia respecto a los demás y exigencia respecto a sí mismo.

  • Amor fiel e indisoluble en el matrimonio, amor capaz de crecer con el sufrimiento y el desamor.

— Desprendimiento voluntario de las riquezas.

  1. Una de las tergiversaciones más graves que se ha hecho del Evangelio estriba en el intento de traducir en normas de estado de vida esa dinámica de radicalidad. La pobreza voluntaria ha sido objeto del voto de los religiosos. La indisolubilidad ha sido reducida a ley social.

    Consecuencia: La experiencia del Seguimiento queda sustituida por un conjunto de normas, más o menos exigentes.

  2. Recobremos la fuerza expresiva de la llamada de Jesús al Seguimiento. En su crudeza. Serán un buen criterio para ver dónde fundamentamos el Seguimiento.

Si siento sus exigencias y creo que es cuestión de empeño, todavía estoy fundamentado en mi esfuerzo moralista.

Si deseo seguir radicalmente a Jesús y no me cuesta, o bien se me ha dado la alegría de la Cruz, o bien soy un iluso.

Lo normal es sentir miedo y creer que «para Dios nada hay imposible», y que para seguir a Jesús no hace falta ser héroes ni superdotados, sino pequeños que confían y van detrás, sin pedir explicaciones.

Te ayudará a personalizar estas actitudes hacer tuyas las de Jesús, el Mesías-Siervo. Relee la primera lectura y el salmo responsorial del domingo anterior: Is 50,5-10 y Sal 114.

Javier Garrido

Las exigencias de la salvación

1. La salud —de donde se deriva salvación— equivale, idealmente, a vida en plenitud (sin rastro de enfermedad), a integridad personal (sin secuelas de alienación) y a armonía global (en paz con todos y con Dios). Cumple todos los deseos y aspiraciones de la persona y se expresa en la esperanza de la inmortalidad. No es mera ausencia de desgracias y calamidades, sino realización plena del ser personal.Naturalmente, la salud está constantemente amenazada por la enfermedad, el hambre y, en definitiva, el pecado y la muerte. Sólo Dios es salud total, que se comunica en la historia; por eso es «bueno».

2. La salud cristiana, o salvación liberadora, abarca la totalidad de lo humano. No es la mera inmortalidad del alma ni la retribución individual en forma de «vida eterna». Es presencia ya actuante, aunque todavía no en su plenitud, del reino de Dios. Para recibir la salud de Cristo no basta con guardar los mandamientos; es preciso, además, despojarse de las riquezas y entrar en la comunidad de discípulos.

3. Evidentemente, la riqueza es un obstáculo considerable para entrar en el reino de Dios o para seguir a Jesús, porque falsifica la relación con Dios y con los hermanos. En cambio, la riqueza de los pobres está en el seguimiento de Jesús, en la fraternidad y en el reino. Se plantea esta cuestión evangélica: «¿Quién podrá salvarse?». La salvación es irrupción de Dios en la persona humana, que acepta y cree sin aferrarse al dinero o a la autosuficiencia. La recompensa de los discípulos que lo han dejado todo es consecuencia del seguimiento: formar parte de la comunidad eclesial ahora, y de la definitiva en la plenitud de los tiempos. Lo que parece «primero» es lo «último», y viceversa.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Por qué nos aferramos tanto a las riquezas?

¿Qué salvación es la que pretendemos?

Casiano Floristán

Gaudete et exsultate (Francisco I)

106. No puedo dejar de recordar aquella pregunta que se hacía santo Tomás de Aquino cuando se planteaba cuáles son nuestras acciones más grandes, cuáles son las obras externas que mejor manifiestan nuestro amor a Dios. Él respondió sin dudar que son las obras de misericordia con el prójimo[92], más que los actos de culto: «No adoramos a Dios con sacrificios y dones exteriores por él mismo, sino por nosotros y por el prójimo. Él no necesita nuestros sacrificios, pero quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y para la utilidad del prójimo. Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo»[93].


[92] Cf. Summa Theologiae II-II, q.30, a.4.

[93] Ibíd., ad 1.

El ojo de la aguja

La palabra del Señor nos pone al descubierto ante sus ojos y ante los nuestros.

En camino

La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf. Mc 10, 17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama «el joven rico» (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece, más bien, tratarse de una persona mayor que pregunta cómo heredar la vida (cf. Mc 10, 17). Jesús comienza por remitir a Dios, su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que sólo se encuentra en Marcos): «No estafarás»(v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf. v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Esa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.

Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto el Señor lo invita a ser uno de los suyos. No sólo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf. v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero dejar sus posesiones le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros, prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf. v. 22). Creer sí, pero no tanto. Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad.Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf. v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla pretendiendo —por ejemplo— que había en la ciudad una puerta pequeña llamada «el ojo de la aguja». Bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar…

Espada de doble filo

Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de la aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil ni personalmente ni como Iglesia aceptar este planteamiento; siguiendo a los discípulos nos preguntamos —con pretendido realismo—: «Entonces ¿quién puede salvarse?» (cf. v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf. v. 27).

Como comunidad de discípulos, como Iglesia debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el «espíritu de sabiduría» (Sab 7, 7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf. v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf. Heb 4, 12-13).

Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?

Gustavo Gutiérrez

Un cosa te falta

“¿Nos hace felices el dinero?” Con este título apareció el domingo pasado un artículo en el periódico “El País”. Su autor, Kiko Llaneras, concluía: “la riqueza aumenta nuestra satisfacción“, pero no mucho. Dicho de otro modo: entre riqueza y bienestar existe una conexión, si bien no excesiva.

Un hombre joven se acercó a Jesús y le preguntó: ”¿Qué haré para heredar la vida eterna”?.

Jesús le contestó: “ya sabes los mandamientos: No matarás, no comentarás adulterio, no robarás…”.

Él replicó: “Todo eso lo he cumplido desde pequeño”.

Jesús le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres…y luego sígueme”.

A estas palabras él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Jesús se relacionó con gente adinerada: Zaqueo, Nicodemo, la familia de Betania, José de Arimatea…por experiencia sabemos que el dinero es necesario. En situaciones angustiosas nos saca a flote. En ocasiones es un problema pero en otras circunstancias es una solución.

Jesús parece prometer la felicidad completa a quien le sigue a Él y no “pone la confianza en el dinero”. Pero los suyos no lo ven claro: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. De hecho no se sienten plenamente felices. ¿Será porque es imposible alcanzarla? Comparto un párrafo del teólogo y escritor Jose Antonio Pagola: “Yo no te puedo explicar en qué consiste esa experiencia. Cuando estudio a Jesús veo que Él está lleno de una vida que a mí se me escapa. Él vive totalmente animado y movido por el Espíritu de Dios, y yo no. Pero hay cosas que todos podemos intuir y hasta experimentar si nos acercamos a Él”.

Los apóstoles quedaron sorprendidos. El Maestro responde a la doble pregunta: ¿Cómo salvarse?, ¿Cómo ser feliz? Los oyentes” se espantaron” porque a los ricos ”les va a ser difícil entrar al Reino de Dios”. Sin embargo Jesús añade: “Es imposible para los hombres, no para Dios, que lo puede todo”. Dejarlo todo (personas y bienes) y seguirle es muy difícil. No sé por qué pero sucede con frecuencia que la bondad nos atrae con menos fuerza que el vicio. Éstas – la bondad y la virtud – no seducen, no atraen con la misma intensidad que el mal. Quizá sea el momento adecuado para recordar al voluntariado, es decir, a aquellos que mucho o poco trabajan pero gratis.

En resumen, Jesús manifiesta que es bueno quien cumple los diez mandamientos. Ciertamente no son calderilla. Este planeta nuestro sería mucho más habitable y acogedor si, por ejemplo, no se robara, no se mintiera, si se respetara y amara a Dios.

“Una cosa te falta. Vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme”. Los apóstoles se espantaron: “Qué difícil es que entre un rico en el Reino de Dios” Entonces ¿Quién puede salvarse?. “Es imposible para el hombre, no para Dios”, fue la respuesta de Jesús.

“Una cosa te falta” Le dijo Jesús al joven. Le faltaba el seguir a Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien que implica vivir la misericordia, el amor, la compasión, la virtud del buen samaritano.

Josetxu Canibe

Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

El domingo pasado la Liturgia nos ofreció como tema a reflexionar las“palabras de vida eterna” de Jesús referentes a la relación Hombre-Mujer dentro del matrimonio. Quizás más exactamente: “el proyecto de Dios sobre la familia”.

Sin entrar en temas conflictivos escuchábamos la propuesta que Dios nos hace como orientación de la vida matrimonial: amaos, procread y dominad las cosas. Las complicaciones surgen cuando entran en escena los defectos o deficiencias humanas. Pero esto no depende del plan de Dios sino de nuestra debilidad a la hora de llevarlo a la práctica.

Hoy la orientación se refiere a otro tema:

LA CORRECTA UTILIZACIÓN DEL DINERO.

Asunto éste importante siempre, hoy de máxima actualidad, ya que la riqueza se han convertido en el nuevo becerro de oro, como dijo el Papa en su primera exhortación: “La Alegría del Evangelio”.

Contra la sabiduría mundana del dinero, que lo convierte en un poderoso caballero, que diría nuestro Quevedo, se alza la sabiduría divina que pone a cada cosa en su sitio. “En su comparación tuve en nada la riqueza”. (1ª Lectura, Sa. 7, 7-11)

Sabiduría que el autor de la Carta a los Hebreos ensalza como algo que es capaz de articular correctamente nuestra vida individual y social; una sabiduría capaz de informar las articulaciones y médula “iluminando sentimientos y pensamientos” (Segunda lectura 4, 12-13)

Decía el Papa que el culto al dinero ha dado a luz una economía sin rostro que contempla a la persona preferentemente como consumista. Una economía que ha convertido el mundo en un enorme mercado donde ganan unos pocos mucho a cuenta de que unos muchos ganen muy poco.

Las desigualdades en el mundo son sangrantes. Se ha marginado no solo el precepto del amor sino incluso el de la más elemental justicia. Es más, los juicios éticos sobre este tipo de riqueza son, en no pocas ocasiones, objeto de burlas por considerarlos desfasados. En otras, los que luchan honradamente contra la injusticia son condenados como revolucionarios que atentan contra la paz.

El Papa, en la citada Exhortación, señala como la causa de este desorden social “Que aceptamos pacíficamente el predominio del dinero sobre nosotros y nuestra sociedad…la crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: la negación de la primacía del ser humano”. Sobre los efectos sociales de esta forma de concebir la economía ya hablamos cuando comentamos el citado documento poco después de su publicación.

Hoy nos fijaremos especialmente en la repercusión que tiene la valoración del dinero en nuestra vida diaria de cristianos.

Jesús vio en las riquezas un peligro tal que llegó a decir que es difícil que un rico se salve. No que no se salven los ricos sino que la riqueza puede emponzoñar los corazones de tal manera que se constituye en un peligro potencial de condena.

Las consecuencias de la idolatría del dinero son tremendas: por dinero se roba, se mata, se traiciona a los amigos y a los ideales, se prostituye, se calumnia. El dinero puede hacer que aflore toda la inhumanidad que hay potencialmente dentro de nosotros.

En la obra citada de Quevedo se señala claramente ese peligro: Madre, yo al oro me humillo, porque hace todo cuanto quiere. Quebranta cualquier fuero. Da y quita el decoro. Rompe recatos. Ablanda al juez más severo.

El dinero es el gran corruptor de todo, incluyendo muy principalmente la dignidad personal convirtiéndola en indignidad personal. Por eso es extraordinariamente importante la advertencia de Jesús: si perdemos nuestra dignidad, si no nos salvamos como personas ¿para qué nos ha servido comprar el mundo con nuestro dinero?

En lo que sí fue tajante es en afirmar que la idolatría del dinero es incompatible con el seguimiento del Evangelio. No el tener dinero, sino idolatrar al dinero es lo que resulta incompatible con adorar al verdadero Dios. ¡Claro! O estás con uno o con el otro. En realidad se trata de elegir qué Dios regirá nuestra vida, el Dios predicado por Jesús de Nazaret o el dios ensalzado por la economía deshumanizada.

Entre los efectos negativos que puede provocar la riqueza está el de impedir a quien la posee sentirse totalmente libre a la hora de tomar una decisión. Es el caso del joven del Evangelio (Tercera lectura, Mc. 10, 17-30)

Es un muchacho bueno que cumple la Ley, le gustaría seguir a Jesús pero le da pena dejar su cómoda vida y prefiere la tristeza de no ser consecuente a su mejor deseo, seguir a Jesús, a la que le produce abandonar su riqueza.

Más pernicioso es el comportamiento del rico epulón que abotargado por sus placeres ni siquiera se da cuenta de la miseria del pobre Lázaro. El dinero le hace insensible al dolor ajeno. (Lc. 16, 1-31)

Algo parecido le sucede al que había ganado mucho dinero y piensa: Haré nuevos graneros y viviré como un príncipe. Olvida que sus riquezas han sido conseguidas con el sudor de sus trabajadores. Solo piensa en él, en lo bien que lo pasará en el futuro. Ninguna sensibilidad hacia los que le han enriquecido. (Lc. 12, 13-21) El dinero suele hacer pensar solo en uno mismo con olvido de los deberes de justicia respecto al reparto de lo conseguido mediante el esfuerzo de otros. Este es uno de los pecados graves señalados ya en el Antiguo Testamento: “Dale cada día su salario al trabajador, sin dejar pasar sobre esta deuda la puesta del sol, porque es pobre y lo necesita. De otro modo clamaría al Señor contra ti y tú cargarías con un pecado» (Deut. 24, 14-15). Un pensamiento que luego recogió Santiago: “He aquí que ya clama el jornal sustraído por vosotros a los trabajadores que segaron vuestros campos, y el clamor de los segadores ha penetrado en los oídos del Señor. (5, 4).

Finalmente, la riqueza entusiasma de tal manera a quien la posee que se olvida de que todo en esta vida es caduco y algún día se acabará. Gozoso con lo que tiene no piensa más que en el momento presente. En la parábola que pone Jesús, (Lc. 12, 21) al rico le recuerda que la muerte le arrebatará todo y que en ese momento podrá darse cuenta de que tiene las manos vacías. Será el momento en el que se preguntará ¿de qué me ha servido vivir pensando solo en tener?

Jesús evidentemente no condena tener dinero sino el conseguirlo injustamente, administrarlo egoístamente y emplearlo delictivamente. Luchemos por tener. ¡Por supuesto! Y por tener todo cuanto esté en nuestras manos. ¡Por supuesto también! El dinero, como valor de cambio, es imprescindible para la vida pero nunca lo convirtamos en nuestro dios, en nuestro supremo bien hasta convertirlo causa de nuestra propia prostitución como personas y como cristianos. Seamos siempre conscientes de que es un bien al servicio del hombre y empleémoslo de modo que con él no solo resolvamos los problemas humanos de la vida sino también nos ayude a alcanzar los bienes del cielo. AMÉN.

Pedro Sáez

Con Jesús en medio de la crisis

Antes de que se ponga en camino, un desconocido se acerca a Jesús corriendo. Al parecer, tiene prisa para resolver su problema: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Todo lo tiene resuelto.

Jesús lo pone ante la Ley de Moisés. Curiosamente, no le recuerda los diez mandamientos, sino solo los que prohíben actuar contra el prójimo. El joven es un hombre bueno, observante fiel de la religión judía: «Todo eso lo he cumplido desde pequeño».

Jesús se le queda mirando con cariño. Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo quiere atraer ahora para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano, y le hace una propuesta sorprendente: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres… y luego sígueme». El rico posee muchas cosas, pero le falta lo único que permite seguir a Jesús de verdad. Es bueno, pero vive apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres. Solo compartiendo lo suyo con los necesitados, podrá seguir a Jesús colaborando en su proyecto.

El joven se siente incapaz. Necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo. Renuncia a seguir a Jesús. Había venido corriendo entusiasmado hacia él. Ahora se aleja triste. No conocerá nunca la alegría de colaborar con Jesús.

La falta de recursos para muchas personas nos está invitando a los seguidores de Jesús a dar pasos hacia una vida más sobria, para compartir con los necesitados lo que tenemos y sencillamente no necesitamos para vivir con dignidad. Hemos de hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos.

Lo primero es revisar nuestra relación con el dinero: ¿Qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos?

Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿Qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos? ¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan?

Son preguntas que nos hemos de hacer en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia. No haremos gestos heroicos, pero si damos pequeños pasos en esta dirección, conoceremos la alegría de seguir a Jesús contribuyendo a hacer la crisis de algunos un poco más humana y llevadera. Si no es así, nos sentiremos buenos cristianos, pero a nuestra religión le faltará alegría.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 13 de octubre

Jesús universaliza la dicha. Sólo un vientre lo pudo llevar; sólo dos pechos lo criaron; sólo una mujer lo dio a luz, como paso o puente entre el embarazo y la crianza. Es, en cierto modo, la singularización máxima de la dicha (perdónese la palabra «singularización»). Pero a Jesús le interesa convertir el punto en una línea, y la línea en un plano, y el plano en un volumen. Quiere alargar, dilatar, ahondar. Quiere que la felicidad no sea un monopolio, ni un oligopolio. La quiere democratizar: todos han de poder tener acceso a ella. Todos, sin diferencia ni distinción: varones y mujeres, pequeños y grandes, judíos y griegos, circuncidados e incurcuncisos, esclavos y libres.

¿Cómo? Pues haciendo todos algo semejante a lo que hizo María: concebir y dar la luz. Concebir la Palabra a través de la escucha, es decir, a través de la acogida por la que la alojamos y la dejamos madurar y crecer en nosotros. No realicemos un aborto provocado de la Palabra, expulsándola del seno de la conciencia. Puede producir malestar y causar trabajos, perturbar la placidez en que vivíamos, hacernos sufrir. Vienen a ser algo parecido a las molestias y mareos que experimenta la embarazada.

Dar a luz la palabra: cumplirla. Si no la cumplimos, nos parecemos a lo que decía el profeta: concebimos, sentimos dolores, nos retorcimos, dimos a luz: nada, viento. Nos nace un feto ya muerto. Es preciso, por tanto, guardar la palabra y cumplir la palabra. La mejor forma de guardarla es darle cumplimiento. Ese es el don, ese es el reto; esa, la gracia, esa, la tarea. Prestemos oído para la escucha y pongamos manos a la obra. Es lo que se nos ha dicho también en la parábola del buen samaritano, que concluye con estas palabras: “Ve y haz tú lo mismo”.